¿El nuevo gigante egoísta?

En un acomodado sector de mi ciudad, hay una casa muy grande, de paredes blancas y rodeada de un jardín hermoso. De un antejardín con árboles frutales y de un prado en la parte interior del terreno, protegido de las miradas de la calle.

La casa es de dos pisos y en cada uno de ellos se ve siempre todo muy ordenado y limpio. Las ventanas impecables. A través de ellas, se alcanza a apreciar el buen gusto de la persona que vive en la casa. Muebles bonitos y nuevos, libros, todo muy picco bello.

Lo extraño de esta casa, es que nunca se ve a nadie. Es tipo casa deshabitada; pero no abandondada, sino en muy buen estado. Hace poco, pasé por ahí al mediodía y vi un vehículo con el logo de una empresa de limpieza de oficinas, estacionado frente a la entrada.

La casa es amplia, debe tener por lo menos 200 mts. cuadrados construidos y mucho más de jardín. Se ve moderna y confortable. Debe haber costado un “ojo de la cara”. Si yo tuviera una casa así, la gozaría, haciendo fiestas, reuniones, asados, noches de cine y de conversa, en general, invitando gente.

Pero nunca -o más bien, casi nunca, se ve a persona humana alguna en la casa. Se podría pensar que la gente está de vacaciones o de viaje de negocios, o que trabaja y estudia todo el día. O que es invisible.

Una vez, una sola vez en todos estos años, he visto a una persona adentro. Un hombre de mediana edad. Delgado, bien vestido. Me miró un segundo desde una ventana y luego siguió haciendo lo que tenía que hacer: estaba en la cocina, supongo que cocinando. Pensé: hasta los fantasmas tienen que comer.

Sí, hay mucha gente, en nuestra sociedad que parece fantasma. Trabaja todo el día -lo que no tiene nada de malo- y luego se refugia en su casa. Está solo o sola (observo que a las mujeres, esto les pasa menos). El trabajo es, para ellos, una salida, la única que tienen. Perdieron la capacidad de disfrutar de las cosas pequeñas y de las cosas grandes de la vida. No trabajan para vivir, sino que viven para trabajar.

Sobre todo, perdieron la capacidad de gozar de las demás personas, de disfrutar su compañía. Se convirtieron, poco a poco y casi sin darse cuenta en humanófobos que se refugian en el trabajo para huir de su soledad. No tienen relaciones sociales, porque no tienen tiempo, ni ganas para tenerlas, ni menos, para cultivar amistad, cosa que tal vez nunca aprendieron. No tienen amigos, ni amigas, porque no tienen tiempo, ni interés, ni capacidad para hacer, ni para mantener una amistad.

Y no es que no se interesen por otros temas aparte de su trabajo, es que no tienen con quién compartir intereses. Nadie -o casi nadie- va solo al teatro, al cine, ni a un concierto, ni a un partido de fútbol o de basquetbol. A lo sumo, pueden ir al gimnasio a levantar pesas, una de las pocas ocupaciones físicas que no requieren de un partner.

Sin embargo, no creo que su trabajo sea algo que los satisfaga, al menos, no plenamente, aunque tengan éxito en él, como probablemente lo tienen el dueño de la casa. No todos tienen éxito en el trabajo; pero para todos ellos, el trabajo es una escapatoria. Es como una caverna virtual del hombre moderno, que reeplaza a la cueva del hombre prehistórico. Un escondite intelectual, donde refugiarse y olvidar su soledad. ¡Ay de ellos cuando les llegue el momento de jubilarse!

Sí, mirado desde el punto de vista de la evolución, su casa es su cueva. Es algo así como el lugar donde nuestros antepasados, los homo sapiens sapiens, se refugiaban después de cazar – la caza era su trabajo-. En la caverna comían, dormían, criaban a sus niños, hacían fogatas, se refugiaban del sol y del calor, de la nieve y del frío. Y hasta dibujaban. La gran diferencia consiste en que los hombres y mujeres prehistóricos vivían en grupo; pero mi vecino vive solo.

Algunas veces, he pensado que es un poco como el gigante egoísta[1]. Pero esto puede ser una injusticia de mi parte, ya que es posible que a él, desde un comienzo, sí le gustaría tener contacto con otras personas y ver a los niños de la vecindad entrar a su jardín. Pero puede ser que no pueda, que sea incapaz de tener contacto con otras personas, aún deseándolo. Esa es mi tesis: que es incapaz de acercarse a otras personas. Y creo que hay muchas personas como él en el primer mundo.

Si nuestros antepasados hubieran vivido cada uno solo en una caverna, no habrían sobrevivido. Ellos se ayudaban y apoyaban mutuamente, cazaban en conjunto, y con sus perros, que, ya desde entonces, eran “el mejor amigo del hombre”. Muy por el contrario, mi vecino, el moderno cazador vive solo. Está aislado. Nadie vive con él, nadie lo visita y probablemente, él no invita a nadie.

La cooperación que llevó a nuestros ancestros a desarrollarse y progresar, ha sido reemplazada por el aislamiento. Por algo, muchos dicen que demasiados hombres modernos -habitantes del primer mundo- son verdaderos lobos esteparios. Que las personas se aíslen, no es progreso, sino retroceso. Recuerdo que ya Aristótoles nos hacía ver que el hombre es un animal social. Si deja de ser social, dejará de ser humano.

Al igual que el filósofo griego, pienso que “el individuo solo se puede realizar plenamente en sociedad y que posee la necesidad de vivir con otras personas”, es más, estoy segura de ello. Robinson Crusoe no es el ideal. Y también, con Aristótoles, estoy convendica que “aquellos que son incapaces de vivir en sociedad o que no la necesitan por su propia naturaleza, es porque son bestias o dioses”[2]. O más bien, son bestias que se consideran dioses.


[2] Ambas citas de su obra “Política”, en Wikipedia: Zoon politikón

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