Historia de un pogromo

Tarabas[1] es uno de mis libros preferidos de uno de mis autores preferidos: Joseph Roth. En él, el autor austro-húngaro, genio de la literatura de habla alemana e inspiración para muchos, describe un pogromo. Ese relato es fundamental en el libro y marca las dos etapas de la vida del protagonista… Marca el término de su primera vida y el paso a una vida de expiación y penitencia. Algo que parece que era común en Rusia de entonces. O en la esfera de influencia de los zares, para hablar más propiamente.

Nikolaus Tarabas proviene de una familia de terratenientes, en la parte rusa de la zona de la frontera entre Rusia y Austria-Hungría. Estudia en Petersburgo, donde se une a un grupo subversivo y debe huir del país, hacia Estados Unidos luego de un atentado al gobernador de Cherson. En un ataque de celos y de rabia mata a su joven enamorada y debe huir nuevamente, esta vez , de Estados Unidos. Vuelve a Rusia y se alista en el ejército; ha empezado la Gran Guerra.

En el colegio, aprendimos que la I Guerra terminó en 1918. Sin embargo, en el frente oriental, debido a la organización de los países que entonces emergieron y al vacío de poder, la guerra se prolongó por más tiempo. En el territorio de la que sería la Unión Soviética, una cruenta guerra civil se extendió hasta que Stalin logró poner relativo orden… hoy, todos sabemos a qué precio.

Muchos de los libros de Roth se ambientan en la frontera, ese territorio a ambos lados de la línea que marcaba el límite entre dos imperios: el de los Habsburgo y el de los Zares. Esa región que me imagino un poco como el lejano oeste; pero en el Este de Europa. Entre Europa occidental y Europa oriental[2].

Por ejemplo, en Job -otra de sus obras maestra- Joseph Roth habla de la vida en la región de la frontera, al lado ruso, especialmente de la vida de los judíos, como en otra de sus obras Hotel Savoy, ambientada en la ciudad de Łódź, hoy Polonia, en aquel entonces, Zarato de Polonia, esto es, en la zona de influencia zarista. La inestabilidad social, política y económica en Łódź es algo que trasciende toda la obra. Impresiona lo que cuenta de las bandas de ex-militares que regresan de Rusia hacia el Occidente y que deambulan sin futuro -me atrevería a decir que también sin pasado- y sin trabajo, pero con hambre. La frontera era -también en Polonia, de donde procede la palabra alemana Grenze[3]– una región en sí.

Roth sitúa la historia de Tarabas -salvo una corta introducción que se desarrolla entre Petersburg y Nueva York- en la frontera. Escribe a Stefan Zweig que tomó la historia de un diario de Ucrania, que le sirvió de inspiración. La palabra pogromo viene del ruso погром y designa el lynchamiento de judíos y la destrucción de sus bienes. Del ruso ha pasado a todos los idiomas y su significado se ha ampliado a otros grupos étnicos.

Muchas veces, nos preguntamos, cómo puede haber ocurrido un pogromo. ¿Qué pasa dentro de la cabeza de las personas que participan en él? ¿Por que se dejan llevar por otros, por quienes lo promueven, lo organizan, lo incitan, por quienes son sus cabecillas? El relato de Roth nos puede servir para entender cómo funciona este mecanismo del odio.

El progromo de la ciudad de Koropta es uno del tipo religioso, esto es, originado en el odio no racial, sino religioso a los judíos. El odio étnico -por ej., el de los nacional socialistas- es históricamente posterior al odio basado en sinrazones religiosas. Hoy existe un antisemitismo político, que se manifiesta en el odio a Israel, a los sionistas o a los políticos judíos que intentan hacer política en sus respectivos países y a quienes se acusa con frecuencia, de representar intereses foráneos o financieros, internacionales o extranjeros. Es una de las teorías de la conspiración más frecuente en nuestro tiempo.

Tarabas había sido nombrado capitán durante la Guerra (durante lo que hoy llamamos I Guerra Mundial). Un hombre fuerte que dirige a los suyos con mano de hierro. Que mata y hace matar. De alguna manera, no quiere aceptar que la guerra ha terminado, que la revolución ha triunfado y que él ya puede volver a su casa. En realidad, no puede volver, porque se aprovechó sexualmente de su prima Maria y su papá le advirtió que, si volvía con vida de la guerra, se tenía que casar con ella.

Su superior inmediato, el general Lakubait, es el abogado del papá de Tarabas. Lakubait -que lo reconoce de inmediato, a diferencia de su propio padre- le da el encargo de seguir en la ciudad donde estaba al término de la guerra, en Koropta y de tomar el mando de la misma con su tropa. Lakubait le instruye para que se deshaga de los soldados no confiables. Esto lo quiere hacer Tarabas emborrachándolos…

Su ayudante Konzew es, en realidad -el único en que el coronel Tarabas confía- es encargado de dar cerveza y otras bebidas alcohólicas en abundancia, a la tropa, dentro del cuartel. Algunos de los soldados, borrachos, deciden desertar y salen del cuartel rumbo a la ciudad misma. Los desertores son aquellos soldados en quienes “no se puede confiar”.

En la ciudad, entran a la posada-restaurant-hotel de un judío llamando Nathan Kristianpoller. Allí se encuentran con otros militares que no han desertado; pero que saben de la deserción y que no hacen nada, esperando que vengan las tropas de Tarabas a arrestarlos (sólo supongo que a arrestarlos). Los dos grupos comienzan a beber juntos y siguen emborrachándose.

El dueño de la posada es el judío Nathan Kristianpoller, una especie de puente entre los judíos y los cristianos. Estaba muy feliz ese día viernes, ya que pensaba que había vuelto la paz a su ciudad, que la guerra se había acabado. Ese viernes habían regresado los campesinos a Koropta y había tenido lugar -por primera vez, después de la guerra- el llamado mercado de los cerdos.

En él, los campesinos vendían sus productos y compraban los que les vendían los judíos. Además, acudían a la posada de Kristianpoller, quien se preparaba para celebrar el sábado (Sabbat o Schabbat,). Quiere escribir una carta a su familia para que regrese a Koropta, ya que se habían refugiado en la localidad de los abuelos, Kyrbitki, huyendo de la guerra. El posadero judío es un buen marido, un hombre bueno y un buen padre de familia, todo lo contrario de Tarabas[4].

En la posada de Nathan Kristianpoller, se reúnen algunos pocos militares que no han desertado y los desertores. Los primeros prestan a los segundos sus armas y comienzan un peligroso juego. Ambos grupos comienzan a disparar (a jugar a la puntería, diríamos hoy). Kristianpoller escucha los disparos, siente un muy mal presagio y huye raudamente por la ventana, escondiéndose en la casa -que estaba a oscuras- del fabricante de cristales, que se igualmente se preparaba para celebrar el sábado.

Uno de los desertores, Ramsin, probablemente ucraniano, toma un trozo de tiza y comienza a dibujar en la pared azul de la posada de Kristianpoller. Dibuja animales, después soldados de diferentes países y luego mujeres. Desnudas o semidesnudas. Los demás se paran detrás de él a observarlo. Quieren que se detenga y que no dibuje a las mujeres; pero al mismo tiempo, quieren que las dibuje. Me imagino que es como una forma de pornografía de principios de siglo 20.

Una vez dibujadas, los soldados y los desertores comienzan a disparar a las figuras con sus pistolas. Ramsin dispara bien; pero los demás no logran dar en el blanco. Dicen que hay un embrujo sobre la pared. Yo diría que estaban demasiado borrachos. Pero claro, ellos creen en los embrujos y en los sortilegios, en las maldiciones y en la magia.

De pronto, la pared donde estaban los dibujos sensuales de las mujeres y donde habían comenzado a disparar con sus rifles, se cae y surge algo que a los soldados les parece que es una imagen de la Virgen María. De piel muy clara y pelo muy negro, coronado con una diadema. Mira con cara amable, pero casi llorando. Típica imagen mariana centro-europea, diría yo. Nada de alegría, más que nada, sufrimiento. Su pecho no se ve, pero los soldados se lo imaginan.

Los soldados y los desertores caen de rodillas ante la imagen. Sienten que alguien lo empuja hacia abajo. Asimismo, cuando caen de rodillas, tienen la impresión de levitar. Se acercan a la imagen, de rodillas o totalmente postrados en el suelo. La tratan de tocar. Es el atardecer y la imagen se desvanece lentamente, al tiempo que cae la noche. Quieren tocarla antes que desaparezca -temen- en la negrura de la noche.

Alguien entona una canción que todos conocen en esa región, por siglos, profundamente cristiana: “María, tu dulce”. Todos comiemzan a cantar. Terminan con esa canción y siguen con otras canciones marianas.

Los campesinos, al ver la imagen, deciden no regresar a sus casas, ubicadas en los pueblos vecinos a Koropta, sino pasar la noche cerca de la imagen descubierta. Entran a la posada, sueltan a sus caballos, se santiguan, alaban a Dios y se llenan de odio contra los judíos. Como si el amor y el odio no fueran antípodas irreconciliables e incompatibles. Parece que recordaran -se los imaginan- los sacrilegios del judío Kristianpoller contra la imagen de la Virgen, contra la Iglesia. Todos los oprobios de todos los judíos contra la Iglesia… Etcétera.

Ramsin -convertido en un líder diabólico- les grita que la posada antes debe haber sido una iglesia y que el judío Kristianpoller tapó -con su cal azulada- la imagen de la Virgen para convertir el templo en un negocio[5]. La ira -no sentida así desde que eran niños- se adueña de ellos. La sangre mezclada con alcohol, con mucho alcohol, hierbe en sus venas. Vociferan contra Kristianpoller y comienzan a buscarlo. Parece que todos los horrores de la guerra no fueran nada en comparación con el supuesto sacrilegio judío. El odio se apodera de soldados y de campesinos. El odio que alimenta las ansias de venganza. Parece que el odio contra los judíos, tapara toda la culpa propia. Alcohol, venganza, odio e ignorancia siempre han ido juntos…

Buscan a Kristianpoller detrás de la taberna, del mostrador, en las habitaciones de los oficiales (Tarabas era uno de los que vivía en la posada), dan vuelta las camas, abren roperos y baúles… Como no lo encuentran en la posada, los soldados van al barrio judío. Los campesinos, armados con mazos, guadañas, fustas, con hoces y cuchillos. Sus herramientas de trabajo convertidas por el odio en instrumentos de venganza y destrucción. Los soldados y los desertores tienen las armas de la guerra.

Vestidos con su ropa de fiesta, con sus caftanes, judíos hombres -ancianos, tullidos, mutilados- venían saliendo de su casa de oración (era viernes en la tarde). Qué contraste el de hombres sanos, fuertes, jóvenes y armados, frente a un grupo de ancianos y lisiados judíos que no se podían defender. ¡Qué desigualdad! Con la poca luz de las lámparas de petróleo, los atacantes veían en el grupo de desvalidos judíos y descendientes del demonio.

El líder de los campesinos era un tal Pasternak, campesino más rico que los demás. Él y Ramsin comenzaron a dar latigazos a los judíos. Una vez reunidos en el centro de la calle, les ordenaron ir a la posada. Allí, los obligaron a arrodillarse ante la supuesta imagen y rezar. Los escupieron y golpearon sin piedad. Su saliva quedó brillando sobre la ropa negra de los judíos. Los judíos tienen que cantar en honor de la Virgen María. Una especie de desagravio por el sacrilegio que habría cometido Kristianpoller al desacralizar la iglesia, la supuesta iglesia convertida en posada.

Los judíos tenían que cantar algo que era teóricamente el Ave María. Ramsin -el desertor convertido en líder- los obligó a postrarse sobre la tierra. Les dice que los van a llevar a sus casas, así que se tienen que levantar. Acosados por soldados, desertores y campesinos que los golpean sin piedad, la masa de judíos indefensos abandona la posada en dirección al barrio judío. Custodiado por la turbamulta enardecida que los sigue golpeando y escupiendo.

Ya en el barrio judío, la turba ordena apagar la pequeña luz de las casas judías y luego volverla a encender, ya que a los judíos les estaba prohibido volver a encender la luz por ser día sábado, de descanso. Algunos campesinos sacaron las velas de los candelabros y encendieron con ellas todos los textiles que se le pasaron por delante.

Mujeres, niños, ancianos y hombres salen huyendo, pero no pueden ir muy lejos. Son golpeados por los soldados, desertores y campesinos. Los niños y las mujeres gritan y lloran, clamando el nombre de sus maridos.  Lo que hacía que soldados y campesinos se rieran a carcajadas. Gritaban: ¿¡Dónde está Kristianpoller!? Los judíos respondían que no lo sabían.

En eso, un soldado con un cuerpo muy grande y fuerte; pero una cabeza tan chica como una nuez, atraído por una bella y joven mujer judía, gritó ¡Esta es la mujer del canalla Kristianpoller? Lo que, evidentemente, era falso; pero daba lo mismo. Alzó un mazo corto de madera y golpeó la cabeza de la joven. Su velo o pañuelo de cabeza blanco quedó lleno de sangre.

La sangre fue una especie de detonante que despertó los deseos imparables de dar golpes, de patear, de herir, de ver más sangre. Soldados y campesinos comenzaron a golpear a cuanto judío había a su alrededor. Daba lo mismo si eran niños, mujeres, ancianos, sanos o enfermos, los atacantes querían ver sangre,  cataratas rojas salían de los cuerpos.

Tarabas estaba terriblemente borracho, por eso, no capta nada cuando le van a avisar al cuartel lo que pasa en la ciudad. Konzew sale con un grupo de soldados e intenta poner orden, en distintos idiomas. Pero es asesinado con el cuchillo de un campesino por Ramsin, el cabecilla de los desertores. El fiel soldado ruso que había peleado valientemente contra alemanes y austriacos es asesinado por un desertor con un cuchillo, en un pogromo.

A todo esto, ya ardían algunas casas de los judíos a ambos lados de la calle. Un soldado hizo una amtorcha con un palo y un pedazo de género (un mantel que había sacado de alguna casa judía). Lo untó en una de las lámparas de petróleo y con él, encendió los tejados de madera de las casas pobres.

El espectáculo de las llamas debe haber sido impresionante, ya que campesinos y soldados cesaron de golpear a los judíos y miraban ensimismados el fuego. Incluso comenzaron a consolar a los judíos y a mostrarles sus propias heridas… Mira, mira las llamas, les ordenaban. Pero ellos sólo veían sus casas destruídas. Los judíos de Koropota -como tantos otros judíos en la historia- no podían entender por qué Dios los castigaba de nuevo. Había muerto el zar y había muerto el faraón; pero a ellos, los seguían castigando los nuevos detentadores del poder.

Finalmente, las balas despiertan a Tarabas, quien sube a su caballo e intenta poner orden e impedir que prosiga el pogromo. Los campesinos abandonan rápidamente la ciudad en dirección a los pueblos cercanos y los desertores huyen. Tarabas ordena a los judíos regresar a las casas que aún no fueron destruidas por el fuego y permanecer dentro de ellas. Pone guardias que las protegen.

El alcohol, el milagro, los cantos, las velas, los rezos, la religión, el deseo, el sexo… Todo ello había movido a la turbamulta ignorante, estúpida y llena de odio a iniciar -una vez más en la historia- un progromo. Otro más. Si alguien se pregunta cómo y qué lleva a tanta gente a participar en sucesos tan irracionales como un progromo, a adherir a algo tan demencial como el antisemitismo, me parece que, para entenderlo, puede servir este relato de Joseph Roth. De alguna manera, toda forma de antisemitismo es un pogromo en cuotas. Y cada pogromo que ha ocurrido en la historia, es una especie de ensayo del Holocausto. Que no se repita.


[1] Original: Tarabas. Ein Gast auf dieser Erde, publicado en un diario antifascista de París, entre enero y marzo de 1934. Y ese mismo año en Amsterdam. Roth había emigado a Francia en enero de 1933. Para variar, no hay artículo en castellano en Wikipedia.

[2] Heinrich August Winkler habla de la formación de Occidente y su delimitación frente a Oriente, bajo la influencia de la Iglesia occidental, frente a la Oriental.

[3] De acuerdo a Adam Krzeminski en diálogo con Heinrich August Winkler. Ver película en youtube Salon InMItte 13 02 2015  Lo confirma Wikipedia: Grenze

[4] Katharina Ochse: Joseph Roths Auseinandersetzung mit dem Antisemitismus, pág 191 y siguientes.

[5] En otra de sus obras, Roth cuenta que la posada “El águila blanca” había estado durante más de 150 años en la familia de Kristianpoller.

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Somos muchos abogados y poetas; pero muy pocos químicos, físicos y biólogos

Aún no he terminado el libro de Bill Bryson, A Short History of Nearly Everything o Una breve historia de casi todo, del 2003. Pero me llama la atención que -hasta ahora- no haya citado a ningún científico con apellido español. En el registro de nombres al final de la obra, tampoco aparece ninguno.

No hay ningún Salazar, ningún Sánchez, ningún Alderete, ni Valdivia, ningún González, Pérez o Gómez. Pese a que España fue una gran potencia (en el siglo 16) y era el Imperio donde no se ponía el sol. Y pese a que los latinoamericanos somos millones e incluso somos una minoría importantísima en los Estados Unidos (en ella, cifro mis esperanzas).

¿Por qué…? Reviso la lista de los Nóbel, buscando apellidos familiares. El primero es Luis Walter Álvarez (estadounidense, abuelo cubano-espanol) recibió en 1968 el Nóbel de química… Uffff, nos salvamos… Los hispanics norteamericanos son nuestra esperanza: Sí se puede, Yes we can!

Descubro otro nombre hispanic: Santiago Ramón y Cajal. Español, Nóbel de Medicina en 1906. Luego, Severo Ochoa, en 1959, español; pero que emigró primero a Alemania y después a los EEUU, donde se nacionalizó. Para volver a Espana en su vejez, a los 80 años. Son personas que no triunfaron en sus países y debieron emigrar. Probablemente, si no hubiesen emigrado, se habrían quedado sin Nóbel.

¿Por qué el matemático y físico mexicano Raúl Rojas González (elegido profesor universitario del año 2015 en Alemania) debió emigrar para triunfar? ¿Por qué no podía haberse quedado en México desarrollando sus robots que juegan fútbol, sus aviones y sus autos no tripulados. En este caso, su auto no tripulado no se llamaría Spirit of Berlin, sino tal vez Espíritu de la Ciudad de México 😉

De los cinco argentinos ganadores de un Nóbel, dos de ellos recibieron el de la Paz y tres, Nóbeles científicos: Houssay (de ascendencia francesa) ganó el de Medicina en 1947. Leloir que nació en París en 1906, el de química en 1970. Ambos investigaron en Argentina y no emigraron al extranjero (salvo para estudios o perfeccionamiento). César Milstein (hijo de ucranianos que habían emigrado a Argentina), recibió el Nóbel de Medicina en 1984. Había emigrado a Gran Bretaña, trabajó toda su vida en la Universidad de Cambridge y se nacionalizó británico.

En Economía, tampoco hay ninguno. ¿Por qué será?

Pero hay más Nóbeles en literatura: empezando por uno -para mí- desconocido: José Echegaray, en 1904. En 1945, nuestra injustamente olvidada Gabriela Mistral, la que quería ser reina, la de los piecesitos de niño azulados de frío… La que defendió a las indias americanas cuando fueron tildadas de “monas” (femenino del mono, esto es, del simio) por una horda de varones españoles, presididos por MIguel de Unamuno [1].

En 1956, Juan Ramón Jiménez, que debió emigrar, en 1936 a América (Estados Unidos, Cuba y  Puerto Rico, donde falleció). En 1971, Pablo Neruda que alababa a las mujeres cuando callaban, porque estaban como ausentes… El colombiano Márquez en 1982[2]. En 1989, el tremendista Celá. El ’90, el diplomático mexicano Octavio Paz. El ’98, Saramago. 2010 Vargas Llosa papá. Contar los Nóbel de la Paz es una tarea que dejo a los lectores.

Claves para entender esta predilección nuestra por las humanidades, en desmedro de la ciencia natural, me parece encontrarla en los libros de nuestro insigne historiador chileno, Jaime Eyzaguirre[3]. A esto, me referí el 2010. Como dije en aquel entonces: “Entre el hidalgo y el gentleman, prefiero al científico“.

Eyzaguirre sostiene (Revista Criterio 2288) que: “El gentleman ‘arquetipo de la nueva cultura, un producto de utilitarismo de Bentham, y del puritanismo, para el cual el éxito económico llega a ser signo de predestinación pone en poseer la materia toda la fuerza de sus sentidos… realiza una búsqueda anhelante… y especuladora de esas riquezas que le darán más prestancia y bienestar. Por eso, el gentleman, a pesar de todos sus estudiados modales, es en el fondo un mercader; mientras el hidalgo, no obstante su raída exterioridad, es un señor. Porque propio del mercader es saber ganar; y propio en cambio del señor, es saber perder” .

Qué tiene de malo ser un “mercader”, un comerciante[4]. No entiendo ese desprecio por el libre comercio. Por el trabajo duro, en que nos ensuciamos las manos y acarreamos sacos de nueces o resmas de papel. Para qué hablar de los artesanos, de quienes trabajan con sus manos. O tal vez con palas… El comercio una a los pueblos. Un pueblo que comercia, se trata, se conoce, de casan entre ellos. El comercio ha sido siempre en la historia, un vehículo de paz. Interrumpido por guerras que generalmente eran ocasionadas por anhelos de dominación política, propios de los gobernantes y no del pueblo comerciante.

Tampoco puedo adherir a la mentalidad errada de despreciar a los loser o perdedores; ni quiero elogiar al perdedor como superior al ganador. De castigar con altanería al que logra algún triunfo. Para mí, no hay nadie que sea perdedor, el “fracasado” no existe. Cada persona sigue su camino y llega a su destino, a veces por rutas escabrosas o en zig-zag.

En mi opinión, la frase de Eyzaguirre tiene que ser vista en el contexto hispanista en que está escrita: en el marco de un elogio ilimitado a España (tradicional) y de desprecio a quienes el historiador considera sus enemigos o al menos, sus rivales en la historia: Alemania y Gran Bretaña, especialmente… Y los Estados Unidos, país que, para los hispanistas, como cabeza del mundo anglosajón, liberal y no católico del siglo 20 era/es/fue su eterno antagonista[5]. El Gentleman sería el ideal británico. El científico, según yo, sería el ideal alemán, francés e incluso, en parte el italiano. Ante todos ellos, los hispanistas trataban de hacer aparecer a lo que ellos consideraben el ideal español del hidalgo, como superior.

El hidalgo podía pensar, podía escribir, ser un literato, un filósofo (si era cura, podía ser teólogo); pero le estaba vedado trabajar con las manos, ser un artesano, un campesino, un maestro… El abolengo, la herencia, los ancentros, era algo que lo hacía infinitamente superior. El self-made-man (¿la self-made-woman no existe?) es más bien considerado en la detestable categoría del “nuevo rico”. Para los hispanistas, triunfa la familia; no el individuo, sospechoso de ser liberal, protestante, etc., etc.

Creo que el problema es profundo y que Joaquín García-Huidobro lo ha entendido muy bien en su libro “Una locura bastante razonable” (la locura razonable es el cristianismo), concretamente, en la pág. 48 se refiere a este tema. Hace un recuento breve de lo que el mundo latino ha descuidado: 1) la liturgia 2) la Biblia y 3) el trabajo.

Es, a propósito del trabajo donde el profesor de la Universidad de Los Andes se refiere a nuestro tema[6]: Una “consideración positiva del trabajo incluye el trabajo manual y el comercio, cosa que era incomprensible en el mundo del Quijote. Una persona tan lúcida como el historiador Jaime Eyzaguirre hace una dura comparación entre el gentleman y el hidalgo, mostrando la superioridad de éste. Sin embargo, cuando se leen atentamente esas páginas de la Fisonomía histórica de Chile[7], cabe apreciar en ellas una dosis importante de esa incomprensión latina por el mundo del norte. El hidalgo no es superior al gentleman, aunque tampoco inferior, como piensan los que se sienten acomplejados de nuestra herencia hispánica. Es simplemente distinto”.

Me parece que es clave la distinción que hace Joaquín entre trabajo manual y comercio y lo que yo llamaría trabajo intelectual o filosófico. Asimismo, pienso que, en un mundo felizmente globalizado, como el nuestro, tantas distinciones entre gentleman o hidalgos, tienen poco o, más bien, nada de sentido y hay que superarlas.

Como escribe Andrés Oppenheimer, en su libro Crear o morir “somos todos  filósofos, sociólogos y poetas” (pag. 55). En otras palabras, en Latinoamérica, tenemos demasiados humanistas; pero muy pocos científicos. El periodista argentino que vive desde los ‘70 en Estados Unidos, continúa: “63% de los dos millones de jóvenes que egresan anualmente de las universidades de Latinoamérica y el Caribe se gradúan en carreras de ciencias sociales y humanidades, mientras que apenas 18% egresan con licenciaturas en ingeniería, ciencias exactas y ciencias naturales”. (pág. 56).

En otras palabras, tenemos demasiados abogados (entre quienes me cuento, aunque soy fanática de la ciencia), muchos periodistas, muchos administradores públicos; pero pocos biólogos, pocos físicos, astrofísicos, astrónomos, geólogos, pocos matemáticos, o químicos, bioquímicos, farmacéuticos y los que hay -digamos las cosas como son- tienen poco prestigio social, lo que en una sociedad clasista, es una marca negativa muy grande. Curiosamente, entre nosotros, los científicos (salvo que sean médicos y ganen mucha plata) son considerados perdedores, mirados como loser, en circunstancias que ellos, realmente deberían ser muy admirados, y considerados los mayores triunfadores.

“La falta de una buena educación en matemáticas, ciencia y tecnología ha contribuido al atraso tecnológico de los países latinoamericanos, a su excesiva dependencia de las exportaciones de materias primas y —en la segunda década del siglo XXI, cuando dejaron de crecer los precios de estas últimas— a su desaceleración económica. Ahora, es cuestión de crear una obsesión nacional por la educación, con especial énfasis en las matemáticas y en las ciencias, para diversificar sus fuentes de ingresos e insertarse en la nueva economía del conocimiento” (pág. 31). Así es: Oppenheimer tiene toda la razón. Fanaticémonos por la ciencia -por lo demás, tan entretenida-, por la matemática, hagamos de Baldor (otro hispanic emigrado a los Estados Unidos) nuestro héroe[8].

Aumentemos las horas de matemáticas en los colegios[9]. Necesariamente, tendremos que disminuir otras. Demos la oportunidad de elegir ramos científiicos, más horas de ellos. Más laboratorios. Cuesta plata; pero es la mejor inversión. Motivemos a los niños en estos temas, hagámoslos investigar, descubrir fósiles. Entusiasmemos a los papás y mamás en estos temas. No todo es responsabilidad del estado, del sistema, del ministro de educación, del colegio; la familia puede hacer mucho bien incentivando a los hijos, nietos y sobrinos en la predilección por la ciencia y la matemática. Que estas no sean sólo actividades para “gringos locos”, sino para todo hijo de vecino. Llevémoslos al museo de historia natural y no sólo al mall.  

Admiremos socialmente a quienes estudian carreras científicas. Olvidemos los antiguos prejuicios venidos con los conquistadores: el hidalgo no es superior a todos los demás. Ni a los comerciantes, ni tampoco a los científicos. Cuando el hijo o la hija de una familia tradicional hispanoamericana (no tenemos que ir muy lejos, me puedo imaginar la escena live en Santiago), anuncie que quiere estudiar bioquímica o astrofísica y toda su familia se alegre, haga una fiesta y la apoye, habremos superado una de las más fuertes barreras: la barrera social. Sí, la barrera social existe, podemos tener los mejores curricula, los mejores profesores, los mejores alumnos; pero no vamos a sacar nada, si no la superamos.

Entre paréntesis, cuando escucho que las mujeres tenemos que estudiar algo facilito, me da dolor de estómago. Es cierto: no podemos ser hidalgas; pero si podemos ser científicas o matemáticas. Incluso astronauta[10]. Pero claro, este es otro tema.


[1] “Más tarde, en 1932, ya famosa e idolatrada, cónsul en Génova, descalificó a Mussolini. Fue despachada de inmediato de su cargo, luego del reclamo oficial del Gobierno italiano. La enviaron a España, y la rebelde, en medio de una comida de intelectuales más o menos regada, alabó la mezcla española-india en Latinoamérica, pero criticó los afanes ultraconservadores de la dictadura de Primo de Rivera. Un escritor fascistoide se burló de ella y, entre copa y copa, le espetó: ‘Lo que sucede es que esta señora no sabe que, si los españoles tomaron indias, fue porque allá no había monas’. Gabriela no pudo contener la ira y recurrió a Miguel de Unamuno en busca de apoyo. El escritor vasco fue aún más cruel con los indígenas, ¡qué mueran!, fue su respuesta. Desde luego la culpable de todo resultó ser la poetisa y de inmediato fue trasladada a Portugal”. Anecdotario de sobre Gabriela Mistral

La “anécdota” (no me gusta que se le llame simplemente “anécdota”, como para quitarle importancia) está recogida en el libro de Volodia Teitelboim: Gabriela Mistral, pública y secreta, en la página 46, el cap. “La Bomba”, sobre la experiencia racista que la ilustre poetisa sufrió en España.

[2] …el de la Saga de los Buendía, donde hay un incesto tras otro, descrito como si fuera lo más normal del mundo.

[3] Fui ayudante de María Angélica Figuera, quien a su vez, fue ayudante de Jaime Eyzaguirre y su sucesora en la cátedra de Historia del Derecho, en la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile.

[4] Mi bisabuelo materno era comerciante en el Norte de Chile. Sus ascendientes, mineros, dueños de minas de oro (lamentablemente, todas extinguidas en el siglo 18 ó en el 19). Mi papá, ingeniero comercial de la Universidad de Chile y pequeño empresario. Mi abuelo paterno administraba un fundo o varios en el Sur y -por la casa en que vivía: una manzana completa en medio de la ciudad- deduzco que descendía de una familia de encomenderos. Hay abogados entre mis antecesores: Rodrigo de Rojas y Pleigo, juez oficial de la Real Audiencia de La Serena, por allá por el lejano año de 1620. Diego de Rojas, Hernando Bravo de Villalba (Licenciado en Leyes en la Universidad de Salamanca), o Gaspar de Alderete. Etc.

Uno de mis abuelos de hace n generaciones es el gran Juan de Matienzo de Peralta, quien, además de una notable carrera jurídica, de la que cuenta Wikipedia: oídor y presidente de la Audiencia de Charcas y de Lima, fue un economista… Bueno, un protoeconomista. Se puede comprar libros suyos, incluso en Amazon.

Pero en definitiva: muchos abogados, un protoeconomista y ningún científico.

Se puede decir que el primer científico de mi familia fue mi tío Herbert Wroblewski Cruz, que tuvo la suerte de estudiar en la Deutsche Schule de Santiago y recibir una educación científica y matemática mejor a la chilena de entonces.

[5] Recuerdo los “200 millones de cowboys”, que constituirían la población de los EEUU, como decía el Cura Lira. Hoy son más de 300 millones.

[6] Texto en “Contra un cristianismo manco”, publicado en uno de mis blogs.

[7] La primera edición de esta obra es de julio de 1948 en México. La segunda, de marzo de 1958, en Santiago. La tercera de abril de 1973. Desde entonces, suguen nuevas ediciones casi todos los años o año por medio.

[8] Uno de los libros más populares en mi colegio. Pero claro, décadas después de egresar, me doy cuenta que no estuve en un colegio común y corriente.

[9] En diciembre de 2010, el entonces ministro de educación chileno Joaquín “Lavín anunció una reforma educacional que pretendía reforzar los subsectores de Matemáticas y Lenguaje, por medio del aumento de horas semanales de éstos, para así ayudar al aumento de los resultados en el SIMCE y la PSU.16 Sin embargo, para llevar a cabo este proyecto, anunció el recorte de las horas de Historia de 4 a 3 semanales, lo que generó un fuerte rechazo en un sector de los profesores, además de las Facultades de Historia de diversas universidades,17 y de la Concertación y el Partido Comunista. A pesar de ello, siguió siendo el segundo ministro mejor evaluado, según lo mostrado por varias encuestas. La medida finalmente se revocó”, copiado de Wikipedia.

Sólo puedo decir: lamentablemente, la reforma -era una recomendación de la OECD- no se implementó. A mi modo de ver, Chile no capta todavía lo que significa ser país miembro de la OECD. Espero que lo capte algún día.

[10] La Astronauta italiana Samantha Cristoforetti