La inestabilidad y el cambio en Chile

En su último libro “Road to unfreedom”[1], Timothy Snyder -el historiador norteamericano del momento- señala acertadamente que sólo en un estado estable y que funciona, sus ciudadanos pueden llevar a cabo un cambio. O muchos cambios. Es precisamente la estabilidad la que hace posible cambiar el cambio.

Este es mi problema frente al caso chileno: frente a la Asamblea Constituyente y a la eventual nueva nueva constitución. Creo que Chile se ha vuelto un país más que inestable, sumamente lábil e inseguro en todo sentido. Del legalismo del que nos gloriábamos o por el que éramos criticados, parece que pasamos raudamente al ilegalismo, al desgobierno. Del estado de derecho pasamos a la anarquía o, en el mejor de los casos, a un segundo período de “ensayos constitucionales”, como el del siglo 19; pero más de un siglo y medio después[2].

De las alabanzas del historiador alemán Heinrich August Winkler[3], quien calificaba a Chile como el único país occidental de Latinoamérica, de eso, poco y nada va quedando. Una de las características esenciales y conditio sine que non de la pertenencia a Occidente es la capacidad de resolver las diferencias políticas -tanto teóricas, como prácticas- en forma pacífica, sin violencia[4]. Después de la irrupción de la llamada “primera línea” y de sus “ayudistas” -verdaderos autores intelectuales del estallido de violencia- de occidental, poco y nada le va quedando al país.

Tengo que reconocer que, en un comienzo, yo era levemente proclive a una nueva constitución. Incluso me atreví a proponer una medida muy concreta para el eventual nuevo texto (el establecimiento de una barrera del 5% para que los partidos políticos puedan tener representación parlamentaria[5]) y creí que, con ello, contribuía a una proceso constitucional que, como me dijo un amigo nos identificaría a todos los chilenos con una nueva carta fundamental. Asimismo, pensaba que un gobierno serio y estable como el actual, conduciría el proceso constitucional por un buen camino y hacia buen puerto.

Sin embargo, me temo que, de a poco, estoy cambiando de parecer. Y no soy la única. Si una revisa las cifras de las encuestas de opinión[6], puede observar que la alternativa hacia el rechazo (el llamado #votorechazo) si bien es cierto no es aún mayoritaria, tiende a aumentar. Siempre he sostenido que las encuestas no se pueden ver como una simple foto de un instante, sino más bien hay que observarlas como una película, ya que la tendencia es lo decisivo.

Hace algunos días, recibí un mensaje de una compañera de Universidad de Javier Edwards[7], que contenía un escrito suyo acerca del tema rechazo o aprobación en el próximo plebiscito. Me pareció significativo que una persona como mi querido amigo Javier se pronunciara tan claramente en favor del rechazo. Entre otras cosas, porque él es una persona de ideas de izquierda. Me parece interesante comentar sus planteamientos.

Javier explica que “la estabilidad de la constitución es la estabilidad del país y sus ajustes deben recoger mayorías adecuadas para no convertirla en la herramienta de mayorías de turno o manipulaciones para perpetuar en el poder a algún gobernante inescrupuloso”. Así es. Las mayorías de turno son más bien un tool del populismo que una herramienta real de la democracia. Pienso que la estabilidad no es inmovilidad. Por el contrario, la inestabilidad es el verdadero origen de la inmovilidad. Me parece que la estabilidad de Chile actualmente deja mucho que desear.

En este sentido, el párrafo que Javier dedica a la Plaza Baquedano es muy significativo: “me parece absurdo y populista, innecesario, ponerle Plaza de la Dignidad al peladero en que se convirtió la inocente Plaza Baquedano, sino trabajamos de verdad en un plan de gobierno y legislativo que construya esa dignidad. Así, cada dictadura construye monumentos a la libertad, y la politiquería y la demagogia hablan de palabras como dignidad, justicia, equidad y quieren monumentos no políticas, leyes, normas y su aplicación”. Pienso que la Plaza Baquedano ha sido convertida más en una verdadera plaza de la indignidad.

Cuando un país es inestable, nadie -o poca gente- quiere cambiar algo, porque teme que será peor el cambio que el presente[8]. Y eso es lo que bien puede pasar en Chile si continúan las “protestas” y las acciones de la llamada “primera línea”: incendios, destrucciones, rayados, funas, saqueos, coacción y amenazas, además de otras barbaridades. Hasta ahora hablamos del estallido social; pero creo que estamos a punto de caer en un estallido terrorista.

En un clima inestable no se puede hacer reforma alguna, ni las necesarias ni las innecesarias. Ni sociales, ni políticas, ni económicas, ni institucionales, ni menos constitucionales. En un clima de inestabilidad, sólo se retrocede, en el peor de los casos -cuando se desquicia el estado de derecho- hasta la edad de las cavernas, donde prima la ley de la fuerza por sobre la fuerza de la ley.

Todas las reformas que se han hecho a la constitución actual en estos 30 años de vigencia en democracia, han sido hechos precisamente en un marco de estabilidad institucional y no de ruptura. No creo que sea necesario, ni conveniente, lanzar por la borda las reformas realizadas. Javier habla de “una mentira política”. Y señala que “su propósito, en algunos con ambiciones refundacionales, es un acto revolucionario para convertir a Chile en un proyecto viciado”. Fundar de nuevo el país es una utopía o más bien una distopía, un proyecto populista[9].

“El esfuerzo de una nueva constitución, innecesaria, el tiempo que llevará materializarla, la incertidumbre que generará, el impacto económico que ello tendrá, el debate oportunista de los políticos, todo pondrá en segundo lugar lo que realmente es necesario…”. Sí, Javier tiene razón: la incertidumbre es lo contrario de la inestabilidad y ésta durará al menos dos años, en los que la presión de la primera línea puede tornarse intolerable: más incendios, más barricadas, más saqueos, más actos de fuerza, más violaciones a la libertad individual[10]

Javier concluye: “Escribir una constitución no es un ejercicio de improvisación, ni podrá recoger todas las ideas de las cabezas más imaginativas (puedo anticipar un colorido circo de propuestas). En conciencia, y por el bien del país y de todos, para poner las prioridades en las verdaderas urgencias: votaré NO al cambio de constitución”. Yo no estoy decidida aún; pero no puedo negar que mi colega y amigo tiene bastante razón.

Puedo agregar que en un clima de agresión, de desgobierno, de crispación y de inestabilidad no conviene cambiar la Constitución. Nada bueno puede salir de ello. Ahora durante el verano, las cosas parecen más calmadas, tal vez porque “los jóvenes idealistas” se fueron de vacaciones au$piciada$ por papá y mamá; pero no creo que marzo vaya a ser un mes muy tranquilo, ni tampoco abril. Ojalá me equivoque, ojalá.


[1] “The Road to Unfreedom: Russia, Europe, America”, 2018. Leo que fue publicado en castellano bajo el título de “El camino hacia la no libertad”.

[3] Durante una charla-homenaje organizada por la embajada polaca en Berlín, hace algunos años.

[4] Esa gente que dice que todo cambio debe ser violento, creo que adolece de seguera histórica y está afectada por el pensamiento al que me referí en mi columna De la violenta revolución que conduce a la dictadura del proletariado, que invito a leer.

[5] “Sería interesante incorporar a la Constitución una cláusula de barrera de al menos un 5% para establecer un sistema de acuerdo al cual, “únicamente los partidos políticos que hayan obtenido al menos el 5% de los votos válidamente emitidos pueden obtener representación parlamentaria”, en mi columna La polarización es el semillero del extremismo

[8] O, como diría Shakespeare: “Rather bear the ills we have than fly to others that we not know of”.

[9] Aquí viene un enlace a mi artículo próximo acerca del populismo en el “estallido social” en Chile.

[10] Ver el testimonio de una amiga: Ayer sentí miedo

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