La inestabilidad y el cambio en Chile

En su último libro “Road to unfreedom”[1], Timothy Snyder -el historiador norteamericano del momento- señala acertadamente que sólo en un estado estable y que funciona, sus ciudadanos pueden llevar a cabo un cambio. O muchos cambios. Es precisamente la estabilidad la que hace posible cambiar el cambio.

Este es mi problema frente al caso chileno: frente a la Asamblea Constituyente y a la eventual nueva nueva constitución. Creo que Chile se ha vuelto un país más que inestable, sumamente lábil e inseguro en todo sentido. Del legalismo del que nos gloriábamos o por el que éramos criticados, parece que pasamos raudamente al ilegalismo, al desgobierno. Del estado de derecho pasamos a la anarquía o, en el mejor de los casos, a un segundo período de “ensayos constitucionales”, como el del siglo 19; pero más de un siglo y medio después[2].

De las alabanzas del historiador alemán Heinrich August Winkler[3], quien calificaba a Chile como el único país occidental de Latinoamérica, de eso, poco y nada va quedando. Una de las características esenciales y conditio sine que non de la pertenencia a Occidente es la capacidad de resolver las diferencias políticas -tanto teóricas, como prácticas- en forma pacífica, sin violencia[4]. Después de la irrupción de la llamada “primera línea” y de sus “ayudistas” -verdaderos autores intelectuales del estallido de violencia- de occidental, poco y nada le va quedando al país.

Tengo que reconocer que, en un comienzo, yo era levemente proclive a una nueva constitución. Incluso me atreví a proponer una medida muy concreta para el eventual nuevo texto (el establecimiento de una barrera del 5% para que los partidos políticos puedan tener representación parlamentaria[5]) y creí que, con ello, contribuía a una proceso constitucional que, como me dijo un amigo nos identificaría a todos los chilenos con una nueva carta fundamental. Asimismo, pensaba que un gobierno serio y estable como el actual, conduciría el proceso constitucional por un buen camino y hacia buen puerto.

Sin embargo, me temo que, de a poco, estoy cambiando de parecer. Y no soy la única. Si una revisa las cifras de las encuestas de opinión[6], puede observar que la alternativa hacia el rechazo (el llamado #votorechazo) si bien es cierto no es aún mayoritaria, tiende a aumentar. Siempre he sostenido que las encuestas no se pueden ver como una simple foto de un instante, sino más bien hay que observarlas como una película, ya que la tendencia es lo decisivo.

Hace algunos días, recibí un mensaje de una compañera de Universidad de Javier Edwards[7], que contenía un escrito suyo acerca del tema rechazo o aprobación en el próximo plebiscito. Me pareció significativo que una persona como mi querido amigo Javier se pronunciara tan claramente en favor del rechazo. Entre otras cosas, porque él es una persona de ideas de izquierda. Me parece interesante comentar sus planteamientos.

Javier explica que “la estabilidad de la constitución es la estabilidad del país y sus ajustes deben recoger mayorías adecuadas para no convertirla en la herramienta de mayorías de turno o manipulaciones para perpetuar en el poder a algún gobernante inescrupuloso”. Así es. Las mayorías de turno son más bien un tool del populismo que una herramienta real de la democracia. Pienso que la estabilidad no es inmovilidad. Por el contrario, la inestabilidad es el verdadero origen de la inmovilidad. Me parece que la estabilidad de Chile actualmente deja mucho que desear.

En este sentido, el párrafo que Javier dedica a la Plaza Baquedano es muy significativo: “me parece absurdo y populista, innecesario, ponerle Plaza de la Dignidad al peladero en que se convirtió la inocente Plaza Baquedano, sino trabajamos de verdad en un plan de gobierno y legislativo que construya esa dignidad. Así, cada dictadura construye monumentos a la libertad, y la politiquería y la demagogia hablan de palabras como dignidad, justicia, equidad y quieren monumentos no políticas, leyes, normas y su aplicación”. Pienso que la Plaza Baquedano ha sido convertida más en una verdadera plaza de la indignidad.

Cuando un país es inestable, nadie -o poca gente- quiere cambiar algo, porque teme que será peor el cambio que el presente[8]. Y eso es lo que bien puede pasar en Chile si continúan las “protestas” y las acciones de la llamada “primera línea”: incendios, destrucciones, rayados, funas, saqueos, coacción y amenazas, además de otras barbaridades. Hasta ahora hablamos del estallido social; pero creo que estamos a punto de caer en un estallido terrorista.

En un clima inestable no se puede hacer reforma alguna, ni las necesarias ni las innecesarias. Ni sociales, ni políticas, ni económicas, ni institucionales, ni menos constitucionales. En un clima de inestabilidad, sólo se retrocede, en el peor de los casos -cuando se desquicia el estado de derecho- hasta la edad de las cavernas, donde prima la ley de la fuerza por sobre la fuerza de la ley.

Todas las reformas que se han hecho a la constitución actual en estos 30 años de vigencia en democracia, han sido hechos precisamente en un marco de estabilidad institucional y no de ruptura. No creo que sea necesario, ni conveniente, lanzar por la borda las reformas realizadas. Javier habla de “una mentira política”. Y señala que “su propósito, en algunos con ambiciones refundacionales, es un acto revolucionario para convertir a Chile en un proyecto viciado”. Fundar de nuevo el país es una utopía o más bien una distopía, un proyecto populista[9].

“El esfuerzo de una nueva constitución, innecesaria, el tiempo que llevará materializarla, la incertidumbre que generará, el impacto económico que ello tendrá, el debate oportunista de los políticos, todo pondrá en segundo lugar lo que realmente es necesario…”. Sí, Javier tiene razón: la incertidumbre es lo contrario de la inestabilidad y ésta durará al menos dos años, en los que la presión de la primera línea puede tornarse intolerable: más incendios, más barricadas, más saqueos, más actos de fuerza, más violaciones a la libertad individual[10]

Javier concluye: “Escribir una constitución no es un ejercicio de improvisación, ni podrá recoger todas las ideas de las cabezas más imaginativas (puedo anticipar un colorido circo de propuestas). En conciencia, y por el bien del país y de todos, para poner las prioridades en las verdaderas urgencias: votaré NO al cambio de constitución”. Yo no estoy decidida aún; pero no puedo negar que mi colega y amigo tiene bastante razón.

Puedo agregar que en un clima de agresión, de desgobierno, de crispación y de inestabilidad no conviene cambiar la Constitución. Nada bueno puede salir de ello. Ahora durante el verano, las cosas parecen más calmadas, tal vez porque “los jóvenes idealistas” se fueron de vacaciones au$piciada$ por papá y mamá; pero no creo que marzo vaya a ser un mes muy tranquilo, ni tampoco abril. Ojalá me equivoque, ojalá.


[1] “The Road to Unfreedom: Russia, Europe, America”, 2018. Leo que fue publicado en castellano bajo el título de “El camino hacia la no libertad”.

[3] Durante una charla-homenaje organizada por la embajada polaca en Berlín, hace algunos años.

[4] Esa gente que dice que todo cambio debe ser violento, creo que adolece de seguera histórica y está afectada por el pensamiento al que me referí en mi columna De la violenta revolución que conduce a la dictadura del proletariado, que invito a leer.

[5] “Sería interesante incorporar a la Constitución una cláusula de barrera de al menos un 5% para establecer un sistema de acuerdo al cual, “únicamente los partidos políticos que hayan obtenido al menos el 5% de los votos válidamente emitidos pueden obtener representación parlamentaria”, en mi columna La polarización es el semillero del extremismo

[8] O, como diría Shakespeare: “Rather bear the ills we have than fly to others that we not know of”.

[9] Aquí viene un enlace a mi artículo próximo acerca del populismo en el “estallido social” en Chile.

[10] Ver el testimonio de una amiga: Ayer sentí miedo

¿Pamela Jiles, de qué estaba disfrazada?

Les prometo que al ver las fotos de la diputada Pamela Jiles creí que estaba vestida de conejita del Playboy y que era un llamado de atención feminista contra la cosificación de la mujer o algo así. Después supe que se trataba de su homenaje a la llamada “primera línea”. Claro que su disfraz de color amarillo con orejitas lila no es nada parecido a las capuchas que se ven en la llamada “primera línea” de las manifestaciones, marchas, protestas y otras acciones. No es parecido ni en su forma, ni en su color. Me atrevo a pensar que se trata de un intendo de “dulcificar” la capucha, ya que los pasamontañas reales que usa la “primera línea” no son tan sweet como el de Pamela, que más parece una jovencita que va a una fiesta en el colegio.

Eso me lleva a pensar que la última vez que vi a la Pamela fue en nuestro colegio, ella ya había egresado. Yo estaba con mi amigo Javier Edwards y llegó la Pamela, que inmediatamente comenzó a hablar en voz muy alta de política con Javier y sólo con él y en forma que hoy denominaría como exaltada. Yo era amiga de su hermana menor; pero a mí no me dió ni la hora. Me parecía que para ella, sólo existía mi amigo. Esta actitud la he vivido sólo con hombres y con mujeres que parecen ver sólo a hombres e ignoran a las mujeres en la vida práctica. Pero no quiero juzgar a nadie, tal vez fue simple casualidad o después de tantos años, Pamela ha cambiado su actitud frente a las mujeres.

Mario Waissbluth[1] describe a la llamada “primera línea” como integrada por “jóvenes violentistas [que], por su parte, se sienten por primera vez en su vida formando parte de un grupo con un propósito, aplaudidos además por muchos de los 1-2 millones de incontables ‘ayudistas’ de las marchas pacíficas, que pasaron de rechazarlos inicialmente a ayudarlos en tan solo un par de semanas, a aplaudirlos, llevarles víveres y medicamentos. Ahora son su ‘primera línea’ en las marchas”. A su vez, Waissbluth describe a los “ayudistas”, como “los inocentes marchantes indignados, que sienten que la ‘primera línea’ los protege. Otros son izquierdistas (como yo), desde moderados a extremos”. De manera que, parece haber una simbiosis entre los dos: ayudistas y “primera línea”.

Pero volvamos al tema feminista. A comienzos de mes, me encontré con un tweet que interpretó plenamente, ya que yo, en ese momento sufría: un ataque despiadado[2] en Twitter desde una cuenta que pertenece a un español machista[3] y deslenguado radicado en Chile, o es un troll o un social bot, esto es, un robot pagado por alguien. El tweet que me interpretó decía: “Igual me pone mal el doble discurso femenino, por un lado el apoyo al #ElVioladorEresTu y a la vez ‘Puta, maraca pero nunca Paca’. La sub-división de género y la discriminación va ganando”, El tweet de 2 de diciembre es de María Loreto @lorecuadra. Desde mi insumisión, se lo agradezco.

Sí, la descalificación “sumisa” abunda en redes sociales frente a cada mujer que no está de acuerdo con la “primera línea” o con los ayudistas exaltados. Cuentas de activistas que intentan presentar a todas las mujeres que no estamos de acuerdo con ellos como mujeres que se someten al sistema patriarcal neoliberal o alguna fantasmagoría de esta calaña. Me recuerda esa estupidez acerca de que todas las rubias votaron por Piñera[4]. Nada más absurdo; pero parece que es la extrema izquierda -anticuada y pechoña- la que está a favor del prejuicio y de la discriminación absurda y sin sentido. Tal es su fanatismo y exaltación, tal es su ensañamiento ideológico.

Hay un discurso de la ultraizquierda -o de extrema izquierda, como le llamamos en ciencia política- de acuerdo al cual, el machismo y la sociedad patriarcal serían superadas en el sistema socialista. Por ello, quienes protestan, ya sean de la “primera línea” o “ayudistas”, tendrían que seguir protestando y deconstruyendo el sistema para construir uno nuevo. Como dice una activista en Instagram, se trata de substituir el patriarcado actual por un matriarcado. ¿Sustituir un sistema opresivo por otro? Lo pueden hacer sin mí, yo no quiero oprimir a nadie en nombre de ninguna “superstición ideológica”[5].

Me pregunto si el socialismo era un matriarcado… Basta con ver las fotos de la plana mayor de los países socialistas, desde Stalin hasta Tito, pasando por Honecker y Ceaușescu, para darse cuenta que el socialismo era un patriarcado. Los führer del Bloque Oriental, de ninguna manera, eran feministas. Muy por el contrario, las fotos de los líderes socialistas -hombres de terno y negro, corbata café, sombrero estilo Al Capone y camisa blanca- nos muestran quiénes eran realmente los que mandaban en el socialismo: hombres de sombrero gris.

Pero hubo otro socialismo, es el llamado socialismo verde oliva. En él, no había hombres de sombrero gris y expresión huraña, sino machos de guayaberas, de uniforme verde y de rostros barbudos. Si, allí no tenían cabida quienes no mostraran una barba exuberante muy testosterónica. En Cuba, el “pensamiento nacional dominante siempre ha  [sido] sexuado masculino”[6]. Como explica Roberto Ampuero, “ser un hombre revolucionario en la isla era ser en primer lugar heterosexual, cojonudo, intransigente, valeroso, macho y recio, lo que debía demostrarse con la voz gruesa, el vocabulario soez, gestos viriles y la conquista incesante de hembras”[7].

Esta semana, celebramos los cien años de la fundación de la Asociación para el bienestar de los trabajadores (Awo), una de las tres organizaciones de beneficencia más importantes de Alemania[8], constituída en 1919 por la luchadora feminista Marie Juchacz. La organización tuvo su origen en la época de la República de Weimar, un sistema o modelo que hoy sería calificado como neoliberal, que colapsó precisamente por los ataques de los dos extremos del espectro político de la época, que poco se diferencian de los extremos actuales. Durante el período del nacional socialismo, Juchacz no se refugió en la URSS, sino que huyó a los EEUU. Después de la guerra, regresó a Alemania occidental y retomó la labor iniciada por la institución que había fundado.

Regresó al Occidente de su país y no a la República democrática alemana. ¿Por qué? Porque a este lado del mundo y sólo en este lado, Juchacz podía continuar su labor en favor de la mujer y con ello, de toda la sociedad. Era la época en que, en la República federal, Ludwig Erhardt implementaba la economía social de mercado que condujo al llamado “milagro alemán” y permitió el bienestar a la población, inimaginable en países socialistas o, en general, estatistas[9].

Al “otro lado” de Alemania, existía una gran desigualdad, pero que era negada permanente y sistemáticamente. Pienso que, donde se niega la realidad, no se puede mejorar nada y no hay espacio para la iniciativa individual o colectiva, ni siquiera en el ámbito del amor al prójimo. El trabajo de la feminista socialdemócrata[10] Marie Juchacz habría sido imposible en el mundo socialista. Sin embargo, los seguidores del totalitarismo lo que hacen es “negar los hechos cuando contradicen o ponen en aprietos o en tela de juicio su propia ideología”[11].

El modelo de la democracia liberal representativa y su par, la economía social de mercado no es perfecto; pero es el único sistema esencialmente perfectible que conocemos. El único en el que se otorga un premio a quienes hacen ver los errores existentes y a quienes tratan de corregirlos. El único que fue capaz de transitar desde una sociedad patriarcal a una en que existe cada vez más igualdad entre hombres y mujeres. En que el feminismo pudo desarrollarse y se continúa desarrollando libremente. Y te dan un premio por ello.

Por el contrario, un sistema socialista (de uno u otro lado de la herradura del espectro político) se considera a sí mismo como perfecto y en él se llama traidores a quienes hacen ver sus errores. El socialismo es un modelo estático y, por definición, imposible de ser mejorado o perfeccionado. En él, el feminismo no tenía cabida, sencillamente porque se consideraba un sistema perfecto, en que la mujer ya había alcanzado lo que tenía que alcanzar. Con ello, perpetuó el patriarcado.

Prefiero reconocer las desigualdades y que me den un premio por denunciarlas en vez de enviarme a algún gulag o a algún campo de trabajo, algo así como fueron las siniestras Unidades Militares de Ayuda a la Producción creadas en Cuba bajo la égida de Raúl Castro. Esto lo sostengo y me gustaría gritarlo, ya que soy feminista y no soy en lo más mínimo, ni sumisa, ni tampoco ingenua “donde más avances se ve en el tema igualdad de la mujer es precisamente en sociedades de economía de mercado y democracia liberal”[12]. Les confiero que prefiero a Marie Juchacz que a Pamela Jiles.


[2] Aquí uno de sus tweets, que guardé; pero había más.

[3] Iñaki, a quien habría que denunciar.

[5] De “supersticiones ideológica” habla Montaner -que no es santo de mi devoción- en este artículo La destrucción en Chile, que aparecido en Cubanet.

[7] Roberto Ampuero, “Detrás del muro”, 2015, pág. 203.

[8] Las otras son Caritas, de la Iglesia católica y la Diaconía, de la Iglesia evangelíca (luteranos y calvinistas).

[9] Se cuenta que Fidel Castro, en algún viaje a Alemania oriental, sostuvo que el milagro alemán era el de la RDA. Con Condorito, sólo puedo decir: PLOP!

[10] La socialdemocracia alemana fue muy combatida por los comunistas, ya desde la época de Weimar. En 1959, la SPD renegó de cualquier resto de marxismo y señaló que la base de sus ideales eran la ética cristiana, el humanismo y la filosofía clásica.

[11] Roberto Ampuero, “Detrás del muro”, 2015, pág. 18.

Los carabineros ya no son santos

¡Olvídense de Teresa de los Andes, de Laura Vicuña y del Padre Hurtado! Los santos más populares de Chile han sido tres: Arturo Prat, Gabriela Mistral y los Carabineros. No sé que quede de la santidad popular de los dos primeros; pero los carabineros parecen no ser más santos ante los ojos del pueblo. O, al menos, ante los ojos de una parte del pueblo, tal vez pequeña, pero muy ruidosa.

En cuentas de activistas de ultraizquierda en redes sociales y en los “medios alternativos” -que más que informar muestran la realidad desde su visión sesgada y propagandística- observo un ataque despiadado hacia carabineros, ataque que se extiende a toda la gente que intenta defenderlos o, al menos, trata de ser objetiva con respecto a la fuerza policial chilena. Se organizan verdaderas “funas digitales” en su contra.

Los “cargos” que la extrema izquierda -o ultraizquierda, como se la denomina generalmente en Chile- hace a carabineros son exactamente los mismos que la extrema derecha europea hace a las policías europeas: corrupción, drogadicción, represión, comisión de delitos, amenazas, manipulación, sobornos, brutalidad, etc.,etc.[1]. ¿Qué pretenden los extremistas con la difamación despiadada de las fuerzas policiales? Sin duda, el desprestigio del estado y su consiguiente desestabilización, para luego suplantarlo por un nuevo orden.

Carabineros representa el monopolio de la fuerza que ejerce el estado en nuestro sistema liberal democrático y representativo de gobierno, que rige las “naciones civilizadas” desde la Ilustración. Sí, desde el siglo XVIII, la justicia por la propia mano ha sido sustituída paulatinamente por la justicia que nos ofrece el estado nacional. Los lynchamientos, las vendettas y la ley del talión no tienen cabida en un sistema civilizado de sociedad. El orden jurídico y su cumplimiento son obligatorios para todos y es precisamente la labor policial crucial para hacerlo cumplir.

Karl Popper, en su libro “La sociedad abierta y sus enemigos” (una de las obras más influyentes del siglo 20), sostiene que mantener el orden -lo que supone el castigo de los delitos y su prevención- dentro del estado nacional es un gran logro que anteriormente se consideraba una utopía[2]. Este castigo está a cargo de la policía y de la justicia penal que obviamente no es ni privada, ni paramilitar, sino estatal.

La policía representa en todos los países del mundo occidental el triunfo del estado de derecho sobre la anarquía y el caos, sobre la arbitrariedad y la injusticia. Antes, se consideraba una utopía crear instituciones que lograran asegurarar la paz social. Su creación y la prevención del crimen eran considerados como algo irrealizable[3]. La misión de la institución de Carabineros de Chile es asegurar el imperio de la ley por sobre la ley del más fuerte; esta última más que una ley, es una aberración y significa el regreso a la época de las cavernas. Pero si las cosas siguen como hasta ahora, parece que para allá vamos.

En un país civilizado, el castigo de los delitos y su prevención no está en manos de brigadas paramilitares, ni de grupos de narcotraficantes, ni tampoco de “jóvenes idealistas” en el mejor de los casos, deslumbrados por un pseudo ideal anarquista. Tales “organizaciones” no pueden decirme qué tengo que hacer con mi vida, donde tengo que ir o si tengo que “bailar para pasar”.

El último ataque armado a una tenencia de Carabineros en La Granja[4] obedece a una estrategia muy clara y sumamente peligrosa para una sociedad moderna y supuestamente civilizada. La táctica de esta revolución permanente, en que una bulliciosa minoría está empeñada, consiste en el hostigamiento permanente a carabineros.

Lo ocurrido en La Granja, me recuerda la balacera ocurrida la semana pasada en Villa Unión (nombre nada de apropiado para una ciudad dividida), en México en que paramilitares narcos atacaron con armas de fuego un local policial, dejando un saldo de 24 muertos, de ellos, 18 atacantes, dos transeúntes y cuatro policías. No sé si esta situación sea deseable para nuestro país, creo que no.

No sería bueno que Chile se convirtiera en una especie de “zona neutral”, al estilo de “The Man in the High Castle”. Pero me temo que se le parece cada vez más y, cada vez escucho más voces intelectualoides que parecen estar muy feliz con ello. Sobre todo jóvenes ayudistas, tal vez estudiantes y estudiantas que, luego de “avivar la cueca” de la Plaza Italia para abajo, regresan felices a sus casas, donde la nana les tiene lista la comida e ingieren un rico bocado, escuchando música extranjera a través de alguna plataforma de streaming. Cuando les corten la luz como consecuencia de algún atentado terrorista, vamos a ver si van a seguir tan felices.

El objetivo inmediato es que algún carabinero pierda la paciencia o se vea acorralado de tal forma que no vea otra salida y le dispare a alguien. Que ese alguien muera y sea estilizado como figura de la “resistencia” frente al estado opresor[5]. Da lo mismo si esa persona formaba o no parte del grupo de manifestantes o simplemente pasaba por la calle en esos momentos. Da lo mismo, si un carabinero le disparó directamente o fue víctima de una “bala loca”. Asimismo, si no logran provocar a un carabinero para que dispare, da lo mismo, siempre se lo pueden endosar el hecho a un uniformado.

Me parece que esto último fue lo que intentaron hacer con el Ejército durante los pocos días que duró el estado de excepción[6]. En este sentido es sintomático que la Fiscalía retirara los cargos por homicidio contra el joven militar detenido por la muerte de manifestante en Curicó, ya que probablemente el autor fue una persona que participaba en las manifestaciones[7]. Pero las cuentas de activistas y los “medios alternativos” divulgaron como un hecho que un militar habría matado a un manifestante… Es difícil imaginar una aplicación más clara de la teoría de la desinformación.

Es exactamente la misma estrategia de la extrema derecha europea, que también se llena la boca con la palabra “Resistencia”, que también es omnipresente en imágenes y en textos de las cuentas de los extremistas chilenos y de sus “ayudistas”. Los ayudistas -dice el político de izquierda Mario Waissbluth- “son los inocentes marchantes indignados, que sienten que la ‘primera línea’ los protege”. La primera línea estaría integrada por los “jóvenes violentistas”[8].

En resumen: el ataque verbal y físico a carabineros es algo que observo desde hace ya harto tiempo[9]; pero que desde octubre ha cobrado rasgos muy fuertes tiene una doble finalidad: 1) desprestigiar a Carabineros que es la fuerza del estado chileno para garantizar el estado de derecho 2) Lograr la muerte de al menos una persona, para utilizarla como palanca en la siembra del odio contra la fuerza pública.

En definitiva, de lo que se trata es de socavar, derruir y finalmente destruir el estado de derecho, del que Carabineros es un esencial garante. De debilitar, desprestigiar y desestabilizar al estado de Chile, del cual Carabineros, como institución, es su “representante”. Para finalmente derrocar al gobierno y sustituirlo por otro que se embarque en la empresa de construir o más bien de imponer otro tipo de estado, otro sistema político y otro modelo económico.

No, los carabineros no son ya más santos; en realidad, nunca lo fueron. Tal vez sea mejor así, es preferible que haya hombres y mujeres de carne y hueso trabajando por el bien común, por el “orden y patria”, garantía del estado de derecho, del imperio de la ley, que a supuestos santos que, en realidad, no existen. Sería preferible que, simplemente, volvieran a ser “un amigo en tu camino”.


[1] Como muestra, un botón: vean este meme (hay muchos como este, todos de la misma procedencia y con el mismo texto, sólo cambia la persona que “grita”), de una página que no sé si es de extrema derecha o de extrema izquierda, ya que ambos sectores son gemelos.

[3] Cfr. Karl Popper, Die offene Gesellschaft und ihre Feinde, tomo I, página 219.

[4] Ataque a Tenencia Rivera Lopez, 10ª Comisaría La Granja, dejó un saldo de tres carabineros heridos a bala.

[5] En Chemnitz, la antigua “Ciudad de Carlos Marx” (fue su nombre oficial durante casi medio siglo) a fines del verano pasado, fue asesinado, bajo circunstancias aún no aclaradas del todo, un cubano-alemán que no podía ser menos extremista de derecha. Sin embargo, la extrema derecha usó su muerte, primero ocultando su origen extranjero y luego, estilizándolo como una “víctima del pueblo alemán”. Sí, la extrema derecha europea y la extrema izquierda latinoamericana se parecen mucho.