Ateísmo y antisemitismo

Este artículo es el segundo de la serie de distopías que inicié con La ley que prohíbe la religión Está basado en opiniones que recibí en un foro ateo en el que pregunté inocentemente acerca de los argumentos que puede dar el ateísmo frente al antisemitismo. Mi gran y negativa sorpresa fue que la mayoría de los ateos miembros del grupo era más bien antisemita y recurría a las más peregrinas teorías para justificarlo. Las opiniones que doy aquí son las que escribieron en el foro. Escalofriante el potencial antisemita. Háganse Uds. mism@s una idea.

El comienzo 

Uno de los factores que más influyó en la promulgación de la ley europea que prohíbe la religión[1], fue la actitud de la creciente mayoría atea o ateísta en el continente. Me refiero al movimiento autodenominado “ateísta” o del nuevo ateísmo o neo-ateísta. Escogieron este nombre para distinguirse de los antiguos ateos a quienes consideraban muy “tibios”, liberales y “europeos”.

El movimiento llegó de los Estados Unidos, principalmente a través de dos autores (de sus libros y conferencias en youtube), y su auge tuvo lugar, en gran parte gracias a los grupos “ateístas” creados en las redes sociales. El movimiento ateísta surgió con fuerza a comienzos de la década del 2020 y fue uno de los pilares que condujo, una década más tarde, a la prohibición de todas las religiones en Europa. Su lema principal fue “la religión es una fuerza maligna, ideada por personas mentalmente enfermas”[2].

Aproximadamente, en esa misma época, tuvo lugar el resurgimiento del antisemitismo en Europa, que -sostienen algunos- sólo estaba “dormido”, después del gran antisemitismo eliminatorio de mediados del siglo XX en Europa que culminó en el Holocausto, siendo esta una de las causas, por las que consideramos al siglo pasado como uno de los más sombríos, sangrientos y crueles de toda la historia humana[3].

Los comienzos del movimiento “ateísta” fueron suaves, casi blandos. Tibios… Su auge fue paulatino y la mayoría de la población pareció no darse cuenta de su avance social, como una ideología guía del “movimiento prohibitivo” de las religiones en Europa. Su evolución fue de la mano del resurgimiento del antisemitismo, al que primero rechazó tímidamente y luego abrazó sin intentar siquiera ocultar esta especie de simbiosis que se desarrolló entre ambos.

En una primera etapa, el “ateísmo” señalaba que “la solución al conflicto religioso europeo consistiría en superar visiones de mundo irracionales y conceptos conceptuales”[4], con ello, se refería a todas las religiones; pero especialmente al llamado “judaísmo europeo” que pronto se convirtió en blanco de sus embestidas antirreligiosas. La prohibición de todas las religiones traería consigo -soñaban- la ansiada edad de la paz, de la fraternidad y la harmonía entre los seres humanos.

La conspiración

A fines de la década del 2010, los judíos en Europa eran numéricamente muy pocos; pero se les atribuían poderes casi sobrenaturales. Ridículamente sobrenaturales: las teorías sobre su poder rayaban casi en la superstición. Especialmente, en lo relativo al poder econonómico y al control financiero del mundo por parte de los “hebreos”, “israelitas” o “mosaicos”, como les llamaban.

En aquel entonces, la cultura popular -que se hacía cada día más atea militante- comenzó a identificar al demonio pre-islámico Jinn (en inglés) o djinn (en castellano) con el pueblo judío. La creencia en los jinn o djinn se expandió por la sociedad de la mano de los inmigrantes procedentes del mundo árabe y de películas estadounidenses cuyos productores vieron en esta creencia una forma de hacer dinero sobre la base de las supersticiones que pululaban entre jóvenes desarraigados, especialmente en canciones y películas.

Debido al parecido entre ambas voces: djin, jinn y jew, jud o juif (en inglés, alemán y francés) en las canciones que escuchaban los jóvenes, era difícil distinguir si se hablaba de judíos o de demonios. Es más, en los videos de rap y otras corrientes musicales similares, se presentaba al demonio con una estrella de David en la frente o con un anillo con una estrella. El protagonista -generalmente masculino y musculoso- era capaz de matar al demonio jinn o djin o más bien, a dos demonios: uno de ellos vivía en Jerusalén y el otro, en Londres. Este último controlaba las finanzas mundiales. El primero, la política mundial. La relación entre músicos populares y ateístas era una relación de retroalimentación o de acción y reacción recíproca y permamente.

Asimismo, el libro sobre los Sabios de Sión (una falsificación rusa de fines del siglo XIX) se convirtió en un best seller: la mayoría de la gente -e incluso parte de la prensa- aseguraba que el libro era verdadero y que recopilaba un plan judío para dominar al mundo, enriquecerse, sojuzgar y esclavizar a todos los hombres y mujeres. Se trata de 24 protocolos que se atribuyen a los judíos sionistas, encabezados por Theodor Herzl (periodista y escritor que vivió en Viena a fines del siglo XIX), elaborados en un Congreso sionista en Basilea (Suiza) en 1897. En él, el “sionismo internacional” habría trazado las directrices para conquistar el mundo[5]. Este plan es, en realidad, una farsa. Pero a principios de la década de 2020, se lo veía como una confabulación real, una conspiración, según la cual, los judíos planearon conquistar Europa y luego toda la galaxia.

A fines de los años diez y comienzos de los veinte del siglo XXI, campeaban en Europa, todo tipo de teorías conspiranoicas. Se piensa que, probablemente, la existencia de las llamadas fake news o noticias falsas de la época de Donald Trump, fueron el fundamento de la nueva mentalidad de acuerdo a la cual “no se puede creer en nada, ni en nadie, porque todo es mentira y todos los políticos y los medios mienten: lo que dicen unos es falso y lo que dicen otros, también es un embuste”.

De dioses y de demonios

Por tanto, a quienes -como a los ateístas- no creen ni en dioses, ni en demonios, les bastaba escuchar a los conspiranoicos escribir y cantar que los judíos controlaban el mundo, sin necesidad de creer en los jinns o diablos. Hay que reconocer que algunos ateístas sí creían en demonios, eran una minoría influyente y formaban el grupo de los autodenominados ateístas satánicos. Algunos usaban la máscara de Pennywise como su distintivo, tal como otrora la máscara de fue el distintivo de Guy Fawkes fue el distintivo de Anonymous.

La intelectualidad atea no comprendía este juego de retroalimentación. La música en que se cantaba las épicas luchas de nuevos héroes con demonios no era la música que ellos escuchaban. Ellos más bien despreciaban estas corrientes musicales que consideraban propias de las clases más bajas (aunque no lo reconocían abiertamente). De manera que todo este trasvasije de creencias ocurría sin que las capas pensantes de la población se dieran siquiera cuenta de ello. El maridaje ateísmo-antisemitismo tuvo lugar inicialmente, entre los grupos sociales menos intelectuales.

Por su parte, a quienes creían sólo en los demonios y otros seres del mundo inferior, les daba lo mismo que los políticos y dirigentes ateístas no creyeran en demonios. A ellos les bastaba convencerlos de que los judíos controlaban el mundo y sojuzgaban a sus habitantes. Ellosestaban convencidos de que los demonios controlaban a los judíos y a sus “protegidos” o dhimis -usaban la terminología islámica- quienes muchas veces tampoco sabían que, ellos mismos eran dominados por los judíos e indirectamente por los demonios. Incluso había un rap muy popular titulado “Nadie sabe para quien trabaja” que tematizaba esta concomitancia.

Era un lugar común pensar simplemente que los demonios controlaban a los seres humanos. Por algo -decían- en la Biblia se denominaría al diablo el señor del mundo, en contraposición a Dios, que sería el señor del Cielo. Las jerarquías de las iglesias cristianas -especialmente el Papa Valentín[6]– no se cansaban de explicar que esta pseudo hermenéutica bíblica era totalmente incorrecta y que el Padre Celestial es “Señor del cielo y de la tierra”. Tampoco se cansaban de combatir el antisemitismo -tan extraño para el primer Papa chino-; pero pocos escuchaban sus palabras. Menos que nadie, los ateístas.

Otras justificaciones

Paradojalmente, quienes más rechazaban el llamado relativismo como filosofía de la vida y del conocimiento, eran quienes más sostenían que, en realidad, “como todos mienten y no se puede conocer la verdad”. En este panorama, a nadie le puede extrañar que hayan surgido tantos intentos de explicar la compleja realidad, basándose en teorías de la conspiración que pretendían explicar de manera simple el complicado acontecer político, económico, cultural y hasta deportivo del mundo.

El hoy nonagenario profesor checo Jan Mozart, experto en teorías de la conspiración, advirtió a fines del siglo 20, que quienes adhieren a tales teorías, ven la acción del demonio en el mundo, a través de determinados grupos que serían demoníacos e intentarían controlarlo todo[7]. Primero, controlarían ellos mismos el mundo y a través de estos grupos, lo controlaría todo el demonio a quienes, a su vez, los grupos controladores del mundo obedecían.

Algunos sostenían que el mundo no se había vuelto más complejo, sino sólo que a partir de la llegada de internet a nuestra vida diaria, recibíamos tanta información que los pequeños cerebros de la mayoría de la gente común, no estaban preparados para asimilarla y menos aún para entenderla y procesarla. Asimismo, el caudal de noticias negativas (se decía que una buena noticia no era noticia) había producido un síndrome de rechazo a los medios de comuniación habituales. Cada persona se hacía su propio mundo, ya que seguía sólo los canales de información (o de desinformación) que ellos preferían, creándose mundos aparte o paralelos, verdaderas burbujas. Como alguien me dijo en aquella época, luego de que yo la contradije: parece que vivimos en planetas distintos.

Otros planteaban que la sociedad de la información y de la cibernética -muchos ateístas eran informáticos- necesitaba mayor inteligencia y que la religión “se asienta como el moho sobre las bobinas del cerebro y reduce la memoria”, escribía uno de ellos en una revista muy popular de computación que aparecía en varios idiomas. De manera que, para rendir más, es necesario eliminar toda religión.

Tampoco todos los cristianos defendían a los judíos: el antisemitismo se había adueñado de gran parte de los cristianos europeos. En esto, no se diferenciaban de los ateístas, aunque el porcentaje de antisemitas cristiano era menor que entre los ateístas. Ello debido a la actuación de la jeraquía de las iglesias cristianas europeas decididamente pro-judías.

Sin embargo, partiendo del Este de Europa (Polonia, Hungría, Eslovaquia, Chequia, Austria, etc. y el sur de Alemania) se habían expandido viejas teorías originalmente cristianas que habían sobrevivido a los siglos y se ponían nuevamente de moda, según las cuales, los judíos habrían matado a Jesucristo (en quien los cristianos cada vez creían menos, pero era un símbolo de “identidad cultural”) y envenenado pozos de agua.

Asimismo, algunos ateístas más de izquierda (a diferencia de lo que ocurrió en el siglo XX, en el XXI, la mayoría de los ateístas era más bien hoy de extrema derecha) argumentaban: las religiones son la causa del nacionalismo, eliminándola, se acabaría también los movimientos nacionales e incluso se terminaría con el extremismo nacionalista. Sin religión -agregaban- se extinguiría también el antisemitismo, ya que, si no existieran judíos, los antisemitas no habría a quien atacar. Esta última era la explicación más tonta y sin sentido que he leído; pero en grupos ateístas, era muy recurrente.

Las víctimas son culpables

Sí, decían que sin religión, no habría antisemitismo. Mientras más religiosos son los judíos, más odio crean en los demás. Si no son religiosos, no tienen qué temer. Sería muy fácil -proseguían- si los judíos abandonaran su religión, su nacionalismo y su racismo intrínseco, entonces no producirán más odio en su contra. Sus críticos replicaban que esa teoría respondía a la antigua máxima según la cual “las víctimas son las culpables”.

Los ateístas planteaban que, “como muchos ateístas se interesan por las ciencias naturales, si no crees en Dios, generalmente no buscas en la religión la explicación para lo que no entiendes. Sino que sólo confías en las explicaciones científicas naturales”, como explicaba el profesor Guttemberg Tarifa, de un instituto de investigación del sur de España. Por tanto, mientras menos religión, más progreso científico, aseguraba, ya que personas no-religiosas eran más proclives a la reflexión y su cerebro podía desarrollar procesos de pensamiento más largos y complicados. Esto supone que la religión tiene por misión explicar fenómenos científicos que las personas no entienden, lo que ya entonces muchos ponían en duda, ya que ese no sería la finalidad de las creencias religiosas. Pero el profesor Tarifa insitía en que sí lo era.

De manera que, las personas religiosas buscarían en la religión explicaciones para fenónemos naturales. Pienso que esto se aplica a las antiquísimas religiones naturales, de la época prehistórica. Pero no a las grandes religiones monoteístas y trascendentes. La dicotomía fe y razón ha sido -desde hace siglos- objeto de muchas investigaciones y nadie medianamente culto o culta, podría volver a mezclarlas. Sin embargo, a estas alturas, el diálogo se había vuelto imposible.

Algunos ateístas negaban que ellos fueran antisemitas, pues consideraban que el antisemitismo era, por definición, un racismo y ellos no eran racistas. Incluso en sus filas, militaban personas de “raza judía”, explicaban usando esta terminología. Su rechazo -algunos hablaban de odio- se dirigía más bien a la religión judía, la que enmarcaban en el conjunto de “todas las religiones” y decían que no harían una excepción en el caso de la “religión mosaica”. Ésta debía ser eliminada como todas las demás.

Es más, tanto el racismo, como la religión eran expresión de delirio y de fantasías negativas, y por tanto, ambos deberían ser eliminados. Advertían que, si se quiere eliminar todas las otras religiones y no sólo la religión judía, no estaríamos ante un antisemitismo, sino más bien ante una necesidad racional de liberar a la humanidad de lo que ellos llamaban “delirios”.

División binaria del mundo, el estado de Israel y la expulsión

Los ateístas dividían al mundo en forma binaria entre los religiosos y los que no lo son, o sea, ellos. Dentro de los primeros -que había que eliminar- estaban los judíos, al menos los que aún creían en algo. Estamos pues ante un ateísmo eliminatorio del que se deriva como consecuencia natural, un antisemitismo eliminatorio.

En otros tiempos, habríamos hablado de “buenos y de malos”; pero oficialmente, los ateístas rechazaban estas categorías ya que bondad y maldad serían algo propio de las religiones. Los religiosos eran “los otros”, los totalmente diferentes, aquellos que no son como yo y que no puedo admitir como mi igual o un interlocutor válido. Es más, tengo que eliminarlo.

Así, junto con el nuevo ateísmo surgió un nuevo antisemitismo que algunos veían como el renacer del antiguo antisemitismo europeo; pero al que se agregaron aún más y más complejos elementos. Como dije más arriba, el nuevo antisemitismo y el nuevo ateísmo se “aparearon” en un juego de retroalimentación recíproca.

Un pequeño grupo dentro de los adherentes al ateísmo, sostenía que era mejor no condenar a nadie, ni si quiera a los judíos, porque las cosas podían cambiar y ser ellos mismos los perseguidos. Sin embargo, no lograban demasiada resonancia en el movimiento ateísta. Se los criticaba por tener una posición demasiado pragmática y orientada y en la propia conveniencia y no en el bien de la mayoría.

A mediados de la década de 2020, una ex-judía convertida al ateísmo, la profesora de una universidad privada de Budapest, de origen estonio, Helin Vitkin, sostuvo que el antisemitismo tiene tres componentes: “el odio a la religión del judaísmo, el odio a una supuesta ‘raza judía’ y el odio al estado de Israel. Por tanto, la religión es sólo una parte del antisemitismo y bien puede tener otras formas. Una crítica a las acciones del estado de Israel no es antisemitismo. Sin embargo, si la gente quiere abolir por completo el estado de Israel, entonces examinaría más de cerca la motivación”. Su postura fue ampliamente discutida sin llegar a ninguna conclusión, salvo que el estado de Israel se hallaba en peligro.

Los ateístas rechazaban el estado de Israel, por ser -decían- un estado religioso o, al menos, basado en una religión, aunque se vistiera de estado democrático, lo que no sería más que una especie de disfraz. Para ellos, no había diferencia entre el estado de Israel y el de los ayatollas, escribían.

En la política interna de los estados europeos, los ateístas sostienen que los creyentes y especialmente los judíos con su antiquísima religión no están a la altura de la sociedad moderna, son incapaces de vivir en un estado democrático y por tanto, el estado debe ser depurado de ellos. Hoy en día, a fines del 2030, los judíos europeos tienen dos alternativas: o reniegan de su fe o abandonan Europa. Estamos en los umbrales de una nueva expulsión al estilo de la de 1492 en España.  

Marta Salazar, corresponsal en Europa, Berlín 2030. Seguiremos informando sobre el tema.


[1] Informé de ella en mi artículo de 2030 La ley que prohíbe la religión

[3] Aunque algunos niegan que haya sido tan violento. Cfr. La violencia, vencida

[4] La frase y todas las siguientes frase entre comillas, la tomé de un foro de ateístas en internet. Las ideas y las frases que no están entre comillas proceden de ese mismo foro de ateos en la red.

[6] Sobre él, ver mi artículo sobre La ley que prohíbe la religión en Europa.

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Historia de un pogromo

Tarabas[1] es uno de mis libros preferidos de uno de mis autores preferidos: Joseph Roth. En él, el autor austro-húngaro, genio de la literatura de habla alemana e inspiración para muchos, describe un pogromo. Ese relato es fundamental en el libro y marca las dos etapas de la vida del protagonista… Marca el término de su primera vida y el paso a una vida de expiación y penitencia. Algo que parece que era común en Rusia de entonces. O en la esfera de influencia de los zares, para hablar más propiamente.

Nikolaus Tarabas proviene de una familia de terratenientes, en la parte rusa de la zona de la frontera entre Rusia y Austria-Hungría. Estudia en Petersburgo, donde se une a un grupo subversivo y debe huir del país, hacia Estados Unidos luego de un atentado al gobernador de Cherson. En un ataque de celos y de rabia mata a su joven enamorada y debe huir nuevamente, esta vez , de Estados Unidos. Vuelve a Rusia y se alista en el ejército; ha empezado la Gran Guerra.

En el colegio, aprendimos que la I Guerra terminó en 1918. Sin embargo, en el frente oriental, debido a la organización de los países que entonces emergieron y al vacío de poder, la guerra se prolongó por más tiempo. En el territorio de la que sería la Unión Soviética, una cruenta guerra civil se extendió hasta que Stalin logró poner relativo orden… hoy, todos sabemos a qué precio.

Muchos de los libros de Roth se ambientan en la frontera, ese territorio a ambos lados de la línea que marcaba el límite entre dos imperios: el de los Habsburgo y el de los Zares. Esa región que me imagino un poco como el lejano oeste; pero en el Este de Europa. Entre Europa occidental y Europa oriental[2].

Por ejemplo, en Job -otra de sus obras maestra- Joseph Roth habla de la vida en la región de la frontera, al lado ruso, especialmente de la vida de los judíos, como en otra de sus obras Hotel Savoy, ambientada en la ciudad de Łódź, hoy Polonia, en aquel entonces, Zarato de Polonia, esto es, en la zona de influencia zarista. La inestabilidad social, política y económica en Łódź es algo que trasciende toda la obra. Impresiona lo que cuenta de las bandas de ex-militares que regresan de Rusia hacia el Occidente y que deambulan sin futuro -me atrevería a decir que también sin pasado- y sin trabajo, pero con hambre. La frontera era -también en Polonia, de donde procede la palabra alemana Grenze[3]– una región en sí.

Roth sitúa la historia de Tarabas -salvo una corta introducción que se desarrolla entre Petersburg y Nueva York- en la frontera. Escribe a Stefan Zweig que tomó la historia de un diario de Ucrania, que le sirvió de inspiración. La palabra pogromo viene del ruso погром y designa el lynchamiento de judíos y la destrucción de sus bienes. Del ruso ha pasado a todos los idiomas y su significado se ha ampliado a otros grupos étnicos.

Muchas veces, nos preguntamos, cómo puede haber ocurrido un pogromo. ¿Qué pasa dentro de la cabeza de las personas que participan en él? ¿Por que se dejan llevar por otros, por quienes lo promueven, lo organizan, lo incitan, por quienes son sus cabecillas? El relato de Roth nos puede servir para entender cómo funciona este mecanismo del odio.

El progromo de la ciudad de Koropta es uno del tipo religioso, esto es, originado en el odio no racial, sino religioso a los judíos. El odio étnico -por ej., el de los nacional socialistas- es históricamente posterior al odio basado en sinrazones religiosas. Hoy existe un antisemitismo político, que se manifiesta en el odio a Israel, a los sionistas o a los políticos judíos que intentan hacer política en sus respectivos países y a quienes se acusa con frecuencia, de representar intereses foráneos o financieros, internacionales o extranjeros. Es una de las teorías de la conspiración más frecuente en nuestro tiempo.

Tarabas había sido nombrado capitán durante la Guerra (durante lo que hoy llamamos I Guerra Mundial). Un hombre fuerte que dirige a los suyos con mano de hierro. Que mata y hace matar. De alguna manera, no quiere aceptar que la guerra ha terminado, que la revolución ha triunfado y que él ya puede volver a su casa. En realidad, no puede volver, porque se aprovechó sexualmente de su prima Maria y su papá le advirtió que, si volvía con vida de la guerra, se tenía que casar con ella.

Su superior inmediato, el general Lakubait, es el abogado del papá de Tarabas. Lakubait -que lo reconoce de inmediato, a diferencia de su propio padre- le da el encargo de seguir en la ciudad donde estaba al término de la guerra, en Koropta y de tomar el mando de la misma con su tropa. Lakubait le instruye para que se deshaga de los soldados no confiables. Esto lo quiere hacer Tarabas emborrachándolos…

Su ayudante Konzew es, en realidad -el único en que el coronel Tarabas confía- es encargado de dar cerveza y otras bebidas alcohólicas en abundancia, a la tropa, dentro del cuartel. Algunos de los soldados, borrachos, deciden desertar y salen del cuartel rumbo a la ciudad misma. Los desertores son aquellos soldados en quienes “no se puede confiar”.

En la ciudad, entran a la posada-restaurant-hotel de un judío llamando Nathan Kristianpoller. Allí se encuentran con otros militares que no han desertado; pero que saben de la deserción y que no hacen nada, esperando que vengan las tropas de Tarabas a arrestarlos (sólo supongo que a arrestarlos). Los dos grupos comienzan a beber juntos y siguen emborrachándose.

El dueño de la posada es el judío Nathan Kristianpoller, una especie de puente entre los judíos y los cristianos. Estaba muy feliz ese día viernes, ya que pensaba que había vuelto la paz a su ciudad, que la guerra se había acabado. Ese viernes habían regresado los campesinos a Koropta y había tenido lugar -por primera vez, después de la guerra- el llamado mercado de los cerdos.

En él, los campesinos vendían sus productos y compraban los que les vendían los judíos. Además, acudían a la posada de Kristianpoller, quien se preparaba para celebrar el sábado (Sabbat o Schabbat,). Quiere escribir una carta a su familia para que regrese a Koropta, ya que se habían refugiado en la localidad de los abuelos, Kyrbitki, huyendo de la guerra. El posadero judío es un buen marido, un hombre bueno y un buen padre de familia, todo lo contrario de Tarabas[4].

En la posada de Nathan Kristianpoller, se reúnen algunos pocos militares que no han desertado y los desertores. Los primeros prestan a los segundos sus armas y comienzan un peligroso juego. Ambos grupos comienzan a disparar (a jugar a la puntería, diríamos hoy). Kristianpoller escucha los disparos, siente un muy mal presagio y huye raudamente por la ventana, escondiéndose en la casa -que estaba a oscuras- del fabricante de cristales, que se igualmente se preparaba para celebrar el sábado.

Uno de los desertores, Ramsin, probablemente ucraniano, toma un trozo de tiza y comienza a dibujar en la pared azul de la posada de Kristianpoller. Dibuja animales, después soldados de diferentes países y luego mujeres. Desnudas o semidesnudas. Los demás se paran detrás de él a observarlo. Quieren que se detenga y que no dibuje a las mujeres; pero al mismo tiempo, quieren que las dibuje. Me imagino que es como una forma de pornografía de principios de siglo 20.

Una vez dibujadas, los soldados y los desertores comienzan a disparar a las figuras con sus pistolas. Ramsin dispara bien; pero los demás no logran dar en el blanco. Dicen que hay un embrujo sobre la pared. Yo diría que estaban demasiado borrachos. Pero claro, ellos creen en los embrujos y en los sortilegios, en las maldiciones y en la magia.

De pronto, la pared donde estaban los dibujos sensuales de las mujeres y donde habían comenzado a disparar con sus rifles, se cae y surge algo que a los soldados les parece que es una imagen de la Virgen María. De piel muy clara y pelo muy negro, coronado con una diadema. Mira con cara amable, pero casi llorando. Típica imagen mariana centro-europea, diría yo. Nada de alegría, más que nada, sufrimiento. Su pecho no se ve, pero los soldados se lo imaginan.

Los soldados y los desertores caen de rodillas ante la imagen. Sienten que alguien lo empuja hacia abajo. Asimismo, cuando caen de rodillas, tienen la impresión de levitar. Se acercan a la imagen, de rodillas o totalmente postrados en el suelo. La tratan de tocar. Es el atardecer y la imagen se desvanece lentamente, al tiempo que cae la noche. Quieren tocarla antes que desaparezca -temen- en la negrura de la noche.

Alguien entona una canción que todos conocen en esa región, por siglos, profundamente cristiana: “María, tu dulce”. Todos comiemzan a cantar. Terminan con esa canción y siguen con otras canciones marianas.

Los campesinos, al ver la imagen, deciden no regresar a sus casas, ubicadas en los pueblos vecinos a Koropta, sino pasar la noche cerca de la imagen descubierta. Entran a la posada, sueltan a sus caballos, se santiguan, alaban a Dios y se llenan de odio contra los judíos. Como si el amor y el odio no fueran antípodas irreconciliables e incompatibles. Parece que recordaran -se los imaginan- los sacrilegios del judío Kristianpoller contra la imagen de la Virgen, contra la Iglesia. Todos los oprobios de todos los judíos contra la Iglesia… Etcétera.

Ramsin -convertido en un líder diabólico- les grita que la posada antes debe haber sido una iglesia y que el judío Kristianpoller tapó -con su cal azulada- la imagen de la Virgen para convertir el templo en un negocio[5]. La ira -no sentida así desde que eran niños- se adueña de ellos. La sangre mezclada con alcohol, con mucho alcohol, hierbe en sus venas. Vociferan contra Kristianpoller y comienzan a buscarlo. Parece que todos los horrores de la guerra no fueran nada en comparación con el supuesto sacrilegio judío. El odio se apodera de soldados y de campesinos. El odio que alimenta las ansias de venganza. Parece que el odio contra los judíos, tapara toda la culpa propia. Alcohol, venganza, odio e ignorancia siempre han ido juntos…

Buscan a Kristianpoller detrás de la taberna, del mostrador, en las habitaciones de los oficiales (Tarabas era uno de los que vivía en la posada), dan vuelta las camas, abren roperos y baúles… Como no lo encuentran en la posada, los soldados van al barrio judío. Los campesinos, armados con mazos, guadañas, fustas, con hoces y cuchillos. Sus herramientas de trabajo convertidas por el odio en instrumentos de venganza y destrucción. Los soldados y los desertores tienen las armas de la guerra.

Vestidos con su ropa de fiesta, con sus caftanes, judíos hombres -ancianos, tullidos, mutilados- venían saliendo de su casa de oración (era viernes en la tarde). Qué contraste el de hombres sanos, fuertes, jóvenes y armados, frente a un grupo de ancianos y lisiados judíos que no se podían defender. ¡Qué desigualdad! Con la poca luz de las lámparas de petróleo, los atacantes veían en el grupo de desvalidos judíos y descendientes del demonio.

El líder de los campesinos era un tal Pasternak, campesino más rico que los demás. Él y Ramsin comenzaron a dar latigazos a los judíos. Una vez reunidos en el centro de la calle, les ordenaron ir a la posada. Allí, los obligaron a arrodillarse ante la supuesta imagen y rezar. Los escupieron y golpearon sin piedad. Su saliva quedó brillando sobre la ropa negra de los judíos. Los judíos tienen que cantar en honor de la Virgen María. Una especie de desagravio por el sacrilegio que habría cometido Kristianpoller al desacralizar la iglesia, la supuesta iglesia convertida en posada.

Los judíos tenían que cantar algo que era teóricamente el Ave María. Ramsin -el desertor convertido en líder- los obligó a postrarse sobre la tierra. Les dice que los van a llevar a sus casas, así que se tienen que levantar. Acosados por soldados, desertores y campesinos que los golpean sin piedad, la masa de judíos indefensos abandona la posada en dirección al barrio judío. Custodiado por la turbamulta enardecida que los sigue golpeando y escupiendo.

Ya en el barrio judío, la turba ordena apagar la pequeña luz de las casas judías y luego volverla a encender, ya que a los judíos les estaba prohibido volver a encender la luz por ser día sábado, de descanso. Algunos campesinos sacaron las velas de los candelabros y encendieron con ellas todos los textiles que se le pasaron por delante.

Mujeres, niños, ancianos y hombres salen huyendo, pero no pueden ir muy lejos. Son golpeados por los soldados, desertores y campesinos. Los niños y las mujeres gritan y lloran, clamando el nombre de sus maridos.  Lo que hacía que soldados y campesinos se rieran a carcajadas. Gritaban: ¿¡Dónde está Kristianpoller!? Los judíos respondían que no lo sabían.

En eso, un soldado con un cuerpo muy grande y fuerte; pero una cabeza tan chica como una nuez, atraído por una bella y joven mujer judía, gritó ¡Esta es la mujer del canalla Kristianpoller? Lo que, evidentemente, era falso; pero daba lo mismo. Alzó un mazo corto de madera y golpeó la cabeza de la joven. Su velo o pañuelo de cabeza blanco quedó lleno de sangre.

La sangre fue una especie de detonante que despertó los deseos imparables de dar golpes, de patear, de herir, de ver más sangre. Soldados y campesinos comenzaron a golpear a cuanto judío había a su alrededor. Daba lo mismo si eran niños, mujeres, ancianos, sanos o enfermos, los atacantes querían ver sangre,  cataratas rojas salían de los cuerpos.

Tarabas estaba terriblemente borracho, por eso, no capta nada cuando le van a avisar al cuartel lo que pasa en la ciudad. Konzew sale con un grupo de soldados e intenta poner orden, en distintos idiomas. Pero es asesinado con el cuchillo de un campesino por Ramsin, el cabecilla de los desertores. El fiel soldado ruso que había peleado valientemente contra alemanes y austriacos es asesinado por un desertor con un cuchillo, en un pogromo.

A todo esto, ya ardían algunas casas de los judíos a ambos lados de la calle. Un soldado hizo una amtorcha con un palo y un pedazo de género (un mantel que había sacado de alguna casa judía). Lo untó en una de las lámparas de petróleo y con él, encendió los tejados de madera de las casas pobres.

El espectáculo de las llamas debe haber sido impresionante, ya que campesinos y soldados cesaron de golpear a los judíos y miraban ensimismados el fuego. Incluso comenzaron a consolar a los judíos y a mostrarles sus propias heridas… Mira, mira las llamas, les ordenaban. Pero ellos sólo veían sus casas destruídas. Los judíos de Koropota -como tantos otros judíos en la historia- no podían entender por qué Dios los castigaba de nuevo. Había muerto el zar y había muerto el faraón; pero a ellos, los seguían castigando los nuevos detentadores del poder.

Finalmente, las balas despiertan a Tarabas, quien sube a su caballo e intenta poner orden e impedir que prosiga el pogromo. Los campesinos abandonan rápidamente la ciudad en dirección a los pueblos cercanos y los desertores huyen. Tarabas ordena a los judíos regresar a las casas que aún no fueron destruidas por el fuego y permanecer dentro de ellas. Pone guardias que las protegen.

El alcohol, el milagro, los cantos, las velas, los rezos, la religión, el deseo, el sexo… Todo ello había movido a la turbamulta ignorante, estúpida y llena de odio a iniciar -una vez más en la historia- un progromo. Otro más. Si alguien se pregunta cómo y qué lleva a tanta gente a participar en sucesos tan irracionales como un progromo, a adherir a algo tan demencial como el antisemitismo, me parece que, para entenderlo, puede servir este relato de Joseph Roth. De alguna manera, toda forma de antisemitismo es un pogromo en cuotas. Y cada pogromo que ha ocurrido en la historia, es una especie de ensayo del Holocausto. Que no se repita.


[1] Original: Tarabas. Ein Gast auf dieser Erde, publicado en un diario antifascista de París, entre enero y marzo de 1934. Y ese mismo año en Amsterdam. Roth había emigado a Francia en enero de 1933. Para variar, no hay artículo en castellano en Wikipedia.

[2] Heinrich August Winkler habla de la formación de Occidente y su delimitación frente a Oriente, bajo la influencia de la Iglesia occidental, frente a la Oriental.

[3] De acuerdo a Adam Krzeminski en diálogo con Heinrich August Winkler. Ver película en youtube Salon InMItte 13 02 2015  Lo confirma Wikipedia: Grenze

[4] Katharina Ochse: Joseph Roths Auseinandersetzung mit dem Antisemitismus, pág 191 y siguientes.

[5] En otra de sus obras, Roth cuenta que la posada “El águila blanca” había estado durante más de 150 años en la familia de Kristianpoller.