Los carabineros ya no son santos

¡Olvídense de Teresa de los Andes, de Laura Vicuña y del Padre Hurtado! Los santos más populares de Chile han sido tres: Arturo Prat, Gabriela Mistral y los Carabineros. No sé que quede de la santidad popular de los dos primeros; pero los carabineros parecen no ser más santos ante los ojos del pueblo. O, al menos, ante los ojos de una parte del pueblo, tal vez pequeña, pero muy ruidosa.

En cuentas de activistas de ultraizquierda en redes sociales y en los “medios alternativos” -que más que informar muestran la realidad desde su visión sesgada y propagandística- observo un ataque despiadado hacia carabineros, ataque que se extiende a toda la gente que intenta defenderlos o, al menos, trata de ser objetiva con respecto a la fuerza policial chilena. Se organizan verdaderas “funas digitales” en su contra.

Los “cargos” que la extrema izquierda -o ultraizquierda, como se la denomina generalmente en Chile- hace a carabineros son exactamente los mismos que la extrema derecha europea hace a las policías europeas: corrupción, drogadicción, represión, comisión de delitos, amenazas, manipulación, sobornos, brutalidad, etc.,etc.[1]. ¿Qué pretenden los extremistas con la difamación despiadada de las fuerzas policiales? Sin duda, el desprestigio del estado y su consiguiente desestabilización, para luego suplantarlo por un nuevo orden.

Carabineros representa el monopolio de la fuerza que ejerce el estado en nuestro sistema liberal democrático y representativo de gobierno, que rige las “naciones civilizadas” desde la Ilustración. Sí, desde el siglo XVIII, la justicia por la propia mano ha sido sustituída paulatinamente por la justicia que nos ofrece el estado nacional. Los lynchamientos, las vendettas y la ley del talión no tienen cabida en un sistema civilizado de sociedad. El orden jurídico y su cumplimiento son obligatorios para todos y es precisamente la labor policial crucial para hacerlo cumplir.

Karl Popper, en su libro “La sociedad abierta y sus enemigos” (una de las obras más influyentes del siglo 20), sostiene que mantener el orden -lo que supone el castigo de los delitos y su prevención- dentro del estado nacional es un gran logro que anteriormente se consideraba una utopía[2]. Este castigo está a cargo de la policía y de la justicia penal que obviamente no es ni privada, ni paramilitar, sino estatal.

La policía representa en todos los países del mundo occidental el triunfo del estado de derecho sobre la anarquía y el caos, sobre la arbitrariedad y la injusticia. Antes, se consideraba una utopía crear instituciones que lograran asegurarar la paz social. Su creación y la prevención del crimen eran considerados como algo irrealizable[3]. La misión de la institución de Carabineros de Chile es asegurar el imperio de la ley por sobre la ley del más fuerte; esta última más que una ley, es una aberración y significa el regreso a la época de las cavernas. Pero si las cosas siguen como hasta ahora, parece que para allá vamos.

En un país civilizado, el castigo de los delitos y su prevención no está en manos de brigadas paramilitares, ni de grupos de narcotraficantes, ni tampoco de “jóvenes idealistas” en el mejor de los casos, deslumbrados por un pseudo ideal anarquista. Tales “organizaciones” no pueden decirme qué tengo que hacer con mi vida, donde tengo que ir o si tengo que “bailar para pasar”.

El último ataque armado a una tenencia de Carabineros en La Granja[4] obedece a una estrategia muy clara y sumamente peligrosa para una sociedad moderna y supuestamente civilizada. La táctica de esta revolución permanente, en que una bulliciosa minoría está empeñada, consiste en el hostigamiento permanente a carabineros.

Lo ocurrido en La Granja, me recuerda la balacera ocurrida la semana pasada en Villa Unión (nombre nada de apropiado para una ciudad dividida), en México en que paramilitares narcos atacaron con armas de fuego un local policial, dejando un saldo de 24 muertos, de ellos, 18 atacantes, dos transeúntes y cuatro policías. No sé si esta situación sea deseable para nuestro país, creo que no.

No sería bueno que Chile se convirtiera en una especie de “zona neutral”, al estilo de “The Man in the High Castle”. Pero me temo que se le parece cada vez más y, cada vez escucho más voces intelectualoides que parecen estar muy feliz con ello. Sobre todo jóvenes ayudistas, tal vez estudiantes y estudiantas que, luego de “avivar la cueca” de la Plaza Italia para abajo, regresan felices a sus casas, donde la nana les tiene lista la comida e ingieren un rico bocado, escuchando música extranjera a través de alguna plataforma de streaming. Cuando les corten la luz como consecuencia de algún atentado terrorista, vamos a ver si van a seguir tan felices.

El objetivo inmediato es que algún carabinero pierda la paciencia o se vea acorralado de tal forma que no vea otra salida y le dispare a alguien. Que ese alguien muera y sea estilizado como figura de la “resistencia” frente al estado opresor[5]. Da lo mismo si esa persona formaba o no parte del grupo de manifestantes o simplemente pasaba por la calle en esos momentos. Da lo mismo, si un carabinero le disparó directamente o fue víctima de una “bala loca”. Asimismo, si no logran provocar a un carabinero para que dispare, da lo mismo, siempre se lo pueden endosar el hecho a un uniformado.

Me parece que esto último fue lo que intentaron hacer con el Ejército durante los pocos días que duró el estado de excepción[6]. En este sentido es sintomático que la Fiscalía retirara los cargos por homicidio contra el joven militar detenido por la muerte de manifestante en Curicó, ya que probablemente el autor fue una persona que participaba en las manifestaciones[7]. Pero las cuentas de activistas y los “medios alternativos” divulgaron como un hecho que un militar habría matado a un manifestante… Es difícil imaginar una aplicación más clara de la teoría de la desinformación.

Es exactamente la misma estrategia de la extrema derecha europea, que también se llena la boca con la palabra “Resistencia”, que también es omnipresente en imágenes y en textos de las cuentas de los extremistas chilenos y de sus “ayudistas”. Los ayudistas -dice el político de izquierda Mario Waissbluth- “son los inocentes marchantes indignados, que sienten que la ‘primera línea’ los protege”. La primera línea estaría integrada por los “jóvenes violentistas”[8].

En resumen: el ataque verbal y físico a carabineros es algo que observo desde hace ya harto tiempo[9]; pero que desde octubre ha cobrado rasgos muy fuertes tiene una doble finalidad: 1) desprestigiar a Carabineros que es la fuerza del estado chileno para garantizar el estado de derecho 2) Lograr la muerte de al menos una persona, para utilizarla como palanca en la siembra del odio contra la fuerza pública.

En definitiva, de lo que se trata es de socavar, derruir y finalmente destruir el estado de derecho, del que Carabineros es un esencial garante. De debilitar, desprestigiar y desestabilizar al estado de Chile, del cual Carabineros, como institución, es su “representante”. Para finalmente derrocar al gobierno y sustituirlo por otro que se embarque en la empresa de construir o más bien de imponer otro tipo de estado, otro sistema político y otro modelo económico.

No, los carabineros no son ya más santos; en realidad, nunca lo fueron. Tal vez sea mejor así, es preferible que haya hombres y mujeres de carne y hueso trabajando por el bien común, por el “orden y patria”, garantía del estado de derecho, del imperio de la ley, que a supuestos santos que, en realidad, no existen. Sería preferible que, simplemente, volvieran a ser “un amigo en tu camino”.


[1] Como muestra, un botón: vean este meme (hay muchos como este, todos de la misma procedencia y con el mismo texto, sólo cambia la persona que “grita”), de una página que no sé si es de extrema derecha o de extrema izquierda, ya que ambos sectores son gemelos.

[3] Cfr. Karl Popper, Die offene Gesellschaft und ihre Feinde, tomo I, página 219.

[4] Ataque a Tenencia Rivera Lopez, 10ª Comisaría La Granja, dejó un saldo de tres carabineros heridos a bala.

[5] En Chemnitz, la antigua “Ciudad de Carlos Marx” (fue su nombre oficial durante casi medio siglo) a fines del verano pasado, fue asesinado, bajo circunstancias aún no aclaradas del todo, un cubano-alemán que no podía ser menos extremista de derecha. Sin embargo, la extrema derecha usó su muerte, primero ocultando su origen extranjero y luego, estilizándolo como una “víctima del pueblo alemán”. Sí, la extrema derecha europea y la extrema izquierda latinoamericana se parecen mucho.

Navidad chilena en la RDA, al otro lado del Muro – Una historia del exilio

En 2013, me contaron públicamente esta historia en Twitter. La historia de una niñita chilena que vivía tras el “muro de Berlín”. Es una historia realmente conmovedora y los invito a leerla. Doy gracias a su autora (no menciono su nombre, salvo que ella me autorice a hacerlo y aunque sus tweets son públicos). Uní dos tweets, cuando van juntos y ella los separó sólo porque no cabía todo la idea en 140 caracteres, que eran standard en Twitter de ese año. No he quitado ni agregado nada, creo que así es muy vivo y muy auténtico su relato. Sólo he cambiado al orden de algunos tweets para que se entienda mejor. Le agradezco enormemente su sinceridad y que nos haya contado de su vida. El tema Navidad o Pascua, como le decimos en Chile y sólo en Chile, pega mucho para este mes de diciembre.

Si les contara que alguna vez fui una niñita que vivía trás el muro de Berlín, en el difunto socialismo, Vivíamos en Cottbus, no me acuerdo còmo se escribe. El exilio y otras yerbas extrañas de aquellos tiempos

…y porfiadamente trataba de convencer a sus maestros de que en la navidad se celebra en nacimiento de Jesús

Imagínate que terminé acusada de “fascista” a los 8 años, por niños chil, porque no quise participar en los pioneros; una lata

Peor cuando intenté convencerlos de que la navidad es el nacimiento de Jesús. Allá la celebraban como “fiesta de la familia”.

Guardamos algunas fotos de ese tiempo. Recuerdo el teatro, el parque y el difunto socialismo real, que en paz descanse.

En el tiempo que yo recuerdo nunca vi asiáticos ni menos negritos. Los raros éramos chilenos, húngaros, rusos, polacos…

Era un mundo raro aquel, el del difunto socialismo. Entonces aún había tropas rusas acuerteladas, porsia. Había solidaridad.

Lo que no significa que nos quisieran, creo yo. La escuela era a todo trapo. Como no hay escuelas públicas en América.
pero también profundo resentimiento de los alemanes hacia los refugiados, por los privilegios que teníamos: nos daban de todo.

La convivencia con los niños alemanes no era sencilla. Chilenos formábamos un suerte de ghetto. Había integración oficial.

Lo que yo recuerdo es que cada uno vivía en su submundito, en gran parte, separados por las barreras idiomáticas y culturales.
En realidad los húngaros, si bien eran más aceptados, también tenían su propio submundo. Los soldados rusos eran caso aparte.

La verdad no sé dónde estudiaban los niños de familias rusas, pero sí había uno que otro polaco en mi escuela; nada queridos.

Las familias rusas no eran muchas, que yo recuerde. Incluso tenían sus propios supermercados donde sacaban cuentas con abacos.

Esos supermercados (tiendas antiguas, más bien), eran pintorescos; vendían coliflores en latas y cosas raras para uno, jajaja.

De eso no supe. Recuerdo a las viejas señoras rusas con su pañuelo en la cabeza e idioma imposible, comprando sus coliflores.

Los soldados rusos vivían en sus cuarteles con prohibición de hacer amistad con alemanes o extranjeros. No hablaban alemán. Los domingos se dispersaban como palomas verdes por las calles en patota. Eran simpáticos con los niños, recuerdo…Tan solos

Me acuerdo también, que de la escuela nos llevaban algunas veces al cuartel, para algunas festividades nacionales, supongo,

Mi primera poesía en alemán me la aprendí justo para recitarla en una de esa sesiones de patriotismo en homenaje a los rusos.

Eran tiernos los soldaditos rusos. Se emocionaban hasta las lágrimas con las canciones y los poemas de los niños, aunque no aunque no entendían un carajo, y yo tampoco. Solo recuerdo que era de un pajarito que repetía: “gracias por el trabajo”.

Yo no me acuerdo casi nada de alemán. sí, me acuerdo que las lolas chilenas se volvían locas por los polacos y los rusos.

Esas famosas sesiones de “acercamiento” entre soldaditos y niños pioneros, terminaban en una sesiones de matiné en ruso, con la típica película checa, traducida al ruso y con subtítulos en alemán: o sea… Nunca entendí nada.

Creo que sí. Había checos, también eran minoría y no eran como tan mal vistos como los polacos.

No eran películas para niños. Eran como de guerra, cosas así. Lo único que me quedaba claro es que cuando llegaba el noticiero había que aplaudir cuando un mapa mostraba a la mayor parte del planeta pintado de rojo…

Los chilenos tenìamos buena calefacción, sin olor, en los dptos. que nos asignaban. En antiguas casas había calefa a carbón.

No nos mandó ningún partido. Llegamos nomás por influencia de el 2do esposo de mi abuelita, que hizo de todo para refugiarnos

Era un mundo muy raro en un tiempo muy raro. Lo que significa que estoy bien antigua, si viví tras el difunto muro de Berlín.

La mayoría de los niños que llegaban allá, nunca habían tenido tanto confort, ni tantos juguetes ni escuelas como esas. Sin embargo, las niñas se volvían locas por mi colección de cuentos de princesas y los disfraces de princesa. Los regalé todos

Claro. Había un sistema de asignación de empleos y los sueldos los asignaban x uno o x dos, si uno de los dos no trabajaba.  Mi padre es iluminador teatral y le asignaron lo más parecido: electricista del teatro. Allí aprendió a iluminar ópera.

EL comité chileno dudaba de él, hasta pensaban que podía ser un espía de Pinochet. Todo porque llegamos a la DDR solos.

Eso fue antes de que nos asignaran a vivir en Cottbus. ¿Puedes creer que al principio a mi papá lo trataban con desconfianza?

Lo usual era que las mamás también trabajaran fuera de casa, pero la mía estaba embarazada y no quiso. No fue bien aceptado,

De hecho, mi madre lo pasó pésimo en su embarazo, porque allá le decían que debía abortar por riesgo posible para su 3er parto

El sistema de salud alemán se tornó completamente hostil para ella porque no quiso abortar. Tuvo que atenderse clandestinamente

Solo te puedo contar cómo se veía ese mundo visto con ojos de niño chileno pequeño, en el exilio. El clima en la comunidad chilena era tanto o más politizado que todo el entorno descabellado del mundo de la “la guerra fría”.

Cuando por fin nos aceptaron como refugiados, nos llevaron a un hotel en otra ciudad, nos compraron ropa de abrigo y eso. No. Había un comité que distribuía a la gente, los trabajos y las viviendas.

También recuerdo los escasos días de sol de un verano mezquino. Creo que era verano el tiempo que vivimos en Frankfurt Oder.

a Frankfurt, todos los días. Pero no se podía pasar libremente, que yo me acuerde, eso escuchaba: había que pasar con permiso

Solo los viejos tenían permiso de pasar al otro lado y de traer cosas del otro Berlín. Solo quedaban viejas, en todo caso.

Recuerdo cómo los asaltaban los nietos en la estación del cruce del muro, porque les encargaban ropa y cosas del otro lado.

Los alemanes no tenían libre circulación, ni los extranjeros. Los chilenos podíamos cruzar el muro solo para ir al consulado.

Bonita historia y reflexión. Me he acordado de muchas cosas más de mi vida de niña en Alemania, cuando quieras, te cuento más

Bueno, te dejo con mis historias. Gracias por leerme y por tu buena onda. Saludos.
Hasta pronto. Me alegra si te hice reír Gracias por tu compañía; no he pegado ojo en toda la noche y realmente la agradezco.

El “asesino de piñera” #distopia

A un año de las protestas de 2019, vemos como Chile se ha convertido en un país totalmente diferente a lo que cualquier persona se hubiese podido imaginar en marzo de 2018, cuando Sebastián Piñera asumió, por segunda vez, la presidencia de Chile. El entonces “modelo” para toda la región es hoy un país que parece ser un anti-ejemplo. Hoy, en octubre de 2020, Chile es el “hombre enfermo” del subcontinente. Y no se vislumbran posibilidades de recuperarse.

En mayo de 2020, durante su discurso anual en el Congreso, un joven de 19 años, un verdadero millennial, asesinó al Presidente Piñera. Se le acercó a él durante la lectura del discurso y lo acuchilló frente a las cámaras de televisión que transmitían en cadena para todo el país y para el mundo, a través de internet.

Cristóbal Farías Espinoza viene de una familia de emprendedores exitosos, de verdaderos self made people. Sus padres estudiaron ambos ingeniería comercial en una prestigiosa universidad privada, ambos con beca. Educaron a sus cuatro hijos -de los cuales, Cristóbal es el menor y el único nacido en el postmilenio- en un ambiente de trabajo y de esfuerzo. Nada de flojear, todos tenían que estudiar, trabajar en la casa y hacer deporte.

Los padres, según han contado los hermanos, conversaban mucho con sus hijos; pero Cristóbal se les escapó de las manos. Según ha trascendido, sus padres y hermanos están destruidos y pensando en emigrar. No entienden cómo Cristóbal se radicalizó y ellos no pudieron hacer nada en contra. Tampoco comprenden cómo fue capaz de asesinar. Aunque suponen que es un proceso que empezó mucho antes.

El joven de rasgos finos y pelo rizado, de barba tupida, pero siempre muy cuidada, había estudiado en el Vitacura High School, un colegio donde enseñaban inglés desde pre-kinder. Era buen alumno y le gustaba el arte. Cristóbal se decidió a estudiar filosofía en una universidad tradicional. Él renegaba de las universidades privadas y decía querer conocer a la gente que vivía “de la Plaza Italia para abajo”, según escribió en redes sociales. Al parecer, su paulatina radicalización tuvo lugar en internet, en las mismas redes sociales.

Periodistas han revisado cientos de comentarios suyos en una página de Instagram llamada “asesino de piñera”, cuya foto de perfil es nada menos que la imagen de un payaso, lo que nos hace pensar en la película “El Joker”, que tanto éxito tuvo el 2019. La auto descripción de la página es: “Matando a piñera junto a sus compañeros actuales y anteriores se soluciona todo”. La página ofrecía un chat por whatsapp al cual Samuel se adhirió y comenzó a participar intensamente.

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Cristóbal había tenido ciertos problemas en el colegio, según ha trascendido. Sus compañeros revelaron a la prensa que era un niño solitario que no participaba en las actividades comunes. Igualmente, trascendió que, durante la época de colegio, tuvo una depresión adolescente. Consultada al respecto, su psiquiatra aclara que ella no puede decir nada sobre el caso, debido a su sagrado secreto profesional; pero la secretaria de su consulta vendió a la prensa fotos de su expediente, donde la psiquiatra diagnostica una personalidad altamente narcisista.

El asesinato de un Presidente chileno -algo que nunca antes había ocurrido en la historia del país- produjo una grave crisis, casi o prácticamente, una guerra civil. Se suspendió todo lo relacionado con la Asamblea Constituyente y con una eventual nueva constitución y se llamó a elecciones para septiembre de 2020. Ese invierno es conocido como el invierno del terror. En septiembre, se realizaron elecciones, en un ambiente de desorden y de acusaciones recíprocas de cohecho, fraude electoral, etc. Pero a nadie le cabe duda alguna de que el vencedor sería el candidato de la extrema derecha. Y así fue. La prensa tituló “un giro a la derecha” y lo llamó “el nuevo Bolsonaro” o el “Duterte chileno”.

 

¿Primavera de Chile o el frío invierno?

Fuera de Chile, se ha empezado a hablar de una supuesta primavera de Chile. En analogía con la llamada primavera árabe que tuvo lugar entre 2010 y 2013. Lamentablemente, la primavera árabe no condujo a la ansiada democracia en la mayoría de los países donde surgió. Salvo en Túnez, el único país que, afortunadamente, ha logrado establecer un sistema democrático relativamente estable.

La guerra en Siria -que comenzó el 2011- ha destruído al país, provocado miles de muertos y millones de refugiados que ha tenido que huir de un país en guerra civil es otro conflicto que comenzó con su primavera árabe. Pese al poco éxito, creo que no se puede impedir a una sociedad la búsqueda de la libertad y de la democracia, de la tolerancia y del pluralismo.

La supuesta primavera de Chile más parece un frío invierno que una floreciente primavera. Y esto, desde un comienzo, cuando el vandalismo aún era una protesta social. El próximo verano tampoco se ve mejor en el país. Sobre todo considerando los tres meses de vacaciones que se nos vienen encima. Diciembre, enero y febrero no se vislumbran como meses de descanso, sino más  bien de crispación.

En todo sentido, falla en Chile la analogía con la primavera árabe. Nuestro país es una democracia, que funciona -o debería escribir, funcionaba- relativamente bien. Y esto, desde hace por lo menos tres décadas[1]. Con un estado de derecho, donde el imperio de la ley prevalece sobre la violación masiva del orden jurídico[2]. Al menos, hasta ahora. En otras palabras, donde regía el imperio de la ley y no la ley del más fuerte[3].

Chile tiene una economía estable -o debería decir, tenía- y en crecimiento permanente, tal vez no exponencial, pero crecimiento, como corresponde a un país que -según me dice una amiga venezolana que no vive en Venezuela- ya es un país desarrollado. Sí, en el mundo, somos considerados un país desarrollado. Tal vez lo éramos… dudo que seguiremos siéndolo.

El colombiano Andrés Mejía describe a Chile como “un país que tiene una economía de mercado bastante exitosa, no solamente en indicadores fríos como crecimiento e inflación, sino en aquellos más humanos como reducción de la pobreza y movilidad social”[4]. Son los llamados indicadores socio-económicos que, en Chile, han sido, hasta ahora, bastante buenos. Agrega: El crecimiento ha permitido reducir tanto la pobreza como la extrema pobreza persistente y considerablemente desde el 2006 al 2017[5].

Continúa: “Chile muestra muy buenos indicadores en movilidad social. De hecho, es un líder en la OECD en este aspecto, y es por supuesto el líder en América Latina: Chile lidera la OECD en el porcentaje de personas que, viniendo de familias de bajos ingresos, están dentro del 25% de población de mayores ingresos”[6]. Esto es un gran logro. Es el sueño americano del self made man, de la self made woman.

En otras palabras, “Chile es uno de los pocos países de la organización, donde es más probable que los hijos de familias de altos ingresos sean económicamente menos exitosos que sus propios padres[7]”. Por ello, Simon Kuestenmacher twittea: “If you are a poor kid trying to live the American dream (from rags to riches) may I suggest moving to Chile or Denmark?”[8] No creo que el experto alemán sostenga hoy lo mismo…

Sin embargo, es claro que, sin respeto a la propiedad privada -también a la propiedad intelectual- no puede haber desarrollo económico, ni prosperidad, ni superación de la pobreza y elevación del bienestar, como lo han demostrado las innumerables economías planificadas que se expandieron por el mundo durante el siglo XX. Tanto las fascistas, como las comunistas.

Sin respeto a la propiedad, tampoco podemos hablar de estado de derecho. Sin posibilidades de resguardarla, decae el estado de derecho y termina por desaparecer. Es lo que pasa hoy en Chile: los saqueos, la destrucción de inmuebles, los incendios de fábricas, supermercados, iglesias, de hospitales, de casas centrales de universidades y del Metro, la destrucción de hoteles y de colegios socavan el estado de derecho, ya que son un ataque directo al derecho de propiedad, individual, social y colectivo.

O, como escribe una amiga parece “que un grupo quiere gobernar sin ganar las elecciones…”[9]. Me explica que, ”tienen un objetivo claro, apoderarse del gobierno, sin ganar las elecciones democráticas y mantener presente el miedo”. Lo que describe mi amiga es la esencia de todo sistema antidemocrático.

No hay que olvidar que, detrás de cada incendio, de cada destrucción, de cada saqueo, hay personas -familias enteras- que se quedan sin fuente de trabajo y sin ingresos. No sé cómo tienen ropa para hablar de los pobres… A los “revolucionarios sociales” nada les importan los pobres… Ni tampoco las mujeres[10]. Parece que su único objetivo fuera la desestabilización, el poner fin al estado de derecho y a la democracia.

Sin estado de derecho no existe la democracia. Tal vez, sólo las antiguamente llamadas “democracias populares” que de democracia, sólo tenían el nombre; pero no una democracia liberal representativa, sea en su versión presidencialista (Francia, Estados Unidos) o en su versión parlamentaria, como en la mayoría de los países de Europa.

Sin derecho a mi libre autodeterminación,no puede haber estado de derecho, como tampoco sin respeto a mi integridad física y psíquica. Llegados a este punto, recuerdo lo que una amiga mía escribió en Facebook a comienzos de noviembre:

“Ayer -pasando por el centro de Santiago- un grupo de manifestantes detuvo el tránsito, comenzaron a golpear el auto en el que viajaba y a cantar ‘El que baila pasa’. Fue imperativo. No había otra opción más que bajarse a bailar!! Lejos de ser un momento de diversión como muchos lo exponen en redes sociales, lo viví como un momento de mucha tensión. A muchos les puede parecer que no es para tanto, que mi temor no se condice con el temor que viven otras personas… Probablemente!! Absolutamente!! Pero en lo que si podemos convenir es que es infinitamente desolador estar en minoría ante un grupo de personas cuyas motivaciones, razones y estados de ánimo desconoces y que te obligan a bailar para su diversión”.

¿Puede ser esta la primavera de Chile? ¿Puede ser que nos conformemos con quedar sometidos al capricho de una turba que se dice representar al pueblo? ¿A los pobres? ¿Sometidos a gente que, en su ensañamiento ideológico, los defiende y justifica? Me temo que no. Me temo que está comenzando un invierno y uno muy duro, con nieve, hielo, frío y oscuridad.

La alternancia en el poder es un elemento esencial de toda democracia[11]; pero parece que para la extrema izquierda, la alternancia en el poder es sólo un estorbo. Un obstáculo que hay que remover en su viaje al totalitarismo. Hay que tener en cuenta que “la alternancia del poder en Chile se ha dado desde el regreso de la democracia en 1990, siendo la izquierda la que ha gobernado la mayoría del tiempo. Durante ese período, la Constitución ha sido cambiada numerosas veces y legitimada por los partidos de izquierda”[12].

“A mi modo de ver, arrogarse la facultad de representar al pueblo al tiempo que se la niega a quienes realmente han sido elegidos tiene un nombre muy simple: populismo”[13]. El populismo es una lacra que acaba por destruir la democracia si no se lo para a tiempo. A su vez, pasarse el estado de derecho por cualquier parte y llamar a luchar en las calles, aunque se haya perdido en las elecciones puede recibir dos nombres: extremismo o terrorismo. O ambos.

Hay primavera sólo cuando sales de un régimen absolutista, totalitario o dictatorial y te diriges hacia uno democrático y libre y no al revés. Y este “revés” totalitario y dictaorial es lo que yo veo que anhelan los grupos revolucionarios en Chile. Sembrar el caos, el odio y la violencia, destruir la economía, y el estado de derecho. Acabar con el imperio de la ley y sustituirlo por la fuerza. Y esto, después de haber quemado Chile, de haber destruido su economía, que ya está por el suelo, sobre todo las pymes que son la columna vertebral del país. Sólo puedo decir: de primavera de Chile, nada. Pleno invierno, en el mejor de los casos.


[1] Un amigo mío tiene otra postura. Según él me dice: “Y acaso los 30 años de post dictadura en que se destruye la tierra, se roban las aguas, talan los bosques, se olvidan culturas no es vandalismo???? Las zonas de sacrificio, costos de salud y educación no son saqueo??” Su comentario en: https://www.instagram.com/p/B5TaICpoagV/ 

[2] Invito a leer mi ingenua columna de fines de octubre La protesta originariamente social y el estado de excepción en Chile Desde entonces, cuánta agua ha pasado bajo el puente…

[8] Su tweet

[11] “la alternancia en el poder es, pues, condición sine qua non de la democracia”, en: Enrique Suárez-Íñiguez, Teoría de la democracia. Una propuesta integradora

¿Será el capitalismo el culpable del patriarcado? ¿O será al verrés?

El lunes pasado, conmemoramos el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer. No creo que muchas mujeres puedan asegurar que nunca fueron víctima de violencia. Algunas más, otras menos, todas hemos sufrido alguna vez, violencia física o psíquica por el hecho de ser mujer. El hashtag #metoo es uno que creo que todas podemos suscribir.

En estos aciagos días -ya vamos en la quinta semana- de protestas, marchas, paros, saqueos, incendios y otros actos de vandalismo en Chile, al cabo de los cuales, parece que el país está al borde del precipicio y los violentistas, también. Al menos si le creemos Mario Waissbluth, en su columna de esta semana[1].

Sí, en el convulsionado Chile de hoy, hay quienes sostienen que tienen que seguir con las protestas, ya que su movimiento tiene que continuar presionando, porque sin presión no habría cambio favorable a la mujer, ya que, en un “sistema capitalista”, el patriarcado pervive, ya que el capitalismo “protege” al patriarcado.

De entrada, descalifican a toda mujer que los contradiga, al menos, como “sumisa”. La sumisión es definida “como un cúmulo de comportamientos, costumbres y prácticas sexuales donde una persona accede que otro individuo pueda ejercer poder y dominio sobre este, dentro de un contexto sexual o más genérico, limitado o indefinido en el tiempo”[2]. Sí, es como para no creerlo: si no estás de acuerdo con la revolución molecular permanente y con la presión social callejera, eres una sumisa y tal vez algo más…[3]

Si se lograra la liberación femenina “acabando con el sistema”, hasta yo estaría quemando edificios, ya que yo también soy feminista y estoy a favor y anhelo sin pausa la emancipación de la mujer. Si el triunfo del feminismo, el fin de la pedofilia, de la ebofilia y de todo tipo de abusos sexuales, el fin de la cosificación de la mujer, del maltrato en cu contra, de su discriminación laboral y de todo tipo de aberraciones, dependiera de un cambio del “modelo neoliberal”. ¿Pero será esto así? O ¿será otra quimera de quienes se encuentran en una especie de ensañamiento ideológico permanente?

¿Será el patriarcado un mal protegido por nuestro sistema occidental, establecido en la época de la guerra fría, en el llamado “mundo libre”? ¿Será nuestro modelo “capitalista” y democrático liberal representativo el que propugna y propicia la opresión de la mujer? ¿Será nuestra sociedad democrática liberal la culpable de toda la violencia en contra nuestra? ¿Habrá que acabar con el capitalismo en Chile e instaurar una economía planificada para superar el machismo?

Una tesis es una proposición, un punto de vista que se puede poner en duda, ya que no es una verdad comprobada. Podemos probar una tesis o reprobarla, demostrarla o refutarla. Cuando confrontamos una tesis con la realidad, buscamos evidencia empírica que la afirme o la desvirtúe. Asimismo, ante a cada tesis, se puede formular una antitesis[4]. Ello, de acuerdo al principio de falsabilidad o racionalismo crítico, a cuya formulación Popper contribuyó esencialmente[5].

Como toda tesis, la aseveración de ciertos grupos en Chile de hoy, en el sentido que “el sistema capitalista y liberal-democrático protege el patriarcado” es una tesis que tiene que ser sometida a pruebas que la contradigan. Es lo que denominamos falsabilidad o refutabilidad.

Antes que nada, veamos qué pasa con las sociedades no capitalistas, no liberales y no democráticas. En ellas, debería no existir opresión alguna, cero patriarcado, nada de machismo. Por el contrario, debería reinar la igualdad entre hombre y mujer, y entre transexuales, bisexuale, homosexuales. Sin embargo, ¿existe tal igualdad en países no-capitalistas?

Resulta que el capitalismo surgió en la Edad moderna, por allá por el siglo 18 y llegó a su cúspide a mediados del siglo XX, después del triunfo de los aliados sobre el fascismo y el nacional socialismo en Europa. No creo que nadie pueda sostener que la sociedad anterior a la Edad moderna no eran patriarcados.

Cabe preguntarse si los países europeos anteriores a 1945 eran estados con una sociedad abierta e igualitaria, en los que se había eliminado el patriarcado. Mi respuesta es clara: en Europa occidental, la sociedad anterior a 1945 era una  sociedad mucho más patriarcal, más machista y e inconmensurablemente más cerrada que la actual.

Por el contrario, ha sido precisamente el sistema capitalista y democrático el que, al menos, en Europa y Estados Unidos y Canadá, Australia y Nueva Zelanda, ha dado un gran impulso a la liberación de la mujer. Tal vez porque este es un sistema capaz de corregirse a sí mismo y de perfeccionarse. Un sistema que te premia si lo criticas. Te premia y no te castiga, como ocurre en el caso de estados totalitarios. Te premia, porque hemos aprendido que en la crítica se haya el comienzo de toda mejora. En la crítica que no destruye violentamente, sino que edifica. Esta es mi antítesis.

Volvamos atrás en el tiempo y preguntémonos, si “al otro lado”, al Este de Europa, el reino del socialismo real, existente hasta comienzos de los años 1990, acabó con el sistema patriarcal. Hay que mirar a Rusia y a los demás países soviéticos después de 1919 y a los estados de Europa oriental luego de 1945. La verdad es que en ninguno de ellos se logró una igualdad de género ni nada semejante. Ni entre 1919-1991, ni tampoco entre 1945-1991. Es más, en ellos, cual más cual menos, imperaba el machismo más absoluto.

En el mundo del socialismo real, sólo los varones -aquellos de uniforme militar, con el pecho lleno de condecoraciones de los más diversos colores y tamaños, o vestidos con ternos oscuros, corbata gris y sombrero negro, estilo Al Capone- se adueñaron del espacio político, del poder económico y de la intelectualidad que pusieron a su servicio. Ellos, los varones y sólo ellos, pues ningún espacio dejaron a las mujeres, salvo los jardines infantiles, alguna organización o juvenil, la salud (las enfermeras eran muy importantes en el Este, ya que muchos médicos no había) y las grandes cocinas de las empresas estatales.

Tal vez, la República democrática alemana fue el país del bloque oriental más “liberado”; pero aún en él, esta liberación era de la boca para afuera. Tengo la suerte de ser muy amiga de una profesora emérita que fue llamada a una Universidad muy importante de la ex-RDA luego de la Caída del Muro. En el marco de la Unidad alemana, a ella le tocó reorganizar la facultad en la que trabajaba[6]. Mi amiga es una de las más importantes expertas en gender en Alemania y que, por ello, estudió empíricamente la desigualdad hombre-mujer en la Alemania comunista y su veredicto es sumamente negativo para el sistema socialista. En ese modelo altamente no-capitalista, la igualdad hombre-mujer era una quimera. Y eso, en el país socialista más desarrollado en términos de igualdad de sexos. ¿Te imaginas cómo era en los otros?

La primera mujer que llegó a la cima del poder en un país europeo importante fue Thatcher, primera ministra de un país liberal, democrático y cuna del capitalismo, a la que ella misma inyectó aún más libertad económica y política. La segunda, fue la conservadora Merkel, en un país que algunos critican abiertamente por representar uno de los peores capitalismos: el capitalismo alemán. El francés Felix Guatteri, autor del Manual sobre la Revolución molecultar escribe: “hoy es necesario distanciarse del mito de la primacía absoluta del capitalismo alemán y americano”[7].

Hoy, la laborista Jacinda Ardern, encabeza el gobierno neozelandés, es la segunda mujer al frente de un estado que da a luz durante su mandato. Precedida sólo por Benazir Bhutto, de Paquistán. La social demócrata Helle Thorning-Schmidt fue entre 2011 y 2015, primera ministra de Dinamarca. Todos, salvo Paquistán, países claramente “capitalistas” o “neoliberales”, como les llaman en términos despectivos. Yo prefiero llamarlos economía social de mercado o economía libre.

Es más, en el Bloque oriental, de economía planificada y no capitalista, imperaba no sólo el machismo más enconado, sino también una fuerte ñoñería. No sé si se sabe en Chile que los Honecker tuvieron que casarse, ya que su relación era un gran escándalo y habría sido una razón para poner fin a sus respectivas carreras, según les explicó el secretario general del Partido, Walter Ulbricht. Erich Honecker y Margot Feist se conocieron en la fiesta de cumpleaños de Stalin en Moscú, en 1948. Y al casarse, ya tenían una hija Sonja[8].

Okay, me pueden decir, eso es pasado… Pero ¿qué ocurre ahora en los países de economía y régimen político no capitalista? Con Venezuela, con Cuba, países cuyas sociedades son altamente sexualizadas. Iba a contar algunas historias; pero no lo haré por cariño a mis amigas venezolanas y cubanas. (Un amigo me contó que a él, llegando a Cuba, el papá de una joven, se la ofreció por 50 dólares la semana. Conozco muchas historias como esta). La persecución de los “afeminados” (que fueron internados en campos de reeducación sexual) en la época de Fidel Castro en Cuba, es sintomática. Hasta donde se sabe, su hermano Raúl fue el encargado de implementar estas medidas homofóbicas[9].

En países no-capitalistas, como China, Corea del Norte o en Rusia. ¿Creen Uds. que la sociedad es super igualitaria y hay tantos líderes mujeres como hombres? Lamento defraudarlos: no es así. ¿O Uds. han visto que en la plana mayor de la República popular china, haya alguna mujer? ¿O en Rusia, donde un grupo de oligarcas acumula todo el poder económico y político? Donde las mujeres de los oligarcas son, en el mejor de los casos, algo así como un adorno. Entre paréntesis, no sé si saben que, en Rusia, si un marido golpea a su mujer, no puede ni siquiera ser castigado penalmente (salvo que la mate); pero que los besos en la calle son objeto de una multa.

En suma, la tesis, de acuerdo a la cual, el “sistema capitalista” protegería, causaría, ampararía al patriarcado es falsa. Por el contrario, en países no-capitalistas, el machismo abunda y no hay forma de criticar al sistema y por lo tanto, de superarlo. Históricamente, en la era pre-capitalista, el patriarcado fue muy fuerte y se puede decir que, con el inicio del sistema liberal en la Edad Moderna, la sociedad patriarcal comenzó a ser superada. Mi tesis: donde más avances se ve en el tema igualdad de la mujer es precisamente en sociedades de economía de mercado y democracia liberal.


[3] Para muestra, un botón: este tweet que me envió alguien, de entrada, que no me conoce y en vez de dialogar.

[4] …esto lo deben saber muy bien los filomarxistas, ya que en el marxismo existe la dináminca tesis-antitesis-síntesis

[5] En su libro “Logik der Forschung” (lógica de la investigación), de 1934 y que él consideró siempre su obra más importante, más que “La sociedad abierta y sus enemigos”.

[6] …en otra ocasión, puedo contarles cómo era espiada por sus nuevos colegas.

[7] “La nueva aristocracia mundial continuará recibiendo el apoyo que le brindan las altas jerarquías de las potencias internacionales. Sin embargo, no se identificará particularmente con ninguna de ellas. Del mismo modo que ayer era necesario acabar con el mito de las doscientas familias, hoy es necesario distanciarse del mito de la primacía absoluta del capitalismo alemán y americano. El objetivo actual no está concentrado en un solo punto. Los focos más virulentos del capitalismo se encuentran tanto en el Este como en el Oeste, así como en los países del Tercer Mundo”, en: Conspirar y respirar ‘La revolución molecular’, seminal texto de Félix Guattari, se lee cuatro décadas después como un sistema universal de lucha social y emancipación

[8] Erich estuvo casado tres veces. La primera cónyuge de Erich Honecker fue una mujer guardia de una cárcel. Después de su muerte debido a un tumor cerebral, Erich se volvió a casar con, Edith Baumann, una funcionaria juvenil del partido, con la que tuvo una hija: Erika. Estando casado con ella, conoció a Margot, en Moscú. Walter Ulbricht, el padre del socialismo de la RDA y secretario general del partido, o sea, el primer hombre del estado, conminó a Honecker a divorciarse de la funcionaria juvenil y a casarse con su amante y madre de su hija, Margot.

[9] Interesante es el artículo publicado en una página de izquierda: Mariela Castro, los homosexuales y la política cubana “La asociación entre los cubanos gays, el afeminamiento y Estados Unidos produjo además el argumento de que los homosexuales eran incapaces de resistir la agresión estadounidense y, por lo tanto, que eran escollos en el proceso de crear al «hombre nuevo» del Che Guevara.”

Evo Morales vs Piñera

No sin cierta superficialidad, se compara a Evo Morales con Sebastián Piñera y se pide la renuncia del segundo, ya que el primero renunció. Con ello se compara Chile y Bolivia o más bien, la situación política muy complicada de ambos países. Pero ¿es esta una comparación válida? ¿Se puede comparar sin más ambos países, ambos presidentes, ambas situaciones?

Antes que nada, el presidente de Bolivia violó la constitución que él mismo se dió, elaborada por una asamblea constituyente designada por él mismo -por su gobierno- y aprobada en un plebiscito convocado y realizado durante su primer mandato. Si, en octubre de este año, Evo Morales ya llevaba tres mandatos e iba por el cuarto, en circunstancias que su propia constitución no acepta la reelección. Para eso, él trató de reformarla; pero no le resultó, ya que perdió en el plebiscito convocado para este efecto.

La Constitución de Evo, de 2009 -llamada pomposamente plurinacional- fue aprobada por simple mayoría y no por los dos tercios que establecía la constitución anterior. Sí, entre una y otra constitución tiene que haber continuidad y toda nueva carta fundamental debe ser elaborada y entrar en vigencia de acuerdo a las normas de la anterior. Lo que no se dió en Bolivia.

Hagamos un poco de historia: Morales fue elegido presidente por primera vez en el 2005, la asamblea constituyente fue designada el 2006 y la constitución, promulgada el 2009. El 2014, los jueces nombrados por él, decidieron “no contar” su primer período tras la antigua constitución como un periodo presidencial, para poder ser reelegido presidente. Así, Evo Morales se convirtió lentamente en un presidente vitalicio, en un rey sin corona, en un monarca sin cetro o bien, en un simple tirano hispanoamericano como otros muchos. Estamos pues ante un renacimiento del consabido caudillismo latinoamericano.

En 2016, Evo Morales intentó reformar la constitución, para permitir su reelección el 2019. Sin embargo, su proyecto de reforma constitucional fue rechazado claramente en un referéndum. El pueblo se decidió en su contra. En contra del rey sin delfín. En contra de quien se había atornillado en el poder y se consideraba imprescindible y se consideraba a sí mismo como el único que podía resolver los problemas de Bolivia: él y nadie más que él.

Como el poder corrompe[1], Evo quiso trocarle la nariz a la constitución y al pueblo y recurrió al tribunal constitucional que, por unanimidad de los jueces nombrados por él mismo, resolvió a su favor. Los jueces “sumisos” al régimen dictaminaron que Morales tenía el “derecho humano” a su reelección: sería una mera cuestión de DDHH reelegir a Morales. Así, mediante un resquicio legal, Evo hizo caso omiso de la constitución o más bien, la violó abiertamente.

Esta triquiñuela de Morales (que no hace honor a su nombre) no causa nada más que un sentimiento entre risa y repugnancia; pero en Bolivia, fue aceptada. Fue aceptada y, en octubre de 2019, se realizaron elecciones presidenciales. En ellas, parece no caber dudas a nadie de haber sido cometido un masivo fraude electoral.

La supuesta victoria del candidato del MAS, sigla detrás de la cual se esconde el partido de Morales, de su Movimiento Al Socialismo, no fue reconocida por observadores internacionales, ni tampoco por los observadores nacionales. La acusación de fraude era demasiado grande, el fraude demasiado evidente, en un estado controlado por el gobierno del Movimiento Al Socialismo.  

A continuación, comenzó una protesta de la sociedad civil que concluyó con la huída de Evo y de todos sus ministros a México y a otros países entre los cuales, al parecer, no se cuentan no Cuba, ni Venezuela, sus aliados políticos en la Región. Por favor, corríjanme si me equivoco en este punto y alguno de sus ministros ha decidido refugiarse en alguno de estos dos países posteriormenre a la publicación de esta columna.

“¡Qué diferencia con Chile!” clama Ian Vásquez, el columnista de El Comercio de Perú, en su artículo que titula “Bolivia vs. Chile”. Escribe: “La alternancia del poder en Chile se ha dado desde el regreso de la democracia en 1990, siendo la izquierda la que ha gobernado la mayoría del tiempo. Durante ese período, la Constitución ha sido cambiada numerosas veces y legitimada por los partidos de izquierda”[2]. Efectivamente, la izquierda chilena ha gobernado 25 de los últimos 30 años; pero, paradojalmente, culpa de todo lo malo a la derecha.

En realidad, la diferencia entre Bolivia y Chile es abismal. Y no me refiero a las diferencias históricas, sino a las actuales. A diferencia del boliviano, el gobierno actual de Chile respeta la Constitución. Si la Constitución no permite la reelección, simplemente, no se presenta el candidato para una reelección inmediata. Las reglas del juego están claras y hay que seguirlas. En Chile, el rayado de la cancha siempre fue sagrado.

Chile es un país con un tribunal constitucional independiente. El tribunal constitucional boliviano era sumiso y se hallaba bajo el control del presidente Morales. En Chile, el gobierno puede esperar que el TC falle a su favor, pero no lo puede obligar. En Bolivia, lo pudo obligar a fallar a su favor.

En Chile, hasta ahora, se ha buscado el acuerdo entre los diversos partidos políticos, salvo ahora, en que la extrema izquierda busca una ruptura violenta, un cambio de sistema, como le llaman en su retórica altisonante. Me pregunto ¿cuál es el sistema que nos quieren imponer? ¿Reemplazar la democracia liberal representativa por una democracia popular a la antigua usanza de los regímenes comunistas de antaño?

Algunos sostienen que su propósito es reemplazar el sistema o el modelo chileno por el de Alemania o Suecia. Lamento decirles que tanto Alemania como Suecia tienen sistemas democrático-liberal-representativos en lo político y de libre mercado en lo económico. Y que en ambos países, la policía es muy efectiva y no acepta actos de vandalismo, ni saqueos, ni tampoco delincuencia, ni crímenes comunes disfrazados de “resistencia”.

A propósito del “sistema”, una amiga argentina me dice que “Chile era el modelo para toda Latinoamérica y por eso, a la izquierda le interesa tanto destruirlo”. A lo que una amiga mexicana comenta “Eso mismo platicaba con mi familia el domingo pasado”. Y otra amiga argentina agrega: “Tal cual, Chile era el modelo”. De ahí el mayor ensañamiento ideológico en su contra.

Un tema que también se plantea y uno no muy tranquilizante es que “el vandalismo y la violencia desatada, los saqueos y la destrucción urbana” son la pavimentación hacia la extrema derecha. No sin razón Patricio Navia comentaba: “después de las protestas del 2014, una mayoría terminó votando a Bolsonaro”[3]. En este caso, “el sistema” tendría un vuelco inesperado, de acuerdo a la tradicional ley del péndulo que tanto conocemos los chilenos y el modelo sería reemplazado por otro cuyos propulsores consideren totalmente opuesto al actual. Me pregunto si para allá vamos… Sólo puedo responder que lo contrario de la extrema izquierda no es la extrema derecha. Lo contrario de la extrema izquierda es la democracia.

Que me disculpen los países productores de plátanos; pero es propio de “repúblicas bananeras” exigir la renuncia del presidente en ejercicio, que fue elegido en elecciones democráticas. Y esto lo sostengo tanto frente a quienes hoy exigen la renuncia de Piñera, como frente a quienes exigían la renuncia de Bachelet. De la misma manera, es altamente antidemocrático y no merece ni siquiera el más breve análisis, sostener “si yo no voté a Piñera, él no es mi presidente”, como he leído y escuchado en estos aciagos días.

Vásquez explica que, “la izquierda extrema…denuncia además que el Gobierno ha tratado de mantener la seguridad y el orden público ante el vandalismo y violencia que algunos manifestantes han desatado”[4]. Pero ¿no es esto lo normal? Un gobierno sería super irresponsable si no lo hiciera. Lo que correponde a un gobierno es defender las instituciones, defender el estado de derecho. Los cambios se hacen sin ruptura, de acuerdo a la antigua divisa democrática: evolución y no revolución.

Al gobierno le corresponde mantener la seguridad y el orden público frente a la violencia y al vandalismo. En este punto, el comentarista peruano tiene toda la razón. En un estado de derecho no rige la ley del más fuerte, sino que impera la fuerza de la ley. Esta es una de las más valiosas conquistas de la sociedad democrática, donde el estado tiene y ejerce el monopolio de la fuerza y los ciudadanos no necesitan recurrir a la autodefensa porque es el estado quien los protege y defiende sus derechos[5].

El columnista de El Comercio de Lima explica que, “la izquierda extrema, que ahora quiere derrocar al presidente, dice que Chile ha vivido 30 años de fracaso, a pesar de los hechos que cuentan otra historia”[6]. Bueno, de los 30 años, 25 han sido de gobiernos de izquierda. Pero eso, ¡a quién le importa cuando se trata de tergiversar la historia y los hechos y de presentar un relato a mi antojo, un storytelling que me beneficie y que evite preguntas molestas! Pero, como decía Stalin, “persigue al mentiroso hasta el umbral de su mentira”.

 


[1] La sentencia es de John Emerich Edward Dalberg-Acton. Su original en inglés: “Power tends to corrupt, and absolute power corrupts absolutely”

[5] “Este es un ‘gran logro civilizatorio de la modernidad, así se logró suprimir la barbarie’” La polarización es el semillero del extremismo

La polarización es el semillero del extremismo

Sin duda, las manifestaciones y disturbios que han tenido lugar en noviembre de 2019 van a ser objeto de análisis, de controversia y de diferentes interpretaciones durante mucho tiempo. Me gustaría abordar en esta ocasión un aspecto que me parece ser omnipresente, tanto en la protesta como en la contraprotesta: la polarización y el consiguiente populismo.

Sostengo la tesis que la violencia reiterada, persistente y exhaustante puede fácilmente pavimentar el camino a la elección de un presidente de extrema derecha. Patricio Navia se refiere acertadamente al caso de Brasil en que “ después de las protestas del 2014, una mayoría terminó votando a Bolsonaro”[1]. En este misma línea y no con menos razón, Marcelo Ruiz comenta: “El movimiento estudiantil del 2014 termino liquidado por el vandalismo y la violencia desatada. Lo mismo ocurrirá con las demandas sociales, que quedarán sumergidas por los saqueos y las destrucción urbana. Además, es la pavimentación a Kast”[2].

No se puede negar que en Chile, tendríamos potenciales candidatos de extrema derecha o bien, de candidatos que serían apoyados por la extrema derecha. A ello y no a otra parte, puede llevar la extrema polarización actual. Con ello, Chile se enfilaría entre los países que han sucumbido a la tentación del populismo de extrema derecha, tales como Filipinas, Brasil, Hungría y algún otro… Sí, malos ejemplos a seguir hay hoy en día, muchos en el mundo. Se puede decir que un fantasma recurre hoy el mundo: el fantasma del populismo[3].

Sí, esa creencia cuasi religiosa -o religiosa- en que “yo y la gente que piensa como yo somos los únicos buenos y tenemos siempre la razón; los demás son malos y están equivocados”. En consecuencia, los puedo descalificar sin más. Parece que, en el propio sector y sólo en él, existe la imposibilidad ontológica de hacer el mal, de equivocarse. Tal es la arrogancia, la presución y la soberbia de quienes “protestan” y al mismo tiempo, realizan actos de vandalismo o simplemente cometen crímenes.

La suya es una mirada en blanco y negro, que no distingue matices y que desconoce la existencia del gris. Su lógica consecuencia es el sectarismo. Son semejantes a los maniqueos de la Antigüedad, que “creían que había una eterna lucha entre dos principios opuestos e irreductibles, el Bien y el Mal”[4]. Los que protestan son todos buenos y los que defendemos la institucionalidad, somos totalmente malos. No sé por qué me recuerdan al llamado a la guerra total de Goebbels.

Esta dicotomía maniquea conduce a justificar incluso de la destrucción del “enemigo”[5], que no es considerado un rival, un contendor, sino que pasa a ser un “elemento” al que no reconozco como persona, al que niego su calidad humana.

En un sistema democrático liberal, como el que existe en Chile[6]– el rival político no es nunca mi enemigo, sino sólo una persona que piensa distinto que yo en muchos temas -en otros, pensamos lo mismo- y con el que concurro en las urnas y en la tribuna política para debatir cuál es la mejor solución. La tribuna política por excelencia es el parlamento, el Congreso y no la calle. Las “armas” de la política son la palabra, las estadísticas, las cifras y no los adoquines, ni las molotovs, ni tampoco las barricadas, los sprays o la quema de estaciones del Metro.

Cuando lees en una red social tan inofensiva como Instragram, que chilenos que antes parecían cuerdos y hasta amables y que sólo publicaban fotos de comida, ahora escriben frases tales como “la insurrección es el más sagrado de los derechos y el más indispensabe de los deberes”. Y alguien contesta: “cuando la tiranía es ley, la revolución es orden”. Parece que creen que son actores de alguna serie épica de Netflix.

Ante consignas tan altisonantes, no sé si reírme o llorar. Me temo que los tiempos no están para reírse. Me consuela comprobar que los autores de las frases tienen pocos followers; pero ya se ha visto que no es necesario tener una gran representación, ni muchos seguidores para organizar acciones de vandalismo, ni para lograr hashtags trendys en Twitter. Sólo basta que un sinnúmero de personas reales -las menos-, de trolls y de social bots publiquen un cierto #hashtag a la misma hora. (En Chile, me he dado cuenta que esto ocurre en horas de la madrugada. Probablemente, cuando hay menos gente online y es más fácil conseguir una priorización de un determinado hashtag).

El Partido Comunista chileno tuvo apenas cerca de un 1,2% (elecciones de senadores) ó un 4,5% (elecciones de diputados) de apoyo en las urnas[7]. En realidad, es una vergüenza reconocer, que en Chile aún hay comunistas, dado que el comunismo es, en el mundo civilizado, es una ideología pasada de moda y que más bien se asocia a crueles policías secretas, al Muro de Berlín, a Tschernobyl y a Norcorea. Por otra parte, ninguno de los partidos del Frente Amplio pasa más allá del 3,73% (senado) o 5,7% (diputados)[8]. La primera cifra correponde a los humanistas que creo que no están ni ahí con las manifestaciones violentas. Del resto de los partidos no sé.

A mi modo de ver, en Chile hay demasiados partidos políticos, circunstancia que es un catalizador de inestabilidad y de ingobernabilidad. Sería interesante incorporar a la Constitución una cláusula de barrera de al menos un 5% para establecer un sistema de acuerdo al cual, “únicamente los partidos políticos que hayan obtenido al menos el 5% de los votos válidamente emitidos pueden obtener representación parlamentaria”[9]. Alguien me decía hace poco que él apoyaba las marchas y protestas porque quería una democracia como la alemana para Chile. Ya, por aquí podemos empezar. (Entre paréntesis el artículo 8° que fue derogado era también una copia de la Constitución de Alemania[10]).

Cuando un amigo me cuenta que, como su oficina está “en pleno Paseo Bulnes, como a tres cuadras de la Alameda” y agrega que, manifestantes “casi incendiaron mi auto, le pedí a unos anarquistas que me dejaran irme, y lo hicieron”. ¡Mi amigo tuvo mucha suerte! Otros no la han tenido[11][12]. Pero, ¿puede ser una cuestión de suerte quedar al capricho de gente que decide si quema tu auto o no? ¿Tal vez la próxima vez no será tu auto lo que quemen? Mi amigo quedó sometido a la decisión de un grupo de personas cuya única autoridad es que tienen la fuerza y el poder.

En un estado de derecho no rige la ley del más fuerte, sino que impera la fuerza de la ley. Esta es una de las más valiosas conquistas de la sociedad democrática, donde el estado tiene y ejerce el monopolio de la fuerza y los ciudadanos no necesitan recurrir a la autodefensa porque es el estado quien los protege y defiende sus derechos. Este es un “gran logro civilizatorio de la modernidad, así se logró suprimir la barbarie”[13]. Por esto mismo, los acontecimientos de Reñaca esta semana, en que un grupo de vecinos debió defenderse a sí mismos de los manifestantes, en medio de conjuras contra “los políticos”, es especialmente grave[14].

Me parece que esto es precisamente lo que desean los manifestantes -y es lo que están logrando- debilitar al estado de Chile, socavar las bases del estado en Chile, de su institucionalidad, dejarlo mal parado. Es sintomático que, frente a la casa de una amiga en la comuna de Providencia, manifestantes quemaran una bandera chilena en la calle[15]. Nada que ver con las banderas chilenas de los participantes de la Marcha del Millón, que más bien desfilaban por la paz. Algunos desfilaban por la paz, porque observé que, en esa marcha, cada uno desfilaba por lo que quería y todos por cosas distintas. En ella, cada grupo y cada persona proyectaban sus deseos.

Paradojalmente, las ideas de quienes protestan son estatistas, ya que anhelan la actuación del famoso “papá-estado”; pero al mismo tiempo quieren destruirlo. O tal vez, ¿pretenden destruir el actual estado para reemplazarlo por uno a su pinta? En el estado-substituto sueñan que ellos serán los únicos que decidan y den las órdenes a los demás. De democracia, nada. Puro sectarismo.

Hay gente que vive en pos de una utopía, tras la cual corre descontroladamente, arrasando a su paso y sin piedad todo lo que se les pone por delante: gente, cosas, derechos de los demás, instituciones, personas. Ellos, una minoría escogida o más propiamente autodesignada. Ellos saben más que los demás y, como fuente de la sabiduría, se arrogan el derecho a asumir y a ejercer todos los poderes y a representar la voluntad popular. Más populismo, imposible.

En su extraordinario video, Felipe Berríos nos advertía a comienzos de semana: “en los saltos sin las instituciones ganan los prepotentes, gana la extrema derecha o la extrema izquierda”[16]. Esto es precisamente lo que está pasando en Chile. Existe una creciente polarización que va en aumento y que conduce al extremismo, a que se prefiera un extremo político, ya que se cree que es la única forma de acabar con el caos o con el sistema, dependiendo de si son manifestantes o ciudadanos cansados de tanta violencia. La baja aprobación de la mesurada gestión del gobierno del Presidente Piñera -que habla en todos sus últimos discursos de la humildad y de haber escuchado a la gente- apoya mi tesis.

En suma, en medio de una creciente polarización, la protesta chilena muestra claramente elementos propios del populismo. Lo que puede conducir a la elección de un gobierno de extrema derecha, que una mayoría considere la única respuesta clara al extremismo anarquista de izquierda, que se ha convertido en un verdadero vandalismo. La polarización es el semillero del extremismo y ambos se retroalimentan.

Pienso, sin embargo, que para enfrentar a la extrema izquierda, no se necesita ser de extrema derecha, sino ser un demócrata o una demócrata.


[1] Su tweet de 5 de noviembre: “No se olviden que en Brasil, después de las protestas del 2014, una mayoría terminó votando a Bolsonaro. Nada como  el miedo a que el país se hunda en el caos para hacer subir como la espuma la popularidad de candidatos de extrema derecha”.

[2] @RuizFernandezDJ, el 5 de noviembre.

[3] El Manifiesto Comunista advertía: “Un fantasma recorre Europa: el fantasma del comunismo”. El Manifiesto fue publicado en 1848 en Londres, financiado por el millonario empresario textil alemán, Friedrich Engels.

[5] Sobre la dicomtomía amigo-enemigo en Carl Schmitt (tan presenta en la extrema izquierda latinoamericana, como en la extrema derecha europea) me referí tangencialmente en El nuevo orden según Carl Schmitt

[6] Chile no es ni una democracia iliberal (extremismo de derecha), ni una democracia popular (extremismo de izquierda). Ver mi columna Teillier: “puede que se pierda en el Parlamento, pero no en las calles”

[10] Ver un antiguo artículo de Teodoro Ribera, en Estudio Públicos: ALCANCES Y FINALIDAD DEL ART. 89 DE LA CONSTITUCIÓN POLÍTICA DEL 80, donde explica el concepto de democracia militante o protegida y, sobre todo fójense en el Orden fundamental de libertad y democracia.

[11] Recuerdo que a mi amigo Ricardo Pössel le quemaron el auto en una protesta estudiantil, claro que eso fue bajo un gobierno anterior y en una protesta anterior.

[12] El hermano de la señora que trabaja en la casa de una amiga, no lo tuvo… Ver la primera frase de mi columna La protesta originariamente social y el estado de excepción en Chile

[13] Carlos Peña: En la crisis, fortalecer al Estado, 24 de octubre de 2019.

[15] Por whatsapp, mi amiga me cuenta que, frente a su casa, están “quemando la bandera, después de arrancar el semáforo y robarse los adoquines de la casa del lado para tirárselos a carabineros”. Pueden ver aquí la parte del video en que se ve mejor lo que mi amiga describe.

“…en los saltos sin las instituciones ganan los prepotentes, gana la extrema derecha o la extrema izquierda”

Escribo este artículo impactada por las imágenes de las dos carabineras quemándose debido de una bomba lanzada por un manifestante. Y lo peor son las “opiniones” en redes sociales, sarcásticas y carentes absolutamente de empatía que dicen que todo es un montaje… O que los carabineros se lo merecen o frases por el estilo.

Sin duda, para algunos personas, Carabineros representa al estado, al estado de derecho y a las instituciones. Todo eso que ellos detestan y que ha servido para que -no sin razón- sean calificados como anarquistas. “Para el anarquismo toda institución resulta insoportable, opresiva, de modo que la libertad sólo se alcanza en la lucha contra las instituciones”. Y es una lucha de suma cero, en que si yo gano, el otro pierde y viceversa; no es posible la cooperación. “Para el anarquismo toda institución resulta insoportable, opresiva, de modo que la libertad sólo se alcanza en la lucha contra las instituciones”[1].

Pareciera que las normas más fundamentales de convivencia humana se destruyeran poco a poco en Chile. Sé que es una minoría; pero es una minoría que se hace sentir. Que se apropia de las redes sociales y que toma la calle. Esta minoría, pareciera tener más tiempo que los demás, o más entusiasmo y estar más comprometida, comprometida en la lucha. En otras palabras, pareciera ser un sector más fanático. O simplemente ser un sector minoritario, pero fanático.

Pienso que “la lucha callejera no es, de ninguna manera, el lugar donde se elige a quien representa al pueblo. Quienes salen a las calles a destruir, a quemar, a golpear a otras personas, nunca pueden ser representantes del pueblo”[2], escribía la semana pasada. Hoy tengo que agregar, quienes salen a quemar a otras personas… Me pregunto si el joven que lanzo la Molotov siente hoy algún tipo de remordimiento, si está un poco arrepentido. O si su acción es celebrada, glorificada por sus compañeros en la lucha contra las instituciones.

En medio de este tumulto, emerge la voz ecuánime y pacificadora del jesuita Felipe Berrios que, en su mensaje No destruyamos nuestras instituciones, cuidemos nuestra democracia[3], señala que “las instituciones, por más débiles que sean, son la protección al más débil y el freno al prepotente”.

Si alguien quiere cambiar algo[4], “hay que hacerlo a través del sistema político que tenemos”. Aclara: “a través de los alcaldes que tenemos”, “de los senadores y diputados. “Yo he escuchado voces: que renuncie el presidente de la república. Te guste o no te guste, es el presidente que escogimos los chilenos y a través de él tenemos que ver el cambio. Pero no nos engañemos, que en los saltos sin las instituciones ganan los prepotentes, gana la extrema derecha o la extrema izquierda”.

“A mi modo de ver, arrogarse la facultad de representar al pueblo al tiempo que se la niega a quienes realmente han sido elegidos tiene un nombre muy simple: populismo”[5]. La protesta chilena, tanto la violenta como la pacífica, tienen fuertes elementos populistas. Lo que veo hoy en Chile me hace pensar en Europa de los años 1930, cuando grupos fascistas comenzaron a dominar la calle. Eran pocos, pero fueron muy eficientes. Los países cayeron uno a uno bajo la dominación totalitaria.


[3] En El Mostrador, con subtítulos.

[4] Muchos de nosotros queremos cambiar mucho, ver mi columna La protesta originariamente social y el estado de excepción en Chile

Teillier: “puede que se pierda en el Parlamento, pero no en las calles”

Esta semana, alguien escribía en Twitter “pensamos que el voto es la manera democrática de elegir a nuestros líderes que manejan al país”[1]. Exacto, este es el quid, es la esencia de la democracia liberal representativa, como la conocemos en el mundo civilizado y la vivimos en los países democráticos.

Últimamente, alguien ha hablado de una “democracia iliberal”, término que me recuerda a la llamada “democracia popular” de antaño, a la que, sin duda, se parece demasiado.

El voto, las elecciones periódicas, libres e informadas son la única manera de elegir a los representantes del pueblo. Antiguamente, se llamaba sediciosos a quienes se arrogaran la representación popular sin haber sido elegidos democráticamente.

Da lo mismo que “el pueblo se equivoque”, yo estoy obligada a respetar la decisión mayoritaria. Eso sí, siempre respetando la opinión de la minoría. Se puede decir que, en la democracia, a la minoría la tratamos con cariño y empatía.

En prácticamente todos los sistemas democráticos, existen mecanismos para que las minorías sean plenamente respetadas y tengan representación parlamentaria. El conocido “The winner takes it all” es un procedimiento muy antiguo, de los primeros tiempos del parlamentarismo y está en retroceso.

En algunas elecciones ganan los unos, en las otras, ganan los otros. En Chile, por ej., durante los últimos treinta años, 25 de ellos han gobernado sectores de izquierda y sólo cinco, lo han hecho los de la derecha[2]. Quiénes se quejan tanto de que las cosas andan mal, deberían recordar esta circunstancia antes de culpar de todo el gobierno que asumió hace un año. En el país, ha habido alternancla en el poder que es condición sine qua non de la democracia[3].

Gobernantes que se eternizan en el poder, de los que vemos algunos ejemplos en la Región (Bolivia, Venezuela) son cualquier cosa, menos gobiernos democráticos. Familias que se eternizan en el poder (como en Argentina) se hallan al borde de la demagogia, que es lo contrario de la democracia.

La Constitución señala acertadamente en sus artículos 4 y 5 inciso 1°:

Artículo 4°. Chile es una república democrática.

Artículo 5°. La soberanía reside esencialmente en la Nación. Su ejercicio se realiza por el pueblo a través del plebiscito y de elecciones periódicas y, también, por las autoridades que esta Constitución establece. Ningún sector del pueblo ni individuo alguno puede atribuirse su ejercicio.

Sí, “el voto es la manera democrática de elegir”, tanto en elecciones, como en plebiscitos. Los representantes del pueblo se eligen en elecciones libres, pacíficas e informadas, como ocurre en Chile. Me puede gustar o no el candidato o la candidata ganadora; pero independientemente de ello, tengo que aceptar su triunfo, reconocerlo y felicitarlo/a.

Cuando el presidente del Partido Comunista chileno Guillermo Teillier[4] asegura que ante el eventual fracaso de una por él planeada acusación constitucional contra Piñera, “puede que se pierda en el Parlamento, pero no en las calles”, se coloca claramente fuera del estado de derecho y con ello, fuera del sistema democrático de gobierno.

Asimismo, el pueblo que enfrenta al parlamento es un tópico propio del populismo actual, de extrema derecha y de extrema izquierda. El populismo es una lacra que acaba por destruir la democracia si no se lo para a tiempo.

La lucha callejera no es, de ninguna manera, el lugar donde se elige quien representa al pueblo. Es más, quienes salen a las calles a destruir, a quemar, a golpear a otras personas, nunca pueden ser representantes del pueblo.

Es en las elecciones donde se determina hacia donde va el país, hacia donde se dirige la sociedad. Las elecciones y nunca la violencia, sea violencia callejera o de otro tipo. Saqueos, quemas, barricadas, etc. Pero parece que hay gente que cree que vivimos en 1917 y en Rusia.

En estos días, un usuario de Twitter me decía que algo así como que los grandes cambios sociales se produjeron en la historia mediante la violencia, las barricadas, el terror. Es cierto que en las revoluciones de los siglos 18 y 19 hubo gran violencia; pero también es cierto que los cambios se produjeron más bien a través, del pensamiento, de los libros, de los diarios, de los afiches, en otras palabras, del pensamiento, de la Ilustración. 

Las revoluciones de fines del siglo 20, contra los regímenes comunistas fueron pacíficas, como corresponde al nivel de desarrollo intelectual de la sociedad de hoy.

Sólo el estado tiene el monopolio de la fuerza y lo ejerce de acuerdo a derecho. A este punto me referí explícitamente en mi columna de la semana pasada[5]. Este es el quid, la esencia del estado de derecho que, a su vez, pertenece a la esencia o el quid de la democracia.

No queremos volver a la época de las cavernas donde no se conocía el imperio de la ley, sino la ley del más fuerte, del que peleaba mejor. Podemos decir sin temor a equivocarnos que una supuesta democracia sin estado de derecho no es democracia.

Pero en la sistemática del partido comunista, Teillier tiene razón: la lucha debe seguir hasta que el proletariado conquiste el poder. Conquista que se efectúa por cualquier medio: a través de la vía electoral (que curiosamente se conoce como “la vía chilena”) o de la vía armada, de la revolución. En este punto, Stalin es un buen ejemplo.

Finalmente, sólo puedo decir que, cuando algunos se consideran a sí mismos, como los únicos representantes del pueblo, pese a que su partido apenas llegó al 5%[6] en las últimas elecciones parlamentarias, hay algo que no me cuadra.

A mi modo de ver, arrogarse la facultad de representar al pueblo al tiempo que se la niega a quienes realmente han sido elegidos tiene un nombre muy simple: populismo.

Llamar a luchar en las calles, aunque se haya perdido en el Parlamento tiene otro nombre muy simple: extremismo.


[1] M. Soledad Brito @choibrito Su tweet

[4] Bien atrasado está Chile todavía con un partido comunista… El comunismo pasó hace mucho tiempo de moda. Está totalmente passé. Tengo que confesar que, me causa bastante vergüenza reconocer, frente a mis amigos extranjeros, que en Chile aún hay un partido comunista, algo totalmente arcaico, anticuado, pasado de moda, sobrepasado por la historia.

Parece que la desigualdad no es la causa de la ira de Chile – La exploración de un filósofo

En mi columna de la semana pasada, planteé[1] que la protesta chilena había partido siendo social; pero había devenido en violenta[2]. Mi tesis era que “la desigualdad económica es en Chile un tema preocupante y que cada país con gran desigualdad es un país que camina al borde del abismo”. Sin embargo, el fin de semana, mi amigo Vicente Durán @vicdurcas me recomendó un artículo sobre el tema, con el llamativo título ¿Por qué estalla en ira una economía de mercado exitosa? Ideas sobre el caso de Chile

Su autor, Andrés Mejía Vergnaud @AndresMejiaV plantea una tesis completamente contraria a la mía. Señala que la tesis de la desigualdad “es una afirmación sin evidencia”. Y explica que, “como se supone que Chile es una sociedad desigual, entonces se asume que el descontento social debe estar ocasionado por esa desigualdad. No hay, sin embargo, una evidencia clara de que así sea, ni de que esa sea la motivación y el disparador de las protestas recientes”.

Entre paréntesis, gente que protestó y hasta marchó en la “marcha del millón” se mostraba la semana pasada en redes sociales, partidaria de que los filófofos gobernaran y lo nos políticos, ni menos abogados o ingenieros comerciales. Pues bien, el autor cuyo artículo comento, Andrés Mejía, es filósofo.

La tesis de la desigualdad como causante del estallido social fue uno de los planteamientos de mi artículo de 24 de octubre. Pero reconozco que la desigualdad es sólo una arista del problema y se convirtió en mi forma de explicarlo; pero puedo estar equivocada. Además, un fenómeno social no es nunca monocausal.

Carlos Peña escribía la semana pasada en El Mercurio: “Es verdad que en la sociedad chilena hay injusticia y hay desigualdad y no hay ninguna duda de que hay que corregirla, pero no es la desigualdad o la injusticia la que explican el fenómeno de estos días”[3]. Otro que no está de acuerdo con la tesis de la desigualdad como causa de la ira.

Mejía se pregunta: “¿Por qué se produce semejante estallido de ira social en Chile, un país que tiene una economía de mercado bastante exitosa, no solamente en indicadores fríos como crecimiento e inflación, sino en aquellos más humanos como reducción de la pobreza y movilidad social?”. Se refiere con esto a lo que yo llamaría las cifras socio-económicas. Creo que la economía está al servicio de las personas y no al revés.

Y pasa revista a las cifras, a los hechos y no a las “sensaciones subjetivas”, ni a lo que dice la gente. Parece que, a veces, repetimos tanto lo mismo que terminamos creyéndolo. Además, si todos lo repiten, nos metemos en la cámara del eco. Es mejor abrirse y escuchar otras voces. De la discusión suele salir la luz. Pero sólo de la discusión educada y tolerante, la de la cultura del debate y de los argumentos. No del hate speech.

El filósofo colombiano -que ve la situación con la objetividad de quien las mira desde afuera- sostiene que “el panorama de la desigualdad en Chile es más complejo de lo que suele afirmarse”. ¡Seguro! Prosigue: “la medida más usual de desigualdad, el índice Gini: para 2017 Chile tiene un índice Gini de 46.6 (de 0 a 100, donde a mayor número mayor desigualdad); una cifra no ideal pero tampoco catastrófica (Banco Mundial)”.

“Pero más que el número estático, Chile tiene una tendencia descendente en el índice Gini desde 1987 hasta hoy, como puede verse en el gráfico 1 (en 1987 era de 56.2)”. Explico brevemente que el coeficiente ideado por el italiano Conrado Gini mide la desigualdad de los ingresos dentro de un país[4]. Coloco un link al gráfico 1, que muestra el GINI chileno desde 1988 hasta 2016. En Chile, el índice de desigualdad, efectivamente ha bajado de forma persistente.

En otras palabras, en Chile y desde, por lo menos el año 1988, “la desigualdad viene bajando. Es un descenso con variaciones y altibajos, explicables, de acuerdo con este estudio, en ciclos propios de la transformación productiva del país”[5]. ¿Por qué les parece a tantos chilenos -incluyéndome a mí- que ocurre exactamente lo contrario? Probablemente, debido a la llamada paradoja de Tocqueville, según la cual, la reducción de la desigualdad eleva la sensibilidad acerca de su existencia. Mientras más igualdad, más nos molesta la existencia de un residuo de desigualdad. Y lo vemos más grande.

De acuerdo a la tesis de la desigualdad, cada día serían menos los ricos y más los pobres. La brecha entre ricos y pobres aumentaría permanentemente. Sobre este punto, Mejía nos explica: “También me llamó la atención encontrar que el porcentaje del ingreso recibido por el 1% más rico no va en aumento, sino que, tras haber llegado a una especie de meseta entre 1981 y 1990, ha tenido una tendencia descendente”. Ver el gráfico correspondiente.

Okay, tal vez el problema es la desigualdad de oportunidades. No vale la pena trabajar si igual no voy a surgir. Para qué esforzarme, si siempre me voy a quedar donde estoy y no puedo salir adelante. Mejía me contradice: “Chile muestra muy buenos indicadores en movilidad social. De hecho, es un líder en la OECD en este aspecto, y es por supuesto el líder en América Latina: Chile lidera la OECD en el porcentaje de personas que, viniendo de familias de bajos ingresos, están dentro del 25% de población de mayores ingresos”.

Sobre este otro punto, Mejía cita al geógrafo alemán Simon Kuestenmacher @simongerman600, quien sostiene: “If you are a poor kid trying to live the American dream (from rags to riches) may I suggest moving to Chile or Denmark?” Esto es: “Si eres un niño pobre que intenta vivir el sueño americano (desde los harapos hasta la riqueza), ¿puedo sugerirte irte a vivir a Chile o Dinamarca?” El gráfico de la OECD es este

Como contrapartida, la estadística de la OECD nos muestra que Chile es uno de los pocos países de la organización, donde es más probable que los hijos de familias de altos ingresos sean económicamente menos exitosos que sus propios padres. En este aspecto, Chile es sólo superado por Holanda, Irlanda y España. No sé qué opinen Uds., a mí no me parece negativo que esto sea así.

En otras palabras, en Chile, es más probable que puedas surgir -aunque vengas de una familia pobre- que en todos los otros países de la OECD. A la inversa, si tus papás tuvieron un buen pasar, es también probable que tú tengas menos éxito económico que ellos, si vives en Chile. Sólo si vives en Holanda, Irlanda o en España, esto es aún más factible.

Que Chile esté a la cabeza de la OECD en movilidad social, debería llenarnos de orgullo. Pero hay un punto que me preocupa: la pérdida del lugar privilegiado en la sociedad puede ser también la fuente de disturbios, de protestas, de resentimientos. Lo observamos claramente en los movimientos populistas europeos, donde este resentimiento es muy fuerte y es una de las causas más importantes del voto extremista. Gente que está en contra de los advenedizos, porque le pueden quitar el puesto privilegiado a los propios hijos. Incluso, en Europa hay una palabra para designar a quienes surgen: se les llama despectivamente parvenu, del francés parvenir[6]. En América, les llamados self made people y serlo es un motivo de orgullo.

Volviendo a Mejía: “Mi tercer problema con esta explicación es que en general no parece que la desigualdad, por sí sola, sea un factor determinante de estallido social: no creo que abunden los casos de explosiones de inconformidad o de disfuncionalidad política que sean atribuibles a la desigualdad por sí misma, como sí abundan aquellos atribuibles a la existencia de privilegios inamovibles, al desempleo alto y prolongado, y a las quiebras masivas de hogares. Los indicios anecdóticos, y también algunas evidencias experimentales, apuntan a que los humanos no rechazamos la desigualdad sino la injusticia en la distribución del ingreso y la riqueza: cuando la desigualdad se percibe como efecto de un proceso justo, no parece haber reacción en contra”.

A continuación, nuestro filósofo copia un gráfico de la pobreza en Chile, que muestra cómo tanto la pobreza como la extrema pobreza disminuyeron persistente y considerablemente desde el 2006 al 2017. Pueden ver el gráfico aquí

Llegados a este punto, hay que preguntar a Andrés Mejía cuál cree él que puede ser la causa de la ira de Chile. Él mismo dice que la suya es una exploración y no una respuesta. A mí me parece que su exploración es super interesante y muy fundada. Que da para reflexionar, para pensar y para un iniciar un diálogo constructivo. Sin hate speech, como el que he visto -incluso entre algunos de mis ex-compañeros de colegio- durante las últimas semanas.

Para no alargar más esta columna, dejaré la respuesta del filósofo para una próxima columna, probablemente a fines de esta semana o a comienzos de la próxima. Quienes no quieran esperar hasta entonces, pueden leer directamente el artículo al que me he referido:  ¿Por qué estalla en ira una economía de mercado exitosa? Ideas sobre el caso de Chile


[1] Aunque Ud. no lo crea, así se conjuga

[3] Carlos Peña: En la crisis, fortalecer al Estado, 24 de octubre de 2019.

[4] “… pero puede utilizarse para medir cualquier forma de distribución desigual”. Cfr. Coeficiente de Gini

[5] El estudio citado es The rise and fall of income inequality in Chile, de Francisco Parro y Loreto Reyes.