La polarización es el semillero del extremismo

Sin duda, las manifestaciones y disturbios que han tenido lugar en noviembre de 2019 van a ser objeto de análisis, de controversia y de diferentes interpretaciones durante mucho tiempo. Me gustaría abordar en esta ocasión un aspecto que me parece ser omnipresente, tanto en la protesta como en la contraprotesta: la polarización y el consiguiente populismo.

Sostengo la tesis que la violencia reiterada, persistente y exhaustante puede fácilmente pavimentar el camino a la elección de un presidente de extrema derecha. Patricio Navia se refiere acertadamente al caso de Brasil en que “ después de las protestas del 2014, una mayoría terminó votando a Bolsonaro”[1]. En este misma línea y no con menos razón, Marcelo Ruiz comenta: “El movimiento estudiantil del 2014 termino liquidado por el vandalismo y la violencia desatada. Lo mismo ocurrirá con las demandas sociales, que quedarán sumergidas por los saqueos y las destrucción urbana. Además, es la pavimentación a Kast”[2].

No se puede negar que en Chile, tendríamos potenciales candidatos de extrema derecha o bien, de candidatos que serían apoyados por la extrema derecha. A ello y no a otra parte, puede llevar la extrema polarización actual. Con ello, Chile se enfilaría entre los países que han sucumbido a la tentación del populismo de extrema derecha, tales como Filipinas, Brasil, Hungría y algún otro… Sí, malos ejemplos a seguir hay hoy en día, muchos en el mundo. Se puede decir que un fantasma recurre hoy el mundo: el fantasma del populismo[3].

Sí, esa creencia cuasi religiosa -o religiosa- en que “yo y la gente que piensa como yo somos los únicos buenos y tenemos siempre la razón; los demás son malos y están equivocados”. En consecuencia, los puedo descalificar sin más. Parece que, en el propio sector y sólo en él, existe la imposibilidad ontológica de hacer el mal, de equivocarse. Tal es la arrogancia, la presución y la soberbia de quienes “protestan” y al mismo tiempo, realizan actos de vandalismo o simplemente cometen crímenes.

La suya es una mirada en blanco y negro, que no distingue matices y que desconoce la existencia del gris. Su lógica consecuencia es el sectarismo. Son semejantes a los maniqueos de la Antigüedad, que “creían que había una eterna lucha entre dos principios opuestos e irreductibles, el Bien y el Mal”[4]. Los que protestan son todos buenos y los que defendemos la institucionalidad, somos totalmente malos. No sé por qué me recuerdan al llamado a la guerra total de Goebbels.

Esta dicotomía maniquea conduce a justificar incluso de la destrucción del “enemigo”[5], que no es considerado un rival, un contendor, sino que pasa a ser un “elemento” al que no reconozco como persona, al que niego su calidad humana.

En un sistema democrático liberal, como el que existe en Chile[6]– el rival político no es nunca mi enemigo, sino sólo una persona que piensa distinto que yo en muchos temas -en otros, pensamos lo mismo- y con el que concurro en las urnas y en la tribuna política para debatir cuál es la mejor solución. La tribuna política por excelencia es el parlamento, el Congreso y no la calle. Las “armas” de la política son la palabra, las estadísticas, las cifras y no los adoquines, ni las molotovs, ni tampoco las barricadas, los sprays o la quema de estaciones del Metro.

Cuando lees en una red social tan inofensiva como Instragram, que chilenos que antes parecían cuerdos y hasta amables y que sólo publicaban fotos de comida, ahora escriben frases tales como “la insurrección es el más sagrado de los derechos y el más indispensabe de los deberes”. Y alguien contesta: “cuando la tiranía es ley, la revolución es orden”. Parece que creen que son actores de alguna serie épica de Netflix.

Ante consignas tan altisonantes, no sé si reírme o llorar. Me temo que los tiempos no están para reírse. Me consuela comprobar que los autores de las frases tienen pocos followers; pero ya se ha visto que no es necesario tener una gran representación, ni muchos seguidores para organizar acciones de vandalismo, ni para lograr hashtags trendys en Twitter. Sólo basta que un sinnúmero de personas reales -las menos-, de trolls y de social bots publiquen un cierto #hashtag a la misma hora. (En Chile, me he dado cuenta que esto ocurre en horas de la madrugada. Probablemente, cuando hay menos gente online y es más fácil conseguir una priorización de un determinado hashtag).

El Partido Comunista chileno tuvo apenas cerca de un 1,2% (elecciones de senadores) ó un 4,5% (elecciones de diputados) de apoyo en las urnas[7]. En realidad, es una vergüenza reconocer, que en Chile aún hay comunistas, dado que el comunismo es, en el mundo civilizado, es una ideología pasada de moda y que más bien se asocia a crueles policías secretas, al Muro de Berlín, a Tschernobyl y a Norcorea. Por otra parte, ninguno de los partidos del Frente Amplio pasa más allá del 3,73% (senado) o 5,7% (diputados)[8]. La primera cifra correponde a los humanistas que creo que no están ni ahí con las manifestaciones violentas. Del resto de los partidos no sé.

A mi modo de ver, en Chile hay demasiados partidos políticos, circunstancia que es un catalizador de inestabilidad y de ingobernabilidad. Sería interesante incorporar a la Constitución una cláusula de barrera de al menos un 5% para establecer un sistema de acuerdo al cual, “únicamente los partidos políticos que hayan obtenido al menos el 5% de los votos válidamente emitidos pueden obtener representación parlamentaria”[9]. Alguien me decía hace poco que él apoyaba las marchas y protestas porque quería una democracia como la alemana para Chile. Ya, por aquí podemos empezar. (Entre paréntesis el artículo 8° que fue derogado era también una copia de la Constitución de Alemania[10]).

Cuando un amigo me cuenta que, como su oficina está “en pleno Paseo Bulnes, como a tres cuadras de la Alameda” y agrega que, manifestantes “casi incendiaron mi auto, le pedí a unos anarquistas que me dejaran irme, y lo hicieron”. ¡Mi amigo tuvo mucha suerte! Otros no la han tenido[11][12]. Pero, ¿puede ser una cuestión de suerte quedar al capricho de gente que decide si quema tu auto o no? ¿Tal vez la próxima vez no será tu auto lo que quemen? Mi amigo quedó sometido a la decisión de un grupo de personas cuya única autoridad es que tienen la fuerza y el poder.

En un estado de derecho no rige la ley del más fuerte, sino que impera la fuerza de la ley. Esta es una de las más valiosas conquistas de la sociedad democrática, donde el estado tiene y ejerce el monopolio de la fuerza y los ciudadanos no necesitan recurrir a la autodefensa porque es el estado quien los protege y defiende sus derechos. Este es un “gran logro civilizatorio de la modernidad, así se logró suprimir la barbarie”[13]. Por esto mismo, los acontecimientos de Reñaca esta semana, en que un grupo de vecinos debió defenderse a sí mismos de los manifestantes, en medio de conjuras contra “los políticos”, es especialmente grave[14].

Me parece que esto es precisamente lo que desean los manifestantes -y es lo que están logrando- debilitar al estado de Chile, socavar las bases del estado en Chile, de su institucionalidad, dejarlo mal parado. Es sintomático que, frente a la casa de una amiga en la comuna de Providencia, manifestantes quemaran una bandera chilena en la calle[15]. Nada que ver con las banderas chilenas de los participantes de la Marcha del Millón, que más bien desfilaban por la paz. Algunos desfilaban por la paz, porque observé que, en esa marcha, cada uno desfilaba por lo que quería y todos por cosas distintas. En ella, cada grupo y cada persona proyectaban sus deseos.

Paradojalmente, las ideas de quienes protestan son estatistas, ya que anhelan la actuación del famoso “papá-estado”; pero al mismo tiempo quieren destruirlo. O tal vez, ¿pretenden destruir el actual estado para reemplazarlo por uno a su pinta? En el estado-substituto sueñan que ellos serán los únicos que decidan y den las órdenes a los demás. De democracia, nada. Puro sectarismo.

Hay gente que vive en pos de una utopía, tras la cual corre descontroladamente, arrasando a su paso y sin piedad todo lo que se les pone por delante: gente, cosas, derechos de los demás, instituciones, personas. Ellos, una minoría escogida o más propiamente autodesignada. Ellos saben más que los demás y, como fuente de la sabiduría, se arrogan el derecho a asumir y a ejercer todos los poderes y a representar la voluntad popular. Más populismo, imposible.

En su extraordinario video, Felipe Berríos nos advertía a comienzos de semana: “en los saltos sin las instituciones ganan los prepotentes, gana la extrema derecha o la extrema izquierda”[16]. Esto es precisamente lo que está pasando en Chile. Existe una creciente polarización que va en aumento y que conduce al extremismo, a que se prefiera un extremo político, ya que se cree que es la única forma de acabar con el caos o con el sistema, dependiendo de si son manifestantes o ciudadanos cansados de tanta violencia. La baja aprobación de la mesurada gestión del gobierno del Presidente Piñera -que habla en todos sus últimos discursos de la humildad y de haber escuchado a la gente- apoya mi tesis.

En suma, en medio de una creciente polarización, la protesta chilena muestra claramente elementos propios del populismo. Lo que puede conducir a la elección de un gobierno de extrema derecha, que una mayoría considere la única respuesta clara al extremismo anarquista de izquierda, que se ha convertido en un verdadero vandalismo. La polarización es el semillero del extremismo y ambos se retroalimentan.

Pienso, sin embargo, que para enfrentar a la extrema izquierda, no se necesita ser de extrema derecha, sino ser un demócrata o una demócrata.


[1] Su tweet de 5 de noviembre: “No se olviden que en Brasil, después de las protestas del 2014, una mayoría terminó votando a Bolsonaro. Nada como  el miedo a que el país se hunda en el caos para hacer subir como la espuma la popularidad de candidatos de extrema derecha”.

[2] @RuizFernandezDJ, el 5 de noviembre.

[3] El Manifiesto Comunista advertía: “Un fantasma recorre Europa: el fantasma del comunismo”. El Manifiesto fue publicado en 1848 en Londres, financiado por el millonario empresario textil alemán, Friedrich Engels.

[5] Sobre la dicomtomía amigo-enemigo en Carl Schmitt (tan presenta en la extrema izquierda latinoamericana, como en la extrema derecha europea) me referí tangencialmente en El nuevo orden según Carl Schmitt

[6] Chile no es ni una democracia iliberal (extremismo de derecha), ni una democracia popular (extremismo de izquierda). Ver mi columna Teillier: “puede que se pierda en el Parlamento, pero no en las calles”

[10] Ver un antiguo artículo de Teodoro Ribera, en Estudio Públicos: ALCANCES Y FINALIDAD DEL ART. 89 DE LA CONSTITUCIÓN POLÍTICA DEL 80, donde explica el concepto de democracia militante o protegida y, sobre todo fójense en el Orden fundamental de libertad y democracia.

[11] Recuerdo que a mi amigo Ricardo Pössel le quemaron el auto en una protesta estudiantil, claro que eso fue bajo un gobierno anterior y en una protesta anterior.

[12] El hermano de la señora que trabaja en la casa de una amiga, no lo tuvo… Ver la primera frase de mi columna La protesta originariamente social y el estado de excepción en Chile

[13] Carlos Peña: En la crisis, fortalecer al Estado, 24 de octubre de 2019.

[15] Por whatsapp, mi amiga me cuenta que, frente a su casa, están “quemando la bandera, después de arrancar el semáforo y robarse los adoquines de la casa del lado para tirárselos a carabineros”. Pueden ver aquí la parte del video en que se ve mejor lo que mi amiga describe.

“…en los saltos sin las instituciones ganan los prepotentes, gana la extrema derecha o la extrema izquierda”

Escribo este artículo impactada por las imágenes de las dos carabineras quemándose debido de una bomba lanzada por un manifestante. Y lo peor son las “opiniones” en redes sociales, sarcásticas y carentes absolutamente de empatía que dicen que todo es un montaje… O que los carabineros se lo merecen o frases por el estilo.

Sin duda, para algunos personas, Carabineros representa al estado, al estado de derecho y a las instituciones. Todo eso que ellos detestan y que ha servido para que -no sin razón- sean calificados como anarquistas. “Para el anarquismo toda institución resulta insoportable, opresiva, de modo que la libertad sólo se alcanza en la lucha contra las instituciones”. Y es una lucha de suma cero, en que si yo gano, el otro pierde y viceversa; no es posible la cooperación. “Para el anarquismo toda institución resulta insoportable, opresiva, de modo que la libertad sólo se alcanza en la lucha contra las instituciones”[1].

Pareciera que las normas más fundamentales de convivencia humana se destruyeran poco a poco en Chile. Sé que es una minoría; pero es una minoría que se hace sentir. Que se apropia de las redes sociales y que toma la calle. Esta minoría, pareciera tener más tiempo que los demás, o más entusiasmo y estar más comprometida, comprometida en la lucha. En otras palabras, pareciera ser un sector más fanático. O simplemente ser un sector minoritario, pero fanático.

Pienso que “la lucha callejera no es, de ninguna manera, el lugar donde se elige a quien representa al pueblo. Quienes salen a las calles a destruir, a quemar, a golpear a otras personas, nunca pueden ser representantes del pueblo”[2], escribía la semana pasada. Hoy tengo que agregar, quienes salen a quemar a otras personas… Me pregunto si el joven que lanzo la Molotov siente hoy algún tipo de remordimiento, si está un poco arrepentido. O si su acción es celebrada, glorificada por sus compañeros en la lucha contra las instituciones.

En medio de este tumulto, emerge la voz ecuánime y pacificadora del jesuita Felipe Berrios que, en su mensaje No destruyamos nuestras instituciones, cuidemos nuestra democracia[3], señala que “las instituciones, por más débiles que sean, son la protección al más débil y el freno al prepotente”.

Si alguien quiere cambiar algo[4], “hay que hacerlo a través del sistema político que tenemos”. Aclara: “a través de los alcaldes que tenemos”, “de los senadores y diputados. “Yo he escuchado voces: que renuncie el presidente de la república. Te guste o no te guste, es el presidente que escogimos los chilenos y a través de él tenemos que ver el cambio. Pero no nos engañemos, que en los saltos sin las instituciones ganan los prepotentes, gana la extrema derecha o la extrema izquierda”.

“A mi modo de ver, arrogarse la facultad de representar al pueblo al tiempo que se la niega a quienes realmente han sido elegidos tiene un nombre muy simple: populismo”[5]. La protesta chilena, tanto la violenta como la pacífica, tienen fuertes elementos populistas. Lo que veo hoy en Chile me hace pensar en Europa de los años 1930, cuando grupos fascistas comenzaron a dominar la calle. Eran pocos, pero fueron muy eficientes. Los países cayeron uno a uno bajo la dominación totalitaria.


[3] En El Mostrador, con subtítulos.

[4] Muchos de nosotros queremos cambiar mucho, ver mi columna La protesta originariamente social y el estado de excepción en Chile

Teillier: “puede que se pierda en el Parlamento, pero no en las calles”

Esta semana, alguien escribía en Twitter “pensamos que el voto es la manera democrática de elegir a nuestros líderes que manejan al país”[1]. Exacto, este es el quid, es la esencia de la democracia liberal representativa, como la conocemos en el mundo civilizado y la vivimos en los países democráticos.

Últimamente, alguien ha hablado de una “democracia iliberal”, término que me recuerda a la llamada “democracia popular” de antaño, a la que, sin duda, se parece demasiado.

El voto, las elecciones periódicas, libres e informadas son la única manera de elegir a los representantes del pueblo. Antiguamente, se llamaba sediciosos a quienes se arrogaran la representación popular sin haber sido elegidos democráticamente.

Da lo mismo que “el pueblo se equivoque”, yo estoy obligada a respetar la decisión mayoritaria. Eso sí, siempre respetando la opinión de la minoría. Se puede decir que, en la democracia, a la minoría la tratamos con cariño y empatía.

En prácticamente todos los sistemas democráticos, existen mecanismos para que las minorías sean plenamente respetadas y tengan representación parlamentaria. El conocido “The winner takes it all” es un procedimiento muy antiguo, de los primeros tiempos del parlamentarismo y está en retroceso.

En algunas elecciones ganan los unos, en las otras, ganan los otros. En Chile, por ej., durante los últimos treinta años, 25 de ellos han gobernado sectores de izquierda y sólo cinco, lo han hecho los de la derecha[2]. Quiénes se quejan tanto de que las cosas andan mal, deberían recordar esta circunstancia antes de culpar de todo el gobierno que asumió hace un año. En el país, ha habido alternancla en el poder que es condición sine qua non de la democracia[3].

Gobernantes que se eternizan en el poder, de los que vemos algunos ejemplos en la Región (Bolivia, Venezuela) son cualquier cosa, menos gobiernos democráticos. Familias que se eternizan en el poder (como en Argentina) se hallan al borde de la demagogia, que es lo contrario de la democracia.

La Constitución señala acertadamente en sus artículos 4 y 5 inciso 1°:

Artículo 4°. Chile es una república democrática.

Artículo 5°. La soberanía reside esencialmente en la Nación. Su ejercicio se realiza por el pueblo a través del plebiscito y de elecciones periódicas y, también, por las autoridades que esta Constitución establece. Ningún sector del pueblo ni individuo alguno puede atribuirse su ejercicio.

Sí, “el voto es la manera democrática de elegir”, tanto en elecciones, como en plebiscitos. Los representantes del pueblo se eligen en elecciones libres, pacíficas e informadas, como ocurre en Chile. Me puede gustar o no el candidato o la candidata ganadora; pero independientemente de ello, tengo que aceptar su triunfo, reconocerlo y felicitarlo/a.

Cuando el presidente del Partido Comunista chileno Guillermo Teillier[4] asegura que ante el eventual fracaso de una por él planeada acusación constitucional contra Piñera, “puede que se pierda en el Parlamento, pero no en las calles”, se coloca claramente fuera del estado de derecho y con ello, fuera del sistema democrático de gobierno.

Asimismo, el pueblo que enfrenta al parlamento es un tópico propio del populismo actual, de extrema derecha y de extrema izquierda. El populismo es una lacra que acaba por destruir la democracia si no se lo para a tiempo.

La lucha callejera no es, de ninguna manera, el lugar donde se elige quien representa al pueblo. Es más, quienes salen a las calles a destruir, a quemar, a golpear a otras personas, nunca pueden ser representantes del pueblo.

Es en las elecciones donde se determina hacia donde va el país, hacia donde se dirige la sociedad. Las elecciones y nunca la violencia, sea violencia callejera o de otro tipo. Saqueos, quemas, barricadas, etc. Pero parece que hay gente que cree que vivimos en 1917 y en Rusia.

En estos días, un usuario de Twitter me decía que algo así como que los grandes cambios sociales se produjeron en la historia mediante la violencia, las barricadas, el terror. Es cierto que en las revoluciones de los siglos 18 y 19 hubo gran violencia; pero también es cierto que los cambios se produjeron más bien a través, del pensamiento, de los libros, de los diarios, de los afiches, en otras palabras, del pensamiento, de la Ilustración. 

Las revoluciones de fines del siglo 20, contra los regímenes comunistas fueron pacíficas, como corresponde al nivel de desarrollo intelectual de la sociedad de hoy.

Sólo el estado tiene el monopolio de la fuerza y lo ejerce de acuerdo a derecho. A este punto me referí explícitamente en mi columna de la semana pasada[5]. Este es el quid, la esencia del estado de derecho que, a su vez, pertenece a la esencia o el quid de la democracia.

No queremos volver a la época de las cavernas donde no se conocía el imperio de la ley, sino la ley del más fuerte, del que peleaba mejor. Podemos decir sin temor a equivocarnos que una supuesta democracia sin estado de derecho no es democracia.

Pero en la sistemática del partido comunista, Teillier tiene razón: la lucha debe seguir hasta que el proletariado conquiste el poder. Conquista que se efectúa por cualquier medio: a través de la vía electoral (que curiosamente se conoce como “la vía chilena”) o de la vía armada, de la revolución. En este punto, Stalin es un buen ejemplo.

Finalmente, sólo puedo decir que, cuando algunos se consideran a sí mismos, como los únicos representantes del pueblo, pese a que su partido apenas llegó al 5%[6] en las últimas elecciones parlamentarias, hay algo que no me cuadra.

A mi modo de ver, arrogarse la facultad de representar al pueblo al tiempo que se la niega a quienes realmente han sido elegidos tiene un nombre muy simple: populismo.

Llamar a luchar en las calles, aunque se haya perdido en el Parlamento tiene otro nombre muy simple: extremismo.


[1] M. Soledad Brito @choibrito Su tweet

[4] Bien atrasado está Chile todavía con un partido comunista… El comunismo pasó hace mucho tiempo de moda. Está totalmente passé. Tengo que confesar que, me causa bastante vergüenza reconocer, frente a mis amigos extranjeros, que en Chile aún hay un partido comunista, algo totalmente arcaico, anticuado, pasado de moda, sobrepasado por la historia.

La protesta originariamente social y el estado de excepción en Chile

Dedico este artículo a un joven de San Bernardo que perdió su vida -fue asesinado- por personas que saqueaban su almacén. Y que es cercano a la familia de una querida amiga.

La revista alemana Spiegel comentaba esta semana que nos sorprende lo que pasa actualmente en Chile, hasta ahora el mejor alumno o el primero de la clase en Hispanoamérica[1]. Me gustaría expresar algunas ideas acerca de cómo veo yo el problema de la protesta en Chile 2019.

Hay que considerar que “Chile posee la renta per cápita más elevada de América Latina​ y pertenece a la categoría de países de ingresos altos según el Banco Mundial”[2]. El problema chileno no es de falta de crecimiento, sino de distribución o más bien de redistribución de la riqueza. A mi modo de ver, un conflicto típico en países que van creciendo.

Estamos frente a una protesta social o inicialmente social. Este fue su detonante y nadie la veía venir tan pronto, al menos, no con esta intensidad y violencia. La desigualdad económica es en Chile un tema preocupante. Cada país con gran desigualdad es un país que camina al borde del abismo, esto, independientemente de otros indicadores socioeconómicos positivos.

De este problema chileno advierte la OECD desde hace años. Un país con gran desigualdad no sólo presenta estadísticas de criminalidad más altas, sino que también es caldo de cultivo de disturbios sociales.

Chile es un país cuya economía ha crecido muy rápidamente. Donde el éxito ha coronado muchas cabezas. Lo que es encomiable, meritorio y hay que celebrarlo. Sin embargo, esto ha llevado a aumentar la desigualdad, ya que algunos han visto coronados sus esfuerzos por el éxito y otros no.

Muchos han quedado en el camino: los ancianos, los poco calificados y quienes han tenido mala suerte o no han podido o no han sabido aprovechar las oportunidades. O tal vez han tenido otras prioridades muy legítimas y han escogido otras alternativas que no conducen necesariamente al éxito económico. Pienso que personas que cuidan a familiares enfermos, a mamás o papás que cuidan a sus hijos, en artistas, en científicos, en deportistas, en religiosos y religiosas…

El éxito no es sólo económico, hay muchas personas económicamente pobres; pero muy exitosas. Hace pocas semanas inauguraron en La Reina -mi comuna- una estatua homenaje a Violeta Parra, pienso en una persona exitosa como ella. Pienso en los científicos chilenos, algunos de ellos co-autores de descubrimientos tan trascendentales como la expansión acelerada del universo; pero de ninguna manera multimillonarios.

Pero desde el punto de vista únicamente económico, el problema no es que muchos hayan logrado el éxito material y que ganen mucho dinero. El problema es que muchos ganan muy poco. Y en la sociedad chilena -como en muchas otras- el éxito ha empezado a medirse únicamente por la cantidad de plata de que dispones. Para mí, eso es un espejismo.

También yo iría a protestar pacíficamente en contra de la desigualdad económica. Como muchas otras personas, soy partidaria de un estado social, lo que, de ninguna manera contradice la economía social de mercado, que no sólo es el sistema más eficiente, sino también el más justo. Pero la economía no es sólo economía de mercado, sino que es economía social de mercado[3].

Las acciones de protesta, las manifestaciones comenzaron siendo una protesta netamente social, que muy pronto se desbordó y se descontroló. La consecuencia fueron saqueos e incendios, robos, agresiones, heridos y hasta muertos. De pacífica, no le quedó nada, ni siquiera el nombre.

Fue un poco como lo que ocurrió en Francia con las chaquetas amarillas que empezaron reclamando por el alza del precio del diesel -en Chile, del alza los boletos del Metro- y acabaron en un movimiento en que se unieron extremistas de derecha y extremistas de izquierda, en una alianza insana y deletérea que se hace cada vez más común en el mundo occidental. Entre paréntesis, el elemento de emulación no se puede dejar de lado en Chile, donde amplios sectores de la población viven mirando en internet lo que pasa en el sur de Europa. La rabia y la indignación no son buenas consejeras, ni en Sudeuropa, ni en Chile.

El derecho a a manifestarse en forma pacífica es un derecho importantísimo e irrenunciable en una democracia liberal representativa. Como me comenta una amiga con respecto a las protestas: “el problema es que parten bien; pero luego llegan los encapuchados”[4].

El estado tiene que garantizar la seguridad de quienes participan en manifestaciones, las que siempre deben atenerse a la ley y respetar el orden público. Las manifestaciones violentas son -sin excepción- absolutamente inadmisibles y contrarias a derecho. El estado debe impedir y castigar la violencia en las manifestaciones y garantizar que éstas se realicen en paz. Esta es una exigencia irrenunciable del estado de derecho.Dedico este artículo a un joven de San Bernardo que perdió su vida -fue asesinado- por personas que saqueaban su almacén

Sin duda, protestas violentas, con “lanzapiedras”[5] y saqueos no sólo no ayudan en nada a la población, sino que la perjudican. Especialmente a la gente más pobre de la que dicen representar. La gente pobre, los ancianos quedan desprotegidos y al amparo de bandas de maleantes. No dudo que haya gente realmente solidaria y bien intencionada entre quienes protestan. Me gustaría que no se dejaran utilizar. Así no se ayuda efectivamente a los más pobres. Así no se supera la desigualdad. Más bien, parece que, con la violencia, la desigualdad aumentara.

Especialmente grave me parece el incendio del edificio de El Mercurio de Valparaíso, el diario más antiguo de habla hispana que aún existe, lo que es un orgullo para Chile. La libertad de prensa es uno de los valores más importantes y emblemáticos de toda sociedad libre y democrática. El hecho de que, precisamente un medio de comunicación antiguo, prestigioso y como tal, emblemático, haya sido incendiado por los manifestantes es gravísmo. Y nos dice mucho acerca del rumbo que ha tomado la protesta en Chile que de social, poco y nada le va quedando.

En este escenario, lo más sensato que puede hacer un gobierno es decretar el estado de excepción. En Santiago[6] y luego en otras ciudades. La Constitución política establece que, en caso de una grave alteración del orden público o de grave daño para la seguridad nacional, el presidente de la República podrá declarar el estado de emergencia, para las zonas afectadas. Zonas que empezaron con Santiago y se han extendido a otras ciudades. La emergencia se extiende por un periodo de tiempo, en principio de 15 días, prorrogable bajo ciertas condiciones.

De acuerdo al art. 42 de la Constitución, “declarado el estado de emergencia, las zonas respectivas quedarán bajo la dependencia inmediata del Jefe de la Defensa Nacional que designe el Presidente de la República. Este asumirá la dirección y supervigilancia de su jurisdicción con las atribuciones y deberes que la ley señale”. Esta es la razón por la cual, “los militares salieron a la calle”: para velar por el orden público.

Lo normal es que las fuerzas de orden, esto es, Carabineros, sean los garantes, los guardianes del orden público, que protejan a los ciudadanos, la paz en las ciudades, el resguardo de la convivencia pacífica. Pero, cuando la situación se descontrola -lo que no es lo normal, por eso el estado de excepción constitucional es, como lo dice su nombre, una excepción[7]– se recurre a las fuerzas armadas para que contribuyan a mantener el orden público, esencial para una convivencia pacífica y libre de violencia.

No es lo normal, es la excepción. La finalidad del estado de excepción -que siempre es temporal- es el retorno a la normalidad. Incluso, dentro de la excepción, el estado tiene el deber de respetar los derechos fundamentales, entre ellos el derecho a manifestarse. De esto son una buena muestra las manifestaciones realizadas en sectores acomodados de Santiago (como las de Vitacura y de Plaza Ñuñoa). Sus hashtags #noestamos en guerra y #elamoresmásfuerte son representativos de un público pacífico. O bien cuecazos en diferentes esquinas de ciudades chilenas, de día y con protección policial.

El estado de derecho tiene el deber de defenderse. Tiene que defenderse. La sociedad se defiende a través del derecho. El imperio de la ley prevalece sobre la violación masiva del orden jurídico. Evidentemente, las fuerzas armadas están igualmente sujetas a la ley durante sus patrullajes y sus actuaciones, en resguardo del orden público y quedan sujetas al eventual dictamen de los tribunales de justicia. Todo abuso de poder tiene que ser castigado. Asimismo, los delitos cometidos por encapuchados, saqueadores o ladrones, que se aprovechan de la situación, no pueden quedar impune.

Las fuerzas armadas no realizan normalmente labores de policía. Por eso, no es lo normal que salgan a la calle y es siempre algo arriesgado. Se puede decir que las fuerzas armadas “ayudan” a Carabineros en una situación excepcional. Esto existe en todos los ordenamientos jurídicos de los países civilizados e incluso, en algunos se habla de una “asistencia administrativa” de las fuerzas armadas en beneficio de las policiales. Aunque no es exactamente el caso en el derecho chileno.

Me parece que es una falsedad -y un gran sarcasmo- sostener que los saqueos se produjeron debido a la presencia de los militares en las calles. Asegurar que, si ciertos manifestantes ven a militares, automáticamente empiezan saquear negocios… no sé si es sarcasmo o simple estupidez.

Es precisamente al revés, si no hubiera habido saqueos, incendios y si no se hubiera cometido delitos graves contra la integridad de las personas, no habría sido necesario decretar el estado de excepción, con todas sus consecuencias. Durante el terremoto de 2010 también lo comprobamos: la presencia de militares impidió que los saqueadores continuaran con sus acciones en alguna ciudad del Sur. La violencia es la causa del estado de excepción y no su consecuencia.

El lenguaje de la democracia no es la violencia, menos los robos, saqueos y asesinatos. El lenguaje de la democracia es el argumento, es la palabra. La palabra es lo contrario a lanzar piedras o a incendiar diarios, autos, buses o el Metro de Santiago. El populismo de izquierda y de derecha, la descalificación del adversario político -que no es enemigo[8]-, el odio, la mentira, las fake news[9] carcome y finalmente destruye el sistema democrático de gobierno y lleva al totalitarismo. Muchos ejemplos nos da la historia del siglo 20.

Las personas más perjudicadas con los actos de violencia son precisamente aquellas que los manifestantes pretenden defender: los menos favorecidos, los más pobres, quienes quedan más desprotegidos frente a la violencia. Pienso en el joven que defendía su negocio en San Bernardo y que fue asesinado por saqueadores.


[1] Gewalt in Chile Es brennt im Musterland = Violencia en Chile. Arde en el país modelo.

[3] El llamado estado social no es de ninguna manera la caricatura del welfare state o estado benefactor que pintan algunos extremistas cuyas ideas proceden de alguna literata frustrada procedente originalmente de Rusia. Cuya ideología es frecuente en países hispanoparlantes.

[4] La prohibición del encapuchamiento es una norma generalizada en todas las democracias desarrolladas. Me pregunto si no existe en Chile o no se hace cumplir. O simplemente a los violentistas no les importa.

[5] Miren al hombre de la polera roja… le lanza una piedra o un ladrillo al radiopatrulla en medio de un taco, con eso pone en peligro no sólo a los carabineros sino también a los conductores de los otros vehículos: https://twitter.com/MartaSalazar/status/1186267761430978562/video/1

[7] Ver mis columnas “Soberano es quien decide sobre el estado de excepción” y Schmitt y el estado de excepción – Peligrosamente actual No se puede hacer de la excepción la normalidad, como hace Schmitt, considerado un “fanático del estado de excpeción”.

[8] … a diferencia de lo que plantea Carl Schmitt, lamentablenente muy popular entre la izquierda latinoamericana.

[9] Como aquella imagen que circulaba en las redes sociales que mostraba un supuesto screenshot de la televisión alemana que habría calificado al Presidente Piñera como un dictador (Dikator). Nada más falso, los medios alemanes han sido bastante ecuánimes para informar sobre la protesta en Chile.

¿Dónde estaba Dios en Auschwitz?

Muchas veces la gente pregunta “¿dónde estaba Dios en Auschwitz?” Es una pregunta retórica y que intenta provocar. De alguna manera, es un reto a Dios, equivale a recriminarlo porque permitió Auschwitz. “¿Dónde estabas tú, Dios, en Auschwitz?” O tal vez no existes o no te importa lo que le pase a la gente. Aunque también puede ser que sea un grito similar a aquel de Jesús antes de morir: “Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado?”[1]

Cuando me han hecho la pregunta a mí, he contestado con otra pregunta retórica: “¿dónde estaba el hombre en Auschwitz?”

Auschwitz representa toda la barbarie nacional socialista o más bien toda la barbarie demoníaca intrínseca del nacional socialismo. Un amigo judío que no sólo ha estado en Auschwitz, sino que en los otros campos de concentración de más al Este, me dice que en Majadanek o en Treblinka se siente aún más la extrema maldad de los campos de exterminio. Auschwitz los representa a todos, porque es el más conocido.

Si mi interlocutor o interlocutora es alemán o alemana (la pregunta es hecha generalmente por hombres; nunca he escuchado, ni leído que una mujer la formule), les respondo con una pregunta: “¿dónde estuvo tu abuelo o tu bisabuelo en la época de los nazis?” La mía no es una pregunta retórica. ¿Dónde estaban tus abuelos cuando construyeron el complejo de Auschwitz, con sus fábricas de armamento y con sus cámaras de gas, sus crematorios y sus rampas de selección? ¿Dónde estabas tú?

Entre 1940 y 1945, en Auschwitz, “trabajaron” 10 mil personas para la SS, como guardia o como capataz[2]. Hago ver que los campos de concentración del III Reich fueron entre siete mil (la cifra conservadora tradicional) y 42 mil quinientos, la cifra que se maneja hoy[3]. De manera que podemos imaginarnos a cuánto llegaba el total de personas que “trabajaba” en labores relacionadas con los campos de concentración y exterminio. De partida, me parece raro que algún alemán o alemana de la época no haya visto nunca un campo de concentración o de trabajo cerca de su casa, ya que había tantos repartidos por todo el Reino[4].

Es que claro que resulta mucho más fácil culpar a otra persona -en este caso, nada menos que al mismo Dios- antes que asumir responsabilidad, la propia o la de su propio pueblo. Es mucho más fácil decir que Dios no estaba antes de preguntarse por qué un pueblo culto, erudito, musical, ilustrado y, en general, educado, nada hizo para evitar el genocidio nacional socialista.

Hoy mismo, en Alemania, han resurgido con fuerza movimientos extremos, xenófobos y antidemocráticos y mucha gente prefiere mirar hacia otro lado en vez de hacerles frente. Es justo a esas personas a quienes yo les preguntaría  “¿dónde habrías estado tú cuando se construyó Auschwitz?”

Y me permito hacer una pregunta similar a los lectores de mi columna de todo el mundo, en momentos como el actual, en que el populismo y el extremismo se expanden por demasiadas regiones del orbe[5]. Y una enfermiza polarización pretende presentarnos sólo los extremos como las únicas alternativas posibles.


[1] Marcos 15, 34

[4] Sobre el concepto de Reino en el III Reich, ver mi columna El nuevo orden en el derecho internacional, según Carl Schmitt

[5] Invito a leer mi columna Y si pasa algo…

Trump quiere comprar Groenlandia

Si alguien me hubiera contado, hace dos o tres años que algo así ocurriría, no lo habría creído. Pero parece que los cisnes negros[1] son más probables desde que Donald Trump asumió la presidencia del país más poderoso del mundo. Pese a la diferencia de dos millones de votos en su contra.

Recapitulo los hechos: Trump expresa su deseo de ser invitado a Dinamarca. Dinamarca es un país europeo ubicado en la península escandinava[2], la región del mundo a la que también pertenece Suecia, país que el businessman norteamericano de ascendencia alemana y escocesa[3], generalmente, descalifica. Sostiene que en Suecia ocurren cosas terribles, debido a la unmigración y que la prensa nos lo oculta. Este es un discurso de mucha gente hoy en día, no es propio de Trump, lo más probable es que él lo haya copiado de alguna página de internet[4].

En concreto, esta historia empieza con el deseo de Trump de ser invitado a Dinamarca. Obviamente, Dinamarca hizo realidad su deseo y lo invitó, como corresponde al trato entre “naciones civilizadas”[5]. Y, como también corresponde a una monarquía constitucional, lo invitó la Reina Margarita[6]. La visita estaba planeada para el 2 y 3 de septiembre.

Hasta ahí, todo iba bien. Hasta que la prensa norteamericana reveló que el motivo del viaje de Trump era “comprar Groenlandia”. Sí, “aunque Ud. no lo crea”: el presidente norteamericano quería comprar un país. ¿Why not? Todo tiene su precio: las personas y también los países. Suena a sátira y me costó creerlo, pensé que era una broma. Cabe hacer notar que esta intención primaria no había sido informada al gobierno de Copenhagen. O sea, Trump se hace el invitado; pero no dice a sus anfitriones cuál es el objetivo de su viaje.

Compras Groenlandia suena como “comprar Alaska”, pero 152 años más tarde, cuando ya nadie compra países, sino que simplemente los ocupa. Me recordó a Putin, quien se comporta como los zares y las zarinas de hace 300 ó 200 años, al anexar territorios a su imperio.  

Trump aclaró -y también lo hicieron sus asesores- que su intención era comprar Alask… Perdón, Groenlandia, dada su importancia geográfica y sus recursos naturales. Lo aclaró al menos dos veces: una vez bajándose o subiéndose a un helicóptero y la otra, por twitter. Dijo que se trata de un real estate, de un great real estate, de un negocio inmobiliario. Cuando la sátira se convirte en realidad…[7]

Uno de sus asesores que habló con meridiana claridad en un canal de televisión, explicaron que “era un negocio inmobiliario más”… y claro, Trump y su papá son magnates inmobiliarios y de hotelería (el abuelo habría hecho fortuna gracias a hoteles de dudosa reputación, dicen). Él sueña con el negocio inmobiliario más grande de la historia. Con ser recordado como el presidente que agrandó el territorio nortemericano en millones de kilómetros de tierra y en millones de kilómetros de mar. plataforma continental, etc.

Es que claro, Mr. President “no cree” en el cambio climático; pero sí cree que, con la retirada de los hielos de las regiones polares, se abrirán nuevas posibilidades de extracción de petróleo, de gas y de muchos otros recursos minerales y naturales de la isla de Groenlandia y de su zona económica exclusiva, incluyendo la pesca. También el paso entre o a través de mares que antes estaban cubiertos de hielo es una “gran oportunidad” para hacer negocios. Algunos chistosos sostienen que su verdadera intención era construir campos de golf en Groenlandia.

Pero ¿No habrá una diferencia esencial entre un negocio inmobiliario y comprar un país? Diferencias tales como la soberanía, los derechos de los habitantes de Groenlandia, la libre determinación de los pueblos, etc. Sobre un país no se ejerce un derecho de propiedad, como ocurre con los derechos sobre un inmueble. Plantear algo así es más que ridículo o latterligt. La época en que el fisco y el patrimonio del monarca eran una sola cosa, ya pasaron a la historia. La época de las colonizaciones, también.

Al trascender la noticia, la primera ministra danesa, Mette Frederiksen[8], aclaró que Groenlandia no está a la venta y agregó que la propuesta de compra es ridícula (latterligt, en danés). Sí, ridícula es lo menos que se puede decir, sin respeto, irrisoria. Asimismo, explicó la premier que “Groenlandia no pertenece a Dinamarca, sino a sus habitantes”. Tiene toda la razón.

Como era de temerse, Trump se enojó y anunció por twitter (una conferencia de prensa es complicada porque le hacen preguntas) que, si no puede comprar Groenlandia, no va a ir a Dinamarca y canceló su viaje. Con Condorito[9], sólo puedo comentar: PLOP! La Reina Margarita se mostró “sorprendida”, dijo. Sí, su sorpresa no es para menos. Un comportamiento como el de Trump es, por lo menos, nada de diplomático.

¿Estará demás decir que, aunque Dinamarca quisiera vender Groenlandia, no podría hacerlo ya que Groenlancia es autónoma? Pero esto, supongo que a la gente simplona no le importa. Me pregunto si alguien podrá considerar los 56 mil habitantes de Groenlancia como nuevos siervos de la gleba, que se pueden adquirir junto con el territorio en que viven

Interesante es leer lo que el ex embajador de los Estados Unidos en Dinamarca, Rufus Gifford[10], escribe en Twitter sobre el tema:

Actually I do have words: He asked for an invitation from the Queen for a State visit. She invited him. He accepted. They have been expecting him for weeks at the palace. The Danes and Greenlanders dismiss his vanity project. He snubs the entire Kingdom. He is a child[11].  

Traduzco: “Realmente, no tengo palabras. Él pidió a la Reina una invitación a realizar una visita de estado. Ella lo invitó. Él aceptó. Lo estaban esperando en algunas semanas más en palacio[12]. Daneses y groenlandeses rechazan este proyecto de vanagloria[13]. Él ofende[14] a todo el Reino. Él es un niño”.

Desde el punto de vista político, pero serio, observo dos consecuencias principales y algunas subconsecuencias: 1) a) Los daneses y los europeos en general se tienen que preguntar, una vez más, pero ahora con már fuerza, si pueden “abandonarse” en la protección militar norteamericana, o no.

b) Para Estados Unidos, las consecuencias del episodio Trump-Groenlandia son aún más dañinas, ya que con él, el propio presidente nortamericano aleja a un país como Dinamarca, que es uno de sus pocos aliados casi incondicionales dentro de la OTAN. Una vez más parece que el país más perjudicado con la presidencia de Trump es el mismo Estados Unidos.

c) China y Rusia tienen gran interés en las regiones árticas. Actualmente China planea financiar tres nuevos aeropuertos en Groenlandia. Pienso que sería mejor que Dinamarca, Groenlandia y los Estados Unidos trabajaran juntos en defender Groenlandia, el Ártico, el derecho internacional y sus intereses comunes en estas regiones.

2) Los populistas de derecha daneses rechazaron tajantemente la inciativa de compra de Groenlandia. Si más gobiernos populistas, nacionalistas, extremos llegaran al poder en el mundo, se cerrarían los canales de comunicación entre las “naciones civilizadas”. Prefiero no imaginarme cómo serían las relaciones internacionales. Ellos siempre quieren que su propio país sea el primero, sin importar la suerte de los demás. El episodio “Trump compra Groenlandia” es una degustación de lo que viviríamos en un mundo en que el populismo hubiese triunfado[15]. Nadie puede querer algo así, al menos, nadie en su sano juicio.


[2] Aunque algunos, desde el punto de vista geográfico, no consideran a Dinamarca parte de Escnadinavia; pero sí desde el punto de vista histórico-cultural.

[3] Se dice que su mamá fue una “ilegal” en los Estados Unidos.

[4] Suecia es para muchos, el ejemplo de un país socialista, de un estado de beneficencia. Parece que no saben que Suecia cambió diametralmente y que no es el mismo país que en los años 70.

[5] Así se denominaban a sí mismas en la época de la Sociedad de las Naciones, los mismos estados que luego participaron en la II Guerra Mundial.

[7] Ni siquiera el cómico especialista en sátira que ahora es presidente de Ucrania ha protagonizado historias como esta del presidente estadounidense. Sobre el nuevo presidente ucrania invito a leer mi columna El servidor del pueblo, el nuevo presidente de Ucrania

[11] Su tweet en Twitter.

[12]  En dos, desde que surgió esta historia, desde que se supo que quería comprar Groenlandia.

[13]  “vanity project” puede ser traducido como de vanidad, de engreímiento, de envanecimiento, de arrogancia o incluso de narcisismo, lo que pega más con su personalidad.

[14] to snub de desairar, humillar, abajar.

[15] Sería como volver al siglo XVIII, al XIX o a comienzos del siglo XX, en que surgió el nacionalismo en el mundo (en Europa, desde donde se expandió por el orbe).

La globalización del populismo

Los de arriba y la conspiranoia

Hay diversas formas de populismo y hay diferentes maneras de definir el populismo, tan de moda en nuestros días. Una de las definiciones más simples y a la vez, más certeras es aquella según la cual, los populistas se atribuyen la representación exclusiva del pueblo. Sólo ellos serían los representantes únicos del pueblo, y esto, aunque las urnas digan lo contrario y demuestren que son, en el mejor de los casos, una minoría. Una minoría creciente o decreciente, según el país.

Si los populistas dicen representar al pueblo en forma exclusiva, debemos suponer que hay otras personas que han usurpado la representación popular y se la han adjudicado en forma inadecuada, falsa, inapropiada o más bien usurpatoria. Personas que se han apoderado del poder y no lo dejan. Las llamadas elites, “los de arriba”, meras sanguijuelas que chupan y se apoderan de lo que, en realidad, corresponde al pueblo: poder, bienes, bienestar.

Engañan al pueblo y le ocultan la verdad, en todo orden de cosas, para que el pueblo no se dé cuenta de sus mentiras. Surgen así las más variopintas teorías de la conspiración, de manera que podemos aseverar que la conspiranoia es un elemento esencial del populismo actual.

En cada populismo, hay un fuerte elemento de odio hacia los supuestos “enemigos del pueblo”, hacia “los que están arriba”, hacia los presuntos “ricos”, “poderosos” o “marionetas”. En circunstancias que los mismos populistas generalmente pertenecen -por su posición social- a grupos privilegiados de la sociedad en que viven.

Rechazo a la globalización: denominador común de populistas de izquierda y de derecha

El rechazo a la globalización es común denominador de todo populismo, tanto del de izquierda como del de derecha.

Actualmente, a nivel mundial, el populismo de derecha es más popular -valga la redundancia- que el de izquierda y, me parece que, más peligroso, ya que, de alguna manera, se ha sabido camuflar mejor y se ha introducido en grupos intelectuales o espirituales[1] que otrora eran un baluerte de la sociedad.

En diferentes y variados países, ha alcanzado incluso el poder. Afortunadamente, los países con una democracia estable y con un firme estado de derecho pueden hacerle frente mejor que estados que carecen de una tradición democrática. En esto, los países del Este de Europa llevan las de perder[2].

El populismo es esencialmente un movimiento antiglobalización; pero que actualmente, se expande por el mundo en una nueva globalización: esta vez, en una globalización del populismo[3].

No podemos restar importancia al populismo de izquierda, de partida porque muchas veces la izquierda y la derecha populistas se unen en una especie de “nuevo frente amplio” o transversal, de gran odiosidad, como vemos actualmente en Italia o Grecia[4]. El populismo de izquierda ha resurgido especialmente en algunos países del sur de Europa y de Latinoamérica.

En términos sencillos, podemos decir que el populismo de izquierda impugna la globalización, en el sentido de intercambio y comercio de bienes, servicios y capital entre los estados. Por su parte, los populistas de derecha, reniegan la movilidad de las personas entre los diversos países, continentes o regiones. En ambos casos, hay un rechazo a la globalización en alguna de sus expresiones.

El rechazo a la Unión Europea de los populistas del Viejo Continente se explica ya que la UE es una de las mejores expresiones de globalización actualmente existentes, que permite y fomenta tanto el tráfico de bienes, de servicios y de capital, como también el libre tránsito de personas entre los países miembros. Algo así, es obvio que será rechazado por el populismo.

Una de las causas del éxito del Brexit en el referéndum del 2016 se debió al rechazo a los extranjeros procedentes de países de la Unión Europea, especialmente de polacos y españoles, países que, en ese entonces, se hallaban en dificultades económicas. Y, también, al supuesto pago de millones de euros a la UE, en circunstancias que el sistema de salud británico no funcionaba satisfactoriamente. Ambos populismos estuvieron muy presente en el Brexit. La indecisión de los Laboristas se debió fundamentalmente a que Jeremy Corbyn acusaba a la UE de ser neoliberal. (Aparte de conspiranoias antisemitas que circulaban entre el laborismo).

Rechazo al pluralismo

Tal vez la característica decisiva del populismo es su rechazo al pluralismo, a la diversidad, a lo heterogéneo. La búsqueda de la homogeneidad del pueblo que dicen representar y su intento de conservarla a toda costa. Homogeneidad étnica y homogeneidad de pensamiento o doctrinaria, ideológica, cultural o como quieran llamarla. Todos deben pensar igual. Y actuar igual.

Yo diría que el populismo está inspirado en un ánimo totalitario. La opinión de los populistas es considerada la única correcta, la única verdadera, la única popular. Y cuando hablo de opinión, me refiero a la opinión en todos los aspectos de la vida: literatura, cultura, forma de vida, política, economía, incluso espiritualidad…[5].

Sólo ellos son los lectores de la voluntad popular, los representantes únicos y genuinos del pueblo. Sus demiurgos, sus conductores. A mi modo de ver, estamos frente a una nueva versión del viejo totalitarismo ideológico o a un renacer de viejas ideologías totalizantes de antaño envueltas en un nuevo ropaje. Por eso, se habla actualmente del nuevo populismo[6].

El populismo de derecha rechaza pues el intercambio de personas. Sus adherentes sostienen que la población debe ser “homogénea”. De ahí el rechazo a la migración y a los extranjeros en general. (Algunos populistas, admiten a pocos extranjeros, que siempre deben ser la excepeción; pero exigen que éstos se asimilen íntegramente[7]).

Para los populistas, sólo hay una forma de pensar correcta: la propia. Existe una sola forma de ser humano: la mía. Lo más contrario a esta homogeneidad es el llamado melting pot[8], tan detestado por el populismo de derecha, ya desde Carl Schmitt o desde antes, Schmitt incluye la crítica al llamado melting pot,”mezcla de razas” o crisol de culturas en su teoría del derecho internacional[9]. Tan importante era el tema para él.

Según el modelo del moderno populismo, habría una competencia permanente entre los pueblos. Entre los estados, las naciones, los continentes, las “culturas”. (El término cultura ha reemplazado al de raza, para evitar ser tildados de racistas). Lo más importante es el triunfo del propio pueblo sobre los demás. Su victoria en todo orden de cosas: científico, cultural y hasta deportivo[10].

Una de las victorias de la propia raza es su reproducción. El aumento del número de sus individuos. De manera que en el marco del etnopluralismo[11] que le es propio, el populismo no sólo rechaza “la mezcla de razas”, sino que propugna un aumento de la “propia raza” o cultura, para hablar en términos etnopluralistas.

La premisa según la cual la población propia debe aumentar explica -en su enfermizo darwinismo social- su odio a la homosexualidad. Por ello, grupos populistas de extrema derecha detestan a los homosexuales, hablan del lobby gay y propugnan la permanencia de la mujer en su hogar, como madre al servicio de la familia. Su concepto de la familia es más bien propio del familismo o familialismo (en que la familia pasa a ser una especie de religión) que de una familia sana y normal.

Conclusión

En suma, el rechazo a la globalización caracteriza al populismo actual o nuevo populismo. El rechazo a todo lo que la globalización lleva consigo. A la sociedad multicultural y a la inmigración. Al multilateralismo de los tratados internacionales internacionales de libre comercio. A la libre circulación de las personas y de los bienes. En torno a este rechazo, surgen las más descabelladas teorías de la conspiración.

La libre circulación de personas, bienes y capital, el libre comercio entre las naciones son los dos aspectos más detestados por el populismo de uno y otro lado del espectro político. Los parámetros tradicionales de izquierda y derecha no han dejado de existir, como sostienen los populistas, sino que tenemos que replantear sus coordenadas y reconocer su transversalidad.

El rechazo a lo que los populistas llaman elites, al pluralismo y a la heterogeneidad social son igualmente características del populismo. Como también la homofobia y la arrogancia de quien pretende ser propietario de la verdad. Una sociedad homogénea basada en pseudo ideales populistas es lo más contrario a la sociedad abierta que nos podamos imaginar[12]


[1] A modo de ejemplo, invito a leer mi columna ¿En qué se parecen John Boehner y yo?

[3] Me permito mencionar a modo de ejemplo a: Estados Unidos, Filipinas, Turquía, Brasil, Italia, Hungría, Polonia, Rusia.

[4] En Alemania, las recientes Montagsdemos. Ver, en este apartado del artículo de Wikipedia, como a la ultraizquierda se le unían los nazis, sin que estos últimos rechazaran que se sumaran a sus protestas de los días lunes.

[5] No sé por qué recuerdo una de las últimas frases que escuché al Padre Osvaldo Lira: “Hay una sola forma de cagar católica”. No Padre Lira, no hay una sola forma, hay muchas.

[6] Ver de The Guardian The new populism

[7] Esta fue la opinión de Höcke al ser confrontado por una periodista alemana hija de extranjeros.

[10] Pienso en el doping obligatorio de los deportistas del Bloque Oriental, que, la mayoría de las veces, ni siquiera sabían que estaban consumiendo drogas para aumentar su rendimiento físico.

[11] Sobre el etnopluralismo, invito a leer mi columna: Un fantasma recorre Europa, el fantasma del etnopluralismo

 

Extrema derecha y liberalismo

Es curioso que grupos de extrema derecha en todo el mundo, se den a sí mismos nombres que incluyen la palabra “libertad”, libertarios y hasta se hagan pasar por “liberales”. Incluso, en Alemania, existe un partido político que se autodenomina “Die Freiheit”, esto es, “la libertad”. Me parece una contradicción en los términos, ya que, al menos, a primera vista, nada hay más contrario a la libertad y al liberalismo que la extrema derecha.

Antes que nada, hay que precisar qué entendemos por extrema derecha, por derecha radical o por populismo de derecha o de extrema derecha (el populismo es siempre extremo).

En términos simples, la extrema derecha es la ideología que propicia ideas que son propias de la derecha más extrema. Tal ideario está reñido con el orden democrático, liberal y representativo que actualmente existe en la inmensa mayoría de los países del llamado “mundo libre”[1]. Sus partidarios pretenden superarlo o acabar con el sistema y aceptan hasta el uso de la fuerza para lograrlo (los populistas menos que los únicamente extremistas). Su ideal es un estado autoritario o incluso totalitario. Las bases de la sociedad que postulan están basadas en una doctrina nacionalista y/o racista. En todo caso, exluyente de quienes ellos deciden que no pertenecen “al pueblo”, término igualmente cargado de esta ideología. Una gran porción de xenofobia es parte fundamental de esta ideología en todas sus expresiones.

Algunos autores tratan de diferenciar entre extrema derecha y derecha radical; sin embargo, la única distinción que yo veo es que los segundos aún no llegan a ser tan extremistas con los primeros. Esta es, a mi modo de ver, una distinción en la intensidad, en el grado de compromiso con el credo extremista al que adhieren. Se distinguen en el cómo, más que en el qué.

En general, se dice que la derecha radical no pretende -al menos, no en un primer momento- destruir el sistema liberal democrático y representativo. A diferencia del extremismo, que desde un primer momento, plantea su sustitución. Ambos sectores se hallan, sin embargo, en la vía hacia el totalitarismo. Unos más, otros menos, es una cuestión de tiempo y de oportunidades, que ambos grupos se radicalicen. En el lenguaje corriente, estos dos términos se usan indistintamente y es lo que haré yo en esta columna. Tampoco veo que haya una gran diferencia con el populismo de extrema derecha tan en boga actualmente.

De partida, la libertad que los extremistas reclaman a viva voz es una libertad para ellos; pero no para los demás. Es una libertad para ignorar y pasar a llevar toda regla de convivencia social. Desprecian las normas que se ha dado la sociedad democrática, las normas que exigen respeto y tolerancia hacia los demás. Las desprecian como si fuera un molesto corset que no les permite hacer lo que ellos quieren. Exigen su supuesto respeto a su supuesta libertad; pero se niegan a respetar la libertad de los demás. La libertad y la dignidad de los demás.

En este punto -como en muchos otros- la derecha extrema se ha vuelto algo que la derecha tradicional nunca fue: anarquista. Se habla de grupos anarco-liberales. Aunque, a mi modo de ver, es un insulto a los liberales emplear siquiera la voz liberalismo para referirse al extremismo anarquista de extrema derecha. El anarquismo ha sido en la historia un movimiento más bien de izquierda; pero hoy en día, la extrema derecha y la extrema izquierda poco y nada se diferencian. No quiero repetir la manoseada consigna según la cual “los extremos se tocan”. No, más bien creo que las ideas políticas pueden ser agrupadas en forma de U, en la que los extremos de la letra herradura son precisamente la extrema derecha y la extrema izquierda.

Es increíble como algunos de mis amigos y conocidos izquierdistas se han pasado hoy a la extrema derecha, sin que se les mueva una pestaña. Antiguos de ellos, siguen siendo orgullosos marxistas; pero hoy abrazan ideas nacionalistas, xenófobas, antisemitas, islamófobas, conspiranoicas y racistas de todo tipo. A esto se refieren quienes, en tono de burla, hablan del nuevo socialismo nacionalista o nacionalismo socialista, aludiendo indirectamente a la ideología nacional socialista o nazi, como se la llama más frecuentemente[2].

Muy de la mano de lo anterior, observamos la tendencia antipluralista de la extrema derecha, cuyos adeptos están en contra de toda otra opinión, de toda forma de ser o color de la piel que no sea el propio. Es cierto que cada uno, cada una de nosotros, está convencido de que lo que yo pienso es lo correcto; pero a nadie se le pasaría por la mente plantear que lo que yo considero verdadero es la única verdad. La verdad es una palabra muy grande para agotarla en la vida política. Me temo que, donde estos grupos llegan al poder, intentan por todos los medios -sobre todo a través de la cultura y de la educación- imponer su visión unilateral de cómo deben ser las cosas, de cómo debe funcionar la sociedad, de lo que tenemos que creer e incluso de lo que debemos amar.

El grito de grupúsculos extremos alemanes “quien no ame Alemania, debe irse del país”[3] es ejemplar para esta circunstancia que describo. Por supuesto que ellos están convencidos que sólo ellos aman a Alemania. Si se fueran todos los demás y quedaran ellos solos, sin duda Alemania colapsaría y pasaría a ser el estado más subdesarrollado del planeta.

La ideología extremista es totalmente contraria a la sociedad abierta, de la que tanto nos habló Popper. De acuerdo a este egregio autor liberal, no tenemos por qué tolerar a los intolerantes. Es la llamada paradoja de la tolerancia[4], planteada por Popper precisamente para hacer frente al pensamiento totalitario, como es este de la de extrema derecha. Me atrevo a decir que el extremismo de derecha es hoy lo que Popper denominó fuerza anticivilizatoria, una expresión más de totalitarismo ha acompañado a la civilización desde su nacimiento[5]. Hay que evitar que “los enemigos de la sociedad abierta se apoderen del estado, acaben con la sociedad civil y conculquen los derechos fundamentales de sus ciudadanos”[6].

El liberalismo está a favor de un estado que permita el desarollo personal, individual de cada persona. Es individual y no colectivista. Es anti-colectivista; pero no individualista. No individualista en el sentido de un egoísmo y de un lavarse las manos frente a las necesidades de los más desvalidos de la sociedad: niños, ancianos, pobres. Su expresión económica, la economía social de mercado es una economía de mercado; pero también y sobre todo, es social. La libertad supone la igualdad y la libertad de las personas y esto se logra únicamente en un estado social.

El estado liberal es menos estado; pero es más respetuso de las preferencias individuales de sus ciudadanos, aunque sean equivocadas. A nadie se le ocurriría seguir un jucio a los actuales terraplanistas, que están tan de moda, aunque todos sabemos que la tierra no es plana. El gobierno gobierna; pero no ordena, no manda comportarse de tal o cual manera. No nos obliga, ni a ser veganos por un día (veggieday), ni a “amar” al estado.

Es un estado modesto, que no toma decisiones en nombre de sus miembros. Que no los obliga a nada en el plano moral o social. Pero que sí les exige que tengan el mismo respeto hacia las demás personas. Pide a los integrantes de la sociedad que igualmente respeten la forma de ser y las preferencias sociales o morales de los demás. No hacerlo sería convertirse en un estado muy parecido al de los ayatolas. Extremismo de derecha e islamismo se parecen mucho…[7]. Y no se parecen en nada al liberalismo.

La ideolología de la extrema derecha es guiada más por el darwinismo social que por el respeto a la libertad individual. La ley del más fuerte, dentro de la sociedad y entre los países parece ser su tenebrosa consigna. No el respeto a la libertad individual, que ha sido -desde siempre- la lumbrera del liberalismo. Sólo los más fuerte sobreviven, los más débiles merecen sucumbir. Horrorosa ideología que llevó a los más grandes genocidios del siglo 20. Para mí, la libertad supone la igualdad y la dignidad humanas.

El extremismo de derecha se aleja del postulado liberal según el cual todas las personas son iguales en dignidad y derechos (o, si no son iguales, al menos, merecen igual trato[8]). Por el contrario, la desigualdad y la discriminación son parte de este entramado social darwinista en que se niega la igualdad de las personas. La discriminación y la segregación son parte de su ADN. Incluso, muchos de los partidarios de estas tendencias, llegan hasta rechazar el antiguo postulado de la igualdad de oportunidades, que ha sido siempre un clásico del liberalismo.

La palabra libertad tiene mucho que ver con la palabra liberalidad. Liberalidad significa “ayudar o dar sin esperar nada a cambio”[9]. La conocida página de internet Wordreference nos dice que liberalidad es sinónimo de generosidad, desprendimiento, esplendidez, altruismo, dadivosidad, derroche, largueza, magnificencia[10]… etc. Por el contrario, sus antónimos son tacañería, avaricia[11]. Creo que esto nos dice mucho.

En lo económico, la extrema derecha es tacaña… Es avara y sólo desea un supuesto bien propio, sin importarle que eso pueda suponer el mal de los demás. La  tacañería me parece la virtud que acompaña al proteccionismo propio de esta ideología. Todo lo que sea aparentemente útil al propio país es bueno. Es la ideología narcisista y egómana de “mi país primero”. Los extremistas tanto de izquierda, como de derecha están a favor de un proteccionismo económico pasado de moda, del cual “my land first” es su más genuina expresión. Sí, este infantil “yo primero” es lo más propio de las ideologías de la derecha y de la izquierda populista o extremista. Los populistas de ambos extremos “de la herradura” son acérrimos enemigos del libre comercio. Esto los distingue radicalmente de la derecha clásica. Y obviamente, del liberalismo.

Hay más elementos que muestran la intrínseca contradicción entre el liberalismo y el extremismo o populismo de derecha, tales como el culto al líder, la retórica agresiva que descalifica de plano al contendor político, la crítica a las supuestas élites (en circunstancias que sus representantes provienen de esas mismas élites), la desconfianza o el abierto rechazo al sistema democrático, el propugnar una cultura y una educación estatal que “eduque” al pueblo en un cierto sentido, el verdadero odio a la prensa. Elementos que mencionamos tangencialmente en esta oportunidad; pero cuyo análisis más detenido, dejaremos para una otra columna.


[2] La cercanía entre grupos del Partido de izquierda alemán y la Alternativa para Alemania es sintomática.

[3] “Wer Deutschland nicht liebt soll Deutschland verlassen”.

[7] Sobre este tema, recomiendo el excelente libro de Julia Ebner “The Rage: The Vicious Circle of Islamist and Far-Right Extremism”, “Wut: was Islamisten und Rechtsextreme mit uns machen”, “La Rabbia: Connessioni tra estrema destra e fondamentalismo islamista”.

[8] Steven Pinker ha explicado algo parecido el último tiempo…

Defendamos la sociedad abierta de sus enemigos

El nacimiento de la sociedad abierta

En la introducción a su libro, “La sociedad abierta y sus enemigos”[1], Carl Popper hace ver que, cuando se pasa de una sociedad cerrada a una sociedad abierta, surgen movimientos reaccionarios que intentan echar abajo la civilización, para retormar al previo estado tribal. Asimismo, muestra que las ideas que hoy llamamos totalitarias son tan antiguas o tan jóvenes como nuestra propia civilización[2].

La sociedad cerrada se encuentra sometida a lo que él llama “fuerzas mágicas”. Por el contrario, la sociedad abierta supone y deja en libertad -yo diría que promueve- las capacidades críticas de las personas. De sentido crítico, hablaríamos hoy.

Nuestro autor habla del paso (Übergang) desde un orden social estamental (Stammesgesellschaftsordnung) o cerrado (geschlossene Gesellschaftsordnung) a uno abierto. Hago ver que Popper usa la denominación sociedad tribal o estamental y sociedad cerrada como sinónimos. (Esto último es un dato importante para ideólogos racistas o de ultra derecha que, sin embargo, se llenan la boca con el nombre de Popper o, en general, haciéndose pasar por liberales, lo que no son[3]).

Para él, la “civilización” (Zivilisation) es sinónimo de sociedad abierta, coincide con ella, es ella. Popper contrapone claramente la “civilización” frente a la “organización tribal”[4], estamental, a la familia extendida que algunos -prisioneros del etnopluralismo[5]– quieren ver en la nación, en la etnia, en su pueblo (Volk).

Este paso o Übergang no es un momento, no es un instante. Es un proceso (por eso, me parece muy apropiada la voz transición, usado por la traducción al castalleno). El proceso de tránsito de la sociedad tribal a la sociedad abierta es un shock, nos explica Popper. Y agrega que constituye el “nacimiento” (Geburt) de la civilización.

Los movimientos reaccionarios

En el proceso de tránsito desde una sociedad cerrada hacia una abierta puede haber retrocesos. Y de hecho, los hay. Popper los llama “movimientos reaccionarios” (reaktionäre Bewegungen).

Nuestra civilización es todavía un niño, se halla aún en su infancia[6], nos explica Popper gráficamente. Tiene que crecer, desarrollarse, desenvolverse. Evolucionar, pese a que, en su desarrollo, ha sido tantas veces traicionada por los líderes intelectuales de la humanidad. (De “rectores intelectuales” habla la traducción al castellano, denominación que me parece un tanto rebuscada).

De acuerdo a nuestro autor, los objetivos de la civilización son son: humanidad (Menschlichkeit), Racionalidad (Vernünftigkeit), Igualdad (Gleichheit) y libertad (Freiheit).

Concluyo que, si la civilización la sociedad abierta, se desenvuelve lo hará en el sentido de aumentar la humanidad, la racionalistad, la igualdad y la libertad, que son las coordinadas de una sociedad abierta. Todo lo que vaya en su contra, es un retroceso que nos vuelva atrás, a la sociedad cerrada, tribal, dominada por “fuerzas mágicas”.

Totalitarismo

Cuando una sociedad avanza surgen movimientos contrarios a la sociedad abierta, fuerzas anticivilizatorias de los más diversos colores y procedencias. Popper los llama totalitarismos y expone que son tan antiguos y tan nuevos como la misma civilización. El totalitarismo ha acompañado pues a la civilización desde su nacimiento, explica. En efecto, el surgimiento de las fuerzas reaccionarias o totalitarias coincide con el surgimiento de la sociedad abierta, de la civilización en ciernes.

Me atrevo a sostener que las “fuerzas mágicas” de hoy son principalmente las variadas teorías de la conspiración y toda la superstición y la mística barata que las rodea. Las fuerzas mágicas que se contraponen a la racionalidad. Sí, ese residuo arcaico que subyace oscuro bajo el brillo de nuestra sociedad. Las conspiranoias[7] e ideologías similares que se basan en primitivos esquemas de pensamiento, generalmente representados por una división de la realidad en dos bandos: el mío, que es el de los buenos y el de los malos, de los victimarios, quienes invaden a “mi pueblo” que es víctima, y acosan a “nuestras mujeres”.

Si lo anterior te parece conocido, es que has escuchado hablar a personas como Wilders, Orbán, Strache, Trump, Höcke, Bolsonaro, Le Pen, los ayatolas y otros “líderes del mundo de hoy”.

Populismo

En un momento en que surgen en el mundo movimientos populistas unos de izquierda y otros de derecha, pero todos siempre totalitarios, la lectura de Popper no sólo es una buena explicación de la realidad, sino que además, es -de alguna forma- tranquilizante. Concluyo que 1) los movimientos totalitarios no son nuevos, que han existido siempre y seguirán existiendo. 2) Los movimientos totalitarios surgen porque avanzamos, porque la civilización se hace más libre, más racional, más humana y más igualitaria.

El avance, el progreso trae consigo necesariamente resistencia. Mayor o menos, según mayor o menos sea la fuerza civilizatoria. Los movimientos reaccionarios son reticentes al avance, al perfeccionamiento de la sociedad libre.

Lo que no es muy tranquilizante es lo que Popper advierte acerca de la “traición” de los líderes de la humanidad. Lo que ellos dejan de lado, lo que descartan son precisamente los fines en pos de los cuales se mueve la civilización y que hacen posible la sociedad abierta. A saber: la humanidad (en sentido de humanismo), la racionalidad (en sentido de “lo que es razonable”, en contraposición a las “fuerzas mágicas”), la igualdad y la libertad. Cada delación a estos ideales es un retroceso, más pequeño o más grande; pero siempre un retroceso.

Sin embargo, no sólo los “líderes rectores de la humanidad” pueden traicionarla, sino también movimientos colectivos, partidos, organizaciones nacionales o internacionales, países enteros que se vuelven “iliberales”, jefes ideológicos, incluso magnates mundiales que ponen sus imperios periodísticos o económicos o ambos, al servicio de un retroceso totalitario. Y no exagero, una mirada a Europa y a Estados Unidos nos hace ver que la realidad puede ser peor que la peor de las imaginaciones.

Lo que podemos hacer

Pienso que es aún más urgente que cada uno, cada una de nosotros analice críticamente a quién y a qué da su apoyo, por quién vota, en qué movimiento o partido se inscribe. A quién da likes o corazones en las redes sociales. A quién defiende -o ataca- en conversaciones de sobremesa o en reuniones de amigos[8]. No podemos ser tontos útiles, no podemos dar nuestro apoyo a quienes lideran precisamente esos nuevos totalitarismos que, en realidad, son tan viejos como la civilización. Pero se presentan reiteradamente con nuevos ropajes.

No podemos recostarnos en el sofá a esperar que pase todo, cruzados de brazos, mientras movimientos totalitarios ganan terreno gracias a la apatía de quienes deberíamos defender nuestra civilización, nuestra sociedad abierta, pluralista y multicultural[9]. Seguridad, confianza, abandono en las manos de Dios, del destino, de la Historia o como quieran llamarlo, nunca es inactividad, indiferencia, ni dejadez. Muy por el contrario. El análisis popperiano tiene que ser un aliciente al poner aún más esmero y diligencia en la defensa de lo que nos es tan preciando como nuestro sistema libre de gobierno y de sociedad.

Pese a la gravedad del avance totalitario, la lectura y análisis de Popper nos lleva a conservar la serenidad, a guardar la calma y a mantener la confianza. La confianza en las instituciones, en lo logrado hasta ahora, en el camino civilizatorio que es imparable, pese a los retrocesos, más grandes o más pequeños. Hay que mirar lo logrado hasta ahora y no lo que falta aún por alcanzar. Depende de nosotros…[10].


[1] Karl Popper, Die offene Gesellschaft und ihre Feinde, I. TB Francke, 4a. edición de 1975. Copyright de la primera edición en alemán, de 1957.

[2] Obra recién mencionada, pág. 12.

[4] Lo que lo que queda aún más claro en la edición en castellano: La sociedad abierta y sus enemigos, pág. 15.

[6] Infancia es una palabra que usa la traducción en castellano. En alemán, dice que se halla en los zapatos de un niño.

[7] Invito a leer mi relato ficcional y distópico Ateísmo y antisemitismo

[8] Así conversamos con mis amigas: ¡Sácate la burka!

[10] Invito a leer mi columna Y si pasa algo…

Lo contrario de la extrema derecha no es la extrema izquierda. Es la democracia.

Se ha puesto de moda calificar, o más bien descalificar como de ultra izquierda, a quienes no estamos de acuerdo y nos enfrentamos -en la medida de nuestras posibilidades- a la extrema derecha europea (que poco y nada tiene que ver con lo que llamamos derecha en Chile). Como si todo lo que estuviera fuera de la propia ideología de extrema derecha, fuésemos de izquierda radical, extrema o de ultra izquierda.

Quienes nos descalifican son precisamente personas cuyo discurso es decididamente de extrema derecha, radical de derecha o al menos populista.

Por otra parte, tratan de presentar una especie de lucha entre la izquierda y la derecha. Una lucha que no existe. Las antípododas no se hallan en un extremo y en otro. Más bien, entre tales extremos, hay vasos comunicantes, tanto en lo personal como en lo ideológico. Sí, conozco a personas concretas, a grupos y sectores políticos que, sin solución de continuidad, han pasado de la extrema izquierda a la extrema derecha. Del colectivismo marxista al colectivismo “fascistoide”; tal como sus abuelos otrora se pasaron del nacional socialismo al socialismo marxista, como si nada… Sin siquiera cambiar el discurso político ¿para qué? bastaba cambiar la foto del führer, del vodsch o del caudillo o líder máximo que adornaba su casa.

La verdadera confrontación política tiene lugar entre el colectivismo totalitario y racista de la extrema derecha, entre su autoritarismo y los demócratas de todos los sectores. O más bien, de los tres sectores posibles: izquierda, conservadores y centro. Todos defensores de la democracia representativa liberal y no de una democracia popular como aquella a la que adhirieron tantos colectivismos del siglo 20. Ni tampoco de una llamada “democracia iliberal”, bajo cuyo manto se oculta un nuevo colectivismo.

Lo contrario de la extrema derecha no es la extrema izquierda. Lo contrario de la ultra derecha tampoco es la ultra izquierda. Lo contrario del populismo y de la radicalización de extrema derecha no es el populismo de izquierda, ni movimientos radicales de esta tendencia.

Lo contrario de la extrema derecha es la democracia.

Quienes decimos no al nacionalismo, no al racismo, no al etnopluralismo, no al movimiento identitario, no a la conspiranoia antisemita o islamófoba… No a todo lo que caracteriza a la extrema derecha. Todos nosotros no somos de ultra izquierda. Somos demócratas.

O más bien: algunos pueden ser de izquierda (no de ultra ni de extrema izquierda). Otros -como yo- somos más bien lo que en otra época se llamó liberal-conservador. Sí, algunos de nosotros somos más liberales. Otros, son más conservadores. Pero todos somos demócratas y partidarios de una sociedad abierta, libre y pluralista. Respetuosa de los derechos de las minorías, anti totalitaria y anti-colectivista. Y defendemos estos ideales.

En lo económico, somos partidarios de la economía social de mercado. El único sistema realmente compatible con la democracia como sistema político. Algunos ponen más acento en el mercado. Otros, más en lo social. Pero nadie duda que el dirigismo y el proteccionismo basado en la defensa de intereses particulares o nacionales -el ideal de la extrema derecha- no es el camino hacia la prosperidad. Muy por el contrario, dirigismo y el proteccionismo, al igual que la economía planificada, sólo pueden conducir al debacle económico y a la pobreza.

Algo tiene que quedar muy en claro: tenemos ideales… Nuestro discurso no es un discurso negativo. Estamos sí, en contra de la ultra o de la extrema derecha o del populismo de esa tendencia. Pero tenemos ideales, tenemos esperanza, tenemos fe y tal vez en estos puntos en lo que nos distinguimos tanto de ellos: no somos un grupo de pesimistas desesperanzados, deprimentes y llenos de rabia, ira y odio como la extrema derecha.

No anhelamos el advenimiento de una gran catástrofe, de una especie de nuevo big bang del que nazca un “nuevo orden” autoritario… No queremos que nos sobrevenga un gran desastre, ni que ocurra un gran atentado terrorista islámico o que las finanzas mundiales se desmoronen, ni soñamos con una guerra civil que permita iniciar una lucha de “resistencia” (a la que ellos llaman ya) y después de ella emerja la nueva sociedad con que sueñan. Una sociedad homogénea en que el Todo cubra con sus sombra al individuo, para “protegerlo” de toda heterogeneidad. No queremos ningún Leviatán. Hobbes murió hace siglos.

Podemos conversar y aceptamos que otras personas tengan ideas diversas a las nuestras, dentro del marco del orden fundamental de libertad y democracia, que es nuestro “rayado de la cancha”. Ofrecemos diversas soluciones y debatimos acerca de cuál es la mejor. Lo que nos diferencia de populistas, extremistas, radicales es que ellos presentan los problemas y culpan a alguien, a algún chivo expiatorio… Sin dar soluciones.

O más bien, presentan una pseudo solución a todos los problemas imaginables. La solución consiste habitualmente que un grupo de personas desaparezca… Generalmente, los extranjeros en general, o un grupo de ellos en particular. O bien, una minoría dentro de la propia sociedad (gitanos, judíos, musulmanes, católicos).

Como personas, tenemos cada uno, cada una de nosotros, un valor intrínseco y no por haber nacido en un determinado “pueblo”, ni adherir a una cierta ideología.

Cuando los partidarios de la extrema derecha hablan de libertad, tenemos que dejarles en claro que: nuestra libertad es una libertad individual, de la persona, del individuo[1] -cuya dignidad es intangible- y no es una supuesta libertad de un colectivo étnico o ideológico.

Durante la época de la guerra fría, el sector “liberal-conservador” luchó denodadamente por estos ideales. Ahora que se acabó la guerra fría y que se desmoronó el Bloque oriental, no creo que sea el momento de tirar todos nuestros ideales por la borda, para irse corriendo detrás de un voladero de luces que nos quieren presentar como “la solución” a los complejos problemas que tenemos que resolver en el siglo 21.

No creo que sea el momento de abrazar una doctrina populista, extremista y racista que se parece mucho a la que combatimos, por su totalitarismo y su falta de respeto a la persona humana y a su libertad y autonomía individuales. No quiero parecer patética, pero los millones de víctimas de los gulag soviéticos nos gritan algo así como “que nuestra muerte no haya sido en vano”.


[1] De acuerdo a Boecio, la persona es “rationalis naturae individua substantia”. Esto es, sustancia individual de naturaleza racional.