¿Cerremos las fronteras?

Hace poco, durante una conversación de sobremesa, uno de los comensales -joven, viene del Este de Alemania- nos contó que él era partidario de controlar las fronteras, esto es, de cerrarlas e instalar estaciones de policía que revisen autos y pasaportes. Como era antes de la vigencia del Tratado de Schengen, antes de que las fronteras intraeuropeas estuvieran abiertas, para personas y para cosas.

Todos, en la mesa, nos miramos con incredulidad. No puedo entender a esos jóvenes que añoran el pasado. Yo le conté que una amiga mía acababa de llegar de Praga en auto -con su hijo y su perro- y que el viaje había durado sólo cinco horas, de Praga a Bonn. Recuerdo que, justo antes de que los checos se incorporaran el Schengen, hice un viaje a Karlsbad o Carlovy Vary y debimos -con niños- esperar horas en la frontera, para que nos revisaran, en realidad, para nada, porque sólo habíamos comprado un Knödel donde “los vietnamitas” y un paquete de cigarrilos. No teníamos nada que declarar; pero debimos pasar largo tiempo en la frontera, mostrar nuestros pasaportes y el viaje tardó nueve horas de vuelta y siete de ida, y no cinco. (Y eso que Carlovy Vary está bastante más cerca que Praga).

Para particulares, como nosotros, esto no es gran cosa; pero imagínense lo que significa para camiones, buses de pasajeros, y transportes de todo tipo, incluyendo transportes urgentes. La pregunta es: ¿Queremos mercado común o no? El mercado común supone fronteras abiertas entre los miembros. Me temo que, aparte de otras razones, el rechazo o la aversión frente a la Unión Europea y frente al sistema de libre comercio, juega un papel importante entre quienes proponen controlar o incluso cerrar las fronteras.

Quienes siempre hemos vivido en la parte occidental de Alemania, no tenemos mayor experiencia con controles en la frontera y esto, desde hace muchas décadas. Nunca he vivido controles en mis viajes a Holanda, a Bélgica, ni a Luxemburgo. Viajes por el día, just for fun, a comer papas fritas belgas, a comprar dulce de leche en Luxemburgo, o ropa para niños o bicicletas en Flandes. A visitar a amigos en Bélgica u Holanda. A gozar el día disfrutando del aire marino y de una buena pizza de mariscos en Amberes, viendo jugar basquetbol a los multiculturales habitantes del puerto. A pasear un día feriado mirando antigüedades, libros viejos, el Museo de Rubens o cuadros de Rembrandt… Esa es nuestra vida normal y corriente en un continente sin fronteras. En una sociedad abierta. Nos acostumbramos a ella, la vemos como lo más natural del mundo. A veces, sería bueno que la viéramos como algo no tan natural, sino como algo que hay que defender.


Nuestro amigo sostiene que es importante saber quién entra al país, así como nos interesaría también saber quién entra a nuestra casa. De partida, la comparación entre un país y una casa de familia no es correcta, como tampoco la analogía entre la familia y el estado que muchas veces escucho de alemanes cercanos a la Alternativa para Alemania o AfD. No, el estado no es una “familia en grande”, como me decía otro amigo de esa tendencia (él es partidario que el estado obligue a la gente a bajar de peso, ya que los alemanes -según él- están cada día más gordos, debido al MacDonalds y a la comida rápida norteamericana. Que él no piense en la influencia de la cerveza, me da qué pensar…). No, la entidad del estado es totalmente distinta a la entidad de la familia o a un hogar de familia. Para mí, este es un tema elemental de primer año de filosofía del derecho.

Pero volviendo a la tesis según la cual, habría que instalar controles fronterizos para saber quién entra al país, debido a la abundante criminalidad que vendría del extranjero. Yo no creo que la criminalidad en Holanda, Bélgica, Suiza, Francia, Dinamarca, Austria o Luxemburgo sea más alta que la existente en Alemania…. En honor a la verdad, la gente del Este de Alemania se refiere a la criminalidad checa y polaca, que es la que tienen más cerca. Y, en honor a la verdad, en los países del ex-socialismo real, la criminalidad parece ser más alta que la de los países occidentales.  

Checos o polacos NO son, por naturaleza, “más criminales” que los alemanes. De ninguna manera se puede sostener algo así. Es una barbaridad siquiera pensarlo. Puede haber circunstancias relacionadas con déficits en el estado de derecho de sus respectivos países que favorezcan la criminalidad, lo que no es propio de un determinado pueblo, o de una determinada etnia o cultura, sino más bien de circunstancias históricas que habría que corregir. Por lo demás, ya se están corrigiendo, en gran parte, gracias a los altos standards que les exige la Unión Europea en estos aspectos (aunque actualmente vemos un retroceso en Polonia).

Es cierto que algunos criminales pasan de un país a otro, aprovechando que la policía ha sido -hasta ahora- competente sólo para operar dentro de su propio país y que, demasiadas veces, no hay un buen trabajo en conjunto entre los policías, la administración o la justicia de los dos estados, en orden a perseguir a los críminales que operan en la región fronteriza. Lo vivimos hace poco en mi ciudad, cuando una banda proveniente de Holanda pasó la frontera, robó cajeros automáticos en Alemania, para huir despavoridos de regreso a los Países Bajos. En mi ciudad, a nadie se le ocurrió proponer un cierrre de la frontera con Holanda, ni tampoco poner controles. Si hubiera casetas de control en la frontera, seguramente los criminales habrían huído por caminos rurales o por algún lugar del bosque.

Me parece que desviar policías que deberían resguardar la paz en las ciudades y combatir la criminalidad, hacia labores de control fronterizo sería un absurdo. La solución ni es cerrar las fronteras, ni poner casetas de control como los que había antes. Para ello, necesitaríamos mucho personal. Este personal, todos estos policías y funcionarios públicos, realizan una labor mucho más efectiva, enfrentándose a la criminalidad directamente donde actúan los criminales y no revisando pasaportes de ciudadanos honrados, ni abriendo maletas de pasajeros, ni carpot de autos.

Asimismo, el costo que tendrían controles fronterizos para la economía sería inmenso y podríamos decir adiós al libre comercio entre los países de la Unión Europea. Significaría cerrar las fronteras e instaurar la autarquía: cada país produciría sus propios productos para su propio mercado nacional y cerrado. Por lo demás, el sueño de la extrema derecha… y de la extrema izquierda, ambas unidas en su intento de cerrar las economías y retornar al proteccionismo naciolalista, como antaño. Un retroceso histótico que nadie en su sano juicio, puede desear. Pero a veces la gente no piensa en las consecuencias de los slogans nacionalistas que repite.

Todos esos policías que mi amigo se imagina con una linterna, revisando que particulares no lleven más de una botella de slivobitz o más de las cajas de cigarrillos permitidas, creo que sería mucho mejor, que se concentraran en trabajar coordinadamente con sus colegas del país vecino en la lucha contra la criminalidad. Contra el tráfico de drogas -el horrible crystal meth- o contra la prostitución. Prioridad absoluta es perseguir a criminales que operan en regiones fronterizas aprovechándose de los conflictos de competencia de la policía de uno y otro lado. La frontera no es una línea abstracta, es mucho más que eso: es una región.

La solución no es pues, cerrar las fronteras, ni destinar policías y otros funcionarios para controlarlas. La solución es la lucha conjunta, competente y coordinada de los policías de dos, tres o cuatro países contra la criminalidad. La mejor alternativa consiste en que la policía atraviese la frontera persiguiendo a presuntos criminales o investigando delitos, que pueda interrogar a testigos y detener a sospechosos, aunque se hallen fuera del propio territorio. En suma, que los policías tengan facultades para actuar en el país vecino, solos o en conjunto con sus colegas extranjeros. El número de policías siempre será limitado. Que estén empleados en tareas con sentido -en el combate directo y efectivo de la criminalidad y de los criminales- es preferible a que realicen labores sin sentido alguno.

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