Evo Morales vs Piñera

No sin cierta superficialidad, se compara a Evo Morales con Sebastián Piñera y se pide la renuncia del segundo, ya que el primero renunció. Con ello se compara Chile y Bolivia o más bien, la situación política muy complicada de ambos países. Pero ¿es esta una comparación válida? ¿Se puede comparar sin más ambos países, ambos presidentes, ambas situaciones?

Antes que nada, el presidente de Bolivia violó la constitución que él mismo se dió, elaborada por una asamblea constituyente designada por él mismo -por su gobierno- y aprobada en un plebiscito convocado y realizado durante su primer mandato. Si, en octubre de este año, Evo Morales ya llevaba tres mandatos e iba por el cuarto, en circunstancias que su propia constitución no acepta la reelección. Para eso, él trató de reformarla; pero no le resultó, ya que perdió en el plebiscito convocado para este efecto.

La Constitución de Evo, de 2009 -llamada pomposamente plurinacional- fue aprobada por simple mayoría y no por los dos tercios que establecía la constitución anterior. Sí, entre una y otra constitución tiene que haber continuidad y toda nueva carta fundamental debe ser elaborada y entrar en vigencia de acuerdo a las normas de la anterior. Lo que no se dió en Bolivia.

Hagamos un poco de historia: Morales fue elegido presidente por primera vez en el 2005, la asamblea constituyente fue designada el 2006 y la constitución, promulgada el 2009. El 2014, los jueces nombrados por él, decidieron “no contar” su primer período tras la antigua constitución como un periodo presidencial, para poder ser reelegido presidente. Así, Evo Morales se convirtió lentamente en un presidente vitalicio, en un rey sin corona, en un monarca sin cetro o bien, en un simple tirano hispanoamericano como otros muchos. Estamos pues ante un renacimiento del consabido caudillismo latinoamericano.

En 2016, Evo Morales intentó reformar la constitución, para permitir su reelección el 2019. Sin embargo, su proyecto de reforma constitucional fue rechazado claramente en un referéndum. El pueblo se decidió en su contra. En contra del rey sin delfín. En contra de quien se había atornillado en el poder y se consideraba imprescindible y se consideraba a sí mismo como el único que podía resolver los problemas de Bolivia: él y nadie más que él.

Como el poder corrompe[1], Evo quiso trocarle la nariz a la constitución y al pueblo y recurrió al tribunal constitucional que, por unanimidad de los jueces nombrados por él mismo, resolvió a su favor. Los jueces “sumisos” al régimen dictaminaron que Morales tenía el “derecho humano” a su reelección: sería una mera cuestión de DDHH reelegir a Morales. Así, mediante un resquicio legal, Evo hizo caso omiso de la constitución o más bien, la violó abiertamente.

Esta triquiñuela de Morales (que no hace honor a su nombre) no causa nada más que un sentimiento entre risa y repugnancia; pero en Bolivia, fue aceptada. Fue aceptada y, en octubre de 2019, se realizaron elecciones presidenciales. En ellas, parece no caber dudas a nadie de haber sido cometido un masivo fraude electoral.

La supuesta victoria del candidato del MAS, sigla detrás de la cual se esconde el partido de Morales, de su Movimiento Al Socialismo, no fue reconocida por observadores internacionales, ni tampoco por los observadores nacionales. La acusación de fraude era demasiado grande, el fraude demasiado evidente, en un estado controlado por el gobierno del Movimiento Al Socialismo.  

A continuación, comenzó una protesta de la sociedad civil que concluyó con la huída de Evo y de todos sus ministros a México y a otros países entre los cuales, al parecer, no se cuentan no Cuba, ni Venezuela, sus aliados políticos en la Región. Por favor, corríjanme si me equivoco en este punto y alguno de sus ministros ha decidido refugiarse en alguno de estos dos países posteriormenre a la publicación de esta columna.

“¡Qué diferencia con Chile!” clama Ian Vásquez, el columnista de El Comercio de Perú, en su artículo que titula “Bolivia vs. Chile”. Escribe: “La alternancia del poder en Chile se ha dado desde el regreso de la democracia en 1990, siendo la izquierda la que ha gobernado la mayoría del tiempo. Durante ese período, la Constitución ha sido cambiada numerosas veces y legitimada por los partidos de izquierda”[2]. Efectivamente, la izquierda chilena ha gobernado 25 de los últimos 30 años; pero, paradojalmente, culpa de todo lo malo a la derecha.

En realidad, la diferencia entre Bolivia y Chile es abismal. Y no me refiero a las diferencias históricas, sino a las actuales. A diferencia del boliviano, el gobierno actual de Chile respeta la Constitución. Si la Constitución no permite la reelección, simplemente, no se presenta el candidato para una reelección inmediata. Las reglas del juego están claras y hay que seguirlas. En Chile, el rayado de la cancha siempre fue sagrado.

Chile es un país con un tribunal constitucional independiente. El tribunal constitucional boliviano era sumiso y se hallaba bajo el control del presidente Morales. En Chile, el gobierno puede esperar que el TC falle a su favor, pero no lo puede obligar. En Bolivia, lo pudo obligar a fallar a su favor.

En Chile, hasta ahora, se ha buscado el acuerdo entre los diversos partidos políticos, salvo ahora, en que la extrema izquierda busca una ruptura violenta, un cambio de sistema, como le llaman en su retórica altisonante. Me pregunto ¿cuál es el sistema que nos quieren imponer? ¿Reemplazar la democracia liberal representativa por una democracia popular a la antigua usanza de los regímenes comunistas de antaño?

Algunos sostienen que su propósito es reemplazar el sistema o el modelo chileno por el de Alemania o Suecia. Lamento decirles que tanto Alemania como Suecia tienen sistemas democrático-liberal-representativos en lo político y de libre mercado en lo económico. Y que en ambos países, la policía es muy efectiva y no acepta actos de vandalismo, ni saqueos, ni tampoco delincuencia, ni crímenes comunes disfrazados de “resistencia”.

A propósito del “sistema”, una amiga argentina me dice que “Chile era el modelo para toda Latinoamérica y por eso, a la izquierda le interesa tanto destruirlo”. A lo que una amiga mexicana comenta “Eso mismo platicaba con mi familia el domingo pasado”. Y otra amiga argentina agrega: “Tal cual, Chile era el modelo”. De ahí el mayor ensañamiento ideológico en su contra.

Un tema que también se plantea y uno no muy tranquilizante es que “el vandalismo y la violencia desatada, los saqueos y la destrucción urbana” son la pavimentación hacia la extrema derecha. No sin razón Patricio Navia comentaba: “después de las protestas del 2014, una mayoría terminó votando a Bolsonaro”[3]. En este caso, “el sistema” tendría un vuelco inesperado, de acuerdo a la tradicional ley del péndulo que tanto conocemos los chilenos y el modelo sería reemplazado por otro cuyos propulsores consideren totalmente opuesto al actual. Me pregunto si para allá vamos… Sólo puedo responder que lo contrario de la extrema izquierda no es la extrema derecha. Lo contrario de la extrema izquierda es la democracia.

Que me disculpen los países productores de plátanos; pero es propio de “repúblicas bananeras” exigir la renuncia del presidente en ejercicio, que fue elegido en elecciones democráticas. Y esto lo sostengo tanto frente a quienes hoy exigen la renuncia de Piñera, como frente a quienes exigían la renuncia de Bachelet. De la misma manera, es altamente antidemocrático y no merece ni siquiera el más breve análisis, sostener “si yo no voté a Piñera, él no es mi presidente”, como he leído y escuchado en estos aciagos días.

Vásquez explica que, “la izquierda extrema…denuncia además que el Gobierno ha tratado de mantener la seguridad y el orden público ante el vandalismo y violencia que algunos manifestantes han desatado”[4]. Pero ¿no es esto lo normal? Un gobierno sería super irresponsable si no lo hiciera. Lo que correponde a un gobierno es defender las instituciones, defender el estado de derecho. Los cambios se hacen sin ruptura, de acuerdo a la antigua divisa democrática: evolución y no revolución.

Al gobierno le corresponde mantener la seguridad y el orden público frente a la violencia y al vandalismo. En este punto, el comentarista peruano tiene toda la razón. En un estado de derecho no rige la ley del más fuerte, sino que impera la fuerza de la ley. Esta es una de las más valiosas conquistas de la sociedad democrática, donde el estado tiene y ejerce el monopolio de la fuerza y los ciudadanos no necesitan recurrir a la autodefensa porque es el estado quien los protege y defiende sus derechos[5].

El columnista de El Comercio de Lima explica que, “la izquierda extrema, que ahora quiere derrocar al presidente, dice que Chile ha vivido 30 años de fracaso, a pesar de los hechos que cuentan otra historia”[6]. Bueno, de los 30 años, 25 han sido de gobiernos de izquierda. Pero eso, ¡a quién le importa cuando se trata de tergiversar la historia y los hechos y de presentar un relato a mi antojo, un storytelling que me beneficie y que evite preguntas molestas! Pero, como decía Stalin, “persigue al mentiroso hasta el umbral de su mentira”.


[1] La sentencia es de John Emerich Edward Dalberg-Acton. Su original en inglés: “Power tends to corrupt, and absolute power corrupts absolutely”

[5] “Este es un ‘gran logro civilizatorio de la modernidad, así se logró suprimir la barbarie’” La polarización es el semillero del extremismo

La polarización es el semillero del extremismo

Sin duda, las manifestaciones y disturbios que han tenido lugar en noviembre de 2019 van a ser objeto de análisis, de controversia y de diferentes interpretaciones durante mucho tiempo. Me gustaría abordar en esta ocasión un aspecto que me parece ser omnipresente, tanto en la protesta como en la contraprotesta: la polarización y el consiguiente populismo.

Sostengo la tesis que la violencia reiterada, persistente y exhaustante puede fácilmente pavimentar el camino a la elección de un presidente de extrema derecha. Patricio Navia se refiere acertadamente al caso de Brasil en que “ después de las protestas del 2014, una mayoría terminó votando a Bolsonaro”[1]. En este misma línea y no con menos razón, Marcelo Ruiz comenta: “El movimiento estudiantil del 2014 termino liquidado por el vandalismo y la violencia desatada. Lo mismo ocurrirá con las demandas sociales, que quedarán sumergidas por los saqueos y las destrucción urbana. Además, es la pavimentación a Kast”[2].

No se puede negar que en Chile, tendríamos potenciales candidatos de extrema derecha o bien, de candidatos que serían apoyados por la extrema derecha. A ello y no a otra parte, puede llevar la extrema polarización actual. Con ello, Chile se enfilaría entre los países que han sucumbido a la tentación del populismo de extrema derecha, tales como Filipinas, Brasil, Hungría y algún otro… Sí, malos ejemplos a seguir hay hoy en día, muchos en el mundo. Se puede decir que un fantasma recurre hoy el mundo: el fantasma del populismo[3].

Sí, esa creencia cuasi religiosa -o religiosa- en que “yo y la gente que piensa como yo somos los únicos buenos y tenemos siempre la razón; los demás son malos y están equivocados”. En consecuencia, los puedo descalificar sin más. Parece que, en el propio sector y sólo en él, existe la imposibilidad ontológica de hacer el mal, de equivocarse. Tal es la arrogancia, la presución y la soberbia de quienes “protestan” y al mismo tiempo, realizan actos de vandalismo o simplemente cometen crímenes.

La suya es una mirada en blanco y negro, que no distingue matices y que desconoce la existencia del gris. Su lógica consecuencia es el sectarismo. Son semejantes a los maniqueos de la Antigüedad, que “creían que había una eterna lucha entre dos principios opuestos e irreductibles, el Bien y el Mal”[4]. Los que protestan son todos buenos y los que defendemos la institucionalidad, somos totalmente malos. No sé por qué me recuerdan al llamado a la guerra total de Goebbels.

Esta dicotomía maniquea conduce a justificar incluso de la destrucción del “enemigo”[5], que no es considerado un rival, un contendor, sino que pasa a ser un “elemento” al que no reconozco como persona, al que niego su calidad humana.

En un sistema democrático liberal, como el que existe en Chile[6]– el rival político no es nunca mi enemigo, sino sólo una persona que piensa distinto que yo en muchos temas -en otros, pensamos lo mismo- y con el que concurro en las urnas y en la tribuna política para debatir cuál es la mejor solución. La tribuna política por excelencia es el parlamento, el Congreso y no la calle. Las “armas” de la política son la palabra, las estadísticas, las cifras y no los adoquines, ni las molotovs, ni tampoco las barricadas, los sprays o la quema de estaciones del Metro.

Cuando lees en una red social tan inofensiva como Instragram, que chilenos que antes parecían cuerdos y hasta amables y que sólo publicaban fotos de comida, ahora escriben frases tales como “la insurrección es el más sagrado de los derechos y el más indispensabe de los deberes”. Y alguien contesta: “cuando la tiranía es ley, la revolución es orden”. Parece que creen que son actores de alguna serie épica de Netflix.

Ante consignas tan altisonantes, no sé si reírme o llorar. Me temo que los tiempos no están para reírse. Me consuela comprobar que los autores de las frases tienen pocos followers; pero ya se ha visto que no es necesario tener una gran representación, ni muchos seguidores para organizar acciones de vandalismo, ni para lograr hashtags trendys en Twitter. Sólo basta que un sinnúmero de personas reales -las menos-, de trolls y de social bots publiquen un cierto #hashtag a la misma hora. (En Chile, me he dado cuenta que esto ocurre en horas de la madrugada. Probablemente, cuando hay menos gente online y es más fácil conseguir una priorización de un determinado hashtag).

El Partido Comunista chileno tuvo apenas cerca de un 1,2% (elecciones de senadores) ó un 4,5% (elecciones de diputados) de apoyo en las urnas[7]. En realidad, es una vergüenza reconocer, que en Chile aún hay comunistas, dado que el comunismo es, en el mundo civilizado, es una ideología pasada de moda y que más bien se asocia a crueles policías secretas, al Muro de Berlín, a Tschernobyl y a Norcorea. Por otra parte, ninguno de los partidos del Frente Amplio pasa más allá del 3,73% (senado) o 5,7% (diputados)[8]. La primera cifra correponde a los humanistas que creo que no están ni ahí con las manifestaciones violentas. Del resto de los partidos no sé.

A mi modo de ver, en Chile hay demasiados partidos políticos, circunstancia que es un catalizador de inestabilidad y de ingobernabilidad. Sería interesante incorporar a la Constitución una cláusula de barrera de al menos un 5% para establecer un sistema de acuerdo al cual, “únicamente los partidos políticos que hayan obtenido al menos el 5% de los votos válidamente emitidos pueden obtener representación parlamentaria”[9]. Alguien me decía hace poco que él apoyaba las marchas y protestas porque quería una democracia como la alemana para Chile. Ya, por aquí podemos empezar. (Entre paréntesis el artículo 8° que fue derogado era también una copia de la Constitución de Alemania[10]).

Cuando un amigo me cuenta que, como su oficina está “en pleno Paseo Bulnes, como a tres cuadras de la Alameda” y agrega que, manifestantes “casi incendiaron mi auto, le pedí a unos anarquistas que me dejaran irme, y lo hicieron”. ¡Mi amigo tuvo mucha suerte! Otros no la han tenido[11][12]. Pero, ¿puede ser una cuestión de suerte quedar al capricho de gente que decide si quema tu auto o no? ¿Tal vez la próxima vez no será tu auto lo que quemen? Mi amigo quedó sometido a la decisión de un grupo de personas cuya única autoridad es que tienen la fuerza y el poder.

En un estado de derecho no rige la ley del más fuerte, sino que impera la fuerza de la ley. Esta es una de las más valiosas conquistas de la sociedad democrática, donde el estado tiene y ejerce el monopolio de la fuerza y los ciudadanos no necesitan recurrir a la autodefensa porque es el estado quien los protege y defiende sus derechos. Este es un “gran logro civilizatorio de la modernidad, así se logró suprimir la barbarie”[13]. Por esto mismo, los acontecimientos de Reñaca esta semana, en que un grupo de vecinos debió defenderse a sí mismos de los manifestantes, en medio de conjuras contra “los políticos”, es especialmente grave[14].

Me parece que esto es precisamente lo que desean los manifestantes -y es lo que están logrando- debilitar al estado de Chile, socavar las bases del estado en Chile, de su institucionalidad, dejarlo mal parado. Es sintomático que, frente a la casa de una amiga en la comuna de Providencia, manifestantes quemaran una bandera chilena en la calle[15]. Nada que ver con las banderas chilenas de los participantes de la Marcha del Millón, que más bien desfilaban por la paz. Algunos desfilaban por la paz, porque observé que, en esa marcha, cada uno desfilaba por lo que quería y todos por cosas distintas. En ella, cada grupo y cada persona proyectaban sus deseos.

Paradojalmente, las ideas de quienes protestan son estatistas, ya que anhelan la actuación del famoso “papá-estado”; pero al mismo tiempo quieren destruirlo. O tal vez, ¿pretenden destruir el actual estado para reemplazarlo por uno a su pinta? En el estado-substituto sueñan que ellos serán los únicos que decidan y den las órdenes a los demás. De democracia, nada. Puro sectarismo.

Hay gente que vive en pos de una utopía, tras la cual corre descontroladamente, arrasando a su paso y sin piedad todo lo que se les pone por delante: gente, cosas, derechos de los demás, instituciones, personas. Ellos, una minoría escogida o más propiamente autodesignada. Ellos saben más que los demás y, como fuente de la sabiduría, se arrogan el derecho a asumir y a ejercer todos los poderes y a representar la voluntad popular. Más populismo, imposible.

En su extraordinario video, Felipe Berríos nos advertía a comienzos de semana: “en los saltos sin las instituciones ganan los prepotentes, gana la extrema derecha o la extrema izquierda”[16]. Esto es precisamente lo que está pasando en Chile. Existe una creciente polarización que va en aumento y que conduce al extremismo, a que se prefiera un extremo político, ya que se cree que es la única forma de acabar con el caos o con el sistema, dependiendo de si son manifestantes o ciudadanos cansados de tanta violencia. La baja aprobación de la mesurada gestión del gobierno del Presidente Piñera -que habla en todos sus últimos discursos de la humildad y de haber escuchado a la gente- apoya mi tesis.

En suma, en medio de una creciente polarización, la protesta chilena muestra claramente elementos propios del populismo. Lo que puede conducir a la elección de un gobierno de extrema derecha, que una mayoría considere la única respuesta clara al extremismo anarquista de izquierda, que se ha convertido en un verdadero vandalismo. La polarización es el semillero del extremismo y ambos se retroalimentan.

Pienso, sin embargo, que para enfrentar a la extrema izquierda, no se necesita ser de extrema derecha, sino ser un demócrata o una demócrata.


[1] Su tweet de 5 de noviembre: “No se olviden que en Brasil, después de las protestas del 2014, una mayoría terminó votando a Bolsonaro. Nada como  el miedo a que el país se hunda en el caos para hacer subir como la espuma la popularidad de candidatos de extrema derecha”.

[2] @RuizFernandezDJ, el 5 de noviembre.

[3] El Manifiesto Comunista advertía: “Un fantasma recorre Europa: el fantasma del comunismo”. El Manifiesto fue publicado en 1848 en Londres, financiado por el millonario empresario textil alemán, Friedrich Engels.

[5] Sobre la dicomtomía amigo-enemigo en Carl Schmitt (tan presenta en la extrema izquierda latinoamericana, como en la extrema derecha europea) me referí tangencialmente en El nuevo orden según Carl Schmitt

[6] Chile no es ni una democracia iliberal (extremismo de derecha), ni una democracia popular (extremismo de izquierda). Ver mi columna Teillier: “puede que se pierda en el Parlamento, pero no en las calles”

[10] Ver un antiguo artículo de Teodoro Ribera, en Estudio Públicos: ALCANCES Y FINALIDAD DEL ART. 89 DE LA CONSTITUCIÓN POLÍTICA DEL 80, donde explica el concepto de democracia militante o protegida y, sobre todo fójense en el Orden fundamental de libertad y democracia.

[11] Recuerdo que a mi amigo Ricardo Pössel le quemaron el auto en una protesta estudiantil, claro que eso fue bajo un gobierno anterior y en una protesta anterior.

[12] El hermano de la señora que trabaja en la casa de una amiga, no lo tuvo… Ver la primera frase de mi columna La protesta originariamente social y el estado de excepción en Chile

[13] Carlos Peña: En la crisis, fortalecer al Estado, 24 de octubre de 2019.

[15] Por whatsapp, mi amiga me cuenta que, frente a su casa, están “quemando la bandera, después de arrancar el semáforo y robarse los adoquines de la casa del lado para tirárselos a carabineros”. Pueden ver aquí la parte del video en que se ve mejor lo que mi amiga describe.

“…en los saltos sin las instituciones ganan los prepotentes, gana la extrema derecha o la extrema izquierda”

Escribo este artículo impactada por las imágenes de las dos carabineras quemándose debido de una bomba lanzada por un manifestante. Y lo peor son las “opiniones” en redes sociales, sarcásticas y carentes absolutamente de empatía que dicen que todo es un montaje… O que los carabineros se lo merecen o frases por el estilo.

Sin duda, para algunos personas, Carabineros representa al estado, al estado de derecho y a las instituciones. Todo eso que ellos detestan y que ha servido para que -no sin razón- sean calificados como anarquistas. “Para el anarquismo toda institución resulta insoportable, opresiva, de modo que la libertad sólo se alcanza en la lucha contra las instituciones”. Y es una lucha de suma cero, en que si yo gano, el otro pierde y viceversa; no es posible la cooperación. “Para el anarquismo toda institución resulta insoportable, opresiva, de modo que la libertad sólo se alcanza en la lucha contra las instituciones”[1].

Pareciera que las normas más fundamentales de convivencia humana se destruyeran poco a poco en Chile. Sé que es una minoría; pero es una minoría que se hace sentir. Que se apropia de las redes sociales y que toma la calle. Esta minoría, pareciera tener más tiempo que los demás, o más entusiasmo y estar más comprometida, comprometida en la lucha. En otras palabras, pareciera ser un sector más fanático. O simplemente ser un sector minoritario, pero fanático.

Pienso que “la lucha callejera no es, de ninguna manera, el lugar donde se elige a quien representa al pueblo. Quienes salen a las calles a destruir, a quemar, a golpear a otras personas, nunca pueden ser representantes del pueblo”[2], escribía la semana pasada. Hoy tengo que agregar, quienes salen a quemar a otras personas… Me pregunto si el joven que lanzo la Molotov siente hoy algún tipo de remordimiento, si está un poco arrepentido. O si su acción es celebrada, glorificada por sus compañeros en la lucha contra las instituciones.

En medio de este tumulto, emerge la voz ecuánime y pacificadora del jesuita Felipe Berrios que, en su mensaje No destruyamos nuestras instituciones, cuidemos nuestra democracia[3], señala que “las instituciones, por más débiles que sean, son la protección al más débil y el freno al prepotente”.

Si alguien quiere cambiar algo[4], “hay que hacerlo a través del sistema político que tenemos”. Aclara: “a través de los alcaldes que tenemos”, “de los senadores y diputados. “Yo he escuchado voces: que renuncie el presidente de la república. Te guste o no te guste, es el presidente que escogimos los chilenos y a través de él tenemos que ver el cambio. Pero no nos engañemos, que en los saltos sin las instituciones ganan los prepotentes, gana la extrema derecha o la extrema izquierda”.

“A mi modo de ver, arrogarse la facultad de representar al pueblo al tiempo que se la niega a quienes realmente han sido elegidos tiene un nombre muy simple: populismo”[5]. La protesta chilena, tanto la violenta como la pacífica, tienen fuertes elementos populistas. Lo que veo hoy en Chile me hace pensar en Europa de los años 1930, cuando grupos fascistas comenzaron a dominar la calle. Eran pocos, pero fueron muy eficientes. Los países cayeron uno a uno bajo la dominación totalitaria.


[3] En El Mostrador, con subtítulos.

[4] Muchos de nosotros queremos cambiar mucho, ver mi columna La protesta originariamente social y el estado de excepción en Chile

Teillier: “puede que se pierda en el Parlamento, pero no en las calles”

Esta semana, alguien escribía en Twitter “pensamos que el voto es la manera democrática de elegir a nuestros líderes que manejan al país”[1]. Exacto, este es el quid, es la esencia de la democracia liberal representativa, como la conocemos en el mundo civilizado y la vivimos en los países democráticos.

Últimamente, alguien ha hablado de una “democracia iliberal”, término que me recuerda a la llamada “democracia popular” de antaño, a la que, sin duda, se parece demasiado.

El voto, las elecciones periódicas, libres e informadas son la única manera de elegir a los representantes del pueblo. Antiguamente, se llamaba sediciosos a quienes se arrogaran la representación popular sin haber sido elegidos democráticamente.

Da lo mismo que “el pueblo se equivoque”, yo estoy obligada a respetar la decisión mayoritaria. Eso sí, siempre respetando la opinión de la minoría. Se puede decir que, en la democracia, a la minoría la tratamos con cariño y empatía.

En prácticamente todos los sistemas democráticos, existen mecanismos para que las minorías sean plenamente respetadas y tengan representación parlamentaria. El conocido “The winner takes it all” es un procedimiento muy antiguo, de los primeros tiempos del parlamentarismo y está en retroceso.

En algunas elecciones ganan los unos, en las otras, ganan los otros. En Chile, por ej., durante los últimos treinta años, 25 de ellos han gobernado sectores de izquierda y sólo cinco, lo han hecho los de la derecha[2]. Quiénes se quejan tanto de que las cosas andan mal, deberían recordar esta circunstancia antes de culpar de todo el gobierno que asumió hace un año. En el país, ha habido alternancla en el poder que es condición sine qua non de la democracia[3].

Gobernantes que se eternizan en el poder, de los que vemos algunos ejemplos en la Región (Bolivia, Venezuela) son cualquier cosa, menos gobiernos democráticos. Familias que se eternizan en el poder (como en Argentina) se hallan al borde de la demagogia, que es lo contrario de la democracia.

La Constitución señala acertadamente en sus artículos 4 y 5 inciso 1°:

Artículo 4°. Chile es una república democrática.

Artículo 5°. La soberanía reside esencialmente en la Nación. Su ejercicio se realiza por el pueblo a través del plebiscito y de elecciones periódicas y, también, por las autoridades que esta Constitución establece. Ningún sector del pueblo ni individuo alguno puede atribuirse su ejercicio.

Sí, “el voto es la manera democrática de elegir”, tanto en elecciones, como en plebiscitos. Los representantes del pueblo se eligen en elecciones libres, pacíficas e informadas, como ocurre en Chile. Me puede gustar o no el candidato o la candidata ganadora; pero independientemente de ello, tengo que aceptar su triunfo, reconocerlo y felicitarlo/a.

Cuando el presidente del Partido Comunista chileno Guillermo Teillier[4] asegura que ante el eventual fracaso de una por él planeada acusación constitucional contra Piñera, “puede que se pierda en el Parlamento, pero no en las calles”, se coloca claramente fuera del estado de derecho y con ello, fuera del sistema democrático de gobierno.

Asimismo, el pueblo que enfrenta al parlamento es un tópico propio del populismo actual, de extrema derecha y de extrema izquierda. El populismo es una lacra que acaba por destruir la democracia si no se lo para a tiempo.

La lucha callejera no es, de ninguna manera, el lugar donde se elige quien representa al pueblo. Es más, quienes salen a las calles a destruir, a quemar, a golpear a otras personas, nunca pueden ser representantes del pueblo.

Es en las elecciones donde se determina hacia donde va el país, hacia donde se dirige la sociedad. Las elecciones y nunca la violencia, sea violencia callejera o de otro tipo. Saqueos, quemas, barricadas, etc. Pero parece que hay gente que cree que vivimos en 1917 y en Rusia.

En estos días, un usuario de Twitter me decía que algo así como que los grandes cambios sociales se produjeron en la historia mediante la violencia, las barricadas, el terror. Es cierto que en las revoluciones de los siglos 18 y 19 hubo gran violencia; pero también es cierto que los cambios se produjeron más bien a través, del pensamiento, de los libros, de los diarios, de los afiches, en otras palabras, del pensamiento, de la Ilustración. 

Las revoluciones de fines del siglo 20, contra los regímenes comunistas fueron pacíficas, como corresponde al nivel de desarrollo intelectual de la sociedad de hoy.

Sólo el estado tiene el monopolio de la fuerza y lo ejerce de acuerdo a derecho. A este punto me referí explícitamente en mi columna de la semana pasada[5]. Este es el quid, la esencia del estado de derecho que, a su vez, pertenece a la esencia o el quid de la democracia.

No queremos volver a la época de las cavernas donde no se conocía el imperio de la ley, sino la ley del más fuerte, del que peleaba mejor. Podemos decir sin temor a equivocarnos que una supuesta democracia sin estado de derecho no es democracia.

Pero en la sistemática del partido comunista, Teillier tiene razón: la lucha debe seguir hasta que el proletariado conquiste el poder. Conquista que se efectúa por cualquier medio: a través de la vía electoral (que curiosamente se conoce como “la vía chilena”) o de la vía armada, de la revolución. En este punto, Stalin es un buen ejemplo.

Finalmente, sólo puedo decir que, cuando algunos se consideran a sí mismos, como los únicos representantes del pueblo, pese a que su partido apenas llegó al 5%[6] en las últimas elecciones parlamentarias, hay algo que no me cuadra.

A mi modo de ver, arrogarse la facultad de representar al pueblo al tiempo que se la niega a quienes realmente han sido elegidos tiene un nombre muy simple: populismo.

Llamar a luchar en las calles, aunque se haya perdido en el Parlamento tiene otro nombre muy simple: extremismo.


[1] M. Soledad Brito @choibrito Su tweet

[4] Bien atrasado está Chile todavía con un partido comunista… El comunismo pasó hace mucho tiempo de moda. Está totalmente passé. Tengo que confesar que, me causa bastante vergüenza reconocer, frente a mis amigos extranjeros, que en Chile aún hay un partido comunista, algo totalmente arcaico, anticuado, pasado de moda, sobrepasado por la historia.

Parece que la desigualdad no es la causa de la ira de Chile – La exploración de un filósofo

En mi columna de la semana pasada, planteé[1] que la protesta chilena había partido siendo social; pero había devenido en violenta[2]. Mi tesis era que “la desigualdad económica es en Chile un tema preocupante y que cada país con gran desigualdad es un país que camina al borde del abismo”. Sin embargo, el fin de semana, mi amigo Vicente Durán @vicdurcas me recomendó un artículo sobre el tema, con el llamativo título ¿Por qué estalla en ira una economía de mercado exitosa? Ideas sobre el caso de Chile

Su autor, Andrés Mejía Vergnaud @AndresMejiaV plantea una tesis completamente contraria a la mía. Señala que la tesis de la desigualdad “es una afirmación sin evidencia”. Y explica que, “como se supone que Chile es una sociedad desigual, entonces se asume que el descontento social debe estar ocasionado por esa desigualdad. No hay, sin embargo, una evidencia clara de que así sea, ni de que esa sea la motivación y el disparador de las protestas recientes”.

Entre paréntesis, gente que protestó y hasta marchó en la “marcha del millón” se mostraba la semana pasada en redes sociales, partidaria de que los filófofos gobernaran y lo nos políticos, ni menos abogados o ingenieros comerciales. Pues bien, el autor cuyo artículo comento, Andrés Mejía, es filósofo.

La tesis de la desigualdad como causante del estallido social fue uno de los planteamientos de mi artículo de 24 de octubre. Pero reconozco que la desigualdad es sólo una arista del problema y se convirtió en mi forma de explicarlo; pero puedo estar equivocada. Además, un fenómeno social no es nunca monocausal.

Carlos Peña escribía la semana pasada en El Mercurio: “Es verdad que en la sociedad chilena hay injusticia y hay desigualdad y no hay ninguna duda de que hay que corregirla, pero no es la desigualdad o la injusticia la que explican el fenómeno de estos días”[3]. Otro que no está de acuerdo con la tesis de la desigualdad como causa de la ira.

Mejía se pregunta: “¿Por qué se produce semejante estallido de ira social en Chile, un país que tiene una economía de mercado bastante exitosa, no solamente en indicadores fríos como crecimiento e inflación, sino en aquellos más humanos como reducción de la pobreza y movilidad social?”. Se refiere con esto a lo que yo llamaría las cifras socio-económicas. Creo que la economía está al servicio de las personas y no al revés.

Y pasa revista a las cifras, a los hechos y no a las “sensaciones subjetivas”, ni a lo que dice la gente. Parece que, a veces, repetimos tanto lo mismo que terminamos creyéndolo. Además, si todos lo repiten, nos metemos en la cámara del eco. Es mejor abrirse y escuchar otras voces. De la discusión suele salir la luz. Pero sólo de la discusión educada y tolerante, la de la cultura del debate y de los argumentos. No del hate speech.

El filósofo colombiano -que ve la situación con la objetividad de quien las mira desde afuera- sostiene que “el panorama de la desigualdad en Chile es más complejo de lo que suele afirmarse”. ¡Seguro! Prosigue: “la medida más usual de desigualdad, el índice Gini: para 2017 Chile tiene un índice Gini de 46.6 (de 0 a 100, donde a mayor número mayor desigualdad); una cifra no ideal pero tampoco catastrófica (Banco Mundial)”.

“Pero más que el número estático, Chile tiene una tendencia descendente en el índice Gini desde 1987 hasta hoy, como puede verse en el gráfico 1 (en 1987 era de 56.2)”. Explico brevemente que el coeficiente ideado por el italiano Conrado Gini mide la desigualdad de los ingresos dentro de un país[4]. Coloco un link al gráfico 1, que muestra el GINI chileno desde 1988 hasta 2016. En Chile, el índice de desigualdad, efectivamente ha bajado de forma persistente.

En otras palabras, en Chile y desde, por lo menos el año 1988, “la desigualdad viene bajando. Es un descenso con variaciones y altibajos, explicables, de acuerdo con este estudio, en ciclos propios de la transformación productiva del país”[5]. ¿Por qué les parece a tantos chilenos -incluyéndome a mí- que ocurre exactamente lo contrario? Probablemente, debido a la llamada paradoja de Tocqueville, según la cual, la reducción de la desigualdad eleva la sensibilidad acerca de su existencia. Mientras más igualdad, más nos molesta la existencia de un residuo de desigualdad. Y lo vemos más grande.

De acuerdo a la tesis de la desigualdad, cada día serían menos los ricos y más los pobres. La brecha entre ricos y pobres aumentaría permanentemente. Sobre este punto, Mejía nos explica: “También me llamó la atención encontrar que el porcentaje del ingreso recibido por el 1% más rico no va en aumento, sino que, tras haber llegado a una especie de meseta entre 1981 y 1990, ha tenido una tendencia descendente”. Ver el gráfico correspondiente.

Okay, tal vez el problema es la desigualdad de oportunidades. No vale la pena trabajar si igual no voy a surgir. Para qué esforzarme, si siempre me voy a quedar donde estoy y no puedo salir adelante. Mejía me contradice: “Chile muestra muy buenos indicadores en movilidad social. De hecho, es un líder en la OECD en este aspecto, y es por supuesto el líder en América Latina: Chile lidera la OECD en el porcentaje de personas que, viniendo de familias de bajos ingresos, están dentro del 25% de población de mayores ingresos”.

Sobre este otro punto, Mejía cita al geógrafo alemán Simon Kuestenmacher @simongerman600, quien sostiene: “If you are a poor kid trying to live the American dream (from rags to riches) may I suggest moving to Chile or Denmark?” Esto es: “Si eres un niño pobre que intenta vivir el sueño americano (desde los harapos hasta la riqueza), ¿puedo sugerirte irte a vivir a Chile o Dinamarca?” El gráfico de la OECD es este

Como contrapartida, la estadística de la OECD nos muestra que Chile es uno de los pocos países de la organización, donde es más probable que los hijos de familias de altos ingresos sean económicamente menos exitosos que sus propios padres. En este aspecto, Chile es sólo superado por Holanda, Irlanda y España. No sé qué opinen Uds., a mí no me parece negativo que esto sea así.

En otras palabras, en Chile, es más probable que puedas surgir -aunque vengas de una familia pobre- que en todos los otros países de la OECD. A la inversa, si tus papás tuvieron un buen pasar, es también probable que tú tengas menos éxito económico que ellos, si vives en Chile. Sólo si vives en Holanda, Irlanda o en España, esto es aún más factible.

Que Chile esté a la cabeza de la OECD en movilidad social, debería llenarnos de orgullo. Pero hay un punto que me preocupa: la pérdida del lugar privilegiado en la sociedad puede ser también la fuente de disturbios, de protestas, de resentimientos. Lo observamos claramente en los movimientos populistas europeos, donde este resentimiento es muy fuerte y es una de las causas más importantes del voto extremista. Gente que está en contra de los advenedizos, porque le pueden quitar el puesto privilegiado a los propios hijos. Incluso, en Europa hay una palabra para designar a quienes surgen: se les llama despectivamente parvenu, del francés parvenir[6]. En América, les llamados self made people y serlo es un motivo de orgullo.

Volviendo a Mejía: “Mi tercer problema con esta explicación es que en general no parece que la desigualdad, por sí sola, sea un factor determinante de estallido social: no creo que abunden los casos de explosiones de inconformidad o de disfuncionalidad política que sean atribuibles a la desigualdad por sí misma, como sí abundan aquellos atribuibles a la existencia de privilegios inamovibles, al desempleo alto y prolongado, y a las quiebras masivas de hogares. Los indicios anecdóticos, y también algunas evidencias experimentales, apuntan a que los humanos no rechazamos la desigualdad sino la injusticia en la distribución del ingreso y la riqueza: cuando la desigualdad se percibe como efecto de un proceso justo, no parece haber reacción en contra”.

A continuación, nuestro filósofo copia un gráfico de la pobreza en Chile, que muestra cómo tanto la pobreza como la extrema pobreza disminuyeron persistente y considerablemente desde el 2006 al 2017. Pueden ver el gráfico aquí

Llegados a este punto, hay que preguntar a Andrés Mejía cuál cree él que puede ser la causa de la ira de Chile. Él mismo dice que la suya es una exploración y no una respuesta. A mí me parece que su exploración es super interesante y muy fundada. Que da para reflexionar, para pensar y para un iniciar un diálogo constructivo. Sin hate speech, como el que he visto -incluso entre algunos de mis ex-compañeros de colegio- durante las últimas semanas.

Para no alargar más esta columna, dejaré la respuesta del filósofo para una próxima columna, probablemente a fines de esta semana o a comienzos de la próxima. Quienes no quieran esperar hasta entonces, pueden leer directamente el artículo al que me he referido:  ¿Por qué estalla en ira una economía de mercado exitosa? Ideas sobre el caso de Chile


[1] Aunque Ud. no lo crea, así se conjuga

[3] Carlos Peña: En la crisis, fortalecer al Estado, 24 de octubre de 2019.

[4] “… pero puede utilizarse para medir cualquier forma de distribución desigual”. Cfr. Coeficiente de Gini

[5] El estudio citado es The rise and fall of income inequality in Chile, de Francisco Parro y Loreto Reyes.

La protesta originariamente social y el estado de excepción en Chile

Dedico este artículo a un joven de San Bernardo que perdió su vida -fue asesinado- por personas que saqueaban su almacén. Y que es cercano a la familia de una querida amiga.

La revista alemana Spiegel comentaba esta semana que nos sorprende lo que pasa actualmente en Chile, hasta ahora el mejor alumno o el primero de la clase en Hispanoamérica[1]. Me gustaría expresar algunas ideas acerca de cómo veo yo el problema de la protesta en Chile 2019.

Hay que considerar que “Chile posee la renta per cápita más elevada de América Latina​ y pertenece a la categoría de países de ingresos altos según el Banco Mundial”[2]. El problema chileno no es de falta de crecimiento, sino de distribución o más bien de redistribución de la riqueza. A mi modo de ver, un conflicto típico en países que van creciendo.

Estamos frente a una protesta social o inicialmente social. Este fue su detonante y nadie la veía venir tan pronto, al menos, no con esta intensidad y violencia. La desigualdad económica es en Chile un tema preocupante. Cada país con gran desigualdad es un país que camina al borde del abismo, esto, independientemente de otros indicadores socioeconómicos positivos.

De este problema chileno advierte la OECD desde hace años. Un país con gran desigualdad no sólo presenta estadísticas de criminalidad más altas, sino que también es caldo de cultivo de disturbios sociales.

Chile es un país cuya economía ha crecido muy rápidamente. Donde el éxito ha coronado muchas cabezas. Lo que es encomiable, meritorio y hay que celebrarlo. Sin embargo, esto ha llevado a aumentar la desigualdad, ya que algunos han visto coronados sus esfuerzos por el éxito y otros no.

Muchos han quedado en el camino: los ancianos, los poco calificados y quienes han tenido mala suerte o no han podido o no han sabido aprovechar las oportunidades. O tal vez han tenido otras prioridades muy legítimas y han escogido otras alternativas que no conducen necesariamente al éxito económico. Pienso que personas que cuidan a familiares enfermos, a mamás o papás que cuidan a sus hijos, en artistas, en científicos, en deportistas, en religiosos y religiosas…

El éxito no es sólo económico, hay muchas personas económicamente pobres; pero muy exitosas. Hace pocas semanas inauguraron en La Reina -mi comuna- una estatua homenaje a Violeta Parra, pienso en una persona exitosa como ella. Pienso en los científicos chilenos, algunos de ellos co-autores de descubrimientos tan trascendentales como la expansión acelerada del universo; pero de ninguna manera multimillonarios.

Pero desde el punto de vista únicamente económico, el problema no es que muchos hayan logrado el éxito material y que ganen mucho dinero. El problema es que muchos ganan muy poco. Y en la sociedad chilena -como en muchas otras- el éxito ha empezado a medirse únicamente por la cantidad de plata de que dispones. Para mí, eso es un espejismo.

También yo iría a protestar pacíficamente en contra de la desigualdad económica. Como muchas otras personas, soy partidaria de un estado social, lo que, de ninguna manera contradice la economía social de mercado, que no sólo es el sistema más eficiente, sino también el más justo. Pero la economía no es sólo economía de mercado, sino que es economía social de mercado[3].

Las acciones de protesta, las manifestaciones comenzaron siendo una protesta netamente social, que muy pronto se desbordó y se descontroló. La consecuencia fueron saqueos e incendios, robos, agresiones, heridos y hasta muertos. De pacífica, no le quedó nada, ni siquiera el nombre.

Fue un poco como lo que ocurrió en Francia con las chaquetas amarillas que empezaron reclamando por el alza del precio del diesel -en Chile, del alza los boletos del Metro- y acabaron en un movimiento en que se unieron extremistas de derecha y extremistas de izquierda, en una alianza insana y deletérea que se hace cada vez más común en el mundo occidental. Entre paréntesis, el elemento de emulación no se puede dejar de lado en Chile, donde amplios sectores de la población viven mirando en internet lo que pasa en el sur de Europa. La rabia y la indignación no son buenas consejeras, ni en Sudeuropa, ni en Chile.

El derecho a a manifestarse en forma pacífica es un derecho importantísimo e irrenunciable en una democracia liberal representativa. Como me comenta una amiga con respecto a las protestas: “el problema es que parten bien; pero luego llegan los encapuchados”[4].

El estado tiene que garantizar la seguridad de quienes participan en manifestaciones, las que siempre deben atenerse a la ley y respetar el orden público. Las manifestaciones violentas son -sin excepción- absolutamente inadmisibles y contrarias a derecho. El estado debe impedir y castigar la violencia en las manifestaciones y garantizar que éstas se realicen en paz. Esta es una exigencia irrenunciable del estado de derecho.Dedico este artículo a un joven de San Bernardo que perdió su vida -fue asesinado- por personas que saqueaban su almacén

Sin duda, protestas violentas, con “lanzapiedras”[5] y saqueos no sólo no ayudan en nada a la población, sino que la perjudican. Especialmente a la gente más pobre de la que dicen representar. La gente pobre, los ancianos quedan desprotegidos y al amparo de bandas de maleantes. No dudo que haya gente realmente solidaria y bien intencionada entre quienes protestan. Me gustaría que no se dejaran utilizar. Así no se ayuda efectivamente a los más pobres. Así no se supera la desigualdad. Más bien, parece que, con la violencia, la desigualdad aumentara.

Especialmente grave me parece el incendio del edificio de El Mercurio de Valparaíso, el diario más antiguo de habla hispana que aún existe, lo que es un orgullo para Chile. La libertad de prensa es uno de los valores más importantes y emblemáticos de toda sociedad libre y democrática. El hecho de que, precisamente un medio de comunicación antiguo, prestigioso y como tal, emblemático, haya sido incendiado por los manifestantes es gravísmo. Y nos dice mucho acerca del rumbo que ha tomado la protesta en Chile que de social, poco y nada le va quedando.

En este escenario, lo más sensato que puede hacer un gobierno es decretar el estado de excepción. En Santiago[6] y luego en otras ciudades. La Constitución política establece que, en caso de una grave alteración del orden público o de grave daño para la seguridad nacional, el presidente de la República podrá declarar el estado de emergencia, para las zonas afectadas. Zonas que empezaron con Santiago y se han extendido a otras ciudades. La emergencia se extiende por un periodo de tiempo, en principio de 15 días, prorrogable bajo ciertas condiciones.

De acuerdo al art. 42 de la Constitución, “declarado el estado de emergencia, las zonas respectivas quedarán bajo la dependencia inmediata del Jefe de la Defensa Nacional que designe el Presidente de la República. Este asumirá la dirección y supervigilancia de su jurisdicción con las atribuciones y deberes que la ley señale”. Esta es la razón por la cual, “los militares salieron a la calle”: para velar por el orden público.

Lo normal es que las fuerzas de orden, esto es, Carabineros, sean los garantes, los guardianes del orden público, que protejan a los ciudadanos, la paz en las ciudades, el resguardo de la convivencia pacífica. Pero, cuando la situación se descontrola -lo que no es lo normal, por eso el estado de excepción constitucional es, como lo dice su nombre, una excepción[7]– se recurre a las fuerzas armadas para que contribuyan a mantener el orden público, esencial para una convivencia pacífica y libre de violencia.

No es lo normal, es la excepción. La finalidad del estado de excepción -que siempre es temporal- es el retorno a la normalidad. Incluso, dentro de la excepción, el estado tiene el deber de respetar los derechos fundamentales, entre ellos el derecho a manifestarse. De esto son una buena muestra las manifestaciones realizadas en sectores acomodados de Santiago (como las de Vitacura y de Plaza Ñuñoa). Sus hashtags #noestamos en guerra y #elamoresmásfuerte son representativos de un público pacífico. O bien cuecazos en diferentes esquinas de ciudades chilenas, de día y con protección policial.

El estado de derecho tiene el deber de defenderse. Tiene que defenderse. La sociedad se defiende a través del derecho. El imperio de la ley prevalece sobre la violación masiva del orden jurídico. Evidentemente, las fuerzas armadas están igualmente sujetas a la ley durante sus patrullajes y sus actuaciones, en resguardo del orden público y quedan sujetas al eventual dictamen de los tribunales de justicia. Todo abuso de poder tiene que ser castigado. Asimismo, los delitos cometidos por encapuchados, saqueadores o ladrones, que se aprovechan de la situación, no pueden quedar impune.

Las fuerzas armadas no realizan normalmente labores de policía. Por eso, no es lo normal que salgan a la calle y es siempre algo arriesgado. Se puede decir que las fuerzas armadas “ayudan” a Carabineros en una situación excepcional. Esto existe en todos los ordenamientos jurídicos de los países civilizados e incluso, en algunos se habla de una “asistencia administrativa” de las fuerzas armadas en beneficio de las policiales. Aunque no es exactamente el caso en el derecho chileno.

Me parece que es una falsedad -y un gran sarcasmo- sostener que los saqueos se produjeron debido a la presencia de los militares en las calles. Asegurar que, si ciertos manifestantes ven a militares, automáticamente empiezan saquear negocios… no sé si es sarcasmo o simple estupidez.

Es precisamente al revés, si no hubiera habido saqueos, incendios y si no se hubiera cometido delitos graves contra la integridad de las personas, no habría sido necesario decretar el estado de excepción, con todas sus consecuencias. Durante el terremoto de 2010 también lo comprobamos: la presencia de militares impidió que los saqueadores continuaran con sus acciones en alguna ciudad del Sur. La violencia es la causa del estado de excepción y no su consecuencia.

El lenguaje de la democracia no es la violencia, menos los robos, saqueos y asesinatos. El lenguaje de la democracia es el argumento, es la palabra. La palabra es lo contrario a lanzar piedras o a incendiar diarios, autos, buses o el Metro de Santiago. El populismo de izquierda y de derecha, la descalificación del adversario político -que no es enemigo[8]-, el odio, la mentira, las fake news[9] carcome y finalmente destruye el sistema democrático de gobierno y lleva al totalitarismo. Muchos ejemplos nos da la historia del siglo 20.

Las personas más perjudicadas con los actos de violencia son precisamente aquellas que los manifestantes pretenden defender: los menos favorecidos, los más pobres, quienes quedan más desprotegidos frente a la violencia. Pienso en el joven que defendía su negocio en San Bernardo y que fue asesinado por saqueadores.


[1] Gewalt in Chile Es brennt im Musterland = Violencia en Chile. Arde en el país modelo.

[3] El llamado estado social no es de ninguna manera la caricatura del welfare state o estado benefactor que pintan algunos extremistas cuyas ideas proceden de alguna literata frustrada procedente originalmente de Rusia. Cuya ideología es frecuente en países hispanoparlantes.

[4] La prohibición del encapuchamiento es una norma generalizada en todas las democracias desarrolladas. Me pregunto si no existe en Chile o no se hace cumplir. O simplemente a los violentistas no les importa.

[5] Miren al hombre de la polera roja… le lanza una piedra o un ladrillo al radiopatrulla en medio de un taco, con eso pone en peligro no sólo a los carabineros sino también a los conductores de los otros vehículos: https://twitter.com/MartaSalazar/status/1186267761430978562/video/1

[7] Ver mis columnas “Soberano es quien decide sobre el estado de excepción” y Schmitt y el estado de excepción – Peligrosamente actual No se puede hacer de la excepción la normalidad, como hace Schmitt, considerado un “fanático del estado de excpeción”.

[8] … a diferencia de lo que plantea Carl Schmitt, lamentablenente muy popular entre la izquierda latinoamericana.

[9] Como aquella imagen que circulaba en las redes sociales que mostraba un supuesto screenshot de la televisión alemana que habría calificado al Presidente Piñera como un dictador (Dikator). Nada más falso, los medios alemanes han sido bastante ecuánimes para informar sobre la protesta en Chile.

“Enemigos naturales”

Casi no se puede creer; pero lo confirman demasiados medios como para que sea un fake: Trump dijo que kurdos y turcos eran “natural enemies” y explicó que los EEUU no tienen que interponerse en medio de “guerras tribales”[1]. Como si esto fuera poco, algunos días más tarde, agregó que kurdos y turcos son como dos niños que pelean en el patio del colegio y hay que dejarlos pelear y no meterse: ‘Let them fight and then you pull them apart’. Me pregunto si puede haber algo más sarcástico, más ignorante o más malvado.

No hay etnias, pueblos, grupos humanos que puedan ser consideradas como “enemigos naturales”. ¿Esto no lo sabe el Presidente del país más poderoso de la tierra? ¿No tiene consejeros que se lo hagan ver? ¿Qué clase de biologismo o de social darwinismo es este? Como si la genética creara anticuerpos entre unos hombres, entre unas mujeres y otros.

Es como si dijéramos que alemanes y franceses o que polacos y alemanes o ingleses y franceses son entre sí “enemigos naturales”. Era lo que se decía en 1914 y después, en 1936. Tendrían que continuar peleando entre ellos, como si fueran adolescentes, en una especie de eterna ordalía sin sentido, ni razón alguna. El nacionalismo, el darwinismo social, el biologismo -en el pasado la causa de tantas guerras, de muerte y sufrimiento- son parte de una mentalidad felizmente superada.

En mi grupo de amigas, tengo la suerte de conocer a dos mujeres jóvenes, ambas estudiantes de administración de empresas, una kurda y otra turca, mejores amigas desde la época del colegio, inseparables y encantadoras. ¿Tengo que suponer que estas dos chicas jóvenes, amigas de toda la vida se comportan de una manera antinatural? ¿Agenética o antisocial? ¿Que su amistad atenta contra la conservación de sus propias etnias? Estoy segura de que si hiciéramos un examen genético, su herencia sería prácticamente la misma.

Tampoco la historia puede comprobar la supuesta enemistad entre kurdos y turcos. La rivalidad entre ellos no es ni genética, ni epigenética, ni tampoco tiene siglos de antigüedad. La rivalidad tiene, a lo sumo cien años de vida… O cien años de muerte, que sería la definición más apropiada, ya que la enemistad no es nunca signo de vida, sino de muerte.

Trump asegura que “un historiador” habría dicho que kurdos y turcos “han estado luchando durante cientos de años”[2]. Nada más falso. El historiador y periodista turco Mustafa Akyol señala acertadamente en su columna en el NYT: “No estoy seguro de quién es ese historiador, pero como alguien que ha estudiado esta historia en particular, puedo asegurarles que la tensión entre turcos y kurdos no tiene siglos. En realidad tiene aproximadamente un siglo de antigüedad y es el resultado de una fuerza muy moderna: del nacionalismo”[3].

Akyol explica que, a comienzos del siglo XVI, el Imperio Otomano -fundado en el oeste de Anatolia por turcos sunitas- comenzó a expandirse hacia el Este, donde se topó con el Imperio persa, a la sazón, chiíta. Los kurdos, que eran un pueblo tribal (la mayoría musulmán sunita; pero también yesida[4]) quedó “atrapado” en medio de este conflicto entre los dos imperios y muy pronto se unió a los otomanos. “Durante los siguientes cuatro siglos, vivieron bajo el mismo estado con turcos, árabes, bosnios, armenios, griegos y judíos, porque el Imperio Otomano, como el vecino Imperio de los Habsburgo, era un mosaico multiétnico y multirreligioso”[5].

Quién sabe de dónde saca Donald Trump sus ideas. Probablemente de algún canal de televisión de segunda o de tercera categoría o de viejos libros de colegio o de lo que sus ancestros le comunicaron oralmente. Ideas simplonas de lucha entre supuestos “enemigos naturales”. Mentalidad de otro tiempo, en que el héroe era quien conquistaba territorios, al estilo de Catalina la Grande o del mismo Imperio Otomano.

Es evidente que el mundo -y especialmente- los bloques más poderosos como Estados Unidos y Europa[6] tenemos una responsabilidad frente a la crisis de Siria. Negarlo y sostener que turcos y kurdos deben resolver sus problemas por medio de una pelea, como la que tienen lugar en el patio de un colegio es por lo menos una irresponsabilidad. No podemos caer ni en la apatía, ni en la indolencia, ni en el desinterés. Sobre todo cuando fueron los mismos Estados Unidos, quienes aprovecharon y armaron a las milicias kurdas en la lucha contra el Islamic State, lucha que el YPG ganó… al menos temporalmente, ya que nadie sabe lo que puede ocurrir ahora.


[1] “We interject ourselves into tribal wars and they’re not the kind of thing that you settle the way we would like to see it settled. It doesn’t work that way. Hopefully, that will all be very strong and strongly done”.

[2] “one historian said they’ve been fighting for hundreds of years”.

[3] “I am not sure who that historian was, but as someone who has studied this particular history, I can assure you that the tension between Turks and Kurds is not centuries old. It is actually about one century old, and it’s the result of a very modern force: nationalism”, en Mustafa AkyolNo, Kurds and Turks Are Not ‘Natural Enemies,’ Mr. Trump

[4] …o ezida.

[6] De Rusia de Putin prefieron ni hablar, ya que este país -potencia regional,Obama tenía razón- sólo echa leña al fuego en el conflicto de Siria y no contribuye en nada a una solución, muy por el contrario. Se puede decir que Putin pesca en un río revuelto; que él mismo ha ayudado a revolver.

“Soberano es quien decide sobre el estado de excepción”

Uno de los aforismos de Carl Schmitt más citados es aquel con el que comienza su librito “Teología Política”[1] (la primera edición es de 1922, en plena República de Weimar): “Soberano es quien decide sobre el estado de excepción” o en el original alemán: “Souverän ist, wer über den Ausnahmezustand entscheidet”.

Es una de las frases más conocidas y también una de las más enigmáticas. Si la leyera aislada, sacada del contexto en que fue escrita, podría decir que no significa otra cosa, sino la simple comprobación que, para evitar el caos provocado por una situación excepcional y de acuerdo a la Constitución vigente, el Legislador, el Ejecutivo o alguien que el mismo texto constitucional determine, puede decretar el estado de excepción (de catástrofe, de emergencia, de sitio o del tipo que sea) para evitar que la situación se vuelva insostenible y para “salvar” el estado de derecho. En un contexto constitucional como lo conocemos, el estado de excepción significa que se pueden restringir algunos derechos fundamentales; pero no todos, generalmente es limitado en el tiempo, y tiene un sinnúmero de restricciones que evitan que se quien ejerce el poder actúe en forma arbitraria. En el capítulo primero de su librito, el mismo Schmitt aclara que no se refiere a esto.  

La famosa frase de Schmitt expresa una idea mucho simple. El poder soberano, en todos y cada uno de sus actos, no se encuentra sometido a ninguna ley. Ni en el tiempo, ni en el espacio. Ninguno de sus actos estaría restringido por nada anterior, ni superior, ya que, si así fuera, el soberano no sería soberano. Se entiende por soberano el poder que no tiene ningún poder por sobre el suyo -explica-. Esto es, un poder ilimitado. Para aclarar este concepto, cita a Jean Bodin, el teórico del absolutismo, del siglo XVI.

Schmitt, un hombre que se las da de católico, de conservador, de anti-ilustrado, de anti-liberal, parece que no conoce en absoluto la tradicional doctrina católica. En 1er año de derecho, aprendí lo que decía Isidoro de Sevilla, el gran filósofo-jurista-sabio del siglo VII. Isidoro explica que el príncipe no está por sobre la ley, sino que está siempre sujeto a ella. “Los príncipes deben someterse a sus propias leyes y no podrán dejar de cumplir las leyes promulgadas para sus súbditos. Y es justa la queja de los que no toleran que se les permita algo que le esté prohibido al pueblo”[2]. Isidoro llega más lejos y dice que no es príncipe quien no se someta a las leyes[3] [4]. Exactamente lo contrario de lo que sostiene Schmitt.

De acuerdo a Schmitt, el “soberano no está sujeto a leyes, ni a constituciones, sino que está por sobre ellas y puede tomar las decisiones sin sujetarse a ellas”[5]. En uno de sus artículos más conocidos y por el que recibió la denominación de “jurista de la corona” del nacional socialismo[6], señala que “el Führer crea el derecho en el mismo momento: lo que él dice es derecho y se aplica de inmediato. Lo crea ad hoc, para la ocasión”[7]. No sé por qué pero me parece que el soberano y el Führer se parecen tanto que casi se identifican…

Debido a esta forma de concebir el derecho, se entiende la animosidad de Schmitt frente al positivismo jurídico de Kelsen y de otros, que presentaban la ley escrita, la ley positiva, como la norma que debería regir a todos y no dejaban cabida a creaciones jurídicas “libres” por parte de un supuesto Führer que podría dictar derecho para cada ocasión, basándose en quién sabe qué profundidades de la mentalidad del pueblo[8]. Para los positivistas de la República de Weimar, lo único que debía regir el sistema jurídico, era la norma escrita clara y positivamente y no interpretaciones más o menos esotéricas que iban más allá de lo que decía la ley.

El estado de excepción schmittiano es un estado inherente al soberano, que siempre se halla en estado de excepción cuando legisla o cuando decreta, cuando toma una decisión, cualesquiera que ésta sea. Incluyendo la de ordenar el asesinato de sus opositores, como lo que ocurrió durante la llamada “noche de los cuchillos largos”[9], decisión de Hitler que Schmitt defendió en el citado artículo “El Führer defiende el derecho”[10]. En mis oídos suenan las palabras con que Waldmar Gurian sintetiza el pensamiento de Schmitt acerca del Führer: “Da lo mismo lo que él haga, siempre será derecho”[11].

En cada norma jurídica o acto judicial, Schmitt ve el poder del soberano. Ese poder primigenio en el tiempo y en el espacio sobre el cual nada existe. La norma jurídica viene al mundo por una decisión del soberano y es derogada igualmente por este poder máximo. Si el soberano quiere romper con el derecho anterior, contradecirlo, nada obsta para que lo haga. Después de todo, él decide. El soberano está por sobre el derecho, o más bien: es el derecho. A su antojo, lo erige y lo deroga. Resumiría así lo que Schmitt entiende por decisionismo.

El decisionismo me recuerda al criticado voluntarismo: lo que es la voluntad profunda del pueblo, eso es ley. Pero aquí el pueblo es reemplazado por el Führer, el líder máximo, el guía rector del pueblo y del estado. Generalmente, en círculos conservadores entre los que Schmitt sigue siendo muy popular, se critica el pensamiento liberal e ilustrado como simple voluntarismo. Bueno, esto es lo mismo, pero al revés.

Durante la época de Weimar, hubo una disputa entre los decisionistas y los integracionistas. Estos últimos, encabezados por el profesor de la Universidad de Berlín, Rudolf Smend, sostenían que el derecho no es algo aislado de la sociedad, sino que se integra en ella y recibe impulsos y contribuciones de sus miembros, por ej. de los expertos en la materia a legislar. El decisionismo de Schmitt prefiere confiar en una persona, en un Führer, que “decida” él solo, en vez de integrar a la sociedad en la toma de decisiones.

Volviendo a la idea inicial, el famoso aforismo de Carl Schmitt que comentamos y que da nombre a este artículo, significa que por encima del soberano no hay nada ni nadie que limite su decisión, ni al dictar, ni al deorgar la norma jurídica. Ni ley positiva, ni la ley natural, ni Dios, ni la Constitución, ni los derechos fundamentales. Nada. El soberano decide sobre la excepción no tiene límite, ni está sujeto a ley alguna, ya que, como dice en el primer capítulo de la misma “Teología política”, “para crear derecho, no necesita tener derecho”[12]. No sin razón, explica Steinbeis que “Schmitt veía en la política la guerra civil y el estado de excepción por todas partes”[13]. Por algo se llama a Schmitt el “teórico del estado de excepción”.

Nada más alejado a la idea que tenemos acerca del estado de derecho en nuestras sociedades civilizadas, en que el orden jurídico nos rige a todos, no sólo a los gobernados, sino sobre todo a los gobernantes, lo que garantiza que el capricho y la arbitrariedad de quien sustenta el poder no aterrorice a la sociedad, sino que sea el mismo derecho, claramente establecido, público y conocido por todos quien guíe la acción del estado. Es bueno vivir en una sociedad así, en que cada uno, cada una sepa a qué atenerse, conozca sus derechos y sus obligaciones y los de las autoridades. Y pueda recurrir a los tribunales libres e independientes para que estos diriman los conflictos conforme a derecho. Nada de ello existe en el mundo de Carl Schmitt, quien sostenía incluso que el Führer era el juez supremo[14].


[1] De 1922. Tengo a la vista la novena edición, editada el 2009.

[3] Ver mi artículo La doctrina del derecho de resistencia en la filosofía política hispana tradicional, en la Revista de Derecho Público de la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile.

[4] Me sorprende aún más que importantes estudiosos “católicos” conservadores, especialmente en el mundo latino, sientan una extraña atracción por Carl Schmitt. No sólo porque sus ideas poco y nada tienen que ver con las enseñanzas de la Iglesia católica, sino porque le son contrarias. Opuestas. Además, Schmitt fue un hombre que atacó y renegó de la Iglesia por el tema de su matrimonio.

[6] Invito a leer: ¿Fue Carl Schmitt un nazi?

[9] La serie de asesinatos por encargo de Hitler entre el 30 de junio y el 1° de julio de 1934. Se conoce el nombre de 90 personas; pero los investigadores hacen ver que los asesinados fueron 150 a 200.

[10] Ver mi artículo El Nuevo Orden según Carl Schmitt, en Die Kolumnisten.

[12] “die Autorität beweist, dass sie, um Recht zu schaffen, nicht Recht zu haben braucht”, Politische Theologie, pág. 19.

[13] “Schmitt sah in der Politik überall Bürgerkrieg und Ausnahmezustand”, en Dezision oder Integration: Carl Schmitt vs. Rudolf Smend, de Maximilian Steinbeis

[14] “El Führer no sólo es el guía y está a la cabeza de los tres elementos del nuevo estado, que le han jurado fidelidad y obediencia, sino que además es el juez máximo o supremo. Gerichtsherr lo llama Schmitt, esto es, el señor de los tribunales del pueblo”, cita de El Nuevo Orden según Carl Schmitt, en Die Kolumnisten.

¿Dónde estaba Dios en Auschwitz?

Muchas veces la gente pregunta “¿dónde estaba Dios en Auschwitz?” Es una pregunta retórica y que intenta provocar. De alguna manera, es un reto a Dios, equivale a recriminarlo porque permitió Auschwitz. “¿Dónde estabas tú, Dios, en Auschwitz?” O tal vez no existes o no te importa lo que le pase a la gente. Aunque también puede ser que sea un grito similar a aquel de Jesús antes de morir: “Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado?”[1]

Cuando me han hecho la pregunta a mí, he contestado con otra pregunta retórica: “¿dónde estaba el hombre en Auschwitz?”

Auschwitz representa toda la barbarie nacional socialista o más bien toda la barbarie demoníaca intrínseca del nacional socialismo. Un amigo judío que no sólo ha estado en Auschwitz, sino que en los otros campos de concentración de más al Este, me dice que en Majadanek o en Treblinka se siente aún más la extrema maldad de los campos de exterminio. Auschwitz los representa a todos, porque es el más conocido.

Si mi interlocutor o interlocutora es alemán o alemana (la pregunta es hecha generalmente por hombres; nunca he escuchado, ni leído que una mujer la formule), les respondo con una pregunta: “¿dónde estuvo tu abuelo o tu bisabuelo en la época de los nazis?” La mía no es una pregunta retórica. ¿Dónde estaban tus abuelos cuando construyeron el complejo de Auschwitz, con sus fábricas de armamento y con sus cámaras de gas, sus crematorios y sus rampas de selección? ¿Dónde estabas tú?

Entre 1940 y 1945, en Auschwitz, “trabajaron” 10 mil personas para la SS, como guardia o como capataz[2]. Hago ver que los campos de concentración del III Reich fueron entre siete mil (la cifra conservadora tradicional) y 42 mil quinientos, la cifra que se maneja hoy[3]. De manera que podemos imaginarnos a cuánto llegaba el total de personas que “trabajaba” en labores relacionadas con los campos de concentración y exterminio. De partida, me parece raro que algún alemán o alemana de la época no haya visto nunca un campo de concentración o de trabajo cerca de su casa, ya que había tantos repartidos por todo el Reino[4].

Es que claro que resulta mucho más fácil culpar a otra persona -en este caso, nada menos que al mismo Dios- antes que asumir responsabilidad, la propia o la de su propio pueblo. Es mucho más fácil decir que Dios no estaba antes de preguntarse por qué un pueblo culto, erudito, musical, ilustrado y, en general, educado, nada hizo para evitar el genocidio nacional socialista.

Hoy mismo, en Alemania, han resurgido con fuerza movimientos extremos, xenófobos y antidemocráticos y mucha gente prefiere mirar hacia otro lado en vez de hacerles frente. Es justo a esas personas a quienes yo les preguntaría  “¿dónde habrías estado tú cuando se construyó Auschwitz?”

Y me permito hacer una pregunta similar a los lectores de mi columna de todo el mundo, en momentos como el actual, en que el populismo y el extremismo se expanden por demasiadas regiones del orbe[5]. Y una enfermiza polarización pretende presentarnos sólo los extremos como las únicas alternativas posibles.


[1] Marcos 15, 34

[4] Sobre el concepto de Reino en el III Reich, ver mi columna El nuevo orden en el derecho internacional, según Carl Schmitt

[5] Invito a leer mi columna Y si pasa algo…

Trump quiere comprar Groenlandia

Si alguien me hubiera contado, hace dos o tres años que algo así ocurriría, no lo habría creído. Pero parece que los cisnes negros[1] son más probables desde que Donald Trump asumió la presidencia del país más poderoso del mundo. Pese a la diferencia de dos millones de votos en su contra.

Recapitulo los hechos: Trump expresa su deseo de ser invitado a Dinamarca. Dinamarca es un país europeo ubicado en la península escandinava[2], la región del mundo a la que también pertenece Suecia, país que el businessman norteamericano de ascendencia alemana y escocesa[3], generalmente, descalifica. Sostiene que en Suecia ocurren cosas terribles, debido a la unmigración y que la prensa nos lo oculta. Este es un discurso de mucha gente hoy en día, no es propio de Trump, lo más probable es que él lo haya copiado de alguna página de internet[4].

En concreto, esta historia empieza con el deseo de Trump de ser invitado a Dinamarca. Obviamente, Dinamarca hizo realidad su deseo y lo invitó, como corresponde al trato entre “naciones civilizadas”[5]. Y, como también corresponde a una monarquía constitucional, lo invitó la Reina Margarita[6]. La visita estaba planeada para el 2 y 3 de septiembre.

Hasta ahí, todo iba bien. Hasta que la prensa norteamericana reveló que el motivo del viaje de Trump era “comprar Groenlandia”. Sí, “aunque Ud. no lo crea”: el presidente norteamericano quería comprar un país. ¿Why not? Todo tiene su precio: las personas y también los países. Suena a sátira y me costó creerlo, pensé que era una broma. Cabe hacer notar que esta intención primaria no había sido informada al gobierno de Copenhagen. O sea, Trump se hace el invitado; pero no dice a sus anfitriones cuál es el objetivo de su viaje.

Compras Groenlandia suena como “comprar Alaska”, pero 152 años más tarde, cuando ya nadie compra países, sino que simplemente los ocupa. Me recordó a Putin, quien se comporta como los zares y las zarinas de hace 300 ó 200 años, al anexar territorios a su imperio.  

Trump aclaró -y también lo hicieron sus asesores- que su intención era comprar Alask… Perdón, Groenlandia, dada su importancia geográfica y sus recursos naturales. Lo aclaró al menos dos veces: una vez bajándose o subiéndose a un helicóptero y la otra, por twitter. Dijo que se trata de un real estate, de un great real estate, de un negocio inmobiliario. Cuando la sátira se convirte en realidad…[7]

Uno de sus asesores que habló con meridiana claridad en un canal de televisión, explicaron que “era un negocio inmobiliario más”… y claro, Trump y su papá son magnates inmobiliarios y de hotelería (el abuelo habría hecho fortuna gracias a hoteles de dudosa reputación, dicen). Él sueña con el negocio inmobiliario más grande de la historia. Con ser recordado como el presidente que agrandó el territorio nortemericano en millones de kilómetros de tierra y en millones de kilómetros de mar. plataforma continental, etc.

Es que claro, Mr. President “no cree” en el cambio climático; pero sí cree que, con la retirada de los hielos de las regiones polares, se abrirán nuevas posibilidades de extracción de petróleo, de gas y de muchos otros recursos minerales y naturales de la isla de Groenlandia y de su zona económica exclusiva, incluyendo la pesca. También el paso entre o a través de mares que antes estaban cubiertos de hielo es una “gran oportunidad” para hacer negocios. Algunos chistosos sostienen que su verdadera intención era construir campos de golf en Groenlandia.

Pero ¿No habrá una diferencia esencial entre un negocio inmobiliario y comprar un país? Diferencias tales como la soberanía, los derechos de los habitantes de Groenlandia, la libre determinación de los pueblos, etc. Sobre un país no se ejerce un derecho de propiedad, como ocurre con los derechos sobre un inmueble. Plantear algo así es más que ridículo o latterligt. La época en que el fisco y el patrimonio del monarca eran una sola cosa, ya pasaron a la historia. La época de las colonizaciones, también.

Al trascender la noticia, la primera ministra danesa, Mette Frederiksen[8], aclaró que Groenlandia no está a la venta y agregó que la propuesta de compra es ridícula (latterligt, en danés). Sí, ridícula es lo menos que se puede decir, sin respeto, irrisoria. Asimismo, explicó la premier que “Groenlandia no pertenece a Dinamarca, sino a sus habitantes”. Tiene toda la razón.

Como era de temerse, Trump se enojó y anunció por twitter (una conferencia de prensa es complicada porque le hacen preguntas) que, si no puede comprar Groenlandia, no va a ir a Dinamarca y canceló su viaje. Con Condorito[9], sólo puedo comentar: PLOP! La Reina Margarita se mostró “sorprendida”, dijo. Sí, su sorpresa no es para menos. Un comportamiento como el de Trump es, por lo menos, nada de diplomático.

¿Estará demás decir que, aunque Dinamarca quisiera vender Groenlandia, no podría hacerlo ya que Groenlancia es autónoma? Pero esto, supongo que a la gente simplona no le importa. Me pregunto si alguien podrá considerar los 56 mil habitantes de Groenlancia como nuevos siervos de la gleba, que se pueden adquirir junto con el territorio en que viven

Interesante es leer lo que el ex embajador de los Estados Unidos en Dinamarca, Rufus Gifford[10], escribe en Twitter sobre el tema:

Actually I do have words: He asked for an invitation from the Queen for a State visit. She invited him. He accepted. They have been expecting him for weeks at the palace. The Danes and Greenlanders dismiss his vanity project. He snubs the entire Kingdom. He is a child[11].  

Traduzco: “Realmente, no tengo palabras. Él pidió a la Reina una invitación a realizar una visita de estado. Ella lo invitó. Él aceptó. Lo estaban esperando en algunas semanas más en palacio[12]. Daneses y groenlandeses rechazan este proyecto de vanagloria[13]. Él ofende[14] a todo el Reino. Él es un niño”.

Desde el punto de vista político, pero serio, observo dos consecuencias principales y algunas subconsecuencias: 1) a) Los daneses y los europeos en general se tienen que preguntar, una vez más, pero ahora con már fuerza, si pueden “abandonarse” en la protección militar norteamericana, o no.

b) Para Estados Unidos, las consecuencias del episodio Trump-Groenlandia son aún más dañinas, ya que con él, el propio presidente nortamericano aleja a un país como Dinamarca, que es uno de sus pocos aliados casi incondicionales dentro de la OTAN. Una vez más parece que el país más perjudicado con la presidencia de Trump es el mismo Estados Unidos.

c) China y Rusia tienen gran interés en las regiones árticas. Actualmente China planea financiar tres nuevos aeropuertos en Groenlandia. Pienso que sería mejor que Dinamarca, Groenlandia y los Estados Unidos trabajaran juntos en defender Groenlandia, el Ártico, el derecho internacional y sus intereses comunes en estas regiones.

2) Los populistas de derecha daneses rechazaron tajantemente la inciativa de compra de Groenlandia. Si más gobiernos populistas, nacionalistas, extremos llegaran al poder en el mundo, se cerrarían los canales de comunicación entre las “naciones civilizadas”. Prefiero no imaginarme cómo serían las relaciones internacionales. Ellos siempre quieren que su propio país sea el primero, sin importar la suerte de los demás. El episodio “Trump compra Groenlandia” es una degustación de lo que viviríamos en un mundo en que el populismo hubiese triunfado[15]. Nadie puede querer algo así, al menos, nadie en su sano juicio.


[2] Aunque algunos, desde el punto de vista geográfico, no consideran a Dinamarca parte de Escnadinavia; pero sí desde el punto de vista histórico-cultural.

[3] Se dice que su mamá fue una “ilegal” en los Estados Unidos.

[4] Suecia es para muchos, el ejemplo de un país socialista, de un estado de beneficencia. Parece que no saben que Suecia cambió diametralmente y que no es el mismo país que en los años 70.

[5] Así se denominaban a sí mismas en la época de la Sociedad de las Naciones, los mismos estados que luego participaron en la II Guerra Mundial.

[7] Ni siquiera el cómico especialista en sátira que ahora es presidente de Ucrania ha protagonizado historias como esta del presidente estadounidense. Sobre el nuevo presidente ucrania invito a leer mi columna El servidor del pueblo, el nuevo presidente de Ucrania

[11] Su tweet en Twitter.

[12]  En dos, desde que surgió esta historia, desde que se supo que quería comprar Groenlandia.

[13]  “vanity project” puede ser traducido como de vanidad, de engreímiento, de envanecimiento, de arrogancia o incluso de narcisismo, lo que pega más con su personalidad.

[14] to snub de desairar, humillar, abajar.

[15] Sería como volver al siglo XVIII, al XIX o a comienzos del siglo XX, en que surgió el nacionalismo en el mundo (en Europa, desde donde se expandió por el orbe).