La protesta originariamente social y el estado de excepción en Chile

Dedico este artículo a un joven de San Bernardo que perdió su vida -fue asesinado- por personas que saqueaban su almacén. Y que es cercano a la familia de una querida amiga.

La revista alemana Spiegel comentaba esta semana que nos sorprende lo que pasa actualmente en Chile, hasta ahora el mejor alumno o el primero de la clase en Hispanoamérica[1]. Me gustaría expresar algunas ideas acerca de cómo veo yo el problema de la protesta en Chile 2019.

Hay que considerar que “Chile posee la renta per cápita más elevada de América Latina​ y pertenece a la categoría de países de ingresos altos según el Banco Mundial”[2]. El problema chileno no es de falta de crecimiento, sino de distribución o más bien de redistribución de la riqueza. A mi modo de ver, un conflicto típico en países que van creciendo.

Estamos frente a una protesta social o inicialmente social. Este fue su detonante y nadie la veía venir tan pronto, al menos, no con esta intensidad y violencia. La desigualdad económica es en Chile un tema preocupante. Cada país con gran desigualdad es un país que camina al borde del abismo, esto, independientemente de otros indicadores socioeconómicos positivos.

De este problema chileno advierte la OECD desde hace años. Un país con gran desigualdad no sólo presenta estadísticas de criminalidad más altas, sino que también es caldo de cultivo de disturbios sociales.

Chile es un país cuya economía ha crecido muy rápidamente. Donde el éxito ha coronado muchas cabezas. Lo que es encomiable, meritorio y hay que celebrarlo. Sin embargo, esto ha llevado a aumentar la desigualdad, ya que algunos han visto coronados sus esfuerzos por el éxito y otros no.

Muchos han quedado en el camino: los ancianos, los poco calificados y quienes han tenido mala suerte o no han podido o no han sabido aprovechar las oportunidades. O tal vez han tenido otras prioridades muy legítimas y han escogido otras alternativas que no conducen necesariamente al éxito económico. Pienso que personas que cuidan a familiares enfermos, a mamás o papás que cuidan a sus hijos, en artistas, en científicos, en deportistas, en religiosos y religiosas…

El éxito no es sólo económico, hay muchas personas económicamente pobres; pero muy exitosas. Hace pocas semanas inauguraron en La Reina -mi comuna- una estatua homenaje a Violeta Parra, pienso en una persona exitosa como ella. Pienso en los científicos chilenos, algunos de ellos co-autores de descubrimientos tan trascendentales como la expansión acelerada del universo; pero de ninguna manera multimillonarios.

Pero desde el punto de vista únicamente económico, el problema no es que muchos hayan logrado el éxito material y que ganen mucho dinero. El problema es que muchos ganan muy poco. Y en la sociedad chilena -como en muchas otras- el éxito ha empezado a medirse únicamente por la cantidad de plata de que dispones. Para mí, eso es un espejismo.

También yo iría a protestar pacíficamente en contra de la desigualdad económica. Como muchas otras personas, soy partidaria de un estado social, lo que, de ninguna manera contradice la economía social de mercado, que no sólo es el sistema más eficiente, sino también el más justo. Pero la economía no es sólo economía de mercado, sino que es economía social de mercado[3].

Las acciones de protesta, las manifestaciones comenzaron siendo una protesta netamente social, que muy pronto se desbordó y se descontroló. La consecuencia fueron saqueos e incendios, robos, agresiones, heridos y hasta muertos. De pacífica, no le quedó nada, ni siquiera el nombre.

Fue un poco como lo que ocurrió en Francia con las chaquetas amarillas que empezaron reclamando por el alza del precio del diesel -en Chile, del alza los boletos del Metro- y acabaron en un movimiento en que se unieron extremistas de derecha y extremistas de izquierda, en una alianza insana y deletérea que se hace cada vez más común en el mundo occidental. Entre paréntesis, el elemento de emulación no se puede dejar de lado en Chile, donde amplios sectores de la población viven mirando en internet lo que pasa en el sur de Europa. La rabia y la indignación no son buenas consejeras, ni en Sudeuropa, ni en Chile.

El derecho a a manifestarse en forma pacífica es un derecho importantísimo e irrenunciable en una democracia liberal representativa. Como me comenta una amiga con respecto a las protestas: “el problema es que parten bien; pero luego llegan los encapuchados”[4].

El estado tiene que garantizar la seguridad de quienes participan en manifestaciones, las que siempre deben atenerse a la ley y respetar el orden público. Las manifestaciones violentas son -sin excepción- absolutamente inadmisibles y contrarias a derecho. El estado debe impedir y castigar la violencia en las manifestaciones y garantizar que éstas se realicen en paz. Esta es una exigencia irrenunciable del estado de derecho.Dedico este artículo a un joven de San Bernardo que perdió su vida -fue asesinado- por personas que saqueaban su almacén

Sin duda, protestas violentas, con “lanzapiedras”[5] y saqueos no sólo no ayudan en nada a la población, sino que la perjudican. Especialmente a la gente más pobre de la que dicen representar. La gente pobre, los ancianos quedan desprotegidos y al amparo de bandas de maleantes. No dudo que haya gente realmente solidaria y bien intencionada entre quienes protestan. Me gustaría que no se dejaran utilizar. Así no se ayuda efectivamente a los más pobres. Así no se supera la desigualdad. Más bien, parece que, con la violencia, la desigualdad aumentara.

Especialmente grave me parece el incendio del edificio de El Mercurio de Valparaíso, el diario más antiguo de habla hispana que aún existe, lo que es un orgullo para Chile. La libertad de prensa es uno de los valores más importantes y emblemáticos de toda sociedad libre y democrática. El hecho de que, precisamente un medio de comunicación antiguo, prestigioso y como tal, emblemático, haya sido incendiado por los manifestantes es gravísmo. Y nos dice mucho acerca del rumbo que ha tomado la protesta en Chile que de social, poco y nada le va quedando.

En este escenario, lo más sensato que puede hacer un gobierno es decretar el estado de excepción. En Santiago[6] y luego en otras ciudades. La Constitución política establece que, en caso de una grave alteración del orden público o de grave daño para la seguridad nacional, el presidente de la República podrá declarar el estado de emergencia, para las zonas afectadas. Zonas que empezaron con Santiago y se han extendido a otras ciudades. La emergencia se extiende por un periodo de tiempo, en principio de 15 días, prorrogable bajo ciertas condiciones.

De acuerdo al art. 42 de la Constitución, “declarado el estado de emergencia, las zonas respectivas quedarán bajo la dependencia inmediata del Jefe de la Defensa Nacional que designe el Presidente de la República. Este asumirá la dirección y supervigilancia de su jurisdicción con las atribuciones y deberes que la ley señale”. Esta es la razón por la cual, “los militares salieron a la calle”: para velar por el orden público.

Lo normal es que las fuerzas de orden, esto es, Carabineros, sean los garantes, los guardianes del orden público, que protejan a los ciudadanos, la paz en las ciudades, el resguardo de la convivencia pacífica. Pero, cuando la situación se descontrola -lo que no es lo normal, por eso el estado de excepción constitucional es, como lo dice su nombre, una excepción[7]– se recurre a las fuerzas armadas para que contribuyan a mantener el orden público, esencial para una convivencia pacífica y libre de violencia.

No es lo normal, es la excepción. La finalidad del estado de excepción -que siempre es temporal- es el retorno a la normalidad. Incluso, dentro de la excepción, el estado tiene el deber de respetar los derechos fundamentales, entre ellos el derecho a manifestarse. De esto son una buena muestra las manifestaciones realizadas en sectores acomodados de Santiago (como las de Vitacura y de Plaza Ñuñoa). Sus hashtags #noestamos en guerra y #elamoresmásfuerte son representativos de un público pacífico. O bien cuecazos en diferentes esquinas de ciudades chilenas, de día y con protección policial.

El estado de derecho tiene el deber de defenderse. Tiene que defenderse. La sociedad se defiende a través del derecho. El imperio de la ley prevalece sobre la violación masiva del orden jurídico. Evidentemente, las fuerzas armadas están igualmente sujetas a la ley durante sus patrullajes y sus actuaciones, en resguardo del orden público y quedan sujetas al eventual dictamen de los tribunales de justicia. Todo abuso de poder tiene que ser castigado. Asimismo, los delitos cometidos por encapuchados, saqueadores o ladrones, que se aprovechan de la situación, no pueden quedar impune.

Las fuerzas armadas no realizan normalmente labores de policía. Por eso, no es lo normal que salgan a la calle y es siempre algo arriesgado. Se puede decir que las fuerzas armadas “ayudan” a Carabineros en una situación excepcional. Esto existe en todos los ordenamientos jurídicos de los países civilizados e incluso, en algunos se habla de una “asistencia administrativa” de las fuerzas armadas en beneficio de las policiales. Aunque no es exactamente el caso en el derecho chileno.

Me parece que es una falsedad -y un gran sarcasmo- sostener que los saqueos se produjeron debido a la presencia de los militares en las calles. Asegurar que, si ciertos manifestantes ven a militares, automáticamente empiezan saquear negocios… no sé si es sarcasmo o simple estupidez.

Es precisamente al revés, si no hubiera habido saqueos, incendios y si no se hubiera cometido delitos graves contra la integridad de las personas, no habría sido necesario decretar el estado de excepción, con todas sus consecuencias. Durante el terremoto de 2010 también lo comprobamos: la presencia de militares impidió que los saqueadores continuaran con sus acciones en alguna ciudad del Sur. La violencia es la causa del estado de excepción y no su consecuencia.

El lenguaje de la democracia no es la violencia, menos los robos, saqueos y asesinatos. El lenguaje de la democracia es el argumento, es la palabra. La palabra es lo contrario a lanzar piedras o a incendiar diarios, autos, buses o el Metro de Santiago. El populismo de izquierda y de derecha, la descalificación del adversario político -que no es enemigo[8]-, el odio, la mentira, las fake news[9] carcome y finalmente destruye el sistema democrático de gobierno y lleva al totalitarismo. Muchos ejemplos nos da la historia del siglo 20.

Las personas más perjudicadas con los actos de violencia son precisamente aquellas que los manifestantes pretenden defender: los menos favorecidos, los más pobres, quienes quedan más desprotegidos frente a la violencia. Pienso en el joven que defendía su negocio en San Bernardo y que fue asesinado por saqueadores.


[1] Gewalt in Chile Es brennt im Musterland = Violencia en Chile. Arde en el país modelo.

[3] El llamado estado social no es de ninguna manera la caricatura del welfare state o estado benefactor que pintan algunos extremistas cuyas ideas proceden de alguna literata frustrada procedente originalmente de Rusia. Cuya ideología es frecuente en países hispanoparlantes.

[4] La prohibición del encapuchamiento es una norma generalizada en todas las democracias desarrolladas. Me pregunto si no existe en Chile o no se hace cumplir. O simplemente a los violentistas no les importa.

[5] Miren al hombre de la polera roja… le lanza una piedra o un ladrillo al radiopatrulla en medio de un taco, con eso pone en peligro no sólo a los carabineros sino también a los conductores de los otros vehículos: https://twitter.com/MartaSalazar/status/1186267761430978562/video/1

[7] Ver mis columnas “Soberano es quien decide sobre el estado de excepción” y Schmitt y el estado de excepción – Peligrosamente actual No se puede hacer de la excepción la normalidad, como hace Schmitt, considerado un “fanático del estado de excpeción”.

[8] … a diferencia de lo que plantea Carl Schmitt, lamentablenente muy popular entre la izquierda latinoamericana.

[9] Como aquella imagen que circulaba en las redes sociales que mostraba un supuesto screenshot de la televisión alemana que habría calificado al Presidente Piñera como un dictador (Dikator). Nada más falso, los medios alemanes han sido bastante ecuánimes para informar sobre la protesta en Chile.

Extrema derecha y liberalismo

Es curioso que grupos de extrema derecha en todo el mundo, se den a sí mismos nombres que incluyen la palabra “libertad”, libertarios y hasta se hagan pasar por “liberales”. Incluso, en Alemania, existe un partido político que se autodenomina “Die Freiheit”, esto es, “la libertad”. Me parece una contradicción en los términos, ya que, al menos, a primera vista, nada hay más contrario a la libertad y al liberalismo que la extrema derecha.

Antes que nada, hay que precisar qué entendemos por extrema derecha, por derecha radical o por populismo de derecha o de extrema derecha (el populismo es siempre extremo).

En términos simples, la extrema derecha es la ideología que propicia ideas que son propias de la derecha más extrema. Tal ideario está reñido con el orden democrático, liberal y representativo que actualmente existe en la inmensa mayoría de los países del llamado “mundo libre”[1]. Sus partidarios pretenden superarlo o acabar con el sistema y aceptan hasta el uso de la fuerza para lograrlo (los populistas menos que los únicamente extremistas). Su ideal es un estado autoritario o incluso totalitario. Las bases de la sociedad que postulan están basadas en una doctrina nacionalista y/o racista. En todo caso, exluyente de quienes ellos deciden que no pertenecen “al pueblo”, término igualmente cargado de esta ideología. Una gran porción de xenofobia es parte fundamental de esta ideología en todas sus expresiones.

Algunos autores tratan de diferenciar entre extrema derecha y derecha radical; sin embargo, la única distinción que yo veo es que los segundos aún no llegan a ser tan extremistas con los primeros. Esta es, a mi modo de ver, una distinción en la intensidad, en el grado de compromiso con el credo extremista al que adhieren. Se distinguen en el cómo, más que en el qué.

En general, se dice que la derecha radical no pretende -al menos, no en un primer momento- destruir el sistema liberal democrático y representativo. A diferencia del extremismo, que desde un primer momento, plantea su sustitución. Ambos sectores se hallan, sin embargo, en la vía hacia el totalitarismo. Unos más, otros menos, es una cuestión de tiempo y de oportunidades, que ambos grupos se radicalicen. En el lenguaje corriente, estos dos términos se usan indistintamente y es lo que haré yo en esta columna. Tampoco veo que haya una gran diferencia con el populismo de extrema derecha tan en boga actualmente.

De partida, la libertad que los extremistas reclaman a viva voz es una libertad para ellos; pero no para los demás. Es una libertad para ignorar y pasar a llevar toda regla de convivencia social. Desprecian las normas que se ha dado la sociedad democrática, las normas que exigen respeto y tolerancia hacia los demás. Las desprecian como si fuera un molesto corset que no les permite hacer lo que ellos quieren. Exigen su supuesto respeto a su supuesta libertad; pero se niegan a respetar la libertad de los demás. La libertad y la dignidad de los demás.

En este punto -como en muchos otros- la derecha extrema se ha vuelto algo que la derecha tradicional nunca fue: anarquista. Se habla de grupos anarco-liberales. Aunque, a mi modo de ver, es un insulto a los liberales emplear siquiera la voz liberalismo para referirse al extremismo anarquista de extrema derecha. El anarquismo ha sido en la historia un movimiento más bien de izquierda; pero hoy en día, la extrema derecha y la extrema izquierda poco y nada se diferencian. No quiero repetir la manoseada consigna según la cual “los extremos se tocan”. No, más bien creo que las ideas políticas pueden ser agrupadas en forma de U, en la que los extremos de la letra herradura son precisamente la extrema derecha y la extrema izquierda.

Es increíble como algunos de mis amigos y conocidos izquierdistas se han pasado hoy a la extrema derecha, sin que se les mueva una pestaña. Antiguos de ellos, siguen siendo orgullosos marxistas; pero hoy abrazan ideas nacionalistas, xenófobas, antisemitas, islamófobas, conspiranoicas y racistas de todo tipo. A esto se refieren quienes, en tono de burla, hablan del nuevo socialismo nacionalista o nacionalismo socialista, aludiendo indirectamente a la ideología nacional socialista o nazi, como se la llama más frecuentemente[2].

Muy de la mano de lo anterior, observamos la tendencia antipluralista de la extrema derecha, cuyos adeptos están en contra de toda otra opinión, de toda forma de ser o color de la piel que no sea el propio. Es cierto que cada uno, cada una de nosotros, está convencido de que lo que yo pienso es lo correcto; pero a nadie se le pasaría por la mente plantear que lo que yo considero verdadero es la única verdad. La verdad es una palabra muy grande para agotarla en la vida política. Me temo que, donde estos grupos llegan al poder, intentan por todos los medios -sobre todo a través de la cultura y de la educación- imponer su visión unilateral de cómo deben ser las cosas, de cómo debe funcionar la sociedad, de lo que tenemos que creer e incluso de lo que debemos amar.

El grito de grupúsculos extremos alemanes “quien no ame Alemania, debe irse del país”[3] es ejemplar para esta circunstancia que describo. Por supuesto que ellos están convencidos que sólo ellos aman a Alemania. Si se fueran todos los demás y quedaran ellos solos, sin duda Alemania colapsaría y pasaría a ser el estado más subdesarrollado del planeta.

La ideología extremista es totalmente contraria a la sociedad abierta, de la que tanto nos habló Popper. De acuerdo a este egregio autor liberal, no tenemos por qué tolerar a los intolerantes. Es la llamada paradoja de la tolerancia[4], planteada por Popper precisamente para hacer frente al pensamiento totalitario, como es este de la de extrema derecha. Me atrevo a decir que el extremismo de derecha es hoy lo que Popper denominó fuerza anticivilizatoria, una expresión más de totalitarismo ha acompañado a la civilización desde su nacimiento[5]. Hay que evitar que “los enemigos de la sociedad abierta se apoderen del estado, acaben con la sociedad civil y conculquen los derechos fundamentales de sus ciudadanos”[6].

El liberalismo está a favor de un estado que permita el desarollo personal, individual de cada persona. Es individual y no colectivista. Es anti-colectivista; pero no individualista. No individualista en el sentido de un egoísmo y de un lavarse las manos frente a las necesidades de los más desvalidos de la sociedad: niños, ancianos, pobres. Su expresión económica, la economía social de mercado es una economía de mercado; pero también y sobre todo, es social. La libertad supone la igualdad y la libertad de las personas y esto se logra únicamente en un estado social.

El estado liberal es menos estado; pero es más respetuso de las preferencias individuales de sus ciudadanos, aunque sean equivocadas. A nadie se le ocurriría seguir un jucio a los actuales terraplanistas, que están tan de moda, aunque todos sabemos que la tierra no es plana. El gobierno gobierna; pero no ordena, no manda comportarse de tal o cual manera. No nos obliga, ni a ser veganos por un día (veggieday), ni a “amar” al estado.

Es un estado modesto, que no toma decisiones en nombre de sus miembros. Que no los obliga a nada en el plano moral o social. Pero que sí les exige que tengan el mismo respeto hacia las demás personas. Pide a los integrantes de la sociedad que igualmente respeten la forma de ser y las preferencias sociales o morales de los demás. No hacerlo sería convertirse en un estado muy parecido al de los ayatolas. Extremismo de derecha e islamismo se parecen mucho…[7]. Y no se parecen en nada al liberalismo.

La ideolología de la extrema derecha es guiada más por el darwinismo social que por el respeto a la libertad individual. La ley del más fuerte, dentro de la sociedad y entre los países parece ser su tenebrosa consigna. No el respeto a la libertad individual, que ha sido -desde siempre- la lumbrera del liberalismo. Sólo los más fuerte sobreviven, los más débiles merecen sucumbir. Horrorosa ideología que llevó a los más grandes genocidios del siglo 20. Para mí, la libertad supone la igualdad y la dignidad humanas.

El extremismo de derecha se aleja del postulado liberal según el cual todas las personas son iguales en dignidad y derechos (o, si no son iguales, al menos, merecen igual trato[8]). Por el contrario, la desigualdad y la discriminación son parte de este entramado social darwinista en que se niega la igualdad de las personas. La discriminación y la segregación son parte de su ADN. Incluso, muchos de los partidarios de estas tendencias, llegan hasta rechazar el antiguo postulado de la igualdad de oportunidades, que ha sido siempre un clásico del liberalismo.

La palabra libertad tiene mucho que ver con la palabra liberalidad. Liberalidad significa “ayudar o dar sin esperar nada a cambio”[9]. La conocida página de internet Wordreference nos dice que liberalidad es sinónimo de generosidad, desprendimiento, esplendidez, altruismo, dadivosidad, derroche, largueza, magnificencia[10]… etc. Por el contrario, sus antónimos son tacañería, avaricia[11]. Creo que esto nos dice mucho.

En lo económico, la extrema derecha es tacaña… Es avara y sólo desea un supuesto bien propio, sin importarle que eso pueda suponer el mal de los demás. La  tacañería me parece la virtud que acompaña al proteccionismo propio de esta ideología. Todo lo que sea aparentemente útil al propio país es bueno. Es la ideología narcisista y egómana de “mi país primero”. Los extremistas tanto de izquierda, como de derecha están a favor de un proteccionismo económico pasado de moda, del cual “my land first” es su más genuina expresión. Sí, este infantil “yo primero” es lo más propio de las ideologías de la derecha y de la izquierda populista o extremista. Los populistas de ambos extremos “de la herradura” son acérrimos enemigos del libre comercio. Esto los distingue radicalmente de la derecha clásica. Y obviamente, del liberalismo.

Hay más elementos que muestran la intrínseca contradicción entre el liberalismo y el extremismo o populismo de derecha, tales como el culto al líder, la retórica agresiva que descalifica de plano al contendor político, la crítica a las supuestas élites (en circunstancias que sus representantes provienen de esas mismas élites), la desconfianza o el abierto rechazo al sistema democrático, el propugnar una cultura y una educación estatal que “eduque” al pueblo en un cierto sentido, el verdadero odio a la prensa. Elementos que mencionamos tangencialmente en esta oportunidad; pero cuyo análisis más detenido, dejaremos para una otra columna.


[2] La cercanía entre grupos del Partido de izquierda alemán y la Alternativa para Alemania es sintomática.

[3] “Wer Deutschland nicht liebt soll Deutschland verlassen”.

[7] Sobre este tema, recomiendo el excelente libro de Julia Ebner “The Rage: The Vicious Circle of Islamist and Far-Right Extremism”, “Wut: was Islamisten und Rechtsextreme mit uns machen”, “La Rabbia: Connessioni tra estrema destra e fondamentalismo islamista”.

[8] Steven Pinker ha explicado algo parecido el último tiempo…