Nuestra imperfección nos hace humanos

En la tercera temporada de The Men in the High Castle, al final del último episodio[1] hay un diálogo entre el Mariscal del Gran reino nazi de América, John Smith y el “hombre del castillo”, Hawthorne Abendsen, el hombre que conoce las películas sobre el mundo paralelo. Smith habla muy orgulloso del experimento en que los científicos nazis lograron “hacer pasar” una persona de un universo a otro, de acuerdo a la teoría de los multiversos[2].

Nadie menos que Josef Mengele es el director de investigaciones sobre los multiversos. La finalidad de su “investigación” es encontrar una manera de viajar entre ellos, con el objeto de conquistar los universos que no se hallen bajo la égida nacional socialista, enviándoles tropas nazis, a través de un portal, construido bajo una montaña, donde existe una anomalía que hace posible el viaje en el tiempo y el espacio. Usan la ciencia, no para el bien, sino para el mal. Ciencia sin ética o ciencia con una pseudo ética utilitarista y narcisista.

Smith anuncia al viejo Abendsen que Mengele y Cía. lograron hacer pasar a una persona “al otro lado”, al otro mundo, a la otra dimensión, a otro universo. Esto, a través del portal construido por Mengele, en una mina abandonada, en Lackawanna, en la zona montañosa de Pocono, en Pennsylvania. A través de este portal, los nacional socialistas quieren enviar tropas nazis a otras dimensiones, para imponer su ideología, su “nuevo orden”[3] en todas ellas. Como si no fuera suficiente, mantener sometido a todo un mundo bajo su poder, pretenden someter todos los otros mundos existentes.  

Abendsen se halla en una celda prisionero de los nazis, quienes extorsionan utilizando para ello a su señora Caroline, a quienes ellos mismos dispararon y ahora condicionan su atención médica a las revelaciones de su marido. Su propósito es que “Abe” revele más secretos acerca del “otro mundo” y de los viajes entre los universos..

Abe -así lo llama Smith- le pregunta quien es la persona que logró pasar a través del portal. Fue una sola, una sola de cuatro, le responde Smith. A agrega que es “un éxito relativo”. Aunque el sucesor de Hitler, el canciller Heinrich Himmler, califica el hecho como un éxito formidable. “Enviamos cuatro personas y una sola de ellas logró pasar a través del portal”. ¿Quién?, insiste Abe. Smith responde: “Una chica promedio”, una “average girl”[4] de 18 años. “Una mujer como cualquier otra”.

“¿Una chica promedio? ¿Una mujer como cualquier otra?”, Abendsen se asombra de la respuesta del alto funcionario nacional socialista. Y agrega: “Me extrañaría mucho si su papá y su mamá sientieran de esa manera”[5], que pensaran que su hija es una chica promedio, como cualquier otra. Y para recalcar más el tema, le dice que hay que reconocer que esa chica es única porque logró pasar a otra dimensión. Smith se siente algo confundido. Probablemente piensa en sus propios hijos, me imagino yo, no lo dice en la película.

Sí, es así como todos los totalitarismos, los fascismos, los extremismos, los socialismos, los comunismos y todos los autoritarismos han visto y ven al individuo: como una persona promedio, de 18, de 20, de 30, 50, 80 ó 90 años. No importa la edad. No importan sus circunstancias. Da lo mismo. Nadie es único. Siempre es sólo un individuo más, descartable, reemplazable, susceptible de ser sacrificado en una guerra o en un experimento. Una persona más, un individuo cualquiera, que podemos tirar a la basura o emplear a nuestro gusto, sustituible, susceptible de ser inmolado sin que a nadie le importe. La serie caracteriza muy bien la ideología nazi y todas las otras ideologías totalitarias que han existido y existen.

Lo único que importa es el todo, la especie humana perfectible en un proceso imparable e irreversible de optimización, que muchos hoy quieren presentar como una simple “evolución”. Aunque Darwin y especialmente sus colegas que lo sucedieron en el estudio de la evolución, rechazaron proposiciones de “perfeccionar la raza” por la vía de los matrimonios entre personas que, por alguna razón, eran considerabas mejores que otras.

Sí, lo único que les importa es el todo; no el individuo. Es el viejo sueño totalitario. Lo trascendente es el estado, la sociedad, el pueblo, mi pueblo, mein Volk, my people, mi nación. “Más vale que muera uno solo por el pueblo; pero que no perezca la nación”, resuenan en mis oídos las odiosas palabras de Caifás[6].

El mismo hijo de John Smith, Thomas sufría de distrofia muscular, una enfermedad de la que la familia tendría que haber informado a las autoridades de salud del Reich, para que Thomas pudiera ser “eutanasiado”, ya que un enfermo de distrofia muscular es una carga para la sociedad.

Y lo que es peor, es un lastre para la “raza superior”, que corre el riesgo de que sus genes defectuosos pasen a generaciones posteriores. Esto que se opone diametralmente a la optimización, al perfeccionamiento de la raza, de la raza perfecta de los seres superiores. Por eso, Helen Smith se va de la casa, con sus hijas y abandona a su marido, porque le dice que ella quiere vivir en un mundo en que un gen defectuoso no sea una amenaza para sus hijos[7].

Thomas piensa que él no tiene valor, que sólo es una carga para sus padres y para la sociedad[8]. Es así como lo han educado, en esos desvalores. Pero llega un momento en que ellos mismos, el matrimonio de John y Helen Smith, los super nazis, son “tocados” por el destino y ellos, que siempre creyeron en su superioridad aria, se ven forzados a reconocer que su propio hijo es -de acuerdo a sus cánones de pensamiento- un ser sin valor, un ser defectuoso[9] una carga inútil. Alguien indigno de vivir o lebensunwert, como decían los nazis. Ambos llegan a asesinar para intentar salvar a sus hijos.

Thomas busca consejo en Juliana Crain, miembro de la resistencia[10]: “…y si mis defectos son tales que deben ser erradicados para bien de los demás”. Juliana le contesta que esas ideas se las tiene que sacar de la cabeza. Thomas responde con una pregunta clave: “…por qué están todos de acuerdo con esa ley”. Con la ley de la eutanasia. Ella le dice que no lo sabe; pero que sabe que su familia lo quiere. Y eso es lo único importante, agrega.

Juliana le explica a Thomas lo que ella piensa: “todos nosotros somos imperfectos y nuestros defectos son lo que nos hace ser quienes somos”[11]. O en mi traducción: “nuestra imperfección es lo que nos hace humanos”. Tiene razón Juliana. Es también lo que yo pienso.

Thomas, inspirado en la devoción por el Reich que admiraba en sus padres, decide entregarse a las autoridades para ser eutanasiado. En una dramática escena, los funcionarios de salud lo van a buscar a su casa y se lo llevan, ante los llantos de su mamá, Helen, que trata de impedirlo. Es una de las escenas más conmovedoras de la serie. Posteriormente, Thomas Smith será utilizado por la propaganda nazi y estilizado como el nuevo coloso[12], que se inmola por el Reino, por Nicole Dörmer, la nueva Leni Riefenstahl.

Hace algún tiempo visité un hogar-escuela para niños con incapacidad, en el Sur de Alemania. Me explicaron que esa institución no había sido cerrada durante los doce años del nacional socialismo, ni sus niños eutanasiados -al menos no todos- porque en ella, vivía un niño hijo de un nazi muy importante, que lo había protegido todo lo que había podido. Si Alemania hubiera ganado la guerra, sin duda, su hijo habría sido sacrificado y el hogar-escuela habría sido cerrado. Pero, gracias a Dios, a diferencia de lo que ocurre en la distopía “The Man in the High Castle”, los nacional socialistas perdieron la guerra.


[1] Episodio 10, tercera temporada.

[2] “Multiverso es un término usado para definir el conjunto de los muchos universos existentes, según las hipótesis que afirman que existen universos diferentes del nuestro propio. La estructura del multiverso, la naturaleza de cada universo dentro de él, así como la relación entre los diversos universos constituyentes, dependen de la hipótesis de multiverso considerada. Según cualquiera de esas hipótesis, el multiverso comprende todo lo que existe físicamente: La totalidad del espacio y del tiempo, todas las formas de materia, energía y cantidad de movimiento, y las leyes físicas y constantes que las gobiernan”, Multiverso en Wikipedia

[4] “Only one went through just an average girl”

[5] “I wonder if her mother and father felt the same way”.

[6] Caifás, en Wikipedia: Su papel en la Pasión de Jesucristo

[7] Episodio 10, segunda temporada.

[8] “I’m an useless eater”.

[9] “I’m defective”.

[10] Noveno episodio, segunda temporada.

[11] “what I do know is that we all have flaws all of us, every single of us. It make us who we are. point to sign a serious defect”

[12] “The New Colossus”

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Somos muchos abogados y poetas; pero muy pocos químicos, físicos y biólogos

Aún no he terminado el libro de Bill Bryson, A Short History of Nearly Everything o Una breve historia de casi todo, del 2003. Pero me llama la atención que -hasta ahora- no haya citado a ningún científico con apellido español. En el registro de nombres al final de la obra, tampoco aparece ninguno.

No hay ningún Salazar, ningún Sánchez, ningún Alderete, ni Valdivia, ningún González, Pérez o Gómez. Pese a que España fue una gran potencia (en el siglo 16) y era el Imperio donde no se ponía el sol. Y pese a que los latinoamericanos somos millones e incluso somos una minoría importantísima en los Estados Unidos (en ella, cifro mis esperanzas).

¿Por qué…? Reviso la lista de los Nóbel, buscando apellidos familiares. El primero es Luis Walter Álvarez (estadounidense, abuelo cubano-espanol) recibió en 1968 el Nóbel de química… Uffff, nos salvamos… Los hispanics norteamericanos son nuestra esperanza: Sí se puede, Yes we can!

Descubro otro nombre hispanic: Santiago Ramón y Cajal. Español, Nóbel de Medicina en 1906. Luego, Severo Ochoa, en 1959, español; pero que emigró primero a Alemania y después a los EEUU, donde se nacionalizó. Para volver a Espana en su vejez, a los 80 años. Son personas que no triunfaron en sus países y debieron emigrar. Probablemente, si no hubiesen emigrado, se habrían quedado sin Nóbel.

¿Por qué el matemático y físico mexicano Raúl Rojas González (elegido profesor universitario del año 2015 en Alemania) debió emigrar para triunfar? ¿Por qué no podía haberse quedado en México desarrollando sus robots que juegan fútbol, sus aviones y sus autos no tripulados. En este caso, su auto no tripulado no se llamaría Spirit of Berlin, sino tal vez Espíritu de la Ciudad de México 😉

De los cinco argentinos ganadores de un Nóbel, dos de ellos recibieron el de la Paz y tres, Nóbeles científicos: Houssay (de ascendencia francesa) ganó el de Medicina en 1947. Leloir que nació en París en 1906, el de química en 1970. Ambos investigaron en Argentina y no emigraron al extranjero (salvo para estudios o perfeccionamiento). César Milstein (hijo de ucranianos que habían emigrado a Argentina), recibió el Nóbel de Medicina en 1984. Había emigrado a Gran Bretaña, trabajó toda su vida en la Universidad de Cambridge y se nacionalizó británico.

En Economía, tampoco hay ninguno. ¿Por qué será?

Pero hay más Nóbeles en literatura: empezando por uno -para mí- desconocido: José Echegaray, en 1904. En 1945, nuestra injustamente olvidada Gabriela Mistral, la que quería ser reina, la de los piecesitos de niño azulados de frío… La que defendió a las indias americanas cuando fueron tildadas de “monas” (femenino del mono, esto es, del simio) por una horda de varones españoles, presididos por MIguel de Unamuno [1].

En 1956, Juan Ramón Jiménez, que debió emigrar, en 1936 a América (Estados Unidos, Cuba y  Puerto Rico, donde falleció). En 1971, Pablo Neruda que alababa a las mujeres cuando callaban, porque estaban como ausentes… El colombiano Márquez en 1982[2]. En 1989, el tremendista Celá. El ’90, el diplomático mexicano Octavio Paz. El ’98, Saramago. 2010 Vargas Llosa papá. Contar los Nóbel de la Paz es una tarea que dejo a los lectores.

Claves para entender esta predilección nuestra por las humanidades, en desmedro de la ciencia natural, me parece encontrarla en los libros de nuestro insigne historiador chileno, Jaime Eyzaguirre[3]. A esto, me referí el 2010. Como dije en aquel entonces: “Entre el hidalgo y el gentleman, prefiero al científico“.

Eyzaguirre sostiene (Revista Criterio 2288) que: “El gentleman ‘arquetipo de la nueva cultura, un producto de utilitarismo de Bentham, y del puritanismo, para el cual el éxito económico llega a ser signo de predestinación pone en poseer la materia toda la fuerza de sus sentidos… realiza una búsqueda anhelante… y especuladora de esas riquezas que le darán más prestancia y bienestar. Por eso, el gentleman, a pesar de todos sus estudiados modales, es en el fondo un mercader; mientras el hidalgo, no obstante su raída exterioridad, es un señor. Porque propio del mercader es saber ganar; y propio en cambio del señor, es saber perder” .

Qué tiene de malo ser un “mercader”, un comerciante[4]. No entiendo ese desprecio por el libre comercio. Por el trabajo duro, en que nos ensuciamos las manos y acarreamos sacos de nueces o resmas de papel. Para qué hablar de los artesanos, de quienes trabajan con sus manos. O tal vez con palas… El comercio una a los pueblos. Un pueblo que comercia, se trata, se conoce, de casan entre ellos. El comercio ha sido siempre en la historia, un vehículo de paz. Interrumpido por guerras que generalmente eran ocasionadas por anhelos de dominación política, propios de los gobernantes y no del pueblo comerciante.

Tampoco puedo adherir a la mentalidad errada de despreciar a los loser o perdedores; ni quiero elogiar al perdedor como superior al ganador. De castigar con altanería al que logra algún triunfo. Para mí, no hay nadie que sea perdedor, el “fracasado” no existe. Cada persona sigue su camino y llega a su destino, a veces por rutas escabrosas o en zig-zag.

En mi opinión, la frase de Eyzaguirre tiene que ser vista en el contexto hispanista en que está escrita: en el marco de un elogio ilimitado a España (tradicional) y de desprecio a quienes el historiador considera sus enemigos o al menos, sus rivales en la historia: Alemania y Gran Bretaña, especialmente… Y los Estados Unidos, país que, para los hispanistas, como cabeza del mundo anglosajón, liberal y no católico del siglo 20 era/es/fue su eterno antagonista[5]. El Gentleman sería el ideal británico. El científico, según yo, sería el ideal alemán, francés e incluso, en parte el italiano. Ante todos ellos, los hispanistas trataban de hacer aparecer a lo que ellos consideraben el ideal español del hidalgo, como superior.

El hidalgo podía pensar, podía escribir, ser un literato, un filósofo (si era cura, podía ser teólogo); pero le estaba vedado trabajar con las manos, ser un artesano, un campesino, un maestro… El abolengo, la herencia, los ancentros, era algo que lo hacía infinitamente superior. El self-made-man (¿la self-made-woman no existe?) es más bien considerado en la detestable categoría del “nuevo rico”. Para los hispanistas, triunfa la familia; no el individuo, sospechoso de ser liberal, protestante, etc., etc.

Creo que el problema es profundo y que Joaquín García-Huidobro lo ha entendido muy bien en su libro “Una locura bastante razonable” (la locura razonable es el cristianismo), concretamente, en la pág. 48 se refiere a este tema. Hace un recuento breve de lo que el mundo latino ha descuidado: 1) la liturgia 2) la Biblia y 3) el trabajo.

Es, a propósito del trabajo donde el profesor de la Universidad de Los Andes se refiere a nuestro tema[6]: Una “consideración positiva del trabajo incluye el trabajo manual y el comercio, cosa que era incomprensible en el mundo del Quijote. Una persona tan lúcida como el historiador Jaime Eyzaguirre hace una dura comparación entre el gentleman y el hidalgo, mostrando la superioridad de éste. Sin embargo, cuando se leen atentamente esas páginas de la Fisonomía histórica de Chile[7], cabe apreciar en ellas una dosis importante de esa incomprensión latina por el mundo del norte. El hidalgo no es superior al gentleman, aunque tampoco inferior, como piensan los que se sienten acomplejados de nuestra herencia hispánica. Es simplemente distinto”.

Me parece que es clave la distinción que hace Joaquín entre trabajo manual y comercio y lo que yo llamaría trabajo intelectual o filosófico. Asimismo, pienso que, en un mundo felizmente globalizado, como el nuestro, tantas distinciones entre gentleman o hidalgos, tienen poco o, más bien, nada de sentido y hay que superarlas.

Como escribe Andrés Oppenheimer, en su libro Crear o morir “somos todos  filósofos, sociólogos y poetas” (pag. 55). En otras palabras, en Latinoamérica, tenemos demasiados humanistas; pero muy pocos científicos. El periodista argentino que vive desde los ‘70 en Estados Unidos, continúa: “63% de los dos millones de jóvenes que egresan anualmente de las universidades de Latinoamérica y el Caribe se gradúan en carreras de ciencias sociales y humanidades, mientras que apenas 18% egresan con licenciaturas en ingeniería, ciencias exactas y ciencias naturales”. (pág. 56).

En otras palabras, tenemos demasiados abogados (entre quienes me cuento, aunque soy fanática de la ciencia), muchos periodistas, muchos administradores públicos; pero pocos biólogos, pocos físicos, astrofísicos, astrónomos, geólogos, pocos matemáticos, o químicos, bioquímicos, farmacéuticos y los que hay -digamos las cosas como son- tienen poco prestigio social, lo que en una sociedad clasista, es una marca negativa muy grande. Curiosamente, entre nosotros, los científicos (salvo que sean médicos y ganen mucha plata) son considerados perdedores, mirados como loser, en circunstancias que ellos, realmente deberían ser muy admirados, y considerados los mayores triunfadores.

“La falta de una buena educación en matemáticas, ciencia y tecnología ha contribuido al atraso tecnológico de los países latinoamericanos, a su excesiva dependencia de las exportaciones de materias primas y —en la segunda década del siglo XXI, cuando dejaron de crecer los precios de estas últimas— a su desaceleración económica. Ahora, es cuestión de crear una obsesión nacional por la educación, con especial énfasis en las matemáticas y en las ciencias, para diversificar sus fuentes de ingresos e insertarse en la nueva economía del conocimiento” (pág. 31). Así es: Oppenheimer tiene toda la razón. Fanaticémonos por la ciencia -por lo demás, tan entretenida-, por la matemática, hagamos de Baldor (otro hispanic emigrado a los Estados Unidos) nuestro héroe[8].

Aumentemos las horas de matemáticas en los colegios[9]. Necesariamente, tendremos que disminuir otras. Demos la oportunidad de elegir ramos científiicos, más horas de ellos. Más laboratorios. Cuesta plata; pero es la mejor inversión. Motivemos a los niños en estos temas, hagámoslos investigar, descubrir fósiles. Entusiasmemos a los papás y mamás en estos temas. No todo es responsabilidad del estado, del sistema, del ministro de educación, del colegio; la familia puede hacer mucho bien incentivando a los hijos, nietos y sobrinos en la predilección por la ciencia y la matemática. Que estas no sean sólo actividades para “gringos locos”, sino para todo hijo de vecino. Llevémoslos al museo de historia natural y no sólo al mall.  

Admiremos socialmente a quienes estudian carreras científicas. Olvidemos los antiguos prejuicios venidos con los conquistadores: el hidalgo no es superior a todos los demás. Ni a los comerciantes, ni tampoco a los científicos. Cuando el hijo o la hija de una familia tradicional hispanoamericana (no tenemos que ir muy lejos, me puedo imaginar la escena live en Santiago), anuncie que quiere estudiar bioquímica o astrofísica y toda su familia se alegre, haga una fiesta y la apoye, habremos superado una de las más fuertes barreras: la barrera social. Sí, la barrera social existe, podemos tener los mejores curricula, los mejores profesores, los mejores alumnos; pero no vamos a sacar nada, si no la superamos.

Entre paréntesis, cuando escucho que las mujeres tenemos que estudiar algo facilito, me da dolor de estómago. Es cierto: no podemos ser hidalgas; pero si podemos ser científicas o matemáticas. Incluso astronauta[10]. Pero claro, este es otro tema.


[1] “Más tarde, en 1932, ya famosa e idolatrada, cónsul en Génova, descalificó a Mussolini. Fue despachada de inmediato de su cargo, luego del reclamo oficial del Gobierno italiano. La enviaron a España, y la rebelde, en medio de una comida de intelectuales más o menos regada, alabó la mezcla española-india en Latinoamérica, pero criticó los afanes ultraconservadores de la dictadura de Primo de Rivera. Un escritor fascistoide se burló de ella y, entre copa y copa, le espetó: ‘Lo que sucede es que esta señora no sabe que, si los españoles tomaron indias, fue porque allá no había monas’. Gabriela no pudo contener la ira y recurrió a Miguel de Unamuno en busca de apoyo. El escritor vasco fue aún más cruel con los indígenas, ¡qué mueran!, fue su respuesta. Desde luego la culpable de todo resultó ser la poetisa y de inmediato fue trasladada a Portugal”. Anecdotario de sobre Gabriela Mistral

La “anécdota” (no me gusta que se le llame simplemente “anécdota”, como para quitarle importancia) está recogida en el libro de Volodia Teitelboim: Gabriela Mistral, pública y secreta, en la página 46, el cap. “La Bomba”, sobre la experiencia racista que la ilustre poetisa sufrió en España.

[2] …el de la Saga de los Buendía, donde hay un incesto tras otro, descrito como si fuera lo más normal del mundo.

[3] Fui ayudante de María Angélica Figuera, quien a su vez, fue ayudante de Jaime Eyzaguirre y su sucesora en la cátedra de Historia del Derecho, en la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile.

[4] Mi bisabuelo materno era comerciante en el Norte de Chile. Sus ascendientes, mineros, dueños de minas de oro (lamentablemente, todas extinguidas en el siglo 18 ó en el 19). Mi papá, ingeniero comercial de la Universidad de Chile y pequeño empresario. Mi abuelo paterno administraba un fundo o varios en el Sur y -por la casa en que vivía: una manzana completa en medio de la ciudad- deduzco que descendía de una familia de encomenderos. Hay abogados entre mis antecesores: Rodrigo de Rojas y Pleigo, juez oficial de la Real Audiencia de La Serena, por allá por el lejano año de 1620. Diego de Rojas, Hernando Bravo de Villalba (Licenciado en Leyes en la Universidad de Salamanca), o Gaspar de Alderete. Etc.

Uno de mis abuelos de hace n generaciones es el gran Juan de Matienzo de Peralta, quien, además de una notable carrera jurídica, de la que cuenta Wikipedia: oídor y presidente de la Audiencia de Charcas y de Lima, fue un economista… Bueno, un protoeconomista. Se puede comprar libros suyos, incluso en Amazon.

Pero en definitiva: muchos abogados, un protoeconomista y ningún científico.

Se puede decir que el primer científico de mi familia fue mi tío Herbert Wroblewski Cruz, que tuvo la suerte de estudiar en la Deutsche Schule de Santiago y recibir una educación científica y matemática mejor a la chilena de entonces.

[5] Recuerdo los “200 millones de cowboys”, que constituirían la población de los EEUU, como decía el Cura Lira. Hoy son más de 300 millones.

[6] Texto en “Contra un cristianismo manco”, publicado en uno de mis blogs.

[7] La primera edición de esta obra es de julio de 1948 en México. La segunda, de marzo de 1958, en Santiago. La tercera de abril de 1973. Desde entonces, suguen nuevas ediciones casi todos los años o año por medio.

[8] Uno de los libros más populares en mi colegio. Pero claro, décadas después de egresar, me doy cuenta que no estuve en un colegio común y corriente.

[9] En diciembre de 2010, el entonces ministro de educación chileno Joaquín “Lavín anunció una reforma educacional que pretendía reforzar los subsectores de Matemáticas y Lenguaje, por medio del aumento de horas semanales de éstos, para así ayudar al aumento de los resultados en el SIMCE y la PSU.16 Sin embargo, para llevar a cabo este proyecto, anunció el recorte de las horas de Historia de 4 a 3 semanales, lo que generó un fuerte rechazo en un sector de los profesores, además de las Facultades de Historia de diversas universidades,17 y de la Concertación y el Partido Comunista. A pesar de ello, siguió siendo el segundo ministro mejor evaluado, según lo mostrado por varias encuestas. La medida finalmente se revocó”, copiado de Wikipedia.

Sólo puedo decir: lamentablemente, la reforma -era una recomendación de la OECD- no se implementó. A mi modo de ver, Chile no capta todavía lo que significa ser país miembro de la OECD. Espero que lo capte algún día.

[10] La Astronauta italiana Samantha Cristoforetti