El Papa en Myanmar y los rohinya

¿Por qué va el Papa a Myanmar? Se preguntaban algunos, si en Myanmar no hay católicos, respondían. Peor aún: después de Myanmar, ¡viaja a Bangladesch!

El Papa Francisco viaja a Myanmar —que antes se llamaba Burma o Birma— y a Bangladesch por el tema de los rohinya. Los rohinya son —según las Naciones Unidas— “la minoría étnica hoy más perseguida en el mundo”, por ello, el viaje del Papa es especialmente “delicado”. Lo que ocurre en Myanmar es un verdadero “modelo” de “limpieza étnica”. Si es que a algo tan deplorable, se le puede llamar “modelo”.

La crisis de los rohinya es la catástrofe étnica —y religiosa— más grande de estos momentos. Myanmar es un estado pluriétnico; sin embargo, se niega a los rohinya la calidad de minoría. Mi opinión es bien clara: hay que defender los derechos de los demás como si fueran propios.

Tal como antes, el Papa Francisco viajó a la isla de Lampedusa —solo, ningún político italiano lo acompañó— viaja hoy a Asia, a apoyar a la minoría musulmana en un país mayoritariamente budista. Generalmente, pensamos que los budistas se lo pasan meditando y no pueden hacer daño a nadie, ni siquiera a una mosca, ya que la mosca puede ser la reencarnación de quién sabe qué ancestro. La “depuración étnica” de los rohinya en Myanmar y también las numerosas acusaciones de abusos sexuales en contra de “maestros” budistas en Europa de hoy, nos demuestran lo contrario.

Después del viaje papal a Lampedusa, los europeos importantes empezaron recién a preocuparse del tema de los refugiados que morían en el Mediterráneo, razón por la que Francisco habló del gran cementerio en que se habría convertido el Mar mediterráno.

El Papa no quiere sucumbir ante la internacional de la indiferencia. Y nos remueve, nos remece para que no caigamos en la trampa del indiferentismo frente a la suerte de los demás, de todos los demás hombres y mujeres. No, no somos partidarios de la ideología según la cual “el hombre es el lobo del hombre”, tampoco creemos en un darwinismo social, de acuerdo al que sobrevivirá el más fuerte, no somos animales salvajes.

No, una persona —cualquiera que sea su etnia o su religión— que sufre o que muere en el mundo, víctima de persecusión religiosa o racial, es un hijo o una hija de Dios. Su muerte está completamente de más y nunca nos deja indiferentes. Un hermano es un hermano, todos somos hijos del mismo Padre celestial, es el mensaje católico desde siempre y para siempre, aunque algunos no quieran oirlo.

Le adviertieron al Papa que no mencionara expresamente la palabra “rohinya”, esto es, la minoría musulmana que Aung San Suu Kyi denomina “inmigrantes ilegales”. Intrusos, los llaman otros. Inmigrantes que, hace muchas generaciones los británicos llevaron a Myanmar a trabajar. Sus abuelos, bisabuelos o tatarabuelos llegaron para trabajar y quedarse en la antigua Birma. De ninguna manera son inmigrantes ilegales. Y aunque lo fueran… ¿Significa esto que no tienen derechos? ¿Significa esto que no hay que respetar su dignidad humana? ¿Sus derechos fundamentales? Para hablar con Juan Pablo II: ¿significa que no son persona? Por algo, Francisco le ha lavado los pies a más de un inmigrante en la Pascua romana, para escándalo de muchos.

El Papa, ayer en su discurso ante las autoridades de gobierno, no los nombró expresamente. Según sabemos, esto se lo habría pedido el clero católico de Myanmar, para no tener ahora ellos mismos problemas, debe ser horroroso vivir así, con ese miedo… Pero todos saben que Francisco se refiere a ellos, a los rohinya. Sí, el Papa Francisco se atreve a ir y entrar en la “cueva de los leones”, como dice el editorial de un diario alemán de hoy, por defender al hombre (me parece escuchar a Juan Pablo II hablar de la defensa del hombre, de todo hombre).

El mensaje papal es claro y es valiente: “el difícil proceso de construir la paz y la reconciliación nacional sólo puede avanzar a través del compromiso con la justicia y el respeto de los derechos humanos”. Los derechos humanos, de esto habla el Papa Francisco, como también habló mucho de ellos, en su momento Juan Pablo II, para escándalo de algunos.

“La sabiduría de los antiguos ha definido la justicia como la voluntad de reconocer a cada uno lo que le es debido, mientras que los antiguos profetas la consideraban como la base de una paz verdadera y duradera”. Francisco no sacaría mucho con citar a Santo Tomás de Aquino, ni a sus escolásticos en Myanmar, por eso, recurre a la expresión “los antiguos” y a su sabiduría.  

“Estas intuiciones, confirmadas por la trágica experiencia de dos guerras mundiales, condujeron a la creación de las Naciones Unidas y a la Declaración Universal de los Derechos Humanos como fundamento de los esfuerzos de la comunidad internacional para promover la justicia, la paz y el desarrollo humano en todo el mundo y para resolver los conflictos ya no con el uso de la fuerza, sino a través del diálogo”. Fantástico Francisco, puedo decir que estos se han convertido en dos pilares de nuestra civilización global, luego de la hecatombe de mediados del siglo pasado: la ONU —tan vilipendiada por algunos— y la Declaración de los Derechos humanos. El desarrollo, la justicia y la paz, valores absolutamente fundamentales, esenciales, imprescindibles; mal mirados por algunos que los consideran como fruto de nuestra ingenuidad. No, no lo son. Son inherentes al respeto de la dignidad humana.


Luego, se refiere al compromiso de Myanmar “por mantener y aplicar estos principios fundamentales”. Esta es más bien una declaración de intenciones. “El futuro de Myanmar debe ser la paz, una paz basada en el respeto de la dignidad y de los derechos de cada miembro de la sociedad, en el respeto por cada grupo étnico y su identidad, en el respeto por el estado de derecho y un orden democrático que permita a cada individuo y a cada grupo —sin excluir a nadie— ofrecer su contribución legítima al bien común”.

Y luego se refiere al tema de cómo las religiones contribuyen a la paz. O pueden contribuir a la paz, podríamos decir: “En la gran tarea de reconciliación e integración nacional, las comunidades religiosas de Myanmar tienen un papel privilegiado que desempeñar”. Sí, en Myanmar, en todos los países del mundo y en todo el mundo.

“Las diferencias religiosas no deben ser una fuente de división y desconfianza, sino más bien un impulso para la unidad, el perdón, la tolerancia y una sabia construcción de la nación”. Cierto, la tolerancia —en el sentido de aceptación, y más aún, de amor por la diversidad— es una virtud profundamente religiosa. Aunque algunos traten de hacer de la religión una excusa para la exlusión, para la lucha y para la segregación, no lo es.

“Las religiones pueden jugar un papel importante en la cicatrización de heridas emocionales, espirituales y psicológicas de todos los que han sufrido en estos años de conflicto. Inspirándose en esos valores profundamente arraigados, pueden contribuir también a erradicar las causas del conflicto, a construir puentes de diálogo, a buscar la justicia y ser una voz profética en favor de los que sufren. Es un gran signo de esperanza el que los líderes de las diversas tradiciones religiosas de este país, con espíritu de armonía y de respeto mutuo, se esfuercen en trabajar juntos en favor de la paz, para ayudar a los pobres y educar en los auténticos valores humanos y religiosos. Al tratar de construir una cultura del encuentro y la solidaridad, contribuyen al bien común y sientan las bases morales indispensables en vistas de un futuro de esperanza y prosperidad para las generaciones futuras.”

El que tenga oídos, que oiga…

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