Florencia Lagos Neumann y el supuesto medicamento cubano contra el coronavirus

No sé si conocen a Florencia Lagos Neumann. Yo no la conocía[1]; pero me pareció interesante conocerla, no personalmente -cosa que me gustaría mucho- sino a la distancia, a través de las redes sociales. Quería conocer su pensamiento y su opinión, de saber qué le gusta, qué no le gusta y qué es lo que proclama.

Cuando comenzó con fuerza el tema de la pandemia, me pareció aún más interesante leerla. Especialmente en Instagram, que es una red social menos conflictiva y más pacífica que las demás. La cuenta de Florencia en Instagram es una cuenta cerrada, de manera que tuve que solicitar que me aceptara entre sus followers.

En ese entonces y desde La Habana[2], Florencia comenzó a escribir acerca de lo bien que “la industria farmacéutica cubana” está preparada “para enfrentar el Covid19”, ya que tiene “protocolos y tratamientos garantizados”. Esto me llamó la atención, ya que en realidad, aún no hay medicamentos contra el Covid19[3], de manera que hablar de “tratamientos garantizados” me pareció no sé si equívoco, confuso o engañoso.

Le escribí varios comentarios en que le manifestaba mi inquietud o incertidumbre en este sentido; pero, no me respondió ninguno. Le escribía que me parecía muy raro que Cuba tuviera un medicamento contra el virus corona[4] y le pedía más información. Algunos de mis comentarios -más bien preguntas- desaparecieron. Otros en que le preguntaba dónde habían quedado mis comentarios -ni siquiera insinué que podían haber sido borrados- tampoco me los contestó; pero tampoco los borró. lo que es ya un avance.

Ella promociona un medicamento llamado Recombinant human Interferon. En las fotos en que Florencia lo publicita, veo el nombre en inglés y en chino en los paquetes del remedio supuestamente eficaz contra el corona, con los hashtag #SomosCuba y #coronapocalypse

Como yo no soy farmacéutica, le pedí a una amiga de esa profesión[5], que me indicara si es efectivo que el medicamento que Cuba y Florencia publicitan realmente es algo más o menos serio. Mi amiga -muy educada- me contestó que no cree que este remedio ayude y que es muy crítica respecto a presentarlo como un medicamento contra el virus corona. Agrega que no lo recomienda y que hacerlo es es “abstruso”. Mi amiga agrega que, en la década de los 70, Interferone fue propagado como un potencial candidato contra infecciones. Pero que hace mucho tiempo, ha sido dejado de lado.

No sé por qué NO me parece raro que el gobierno de La Habana pretenda propagar hoy un medicamento de 50 años de antigüedad y ya dejado de lado. Creo que hay demasiada gente en el mundo que vive aferrada al pasado.

Al parecer, este “nuevo medicamento” sería producido por un consorcio chino-cubano. Al menos así lo presenta Florencia: como un “medicamento contra el coronavirus” -así lo describe- ideado por Cuba; pero fabricado en China. Una pena no más que cuando los chinos hacen su propaganda en el mundo, no mencionen para nada a los cubanos.

En otro post, Florencia hace ver que el presidente de Cuba, Miguel Díaz-Canel, “informa sobre medidas y garantiza producción y el acceso para tod@s a medicamento y tratamiento contra el #coronavirus”. No tenía idea de quién es el presidente cubano, gracias Florencia por disipar mi ignorancia. Y a continuación y como contrapunto ella escribe: “Chile: @sebastianpinera aconseja lavarse las manos. Cuba es socialista. Chile es una dictadura. Saque usted sus propias conclusiones”.

Sí, yo saco claramente mis propias conclusiones. Cuba quiere hacer negocios, es un país muy pobre y necesita divisas. Su pueblo vive en la pobreza y no está bien preparado ni contra el coronavirus, ni contra ninguna otra enfermedad. Y que nadie me diga que no es así, tengo suficientes amigas cubanas cuya familia se encuentra aún en la isla.  

Su único actual aliado es China, al menos así lo ven los cubanos, no sé si los chinos también miren a Cuba como un importante aliado, en realidad, lo dudo mucho. China está interesada en países potentes de alta teconológia, en comprar poderosas empresas de esos países y en adquirir su tecnología de punta. Cuba no le ofrece a China ninguna de esas oportunidades. China también tiene hermosas playas.

Hay algo aún más grave: están promocionando el interferon como un medicamento contra el virus y el interferon NO es un medicamento eficaz contra el virus. Están pasando gato por liebre y ni se arrugan. Con ello, ponen en peligro la salud de la población que cree contar con un remedio eficiente y no lo es. No es ni siquiera un placebo. No es nada.

Parece que a un alcalde chileno que milita en el partido comunista[6] se lo vendieron y lo pagó con dinero comunal[7]. Yo también le podría haber vendido agua con limón que es tan efectiva contra el virus como el cloro para los zapatos o inyectarse desinfectante en las venas. El secretario general del Colegio Médico hizo ver que “buscar esperanzar a la población sin medidas comprobadas no es la solución correcta, y el hecho de gastar dinero y energía en un fármaco que no está comprobado que sirva desvía la atención, los fondos y los recursos de medidas que sí son costo-efectivas”[8]. Tiene toda la razón.

Es evidente que los comunistas del siglo 21 son extremadamente capitalistas y lo que quieren es vender su remedio que es hoy un producto invendible, un old stock, un non-seller.

En realidad, no hay un medicamento contra el coronavirus. Hasta ahora el más efectivo parece ser uno contra el ébola; pero igualmente, es un remedio muy controvertido y en etapa de prueba con respecto al corona. Tampoco hay una vacuna. Se supone que en un año, tendremos y ojalá que antes contemos con un medicamento. Existe ya una plataforma de la Unión Europea para dar a conocer los resultados de estudios e investigaciones y ponerlos en conocimientos de todos los demás investigadores e investigadoras. La cooperación científica me parece insuperablemente más efectiva.

Sostener la existencia de un medicamento “garantizado” contra el coronavirus forma parte de las abundantes fake news que circulan hoy en internet. Florencia se ha sumado a su orquestación.


[2] A Florencia le encanta La Habana y esto no lo oculta. Habla de “Habana mi bella Habana”

[3] Corona virus disease 2019.

[4] SARS-CoV-2

[5] Mi amiga es alemana y trabaja en el sistema de salud de ese país.

[6] Da vergüenza reconocer que en Chile hay todavía comunistas. En el mundo desarrollado, el comunismo es una ideología del siglo 19 que se impuso en un sector de Eurasia durante la temprana postguerra y es sinónimo de Gulag y de Tshernobyl.

[7] Creo que un señor Jadue, de Recoleta.

La violencia más que la partera de la historia es la sepulturera de la democracia

La democracia se basa en el intercambio libre de ideas, definición en que el adjetivo “libre” significa “sin violencia”. Exacto, ni siquiera una mera “amenaza” o posibilidad de violencia es democrática[1].

Estamos frente a una señal cierta del fin de una democracia cuando vemos a grupos apoderarse de las calles, de las ciudades y dominar así la vida de los ciudadanos, que pasan a ser prisioneros de su irresponsable juego político. Sintomática y aterradora es la frase del presidente del comunismo chileno cuando asegura que “puede que se pierda en el Parlamento, pero no en las calles”[2].

Los ciudadanos dejan de ser ciudadanos y se convierten en rehenes de grupos que quieren imponer cambios que sólo los benefician a ellos. Por pequeños que sean, estos grupos disfrazan su voluntad como si fuera la voluntad general. Para los extremistas, no somos más que rehenes que les sirven para exigir cambios a su antojo. Para el extremismo, la lucha no es más que la continuación de la política por medio de la fuerza.

Los violentistas se atribuyen la representación de la voluntad popular, pese a que no son más que una minoría mínima. Más que una una etérea “voluntad del pueblo”, la democracia significa la posibilidad de cambiar al gobierno de una forma pacífica, pre-establecida y sin derramamiento de sangre[3]. Esto es, a cambiarlo en las urnas y no por una supuesta e inaguantable “presión de la calle”.

O bien, como dice un autor neomarxista[4] “la democracia es un sistema en el que los partidos pueden perder las elecciones”. Incluso si creo que la mayoría eligió a la “persona equivocada”, como presidenta o presidenta, lo acepto y felicito a la ganadora o al ganador, como ha sido tradición en Chile, hasta ahora. Nada me parecía más criticable que los llamados a que Bachelet renunciara.

Chile ha sido gobernado durante 25 de los 30 años desde el regreso a la democracia, por la izquierda y la derecha ha reconocido varias veces que perdió las elecciones. Pero parece que basta que una segunda vez, el pueblo elija a un presidente que no es de izquierda para que, desde el comienzo de su mandato, se multipliquen los “Renuncia Piñera”.

Prefiero ni hablar de quienes llaman abiertamente a “matar a Piñera y a todos sus compañeros”[5]. Sí, la agresividad que se observa (que sufrimos) en las redes sociales de parte de chilenos sólo es comparable a la de los neonazis europeos. Se han preguntado ¿qué vendría después de la muerte de Piñera? Hace algunas semanas escribí una distopia sobre el “asesino de piñera”

Pero no generalicemos: no es la izquierda la violenta, es la ultra izquierda. Algunas personas de la izquierda llaman a acabar con la violencia[6]; sin embargo, se parecen a San Juan Bautista que predicaba en el desierto. Los extremistas tienen los oídos tapados y están en una especie de trance producto de una intoxicación ideológica. Sus cabecillas desconocedores del neomarxismo, se hallan prisioneros del antiguo leninismo, para el que la violencia era “la partera de la historia”[7].

En la democracia, nadie recurre a la fuerza para imponer sus planteamientos. Es democrático que la ultraizquierda no tome como rehén a la población, que no la intimide mediante la violencia para imponer de manera prepotente sus condiciones. La izquierda no debería tolerar a una autoproclamada “primera línea” -término militar- que anhela perfilarse como su brazo armado. Nada más absurdo, nada más antidemocrático. Los movimientos paramilitares son absolutamente inadmisibles en una democracia.

La ultraizquierda se hace la víctima y llora a moco tendido quejándose de que los “criminalizan”. Basta con ver en qué está convertida la ciudad, por ej. la llamada Plaza de la dignidad, que más indigna no puede ser[8]. Incendios y saqueos a la orden del día. Dicen que roban a los ricos para entregar a los pobres como si fueran Robin Hood, pero al mejor estilo de Pablo Escobar, el mayor hampón de la historia latinoamericana, admirado por algunos en una extraña glorificación del villano. Los ayudistas que los protegen se hacen igualmente co-responsables de la destrucción de la democracia[9].

En mi grupo de amigos y conocidos, lamentamos en octubre pasado, la muerte de un almacenero asesinado mientras defendía su negocio. Es gente humilde que no tiene un lobby y no sale en la prensa. Si su familia hubiera salido en los medios, verían en peligro sus vidas, según me contaron. Si esto no es violencia asesina, no sé cómo llamarlo.

Corresponde a la izquierda democrática distanciarse y marginar decididamente a la ultraizquierda. Quien colabora con el extremismo se hace co-responsable de la destrucción de la democracia. Asimismo, hay que darse cuenta que la acusación acerca de los 30 años de opresión que hace la extrema izquierda, es una acusación directa contra la izquierda que es la que ha estado en el poder.

Sí, así como creo que la derecha tiene que dejar de lado las ideas de extrema derecha[10], es indispensable que la izquierda se deslinde clara y completamente de la ultraizquierda. Pienso que la izquierda tiene la clave para que el estallido social de octubre no pase a la historia como el estallido de la violencia, ni del terrorismo de marzo. Que sería la antesala de la destrucción de la democracia en Chile, aunque algunos insistan en llamarla “refundación”.

Uno de los best sellers actuales en el mundo, es el de dos profesores de Harvard[11] que se preguntan “cómo mueren las democracias”. Analizan el caso de Estados Unidos bajo el gobierno de Trump y los casos de de Rusia y de Venezuela. Es curioso comprobar que el “estallido social” comenzó inmediatamente después de que el gobierno de Chile solidarizara con el pueblo venezolano y reconociera al Presidente Guaidó. Sí, las democracias pueden morir. “La democracia vive de condiciones que ella misma no se ha dado”[12] condiciones que pueden fallar, pueden dejar de existir en la sociedad. En ese caso, dejará también de existir la democracia.

Como dicen una amiga argentina y otra mexicana: Chile era el modelo para todos los demás países de la región[13], de ahí el ensañamiento ideológico en su contra y el intento de destruirlo que se esconde tras el populismo de los llamados a un cambio de modelo o de sistema. Yo prefiero permanecer dentro del sistema de la democracia liberal occidental y de la economía social de mercado. Ambas perfectibles.

En suma, la violencia más que partera de la historia es la sepulturera de la democracia. Pertenece a la esencia de la democracia la ausencia de violencia, tanto en la expresión y en el intercambio de ideas, como en la sucesión en el poder y en la implementación de cualquier cambio que la perfeccione. La violencia es lamentablemente propia de la extrema izquierda latinoamericana. Si la izquierda chilena democrática no se distancia de ella, no la margina, se hace culpable de la destrucción de la democracia.


[1] Cfr. Timothy Snyder, Unfreiheit, pág. 265. Capítulo 8, Igualdad u Oligarquía.

[3] Popper, citado en el ensayo “55 voces a favor de la democracia”.

[4] Adam Przeworski, conocido en Chile por sus estadías de estudio en el país.

[5] Ver screenshot, sólo como ejemplo.

[6] Por ej., el diputado socialista Naranjo en Twitter: “Como socialistas RECHAZAMOS los ataques sufridos a los monumentos de nuestros héroes de la patria y solidarizamos con la Armada, por los daños ocasionados al Monumento de los Héroes de IQUIQUE. BASTA DE VIOLENCIA IRRACIONA, ESTA SOLO AYUDA A LOS QUE ESTAN A FAVOR DEL RECHAZO.”

[8] Ver Reflexiones sobre una nueva constitución para Chile, por Javier Edwards, sobre el tema escribe Javier: “Del mismo modo que me parece absurdo y populista, innecesario, ponerle Plaza de la Dignidad al peladero en que se convirtió la inocente Plaza Baquedano, sino trabajamos de verdad en un plan de gobierno y legislativo que construya esa dignidad. Así, cada dictadura construye monumentos a la libertad, y la politiquería y la demagogia hablan de palabras como dignidad, justicia, equidad y quieren monumentos no políticas, leyes, normas y su aplicación”

[9] Sobre el término ayudista, ver la columna de Mario Waissbluth, Violencia y violentistas: al borde del precipicio

[10] El libertarianismo, por ej.

[11] Steven Levitsky and Daniel Ziblatt, “How Democracies Die”.

[12] “Die demokratie lebt von voraussetzungen die sie nicht selbst herstellen kann, Ernst-Wolfgang Böckenförde.

[13] Y una amiga argentina me dice que “Chile era el modelo para toda Latinoamérica y por eso, a la izquierda le interesa tanto destruirlo”. Ver Evo Morales vs Piñera

La polarización es el semillero del extremismo

Sin duda, las manifestaciones y disturbios que han tenido lugar en noviembre de 2019 van a ser objeto de análisis, de controversia y de diferentes interpretaciones durante mucho tiempo. Me gustaría abordar en esta ocasión un aspecto que me parece ser omnipresente, tanto en la protesta como en la contraprotesta: la polarización y el consiguiente populismo.

Sostengo la tesis que la violencia reiterada, persistente y exhaustante puede fácilmente pavimentar el camino a la elección de un presidente de extrema derecha. Patricio Navia se refiere acertadamente al caso de Brasil en que “ después de las protestas del 2014, una mayoría terminó votando a Bolsonaro”[1]. En este misma línea y no con menos razón, Marcelo Ruiz comenta: “El movimiento estudiantil del 2014 termino liquidado por el vandalismo y la violencia desatada. Lo mismo ocurrirá con las demandas sociales, que quedarán sumergidas por los saqueos y las destrucción urbana. Además, es la pavimentación a Kast”[2].

No se puede negar que en Chile, tendríamos potenciales candidatos de extrema derecha o bien, de candidatos que serían apoyados por la extrema derecha. A ello y no a otra parte, puede llevar la extrema polarización actual. Con ello, Chile se enfilaría entre los países que han sucumbido a la tentación del populismo de extrema derecha, tales como Filipinas, Brasil, Hungría y algún otro… Sí, malos ejemplos a seguir hay hoy en día, muchos en el mundo. Se puede decir que un fantasma recurre hoy el mundo: el fantasma del populismo[3].

Sí, esa creencia cuasi religiosa -o religiosa- en que “yo y la gente que piensa como yo somos los únicos buenos y tenemos siempre la razón; los demás son malos y están equivocados”. En consecuencia, los puedo descalificar sin más. Parece que, en el propio sector y sólo en él, existe la imposibilidad ontológica de hacer el mal, de equivocarse. Tal es la arrogancia, la presución y la soberbia de quienes “protestan” y al mismo tiempo, realizan actos de vandalismo o simplemente cometen crímenes.

La suya es una mirada en blanco y negro, que no distingue matices y que desconoce la existencia del gris. Su lógica consecuencia es el sectarismo. Son semejantes a los maniqueos de la Antigüedad, que “creían que había una eterna lucha entre dos principios opuestos e irreductibles, el Bien y el Mal”[4]. Los que protestan son todos buenos y los que defendemos la institucionalidad, somos totalmente malos. No sé por qué me recuerdan al llamado a la guerra total de Goebbels.

Esta dicotomía maniquea conduce a justificar incluso de la destrucción del “enemigo”[5], que no es considerado un rival, un contendor, sino que pasa a ser un “elemento” al que no reconozco como persona, al que niego su calidad humana.

En un sistema democrático liberal, como el que existe en Chile[6]– el rival político no es nunca mi enemigo, sino sólo una persona que piensa distinto que yo en muchos temas -en otros, pensamos lo mismo- y con el que concurro en las urnas y en la tribuna política para debatir cuál es la mejor solución. La tribuna política por excelencia es el parlamento, el Congreso y no la calle. Las “armas” de la política son la palabra, las estadísticas, las cifras y no los adoquines, ni las molotovs, ni tampoco las barricadas, los sprays o la quema de estaciones del Metro.

Cuando lees en una red social tan inofensiva como Instragram, que chilenos que antes parecían cuerdos y hasta amables y que sólo publicaban fotos de comida, ahora escriben frases tales como “la insurrección es el más sagrado de los derechos y el más indispensabe de los deberes”. Y alguien contesta: “cuando la tiranía es ley, la revolución es orden”. Parece que creen que son actores de alguna serie épica de Netflix.

Ante consignas tan altisonantes, no sé si reírme o llorar. Me temo que los tiempos no están para reírse. Me consuela comprobar que los autores de las frases tienen pocos followers; pero ya se ha visto que no es necesario tener una gran representación, ni muchos seguidores para organizar acciones de vandalismo, ni para lograr hashtags trendys en Twitter. Sólo basta que un sinnúmero de personas reales -las menos-, de trolls y de social bots publiquen un cierto #hashtag a la misma hora. (En Chile, me he dado cuenta que esto ocurre en horas de la madrugada. Probablemente, cuando hay menos gente online y es más fácil conseguir una priorización de un determinado hashtag).

El Partido Comunista chileno tuvo apenas cerca de un 1,2% (elecciones de senadores) ó un 4,5% (elecciones de diputados) de apoyo en las urnas[7]. En realidad, es una vergüenza reconocer, que en Chile aún hay comunistas, dado que el comunismo es, en el mundo civilizado, es una ideología pasada de moda y que más bien se asocia a crueles policías secretas, al Muro de Berlín, a Tschernobyl y a Norcorea. Por otra parte, ninguno de los partidos del Frente Amplio pasa más allá del 3,73% (senado) o 5,7% (diputados)[8]. La primera cifra correponde a los humanistas que creo que no están ni ahí con las manifestaciones violentas. Del resto de los partidos no sé.

A mi modo de ver, en Chile hay demasiados partidos políticos, circunstancia que es un catalizador de inestabilidad y de ingobernabilidad. Sería interesante incorporar a la Constitución una cláusula de barrera de al menos un 5% para establecer un sistema de acuerdo al cual, “únicamente los partidos políticos que hayan obtenido al menos el 5% de los votos válidamente emitidos pueden obtener representación parlamentaria”[9]. Alguien me decía hace poco que él apoyaba las marchas y protestas porque quería una democracia como la alemana para Chile. Ya, por aquí podemos empezar. (Entre paréntesis el artículo 8° que fue derogado era también una copia de la Constitución de Alemania[10]).

Cuando un amigo me cuenta que, como su oficina está “en pleno Paseo Bulnes, como a tres cuadras de la Alameda” y agrega que, manifestantes “casi incendiaron mi auto, le pedí a unos anarquistas que me dejaran irme, y lo hicieron”. ¡Mi amigo tuvo mucha suerte! Otros no la han tenido[11][12]. Pero, ¿puede ser una cuestión de suerte quedar al capricho de gente que decide si quema tu auto o no? ¿Tal vez la próxima vez no será tu auto lo que quemen? Mi amigo quedó sometido a la decisión de un grupo de personas cuya única autoridad es que tienen la fuerza y el poder.

En un estado de derecho no rige la ley del más fuerte, sino que impera la fuerza de la ley. Esta es una de las más valiosas conquistas de la sociedad democrática, donde el estado tiene y ejerce el monopolio de la fuerza y los ciudadanos no necesitan recurrir a la autodefensa porque es el estado quien los protege y defiende sus derechos. Este es un “gran logro civilizatorio de la modernidad, así se logró suprimir la barbarie”[13]. Por esto mismo, los acontecimientos de Reñaca esta semana, en que un grupo de vecinos debió defenderse a sí mismos de los manifestantes, en medio de conjuras contra “los políticos”, es especialmente grave[14].

Me parece que esto es precisamente lo que desean los manifestantes -y es lo que están logrando- debilitar al estado de Chile, socavar las bases del estado en Chile, de su institucionalidad, dejarlo mal parado. Es sintomático que, frente a la casa de una amiga en la comuna de Providencia, manifestantes quemaran una bandera chilena en la calle[15]. Nada que ver con las banderas chilenas de los participantes de la Marcha del Millón, que más bien desfilaban por la paz. Algunos desfilaban por la paz, porque observé que, en esa marcha, cada uno desfilaba por lo que quería y todos por cosas distintas. En ella, cada grupo y cada persona proyectaban sus deseos.

Paradojalmente, las ideas de quienes protestan son estatistas, ya que anhelan la actuación del famoso “papá-estado”; pero al mismo tiempo quieren destruirlo. O tal vez, ¿pretenden destruir el actual estado para reemplazarlo por uno a su pinta? En el estado-substituto sueñan que ellos serán los únicos que decidan y den las órdenes a los demás. De democracia, nada. Puro sectarismo.

Hay gente que vive en pos de una utopía, tras la cual corre descontroladamente, arrasando a su paso y sin piedad todo lo que se les pone por delante: gente, cosas, derechos de los demás, instituciones, personas. Ellos, una minoría escogida o más propiamente autodesignada. Ellos saben más que los demás y, como fuente de la sabiduría, se arrogan el derecho a asumir y a ejercer todos los poderes y a representar la voluntad popular. Más populismo, imposible.

En su extraordinario video, Felipe Berríos nos advertía a comienzos de semana: “en los saltos sin las instituciones ganan los prepotentes, gana la extrema derecha o la extrema izquierda”[16]. Esto es precisamente lo que está pasando en Chile. Existe una creciente polarización que va en aumento y que conduce al extremismo, a que se prefiera un extremo político, ya que se cree que es la única forma de acabar con el caos o con el sistema, dependiendo de si son manifestantes o ciudadanos cansados de tanta violencia. La baja aprobación de la mesurada gestión del gobierno del Presidente Piñera -que habla en todos sus últimos discursos de la humildad y de haber escuchado a la gente- apoya mi tesis.

En suma, en medio de una creciente polarización, la protesta chilena muestra claramente elementos propios del populismo. Lo que puede conducir a la elección de un gobierno de extrema derecha, que una mayoría considere la única respuesta clara al extremismo anarquista de izquierda, que se ha convertido en un verdadero vandalismo. La polarización es el semillero del extremismo y ambos se retroalimentan.

Pienso, sin embargo, que para enfrentar a la extrema izquierda, no se necesita ser de extrema derecha, sino ser un demócrata o una demócrata.


[1] Su tweet de 5 de noviembre: “No se olviden que en Brasil, después de las protestas del 2014, una mayoría terminó votando a Bolsonaro. Nada como  el miedo a que el país se hunda en el caos para hacer subir como la espuma la popularidad de candidatos de extrema derecha”.

[2] @RuizFernandezDJ, el 5 de noviembre.

[3] El Manifiesto Comunista advertía: “Un fantasma recorre Europa: el fantasma del comunismo”. El Manifiesto fue publicado en 1848 en Londres, financiado por el millonario empresario textil alemán, Friedrich Engels.

[5] Sobre la dicomtomía amigo-enemigo en Carl Schmitt (tan presenta en la extrema izquierda latinoamericana, como en la extrema derecha europea) me referí tangencialmente en El nuevo orden según Carl Schmitt

[6] Chile no es ni una democracia iliberal (extremismo de derecha), ni una democracia popular (extremismo de izquierda). Ver mi columna Teillier: “puede que se pierda en el Parlamento, pero no en las calles”

[10] Ver un antiguo artículo de Teodoro Ribera, en Estudio Públicos: ALCANCES Y FINALIDAD DEL ART. 89 DE LA CONSTITUCIÓN POLÍTICA DEL 80, donde explica el concepto de democracia militante o protegida y, sobre todo fójense en el Orden fundamental de libertad y democracia.

[11] Recuerdo que a mi amigo Ricardo Pössel le quemaron el auto en una protesta estudiantil, claro que eso fue bajo un gobierno anterior y en una protesta anterior.

[12] El hermano de la señora que trabaja en la casa de una amiga, no lo tuvo… Ver la primera frase de mi columna La protesta originariamente social y el estado de excepción en Chile

[13] Carlos Peña: En la crisis, fortalecer al Estado, 24 de octubre de 2019.

[15] Por whatsapp, mi amiga me cuenta que, frente a su casa, están “quemando la bandera, después de arrancar el semáforo y robarse los adoquines de la casa del lado para tirárselos a carabineros”. Pueden ver aquí la parte del video en que se ve mejor lo que mi amiga describe.

Teillier: “puede que se pierda en el Parlamento, pero no en las calles”

Esta semana, alguien escribía en Twitter “pensamos que el voto es la manera democrática de elegir a nuestros líderes que manejan al país”[1]. Exacto, este es el quid, es la esencia de la democracia liberal representativa, como la conocemos en el mundo civilizado y la vivimos en los países democráticos.

Últimamente, alguien ha hablado de una “democracia iliberal”, término que me recuerda a la llamada “democracia popular” de antaño, a la que, sin duda, se parece demasiado.

El voto, las elecciones periódicas, libres e informadas son la única manera de elegir a los representantes del pueblo. Antiguamente, se llamaba sediciosos a quienes se arrogaran la representación popular sin haber sido elegidos democráticamente.

Da lo mismo que “el pueblo se equivoque”, yo estoy obligada a respetar la decisión mayoritaria. Eso sí, siempre respetando la opinión de la minoría. Se puede decir que, en la democracia, a la minoría la tratamos con cariño y empatía.

En prácticamente todos los sistemas democráticos, existen mecanismos para que las minorías sean plenamente respetadas y tengan representación parlamentaria. El conocido “The winner takes it all” es un procedimiento muy antiguo, de los primeros tiempos del parlamentarismo y está en retroceso.

En algunas elecciones ganan los unos, en las otras, ganan los otros. En Chile, por ej., durante los últimos treinta años, 25 de ellos han gobernado sectores de izquierda y sólo cinco, lo han hecho los de la derecha[2]. Quiénes se quejan tanto de que las cosas andan mal, deberían recordar esta circunstancia antes de culpar de todo el gobierno que asumió hace un año. En el país, ha habido alternancla en el poder que es condición sine qua non de la democracia[3].

Gobernantes que se eternizan en el poder, de los que vemos algunos ejemplos en la Región (Bolivia, Venezuela) son cualquier cosa, menos gobiernos democráticos. Familias que se eternizan en el poder (como en Argentina) se hallan al borde de la demagogia, que es lo contrario de la democracia.

La Constitución señala acertadamente en sus artículos 4 y 5 inciso 1°:

Artículo 4°. Chile es una república democrática.

Artículo 5°. La soberanía reside esencialmente en la Nación. Su ejercicio se realiza por el pueblo a través del plebiscito y de elecciones periódicas y, también, por las autoridades que esta Constitución establece. Ningún sector del pueblo ni individuo alguno puede atribuirse su ejercicio.

Sí, “el voto es la manera democrática de elegir”, tanto en elecciones, como en plebiscitos. Los representantes del pueblo se eligen en elecciones libres, pacíficas e informadas, como ocurre en Chile. Me puede gustar o no el candidato o la candidata ganadora; pero independientemente de ello, tengo que aceptar su triunfo, reconocerlo y felicitarlo/a.

Cuando el presidente del Partido Comunista chileno Guillermo Teillier[4] asegura que ante el eventual fracaso de una por él planeada acusación constitucional contra Piñera, “puede que se pierda en el Parlamento, pero no en las calles”, se coloca claramente fuera del estado de derecho y con ello, fuera del sistema democrático de gobierno.

Asimismo, el pueblo que enfrenta al parlamento es un tópico propio del populismo actual, de extrema derecha y de extrema izquierda. El populismo es una lacra que acaba por destruir la democracia si no se lo para a tiempo.

La lucha callejera no es, de ninguna manera, el lugar donde se elige quien representa al pueblo. Es más, quienes salen a las calles a destruir, a quemar, a golpear a otras personas, nunca pueden ser representantes del pueblo.

Es en las elecciones donde se determina hacia donde va el país, hacia donde se dirige la sociedad. Las elecciones y nunca la violencia, sea violencia callejera o de otro tipo. Saqueos, quemas, barricadas, etc. Pero parece que hay gente que cree que vivimos en 1917 y en Rusia.

En estos días, un usuario de Twitter me decía que algo así como que los grandes cambios sociales se produjeron en la historia mediante la violencia, las barricadas, el terror. Es cierto que en las revoluciones de los siglos 18 y 19 hubo gran violencia; pero también es cierto que los cambios se produjeron más bien a través, del pensamiento, de los libros, de los diarios, de los afiches, en otras palabras, del pensamiento, de la Ilustración. 

Las revoluciones de fines del siglo 20, contra los regímenes comunistas fueron pacíficas, como corresponde al nivel de desarrollo intelectual de la sociedad de hoy.

Sólo el estado tiene el monopolio de la fuerza y lo ejerce de acuerdo a derecho. A este punto me referí explícitamente en mi columna de la semana pasada[5]. Este es el quid, la esencia del estado de derecho que, a su vez, pertenece a la esencia o el quid de la democracia.

No queremos volver a la época de las cavernas donde no se conocía el imperio de la ley, sino la ley del más fuerte, del que peleaba mejor. Podemos decir sin temor a equivocarnos que una supuesta democracia sin estado de derecho no es democracia.

Pero en la sistemática del partido comunista, Teillier tiene razón: la lucha debe seguir hasta que el proletariado conquiste el poder. Conquista que se efectúa por cualquier medio: a través de la vía electoral (que curiosamente se conoce como “la vía chilena”) o de la vía armada, de la revolución. En este punto, Stalin es un buen ejemplo.

Finalmente, sólo puedo decir que, cuando algunos se consideran a sí mismos, como los únicos representantes del pueblo, pese a que su partido apenas llegó al 5%[6] en las últimas elecciones parlamentarias, hay algo que no me cuadra.

A mi modo de ver, arrogarse la facultad de representar al pueblo al tiempo que se la niega a quienes realmente han sido elegidos tiene un nombre muy simple: populismo.

Llamar a luchar en las calles, aunque se haya perdido en el Parlamento tiene otro nombre muy simple: extremismo.


[1] M. Soledad Brito @choibrito Su tweet

[4] Bien atrasado está Chile todavía con un partido comunista… El comunismo pasó hace mucho tiempo de moda. Está totalmente passé. Tengo que confesar que, me causa bastante vergüenza reconocer, frente a mis amigos extranjeros, que en Chile aún hay un partido comunista, algo totalmente arcaico, anticuado, pasado de moda, sobrepasado por la historia.

Todas las rubias votaron / votamos por Piñera – El voto rubio en Chile

Una diputada comunista (sí, Chile es tan anticuado que aún existe el Partido Comunista) dijo algo así como “Vi en Recoleta una cantidad de personas que no había visto nunca, de pelo muy rubio”[1], con lo que ella explicaría el triunfo del candidato que no era el suyo -ya que ella era jefa de campaña de Alejandro Guillier- por el “voto rubio”. “Güerito” le llamarían en México.

De partida y antes que nada, tengo que confesar que yo no soy rubia y que voté por Piñera (aunque no soy su incondicional: en la primera vuelta, había votado por Felipe Kast, me gusta Evopoli, sobre todo por su compromiso social). Por eso, decidi cambiar mi foto de perfil en Facebook, por una foto mía con peluca rubia. (Esta foto con peluca rubia, la tomé para mis viajes al Este de Alemania[2], por si acaso me veo enfrentada a gente de extrema derecha).

Yo no sé si puede haber algo más absurdo y más bajo que sostener que la gente que no es rubia -así como yo, que tengo el pelo negro- vota o tiene que votar por el candidato contrario a Piñera… Más aún si Sebastián Piñera -que ahora tiene el pelo blanco- si mal no recuerdo, también tenía el pelo negro[3].

Todo esto es aún más ridículo, si se considera que la misma señora del candidato Alejandro Guillier, de la que Cariola era su jefa de campaña, tiene el pelo castaño bien claro… Tanto que, en Chile, pasar por rubia. Vean su foto para convencerse. Y eso qué importa! Nada! Esto es del “voto rubio” es más que simplemente un “estereotipo tonto”[4], es una estupidez.

Yo creo que da exactamente lo mismo el color de pelo, de ojos, de piel, de… de no sé qué que tenga una persona… En el siglo 21 somos libres de votar por quién queramos y nadie tiene derecho -ni a priori, ni a posteriori- por desprestigiarnos, discriminarnos, a hablar mal de nosotros por el tema de nuestra apariencia física.

En Europa, la no discriminación, el no al racismo son banderas de la izquierda. En Chile -el mundo al revés- parece que es la izquierda -anticuada y pechoña- la que está a favor del prejuicio y de la discriminación absurda y sin sentido. 

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[2] Al territorio de la antigua República “democrática” alemana.