Los carabineros ya no son santos

¡Olvídense de Teresa de los Andes, de Laura Vicuña y del Padre Hurtado! Los santos más populares de Chile han sido tres: Arturo Prat, Gabriela Mistral y los Carabineros. No sé que quede de la santidad popular de los dos primeros; pero los carabineros parecen no ser más santos ante los ojos del pueblo. O, al menos, ante los ojos de una parte del pueblo, tal vez pequeña, pero muy ruidosa.

En cuentas de activistas de ultraizquierda en redes sociales y en los “medios alternativos” -que más que informar muestran la realidad desde su visión sesgada y propagandística- observo un ataque despiadado hacia carabineros, ataque que se extiende a toda la gente que intenta defenderlos o, al menos, trata de ser objetiva con respecto a la fuerza policial chilena. Se organizan verdaderas “funas digitales” en su contra.

Los “cargos” que la extrema izquierda -o ultraizquierda, como se la denomina generalmente en Chile- hace a carabineros son exactamente los mismos que la extrema derecha europea hace a las policías europeas: corrupción, drogadicción, represión, comisión de delitos, amenazas, manipulación, sobornos, brutalidad, etc.,etc.[1]. ¿Qué pretenden los extremistas con la difamación despiadada de las fuerzas policiales? Sin duda, el desprestigio del estado y su consiguiente desestabilización, para luego suplantarlo por un nuevo orden.

Carabineros representa el monopolio de la fuerza que ejerce el estado en nuestro sistema liberal democrático y representativo de gobierno, que rige las “naciones civilizadas” desde la Ilustración. Sí, desde el siglo XVIII, la justicia por la propia mano ha sido sustituída paulatinamente por la justicia que nos ofrece el estado nacional. Los lynchamientos, las vendettas y la ley del talión no tienen cabida en un sistema civilizado de sociedad. El orden jurídico y su cumplimiento son obligatorios para todos y es precisamente la labor policial crucial para hacerlo cumplir.

Karl Popper, en su libro “La sociedad abierta y sus enemigos” (una de las obras más influyentes del siglo 20), sostiene que mantener el orden -lo que supone el castigo de los delitos y su prevención- dentro del estado nacional es un gran logro que anteriormente se consideraba una utopía[2]. Este castigo está a cargo de la policía y de la justicia penal que obviamente no es ni privada, ni paramilitar, sino estatal.

La policía representa en todos los países del mundo occidental el triunfo del estado de derecho sobre la anarquía y el caos, sobre la arbitrariedad y la injusticia. Antes, se consideraba una utopía crear instituciones que lograran asegurarar la paz social. Su creación y la prevención del crimen eran considerados como algo irrealizable[3]. La misión de la institución de Carabineros de Chile es asegurar el imperio de la ley por sobre la ley del más fuerte; esta última más que una ley, es una aberración y significa el regreso a la época de las cavernas. Pero si las cosas siguen como hasta ahora, parece que para allá vamos.

En un país civilizado, el castigo de los delitos y su prevención no está en manos de brigadas paramilitares, ni de grupos de narcotraficantes, ni tampoco de “jóvenes idealistas” en el mejor de los casos, deslumbrados por un pseudo ideal anarquista. Tales “organizaciones” no pueden decirme qué tengo que hacer con mi vida, donde tengo que ir o si tengo que “bailar para pasar”.

El último ataque armado a una tenencia de Carabineros en La Granja[4] obedece a una estrategia muy clara y sumamente peligrosa para una sociedad moderna y supuestamente civilizada. La táctica de esta revolución permanente, en que una bulliciosa minoría está empeñada, consiste en el hostigamiento permanente a carabineros.

Lo ocurrido en La Granja, me recuerda la balacera ocurrida la semana pasada en Villa Unión (nombre nada de apropiado para una ciudad dividida), en México en que paramilitares narcos atacaron con armas de fuego un local policial, dejando un saldo de 24 muertos, de ellos, 18 atacantes, dos transeúntes y cuatro policías. No sé si esta situación sea deseable para nuestro país, creo que no.

No sería bueno que Chile se convirtiera en una especie de “zona neutral”, al estilo de “The Man in the High Castle”. Pero me temo que se le parece cada vez más y, cada vez escucho más voces intelectualoides que parecen estar muy feliz con ello. Sobre todo jóvenes ayudistas, tal vez estudiantes y estudiantas que, luego de “avivar la cueca” de la Plaza Italia para abajo, regresan felices a sus casas, donde la nana les tiene lista la comida e ingieren un rico bocado, escuchando música extranjera a través de alguna plataforma de streaming. Cuando les corten la luz como consecuencia de algún atentado terrorista, vamos a ver si van a seguir tan felices.

El objetivo inmediato es que algún carabinero pierda la paciencia o se vea acorralado de tal forma que no vea otra salida y le dispare a alguien. Que ese alguien muera y sea estilizado como figura de la “resistencia” frente al estado opresor[5]. Da lo mismo si esa persona formaba o no parte del grupo de manifestantes o simplemente pasaba por la calle en esos momentos. Da lo mismo, si un carabinero le disparó directamente o fue víctima de una “bala loca”. Asimismo, si no logran provocar a un carabinero para que dispare, da lo mismo, siempre se lo pueden endosar el hecho a un uniformado.

Me parece que esto último fue lo que intentaron hacer con el Ejército durante los pocos días que duró el estado de excepción[6]. En este sentido es sintomático que la Fiscalía retirara los cargos por homicidio contra el joven militar detenido por la muerte de manifestante en Curicó, ya que probablemente el autor fue una persona que participaba en las manifestaciones[7]. Pero las cuentas de activistas y los “medios alternativos” divulgaron como un hecho que un militar habría matado a un manifestante… Es difícil imaginar una aplicación más clara de la teoría de la desinformación.

Es exactamente la misma estrategia de la extrema derecha europea, que también se llena la boca con la palabra “Resistencia”, que también es omnipresente en imágenes y en textos de las cuentas de los extremistas chilenos y de sus “ayudistas”. Los ayudistas -dice el político de izquierda Mario Waissbluth- “son los inocentes marchantes indignados, que sienten que la ‘primera línea’ los protege”. La primera línea estaría integrada por los “jóvenes violentistas”[8].

En resumen: el ataque verbal y físico a carabineros es algo que observo desde hace ya harto tiempo[9]; pero que desde octubre ha cobrado rasgos muy fuertes tiene una doble finalidad: 1) desprestigiar a Carabineros que es la fuerza del estado chileno para garantizar el estado de derecho 2) Lograr la muerte de al menos una persona, para utilizarla como palanca en la siembra del odio contra la fuerza pública.

En definitiva, de lo que se trata es de socavar, derruir y finalmente destruir el estado de derecho, del que Carabineros es un esencial garante. De debilitar, desprestigiar y desestabilizar al estado de Chile, del cual Carabineros, como institución, es su “representante”. Para finalmente derrocar al gobierno y sustituirlo por otro que se embarque en la empresa de construir o más bien de imponer otro tipo de estado, otro sistema político y otro modelo económico.

No, los carabineros no son ya más santos; en realidad, nunca lo fueron. Tal vez sea mejor así, es preferible que haya hombres y mujeres de carne y hueso trabajando por el bien común, por el “orden y patria”, garantía del estado de derecho, del imperio de la ley, que a supuestos santos que, en realidad, no existen. Sería preferible que, simplemente, volvieran a ser “un amigo en tu camino”.


[1] Como muestra, un botón: vean este meme (hay muchos como este, todos de la misma procedencia y con el mismo texto, sólo cambia la persona que “grita”), de una página que no sé si es de extrema derecha o de extrema izquierda, ya que ambos sectores son gemelos.

[3] Cfr. Karl Popper, Die offene Gesellschaft und ihre Feinde, tomo I, página 219.

[4] Ataque a Tenencia Rivera Lopez, 10ª Comisaría La Granja, dejó un saldo de tres carabineros heridos a bala.

[5] En Chemnitz, la antigua “Ciudad de Carlos Marx” (fue su nombre oficial durante casi medio siglo) a fines del verano pasado, fue asesinado, bajo circunstancias aún no aclaradas del todo, un cubano-alemán que no podía ser menos extremista de derecha. Sin embargo, la extrema derecha usó su muerte, primero ocultando su origen extranjero y luego, estilizándolo como una “víctima del pueblo alemán”. Sí, la extrema derecha europea y la extrema izquierda latinoamericana se parecen mucho.

La protesta originariamente social y el estado de excepción en Chile

Dedico este artículo a un joven de San Bernardo que perdió su vida -fue asesinado- por personas que saqueaban su almacén. Y que es cercano a la familia de una querida amiga.

La revista alemana Spiegel comentaba esta semana que nos sorprende lo que pasa actualmente en Chile, hasta ahora el mejor alumno o el primero de la clase en Hispanoamérica[1]. Me gustaría expresar algunas ideas acerca de cómo veo yo el problema de la protesta en Chile 2019.

Hay que considerar que “Chile posee la renta per cápita más elevada de América Latina​ y pertenece a la categoría de países de ingresos altos según el Banco Mundial”[2]. El problema chileno no es de falta de crecimiento, sino de distribución o más bien de redistribución de la riqueza. A mi modo de ver, un conflicto típico en países que van creciendo.

Estamos frente a una protesta social o inicialmente social. Este fue su detonante y nadie la veía venir tan pronto, al menos, no con esta intensidad y violencia. La desigualdad económica es en Chile un tema preocupante. Cada país con gran desigualdad es un país que camina al borde del abismo, esto, independientemente de otros indicadores socioeconómicos positivos.

De este problema chileno advierte la OECD desde hace años. Un país con gran desigualdad no sólo presenta estadísticas de criminalidad más altas, sino que también es caldo de cultivo de disturbios sociales.

Chile es un país cuya economía ha crecido muy rápidamente. Donde el éxito ha coronado muchas cabezas. Lo que es encomiable, meritorio y hay que celebrarlo. Sin embargo, esto ha llevado a aumentar la desigualdad, ya que algunos han visto coronados sus esfuerzos por el éxito y otros no.

Muchos han quedado en el camino: los ancianos, los poco calificados y quienes han tenido mala suerte o no han podido o no han sabido aprovechar las oportunidades. O tal vez han tenido otras prioridades muy legítimas y han escogido otras alternativas que no conducen necesariamente al éxito económico. Pienso que personas que cuidan a familiares enfermos, a mamás o papás que cuidan a sus hijos, en artistas, en científicos, en deportistas, en religiosos y religiosas…

El éxito no es sólo económico, hay muchas personas económicamente pobres; pero muy exitosas. Hace pocas semanas inauguraron en La Reina -mi comuna- una estatua homenaje a Violeta Parra, pienso en una persona exitosa como ella. Pienso en los científicos chilenos, algunos de ellos co-autores de descubrimientos tan trascendentales como la expansión acelerada del universo; pero de ninguna manera multimillonarios.

Pero desde el punto de vista únicamente económico, el problema no es que muchos hayan logrado el éxito material y que ganen mucho dinero. El problema es que muchos ganan muy poco. Y en la sociedad chilena -como en muchas otras- el éxito ha empezado a medirse únicamente por la cantidad de plata de que dispones. Para mí, eso es un espejismo.

También yo iría a protestar pacíficamente en contra de la desigualdad económica. Como muchas otras personas, soy partidaria de un estado social, lo que, de ninguna manera contradice la economía social de mercado, que no sólo es el sistema más eficiente, sino también el más justo. Pero la economía no es sólo economía de mercado, sino que es economía social de mercado[3].

Las acciones de protesta, las manifestaciones comenzaron siendo una protesta netamente social, que muy pronto se desbordó y se descontroló. La consecuencia fueron saqueos e incendios, robos, agresiones, heridos y hasta muertos. De pacífica, no le quedó nada, ni siquiera el nombre.

Fue un poco como lo que ocurrió en Francia con las chaquetas amarillas que empezaron reclamando por el alza del precio del diesel -en Chile, del alza los boletos del Metro- y acabaron en un movimiento en que se unieron extremistas de derecha y extremistas de izquierda, en una alianza insana y deletérea que se hace cada vez más común en el mundo occidental. Entre paréntesis, el elemento de emulación no se puede dejar de lado en Chile, donde amplios sectores de la población viven mirando en internet lo que pasa en el sur de Europa. La rabia y la indignación no son buenas consejeras, ni en Sudeuropa, ni en Chile.

El derecho a a manifestarse en forma pacífica es un derecho importantísimo e irrenunciable en una democracia liberal representativa. Como me comenta una amiga con respecto a las protestas: “el problema es que parten bien; pero luego llegan los encapuchados”[4].

El estado tiene que garantizar la seguridad de quienes participan en manifestaciones, las que siempre deben atenerse a la ley y respetar el orden público. Las manifestaciones violentas son -sin excepción- absolutamente inadmisibles y contrarias a derecho. El estado debe impedir y castigar la violencia en las manifestaciones y garantizar que éstas se realicen en paz. Esta es una exigencia irrenunciable del estado de derecho.Dedico este artículo a un joven de San Bernardo que perdió su vida -fue asesinado- por personas que saqueaban su almacén

Sin duda, protestas violentas, con “lanzapiedras”[5] y saqueos no sólo no ayudan en nada a la población, sino que la perjudican. Especialmente a la gente más pobre de la que dicen representar. La gente pobre, los ancianos quedan desprotegidos y al amparo de bandas de maleantes. No dudo que haya gente realmente solidaria y bien intencionada entre quienes protestan. Me gustaría que no se dejaran utilizar. Así no se ayuda efectivamente a los más pobres. Así no se supera la desigualdad. Más bien, parece que, con la violencia, la desigualdad aumentara.

Especialmente grave me parece el incendio del edificio de El Mercurio de Valparaíso, el diario más antiguo de habla hispana que aún existe, lo que es un orgullo para Chile. La libertad de prensa es uno de los valores más importantes y emblemáticos de toda sociedad libre y democrática. El hecho de que, precisamente un medio de comunicación antiguo, prestigioso y como tal, emblemático, haya sido incendiado por los manifestantes es gravísmo. Y nos dice mucho acerca del rumbo que ha tomado la protesta en Chile que de social, poco y nada le va quedando.

En este escenario, lo más sensato que puede hacer un gobierno es decretar el estado de excepción. En Santiago[6] y luego en otras ciudades. La Constitución política establece que, en caso de una grave alteración del orden público o de grave daño para la seguridad nacional, el presidente de la República podrá declarar el estado de emergencia, para las zonas afectadas. Zonas que empezaron con Santiago y se han extendido a otras ciudades. La emergencia se extiende por un periodo de tiempo, en principio de 15 días, prorrogable bajo ciertas condiciones.

De acuerdo al art. 42 de la Constitución, “declarado el estado de emergencia, las zonas respectivas quedarán bajo la dependencia inmediata del Jefe de la Defensa Nacional que designe el Presidente de la República. Este asumirá la dirección y supervigilancia de su jurisdicción con las atribuciones y deberes que la ley señale”. Esta es la razón por la cual, “los militares salieron a la calle”: para velar por el orden público.

Lo normal es que las fuerzas de orden, esto es, Carabineros, sean los garantes, los guardianes del orden público, que protejan a los ciudadanos, la paz en las ciudades, el resguardo de la convivencia pacífica. Pero, cuando la situación se descontrola -lo que no es lo normal, por eso el estado de excepción constitucional es, como lo dice su nombre, una excepción[7]– se recurre a las fuerzas armadas para que contribuyan a mantener el orden público, esencial para una convivencia pacífica y libre de violencia.

No es lo normal, es la excepción. La finalidad del estado de excepción -que siempre es temporal- es el retorno a la normalidad. Incluso, dentro de la excepción, el estado tiene el deber de respetar los derechos fundamentales, entre ellos el derecho a manifestarse. De esto son una buena muestra las manifestaciones realizadas en sectores acomodados de Santiago (como las de Vitacura y de Plaza Ñuñoa). Sus hashtags #noestamos en guerra y #elamoresmásfuerte son representativos de un público pacífico. O bien cuecazos en diferentes esquinas de ciudades chilenas, de día y con protección policial.

El estado de derecho tiene el deber de defenderse. Tiene que defenderse. La sociedad se defiende a través del derecho. El imperio de la ley prevalece sobre la violación masiva del orden jurídico. Evidentemente, las fuerzas armadas están igualmente sujetas a la ley durante sus patrullajes y sus actuaciones, en resguardo del orden público y quedan sujetas al eventual dictamen de los tribunales de justicia. Todo abuso de poder tiene que ser castigado. Asimismo, los delitos cometidos por encapuchados, saqueadores o ladrones, que se aprovechan de la situación, no pueden quedar impune.

Las fuerzas armadas no realizan normalmente labores de policía. Por eso, no es lo normal que salgan a la calle y es siempre algo arriesgado. Se puede decir que las fuerzas armadas “ayudan” a Carabineros en una situación excepcional. Esto existe en todos los ordenamientos jurídicos de los países civilizados e incluso, en algunos se habla de una “asistencia administrativa” de las fuerzas armadas en beneficio de las policiales. Aunque no es exactamente el caso en el derecho chileno.

Me parece que es una falsedad -y un gran sarcasmo- sostener que los saqueos se produjeron debido a la presencia de los militares en las calles. Asegurar que, si ciertos manifestantes ven a militares, automáticamente empiezan saquear negocios… no sé si es sarcasmo o simple estupidez.

Es precisamente al revés, si no hubiera habido saqueos, incendios y si no se hubiera cometido delitos graves contra la integridad de las personas, no habría sido necesario decretar el estado de excepción, con todas sus consecuencias. Durante el terremoto de 2010 también lo comprobamos: la presencia de militares impidió que los saqueadores continuaran con sus acciones en alguna ciudad del Sur. La violencia es la causa del estado de excepción y no su consecuencia.

El lenguaje de la democracia no es la violencia, menos los robos, saqueos y asesinatos. El lenguaje de la democracia es el argumento, es la palabra. La palabra es lo contrario a lanzar piedras o a incendiar diarios, autos, buses o el Metro de Santiago. El populismo de izquierda y de derecha, la descalificación del adversario político -que no es enemigo[8]-, el odio, la mentira, las fake news[9] carcome y finalmente destruye el sistema democrático de gobierno y lleva al totalitarismo. Muchos ejemplos nos da la historia del siglo 20.

Las personas más perjudicadas con los actos de violencia son precisamente aquellas que los manifestantes pretenden defender: los menos favorecidos, los más pobres, quienes quedan más desprotegidos frente a la violencia. Pienso en el joven que defendía su negocio en San Bernardo y que fue asesinado por saqueadores.


[1] Gewalt in Chile Es brennt im Musterland = Violencia en Chile. Arde en el país modelo.

[3] El llamado estado social no es de ninguna manera la caricatura del welfare state o estado benefactor que pintan algunos extremistas cuyas ideas proceden de alguna literata frustrada procedente originalmente de Rusia. Cuya ideología es frecuente en países hispanoparlantes.

[4] La prohibición del encapuchamiento es una norma generalizada en todas las democracias desarrolladas. Me pregunto si no existe en Chile o no se hace cumplir. O simplemente a los violentistas no les importa.

[5] Miren al hombre de la polera roja… le lanza una piedra o un ladrillo al radiopatrulla en medio de un taco, con eso pone en peligro no sólo a los carabineros sino también a los conductores de los otros vehículos: https://twitter.com/MartaSalazar/status/1186267761430978562/video/1

[7] Ver mis columnas “Soberano es quien decide sobre el estado de excepción” y Schmitt y el estado de excepción – Peligrosamente actual No se puede hacer de la excepción la normalidad, como hace Schmitt, considerado un “fanático del estado de excpeción”.

[8] … a diferencia de lo que plantea Carl Schmitt, lamentablenente muy popular entre la izquierda latinoamericana.

[9] Como aquella imagen que circulaba en las redes sociales que mostraba un supuesto screenshot de la televisión alemana que habría calificado al Presidente Piñera como un dictador (Dikator). Nada más falso, los medios alemanes han sido bastante ecuánimes para informar sobre la protesta en Chile.